Domingo 18 del año litúrgico - 260802
«Denles ustedes de comer»
Mateo 14,13-21 a la luz de san Ignacio de Loyola
El Evangelio nos presenta a Jesús retirándose a un lugar apartado. Sin embargo, la multitud descubre dónde se encuentra y lo sigue a pie desde las ciudades. Cristo podría haber buscado nuevamente la soledad, pero, al ver a aquella gente, «se compadeció de ella y curó a los enfermos».
Al caer la tarde, los discípulos proponen una solución razonable: despedir a la multitud para que cada uno busque su propio alimento. Jesús, en cambio, les responde: «No es necesario que se vayan; denles ustedes de comer».
¿Qué nos diría san Ignacio de Loyola al contemplar esta escena, especialmente ante un mundo que parece alejarse de Dios?
1. El hambre del hombre no desaparece cuando se aleja de Dios
San Ignacio comenzaría probablemente invitándonos a contemplar la multitud.
No se trata solamente de personas que tienen hambre de pan. Son hombres, mujeres, ancianos y niños que han salido de sus ciudades porque buscan a Cristo. Hay en ellos una inquietud, una esperanza y un deseo que todavía no saben expresar plenamente.
Algo semejante ocurre hoy. Muchas personas se han apartado de la fe cristiana, pero no por eso han dejado de buscar. Buscan paz interior, sentido, sanación, identidad, comunidad y esperanza. Buscan respuestas en espiritualidades sin Dios, en doctrinas esotéricas, en técnicas de autoayuda, en ideologías políticas, en la astrología o en una vaga religiosidad construida según el propio gusto.
El hombre moderno puede decir que no necesita a Dios, pero continúa teniendo hambre de infinito.
San Ignacio aprendió a reconocer esta hambre en sí mismo. Durante su convalecencia después de ser herido en Pamplona en 1521, advirtió que ciertos pensamientos mundanos lo entretenían por un momento, pero después lo dejaban vacío; en cambio, los pensamientos sobre Cristo y los santos le dejaban una alegría profunda y duradera. Aquella experiencia sería el comienzo de su aprendizaje del discernimiento espiritual.
San Ignacio nos diría que no debemos despreciar al hombre contemporáneo por buscar en lugares equivocados. Debemos descubrir, detrás de esas búsquedas, una sed que solo Dios puede saciar.
Cristo no reprende a la multitud por llegar cansada, confundida o hambrienta. Se compadece de ella.
La primera actitud de la Iglesia ante un mundo alejado de Dios no puede ser la irritación ni el desprecio, sino la compasión del Corazón de Cristo.
2. «Denles ustedes de comer»: la Iglesia no puede despedir a la multitud
Los discípulos dicen: «Despide a la gente».
Esta tentación sigue presente. Ante una cultura secularizada podemos pensar que ya no hay nada que hacer; que los hombres no quieren escuchar; que basta conservar la fe de quienes todavía vienen a nuestras iglesias.
Pero Jesús responde: «No es necesario que se vayan».
San Ignacio escucharía en estas palabras una llamada apostólica. El mundo no debe marcharse hambriento porque los discípulos se hayan resignado.
La Compañía de Jesús nació precisamente en un tiempo de profundas transformaciones. Europa experimentaba rupturas religiosas, guerras, descubrimientos geográficos, cambios culturales y una gran confusión espiritual. Ignacio no respondió encerrándose en una pequeña comunidad defensiva. Con sus primeros compañeros se puso a disposición del Papa para ser enviado donde hubiera mayor necesidad de la Iglesia y mayor servicio de las almas.
El espíritu ignaciano busca el magis: no simplemente hacer muchas cosas, sino buscar aquello que conduce al mayor servicio de Dios y al bien más universal. Por eso el lema asociado a la Compañía es: Ad maiorem Dei gloriam: para la mayor gloria de Dios.
La tradición jesuítica entiende este lema como disponibilidad para buscar aquello que sirve más plenamente a la misión universal de la Iglesia.
