Reflexión sobre las lecturas bíblicas del Tercer Domingo de Cuaresma:
Experimentamos dentro de nosotros este dinamismo fundamental que le podemos llamar DESEO, HAMBRE o SED.
LA SED Y EL DESEO
Exodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4 5-42
¿Cuál es la primera señal de vida que nos da el ser humano al nacer? Su llanto.
¿Qué hace la mamá para calmar el llanto de su recién nacido? Lo toma en sus brazos y le da su pecho. Con esto quiere saciar su hambre y sed de alimento y amor.
Desde que nacimos, incluso antes de tomar conciencia, experimentamos dentro de nosotros este dinamismo fundamental que le podemos llamar DESEO, HAMBRE o SED.
¿Qué deseamos? Cuando tenemos HAMBRE, deseamos comida. Cuando tenemos SED, queremos agua. Deseamos conocer y ser conocidos: Deseamos amar y ser amados. Deseamos entender y ser entendidos.
Así somos los seres humanos. Somos hombres y mujeres de deseos. Nos damos cuenta que tanto en nosotros como en las otras personas, grupos, pueblos y naciones se van desarrollando de distintas formas una infinita gama de deseos y ambiciones.
Las lecturas bíblicas de este Tercer Domingo de Cuaresma quieren conducirnos a partir de la SED DE AGUA, al precioso tema de la SED DE DIOS.
El trozo del libro del Éxodo nos presenta a un pueblo sediento, desconfiado y exigente. No tienen agua y por la sed, quieren volver a Egipto, olvidándose de las penurias vividas en la esclavitud. Le reclaman a Moisés porque están sedientos de agua y se olvidan de ese Dios que los ha librado de sus opresores. Este pueblo no sólo está necesitado de agua sino más aún, está necesitado de Fe y Confianza en el Señor. Su alma esta reseca y sedienta. Dios se apiada de la angustia de su pueblo y encarga a Moisés que tocando la roca con su báculo, haga brotar abundante agua. Por esta agua que brotó de la roca, Dios quiso saciar la sed y fortalecer la Fe de su pueblo.
En esta Roca herida del Antiguo Testamento, los cristianos queremos representarnos a Jesucristo, de cuyo corazón, herido por la lanza del soldado, brota agua y sangre, nuestra salud, vida y salvación.
Pasamos así al trozo del Nuevo Testamento, del Evangelio de San Juan: El episodio de Jesús y la Samaritana que escuchamos hoy. El hombre, Jesús, tiene sed y le pide agua a la mujer que ha venido al pozo para llenar su cántaro y llevarlo a su casa. El mismo Dios que ha saciado la sed de todo un pueblo, ese Dios, al hacerse hombre, ha querido sentir la misma sed que sentimos todos los hombres. Como hombre, tiene sed de agua; como Dios ha venido a despertar la Fe de esa mujer. Aquí viene este maravilloso intercambio amoroso: Dios tiene sed de nuestra fe y nosotros tenemos sed de Dios… y por eso, lo buscamos y Él sale a encontrarnos.
En el episodio evangélico de hoy se nos presenta una situación curiosa: sabemos que los samaritanos, en conflicto con los judíos no iban a adorar a Dios a la ciudad santa de Jerusalén; judíos y samaritanos no se mezclaban ni conversaban. Incluso tenían su lugar de oración especial en un monte, Guerizín, cercano al pozo del que estamos hablando. Jesús viene de Galilea y va a Jerusalén, es judío de familia, pero no se hace problema por conversar con una samaritana. Esto sorprende a la mujer y se inicia una conversación que culmina en un acto de fe no sólo de ella sino de numerosos samaritanos que, invitados por ella, han venido por curiosidad a conocer a Jesús.
Si los judíos buscaban a Dios en Jerusalén y lo samaritanos en Guerizín, ahora lo han encontrado en Jesús, quien les muestra que el verdadero Dios, su Padre, lo es tanto de judíos o samaritanos, griegos o romanos. Sí: Dios es el Padre de todos. Éste es el Dios que buscamos, que está en todas partes y quiere abrazarnos a todos.
Viene ahora nuestra pregunta: ¿Nosotros, qué buscamos? ¿qué deseamos los hombres de hoy? ¿Cuáles son las hambres, cuáles los deseos, de qué tiene sed el hombre de hoy? Si somos sinceros, vemos a algunos sedientos de poder, de bienestar, de dominios, de riquezas, de placeres… esos son ídolos o falsos dioses, incapaces de saciar nuestra sed.
Algunos, más espirituales, buscan a Dios en la naturaleza, en libros de “autoayuda”, en extraños o misteriosos ritos o ceremonias. Está bien que lo busquen, pero no se olviden que el mejor camino es el de Jesús: CAMINO, VERDAD y VIDA. Nos lo confirma San Pablo en su carta a los romanos que leímos hoy.
Dios está en nosotros, dentro de nosotros, con nosotros, junto a nosotros... pero Él quiere que lo busquemos. No podemos eximirnos de esta búsqueda. Abramos nuestro apetito. Estimulemos nuestra búsqueda
Abramos nuestro corazón a Jesús y dejemos que Él vaya calmando nuestra SED.