Homilía para el Sexto Domingo de Pascua - 260510
¿Tenemos Esperanza? ¿Cómo podemos dar razón de ella?
DOXOLOGIA
“Doxología”. Es muy probable que la mayoría de los que leen o escuchan esta palabra, les suena desconocida. Sin embargo estas otras les parecerán familiares: “Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”… estas palabras, sí, son conocidas y se pronuncian en todas las misas, con toda la solemnidad posible, sea en día de semana, en fiesta o en día domingo. A estas palabras, la Liturgia llama “doxología” (palabras de gloria). Me atrevo a pensar que constituyen el momento culminante de la Liturgia Eucarística.
¿A qué se debe esta introducción a la homilía del Sexto Domingo del Tiempo Pascual? Si nos fijamos en las palabras del Evangelio de hoy lo comenzaremos a comprender. Cuando Jesús dice: “Yo estoy en mi Padre, y ustedes están en mí y Yo en ustedes” estas palabras nos abren el entendimiento.
La Misa es la ofrenda más perfecta que el ser humano puede presentarle a Dios. ¿Por qué? Porque es el mismo Jesucristo quien se está ofreciendo al Padre por nuestras manos humanas. Jesús está en nosotros, ofreciéndose… y nosotros estamos en Él, ofreciéndonos. El Padre, al recibir la ofrenda de su Hijo, está aceptando nuestra ofrenda.
Pero, ¿por qué tenemos el atrevimiento de pensar que estamos en Jesucristo y Jesucristo está en nosotros? Lo pensamos porque lo creemos. Lo creemos porque Él nos lo dijo. Si volvemos a las palabras del Evangelio de hoy, leemos: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él (el Espíritu) permanece con ustedes y estará en ustedes”.
Jesús cumple. Por eso, nos atrevemos a confirmar con un solemne AMÉN las palabras que pronuncia el sacerdote mientras eleva la Hostia y el Cáliz consagrado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Si nos fijamos en la segunda lectura bíblica de hoy, vemos que San Pedro nos encomienda: “Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen”. Dar razón de la esperanza. ¿Qué es lo que esperamos? La alegría de encontrarnos con Dios y con todos nuestros seres queridos en una felicidad sin fin: el cielo. La Vida Eterna. Esto es lo que esperamos. Esto es lo que queremos. Y lo creemos porque Jesús nos lo ha dicho con toda claridad y lo escuchamos en la misa de la semana pasada. ¿Recuerdan “en la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar”? ¿Podemos dudar lo que Cristo nos ha prometido?
En cada misa que celebramos, de algún modo misterioso, anticipamos el cielo, cuando tomamos conciencia de nuestra unión real con Jesucristo y por Él y con Él nos unimos a nuestros hermanos en la Fe, animados por el Espíritu Santo.
¿No nos parece sorprendente la primera lectura de hoy que nos refiere la conversión masiva de los samaritanos con la predicación de los apóstoles? No olvidemos que los samaritanos eran rivales de los judíos y los miraban con desconfianza. ¿Qué pudo derribar con tanta facilidad esos muros? Simplemente porque los apóstoles supieron dar razón de la esperanza, presentándoles al Señor resucitado unido a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo.
Para terminar, renovemos nuestra Fe y nuestra Esperanza dirigiéndonos a Jesús: “Señor, te creo, en Ti confío, lléname con tu Amor. Amén”.