En el 32° domingo del Año Litúrgico - 261108
Saber esperar con el corazón encendido
Si somos sinceros, a ninguno de nosotros nos gusta esperar. Nos molesta hacer fila en el banco, nos desespera la sala de espera del médico o la lista de espera para un trámite. Vivimos en un mundo apurado, donde queremos todo ya, rápido y de inmediato. Nos hemos vuelto un poco impacientes.
Por eso, la Palabra de Dios de este domingo viene a hablarnos al corazón sobre algo muy hermoso, pero que hemos ido olvidando: el arte de saber esperar.
El Evangelio de hoy nos cuenta la historia de diez jóvenes que salieron a esperar al novio de una boda. Cinco de ellas eran previsoras y las otras cinco, un poco descuidadas. Todas tenían sus lámparas, todas tenían sueño y todas se durmieron porque el novio tardaba en llegar. En eso, no hubo diferencia. La gran diferencia estuvo en que cinco de ellas llevaron un frasquito con aceite de repuesto, y las otras cinco no.
A medianoche se escuchó el grito: «¡Ya viene el novio, salgan a recibirlo!». Las que tenían aceite encendieron sus lámparas y entraron a la fiesta. Las que no tenían, tuvieron que ir corriendo a buscarlo y, cuando regresaron, la puerta ya estaba cerrada.
¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? El novio de la boda es Jesús. La fiesta es el Cielo, la vida eterna que nos espera. Y las lámparas somos nosotros, nuestras vidas. Pero, ¿qué es el aceite? El aceite es el amor, es la fe viva, es la oración de cada día. El aceite es lo que mantiene encendido nuestro corazón mientras esperamos el encuentro con el Señor.
A veces pensamos que la sabiduría es para la gente que ha estudiado mucho o que tiene muchos libros. Pero la primera lectura nos dice que la verdadera Sabiduría no es saber muchas cosas, sino saber vivir. El que es sabio según Dios sabe hacia dónde camina, sabe que esta vida es un paso y sabe esperar al Señor sin perder la paz.
El sabio de verdad es como el que reza el Salmo de hoy: «Señor, mi alma tiene sed de ti». Hermanos, en medio de este mundo tan ajetreado, con tanto trabajo, tantas preocupaciones por el dinero, por la salud, por la familia... ¿nos detenemos a veces a decirle al Señor que tenemos sed de Él? ¿Buscamos a Dios de verdad o solo nos acordamos de Él cuando las cosas se ponen difíciles?
Esa sed de Dios es el aceite que necesitamos. No podemos pedirle prestado el aceite a otro. La fe de la abuela, la oración de la mamá o la bondad del vecino no pueden salvarnos a nosotros. Cada uno tiene que llenar su propio frasco. El aceite se junta poco a poco: con un avemaría rezada con devoción al levantarse, con un gesto de paciencia con los hijos o los nietos, con el trabajo hecho con honradez, compartiendo el pan con el que tiene menos, asistiendo a la Santa Misa con el corazón abierto. Esas son las gotas de aceite que mantienen la lámpara brillando.
San Pablo, en la segunda lectura, nos da un consuelo muy grande que sostiene nuestra esperanza. Nos habla de nuestros seres queridos que ya han partido de este mundo, los que ya murieron. Nos dice que no debemos estar tristes como los que no tienen esperanza. Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, y que Dios también resucitará a los que murieron creyendo en Él.
La muerte no es el final del camino; la muerte es la puerta que se abre para entrar a la fiesta de bodas con el Señor. Por eso los cristianos esperamos, pero no con miedo, sino con la alegría del que sabe que va a encontrarse con Alguien que lo ama con locura.
El novio se hace esperar, pero viene. No sabemos el día ni la hora. Que cuando el Señor llame a nuestra puerta, no nos pille con las manos vacías y el corazón apagado. Que no nos encuentre quejándonos de la vida o llenos de amargura.
Pidámosle hoy a la Virgen María que nos enseñe a ser prudentes. Que nos ayude a cuidar el aceite de nuestra fe todos los días. Para que, cuando llegue la medianoche de nuestra vida, podamos salir al encuentro del Señor con la lámpara bien encendida y escuchar su voz que nos dice: «Entra, buen siervo, pasa a la fiesta de tu Señor».