Ante la multitud contemporánea, san Ignacio nos diría:
—No la despidas.
—No la abandones a sus errores.
—No te limites a condenar su hambre
—Entrégale a Cristo.
La misión no consiste simplemente en repetir fórmulas, sino en ayudar a cada persona a encontrarse realmente con Jesucristo.
3. El gran combate espiritual: dejar de ponerse a sí mismo en el centro
Los discípulos solo ven la insuficiencia: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces».
Ven lo poco que poseen. Calculan. Miden. Se comparan con la necesidad inmensa. Y concluyen que no pueden hacer nada. San Ignacio reconocería aquí una de las tentaciones más frecuentes: vivir encerrados en el propio yo, en las propias posibilidades, en los propios temores y en la propia imagen.
El individualismo contemporáneo enseña al hombre a considerarse dueño absoluto de sí mismo. La persona ya no recibe su identidad de Dios, de la familia, de la historia o de una comunidad, sino que pretende construirse por sí sola. El criterio último llega a ser: «Esto es verdadero porque yo lo siento»; «esto es bueno porque yo lo deseo»; «esto es justo porque sirve a mi realización personal».
Frente a esta visión, san Ignacio colocaría el Principio y Fundamento de los Ejercicios: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma».
De aquí se sigue que las demás cosas deben ser usadas en cuanto ayudan a alcanzar ese fin, y dejadas en cuanto lo impiden. La espiritualidad ignaciana busca que la persona deje de vivir centrada en sí misma y ordene su libertad hacia Dios. Esta es la gran conversión que necesita nuestro tiempo: pasar de una vida centrada en el propio deseo a una vida centrada en la gloria de Dios.
El individualismo dice:
—Mis panes son míos.—Mis peces son míos.—Mi tiempo es mío.—Mi cuerpo es mío.—Mi vida me pertenece.
Y entonces Cristo dice: «Tráiganmelos». Cuando el hombre entrega a Cristo lo poco que tiene, aquello deja de ser una posesión cerrada y se convierte en don fecundo.
4. Cristo multiplica lo que se le entrega
El milagro comienza cuando los discípulos entregan los cinco panes y los dos peces. Jesús toma los panes, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, los parte y los entrega a los discípulos. Ellos, a su vez, los distribuyen a la multitud.
San Ignacio nos enseñaría a contemplar cada gesto: Cristo toma, bendice, parte y entrega.
Es la lógica de la Eucaristía y también la lógica de la vida cristiana. La vida que se guarda para sí termina empobreciéndose. La vida que se entrega a Dios se multiplica.
Nuestros recursos pueden ser escasos. Quizás tengamos poca fuerza, poco tiempo, pocas vocaciones, pocas personas dispuestas a trabajar. Pero el Evangelio no pregunta si los discípulos poseen lo suficiente. Pregunta si están dispuestos a entregar lo que poseen.
San Ignacio comenzó con un pequeño grupo de compañeros. No tenían grandes recursos ni poder político o económico. Pero habían ofrecido a Dios su libertad, su memoria, su entendimiento y toda su voluntad.
Así lo expresa la oración de los Ejercicios: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer».
El verdadero apostolado comienza cuando dejamos de ofrecer a Dios únicamente lo que nos sobra y le entregamos nuestro «haber y poseer». No somos nosotros quienes salvamos al mundo. Nosotros llevamos los panes. Cristo realiza la multiplicación.
5. Discernir las falsas espiritualidades
San Ignacio prestaría especial atención a las diversas espiritualidades que hoy atraen a tantas personas. No todo lo que parece espiritual viene de Dios. Puede haber experiencias que producen emoción, bienestar momentáneo o sensación de poder, pero que finalmente encierran al hombre en sí mismo. En muchas de las expresiones espirituales modernas, algunas tomas de antiguas tradiciones orientales sucede esto: me hacen meterme dentro de mi mismo, ante que salir al encuentro del otro.
Una espiritualidad auténticamente cristiana no consiste simplemente en sentirse bien. Conduce a la fe, a la humildad, a la caridad, a la verdad, a la comunión con la Iglesia y al servicio de los demás.
