Homilía del Tercer Domingo de Pascua - 260419
La primera Misa después de la Última Cena, la celebró Jesús Resucitado con dos discípulos, caminando de Jerusalén a Emaús.
Hemos celebrado, participado o asistido a tantas misas en nuestra vida, pero tal vez no hemos observado que hay dos cosas que no pueden faltar: LA PALABRA DE DIOS Y LA COMUNIÓN. Actualmente se habla de la “Liturgia de la Palabra” y de la “Liturgia Eucarística”.
En la “Liturgia de la Palabra” nos reunimos, se leen trozos bíblicos del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y de los Evangelios los cuales con comentados en una Homilía. En la “Liturgia Eucarística” se presentan ofrendas, se consagra el pan y el vino, se comulga el Cuerpo y la Sangre de Cristo y finalmente nos despedimos.
Tal vez nos hemos dado cuenta que el personaje central de la Misa es Jesucristo: las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento de una u otra manera “apuntan” a Jesucristo; en los trozos evangélicos es Jesús mismo quien habla o actúa. En la Liturgia Eucarística es el propio Jesús, por las palabras que pronuncia el sacerdote, quien consagra el Pan y el Vino en su Cuerpo y su Sangre y comparte con nosotros su propia Vida.
El episodio evangélico que se lee este Tercer Domingo del Tiempo Pascual nos presenta a Jesús en la tarde de su primer día como RESUCITADO. Se incorpora al grupo de dos peregrinos que van apesadumbrados caminando de Jerusalén al pueblo de Emaús. Van tristes y preocupados porque habían creído en Jesús de Nazaret cuya Pasión y Muerte los había desalentado en sus esperanzas. Les aclara la mente explicándoles el sentido de las Sagradas Escrituras, cómo éstas “apuntan” al Mesías, que es Él mismo, y que pasó lo que tenía que pasar. Esta parte del episodio equivale en una Misa, a la Liturgia de la Palabra en la que es el propio Jesús quien explica el sentido de las Escrituras.
El episodio cambia de escenario. Han llegado a casa y han entrado a comer y Jesús parte y comparte el Pan con los caminantes. Este gesto de Jesús, de compartir el Pan, nosotros lo vemos como un reflejo del gesto que realizó en la Última Cena, en la que compartió con los apóstoles su Cuerpo y su Sangre… y es lo que vivimos hoy cada vez que participamos en la Consagración y Comunión de la Misa.
De este modo, podemos pensar que la primera vez que Jesús personalmente celebró la Misa después de resucitar, lo hizo caminando y cenando con dos peregrinos… y terminó con un gozoso “Ite Missa est”: “Vayan, la Misa ha terminado; vayan en la paz del Señor, Aleluya, Aleluya” ¡y partieron gozosos de regreso a Jerusalén!
La primera Misa después de la Última Cena, la celebró Jesús Resucitado con dos discípulos, caminando de Jerusalén a Emaús.
Para terminar este comentario, procuremos asociarnos a esos dos discípulos de Emaús y juntos con ellos y con la comunidad creyente en nuestra misa, procuremos entender los trozos bíblicos que nos llegan cada semana. Tratemos de ver en ellos cómo Dios, a través de su Hijo Jesús, va estimulando más y más nuestro deseo de conocerlo mejor, entenderlo mejor, amarlo más y más y seguirlo. Cuando juntos con nuestros hermanos en la Fe, nos acerquemos a la Comunión, pensemos que es Jesús Resucitado quien está en medio de nosotros, reforzándonos en la Fe, la Esperanza y el Amor.