Homilías y Reflexiones

UNA ENERGÍA DE DOBLE DIRECCIÓN:

EL AMOR COMO NECESIDAD 261025

El amor es más que un mandamiento; el amor es una necesidad vital.

UNA ENERGÍA DE DOBLE DIRECCIÓN: EL AMOR COMO NECESIDAD

 

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos coloca ante el corazón mismo de nuestra fe. Cuando el doctor de la ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba con la pregunta sobre cuál es el mandamiento más grande, la respuesta del Maestro no solo resume las Escrituras, sino que redefine nuestra propia existencia: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo”.

Al escuchar esto, es fácil caer en la tentación de ver el amor como una imposición. Nos preguntamos: ¿Es un precepto? ¿Es un mandamiento? ¿Cómo se nos puede obligar o mandar a amar? La realidad que Jesús nos revela va mucho más allá de una norma jurídica. El amor es más que un mandamiento; el amor es una necesidad vital.

Si miramos a nuestro alrededor, descubrimos que el universo entero y la naturaleza están perfectamente organizados bajo una ley invisible: la interdependencia. Todas las cosas se necesitan unas a otras; nada subsiste de forma aislada. La tierra recibe la luz del sol y el agua de la lluvia, y en respuesta, da sustento a los árboles, las plantas y a miles de seres vivos. Es la dinámica creadora de un permanente dar y recibir.

Sin embargo, en nosotros, los seres humanos, este flujo no es un mero impulso biológico. Cuando este dar y recibir se vuelve consciente y libre, se transforma en Amor. El amor verdadero es una energía en doble dirección: un bien que va y un bien que viene; una fuerza de ida y vuelta que busca siempre un doble bien.

La primera lectura del Éxodo nos muestra con crudeza el primer vector de esta dirección. Dios nos habla de aquellos que tienen una necesidad urgente: el extranjero, la viuda, el huérfano y el pobre. La respuesta inmediata del amor debe ser acoger y socorrer. Pero si la dinámica se queda solo en el dar material, queda incompleta. El necesitado que recibe el don devuelve el flujo a través de la gratitud.

Esta misma reciprocidad es la que san Pablo alaba en la comunidad de los tesalonicenses. Ellos recibieron la palabra de Dios en medio de tribulaciones, y en respuesta, devolvieron una fe viva que se convirtió en modelo para toda la región. El amor que recibieron lo transformaron en un testimonio radiante.

¿Y cómo se manifiesta esto en nuestra relación con Dios? El Salmo 17 nos lo aclara: reconocemos que el Señor es nuestra roca, nuestra fuerza y libertador. Dios es el punto de partida de todo bien; de Él brota la energía del amor. Pero esa energía exige una respuesta: vuelve a Él en nuestro canto agradecido, en nuestra alabanza y en el servicio a los hermanos.

Podríamos pensar que el amor de Dios es puramente un don que no necesita nada a cambio, pero no es así. Dios, en su infinito misterio, ha querido un amor de doble dirección. Él sale a nuestro encuentro, pero también recibe nuestra alabanza, acoge nuestra gratitud y, finalmente, nos recibirá a nosotros y a todo el universo para compartir su gloria por una eternidad.

Hermanos, que esta Eucaristía transforme nuestra perspectiva. No amemos por obligación ni por temor al castigo. Amemos porque lo necesitamos para vivir plenamente. Que seamos capaces de activar hoy esa energía divina: dando con generosidad a quienes nos rodean y recibiendo con humildad y gratitud los dones que Dios y el prójimo nos regalan cada día.