San Ignacio enseña a examinar el «principio, medio y fin» de los pensamientos. Cuando una inspiración comienza bien, pero termina alejándonos de la verdad, debilitando la fe, encerrándonos en nosotros mismos o quitándonos la paz profunda, no procede del buen espíritu.
Debemos preguntarnos:
—¿Esta espiritualidad me lleva a adorar a Dios o a adorarme a mí mismo?
—¿Me abre a la verdad o me encierra en mis sentimientos?
—¿Me conduce a servir o solamente a buscar bienestar?—¿Me une a la Iglesia o me convence de que no necesito a nadie?
—¿Me hace más humilde o me hace sentir superior a los demás?
El criterio ignaciano no es solamente: «¿Esto me agrada?», sino: «¿Esto conduce a la mayor gloria de Dios?».
6. María, la mujer que entrega todo a Dios
En este año del centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen, el Evangelio adquiere para Chile una resonancia especial. La coronación realizada el 19 de diciembre de 1926 en el Parque Cousiño, actual Parque O’Higgins, no fue simplemente un homenaje exterior. Expresó el reconocimiento de la presencia maternal de María en la historia espiritual de nuestra nación. La Iglesia en Chile ha invitado a vivir este centenario no como un mero recuerdo histórico, sino como una llamada a la conversión, la esperanza y la renovación espiritual.
María representa exactamente lo contrario del individualismo. Ella no dice: «Mi vida me pertenece». Dice: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
No guarda para sí el don recibido. Lleva a Cristo a Isabel. Lo presenta a los pastores y a los magos. En Caná advierte la necesidad de los hombres y conduce a los servidores hacia Jesús: «Hagan lo que Él les diga».
La Virgen del Carmen ha acompañado la historia cristiana de Chile, particularmente en los momentos en que la patria necesitó unidad, esperanza y fortaleza. La tradición del Voto de O’Higgins y la vinculación de la Virgen con la independencia muestran hasta qué punto la devoción mariana ha estado unida a la conciencia histórica de nuestro pueblo.
Pero coronar a María no puede consistir únicamente en colocar una corona sobre su imagen. Significa reconocer la realeza de Cristo, a quien Ella lleva en sus brazos. En un Chile tentado por el individualismo, la fragmentación y el olvido de Dios, María nos enseña nuevamente a entregar nuestros cinco panes y dos peces.
Ella nos dice:
—Entréguenle a Cristo sus familias.
—Entréguenle sus trabajos.
}—Entréguenle sus sufrimientos.
—Entréguenle la educación de sus hijos.
—Entréguenle la historia y el futuro de Chile.
Conclusión
¿Qué nos diría hoy san Ignacio frente a esta multitud hambrienta?
Probablemente nos diría: Primero: contemplen al mundo con los ojos compasivos de Cristo. Detrás de muchos errores existe un corazón que busca. Segundo: no despidan a la multitud. La Iglesia ha recibido la misión de entregar el Pan de la verdad y de la vida. Tercero: disciernan los espíritus. No toda experiencia espiritual conduce a Dios. Cuarto: abandonen el individualismo. El hombre no ha sido creado para encerrarse en sí mismo, sino para alabar, reverenciar y servir a Dios. Quinto: entreguen a Cristo lo poco que poseen. Él puede multiplicarlo.
En este centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen, pidamos a la Reina y Madre de Chile que nos haga discípulos disponibles, generosos y valientes.
Que, siguiendo el espíritu de san Ignacio, aprendamos a buscar a Dios en todas las cosas; pero, sobre todo, que aprendamos a ordenar todas las cosas hacia Dios.
Y que cada decisión, cada trabajo, cada sacrificio y cada misión puedan llevar inscritas estas palabras: Todo para la mayor gloria de Dios.
Amén.
Palabras de Monseñor Juan Ignacio González, Obispo de San Bernardo, en la Iglesia de San Ignacio de Calera de Tango