Homilía en el Cuarto Domingo de Cuaresma (“Laetare”) - 260315
¿”Alégrate, mundo entero”? Sí. Alégrate porque viene Jesús, que es tu REY, tu PASTOR y tu LUZ.
En este Tiempo de Cuaresma, la Iglesia ha querido estimular en nosotros un espíritu de sobriedad y recogimiento, reduciendo los adornos y jolgorios, suprimiendo los “glorias” y “aleluyas”. Sin embargo, en este Cuarto Domingo, los colores litúrgicos se cambian del severo color morado al suave color del amanecer y las palabras con que empieza la misa son “Alégrate, Jerusalén” (en latín “Laetare Ierusalem”… por eso, en algunas partes a este domingo le llamaban “Domingo laetare”).
Sabemos que Jesús va avanzando a Jerusalén, donde después de ser gozosamente aclamado y recibido triunfalmente con ramos de olivos y palmeras, será traicionado, calumniado, juzgado, condenado y crucificado. Sabemos, también, que Jesús vencerá a la muerte y resucitará. Es por eso que, a pesar de todo lo terrible que pudiéramos temer, cuando nos atrevemos a decir “Alégrate, Jerusalén”, en realidad queremos decir “Alégrate, mundo entero”.
¿”Alégrate, mundo entero”? Sí. Alégrate porque viene Jesús, que es tu REY, tu PASTOR y tu LUZ.
Justamente de esto nos hablan las lecturas bíblicas de hoy.
La primera lectura bíblica, tomada del libro de Samuel, en el Antiguo Testamento, nos presenta a un niño pastor, el joven David, que Dios señala como futuro rey de Israel y que es ungido como tal por el profeta Samuel. Sabemos que, de pastor de ovejas, David llegará a ser el pastor y guía de un pueblo. La memoria de este REY-PASTOR se prolongará por mil años hasta que un descendiente suyo, el humilde Jesús de Nazaret asuma la conducción y soberanía del Universo hasta el fin de los tiempos. Se trata de un proceso trascendental en el que ya llevamos dos mil años. En ese proceso estamos situados y, aunque todavía no ha llegado el fin de los tiempos, nos atrevemos a cantar el salmo atribuido a David: “El Señor es mi Pastor; nada me puede faltar”.
David dijo “El Señor es mi Pastor”. Nosotros no lo negamos, sino que reforzamos la idea con la convicción que Jesús, el descendiente de David, es nuestro Señor, Rey y Pastor. Nosotros queremos dejarnos guiar por este Pastor que nos conduce por el recto sendero. Él nos ilumina. Él nos dijo “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la Vida” (Juan 8, 12). Yo le creo a Jesús. ¿Tú le crees?
En el largo y entretenido trozo del Evangelio que hemos escuchado hoy, san Juan disfruta hasta con detalles anecdóticos lo que nos transmite con convicción: que Jesús es la LUZ de la Vida. Esa luz de la Vida es la FE. El ciego de nacimiento que ha recuperado la vista ha sido colmado con el don de la FE…y esta Fe, la sostiene contra los insultos y amenazas de los fariseos
Conversemos con Jesús, reconociendo que es nuestro Rey, nuestro Pastor y nuestra Luz. Pidámosle, también, que sostenga nuestras fuerzas para perseverar en la convicción de que Jesús es todo para nosotros.