Homilías y Reflexiones

¡ÁNIMO! LO QUE VIENE ES DIFÍCIL

Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma - 260301

Los problemas existen y vienen cuando menos lo pensamos o cuando menos los desearíamos.

¡ÁNIMO! LO QUE VIENE ES DIFÍCIL

            Cuando nos sentimos bien, o se nos olvida o tratamos de no recordar los momentos difíciles que inevitablemente hemos tenido que padecer más de una vez.  Con un supuesto optimismo, nos queremos engañar como si todo fuera siempre “color de rosa”.

Pero. la realidad es distinta: los problemas existen y vienen cuando menos lo pensamos o cuando menos los desearíamos. Las enfermedades a veces vienen, aunque hayamos tomado todas las precauciones para evitarlas. Las disputas, los malos entendidos o las calumnias nos pueden caer encima incluso cuando nos hayamos esforzado por tratar bien a los demás. Ésta es la realidad, nos guste o no nos guste.

A esta realidad quiso venir el Hijo de Dios, a compartir nuestra suerte asumiendo la condición humana en todos sus aspectos, incluso en los más dolorosos, hasta el extremo de dar su vida, padeciendo las afrentas, los azotes, la coronación de espinas, la crucifixión y la muerte… para darnos esta Buena Noticia: “¡ÁNIMO! LO QUE VIENE ES DIFÍCIL, pero Yo vencí a la muerte. Yo contigo y tú conmigo, la venceremos”. Esto es lo que quiso hacer Jesús en el episodio que leemos en el Evangelio de hoy: la TRANSFIGURACIÓN.

Recordemos el contexto del relato de hoy. Jesús ha pasado un largo período en la bella región del norte, en Galilea. Ha estado predicando, sanando enfermos, haciendo muchos milagros. Sus seguidores son muchedumbres. Sus discípulos lo veneran, y ya lo están reconociendo como Mesías. Incluso, lo quieren coronar como rey. En contraposición a estos hechos, Jesús les dice a sus apóstoles que van a ir al sur, a la región de los judíos, Judea, donde hay gente que no lo quiere. Les previene que van a venir duros momentos, que van a querer matarlo y todo lo demás. Los discípulos se resisten a creerlo y san Pedro lo quiere convencer que no vayan. Jesús lo reprende.

Es entonces cuando Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y los lleva aparte al Monte Tabor y sucede el episodio de la Transfiguración. Por un momento, los tres apóstoles contemplan la divinidad de Jesús: ya no es sólo un hombre; es Dios resplandeciente, escoltado por dos importantísimos personajes de la historia de Israel: Moisés, el caudillo liberador, y el valiente profeta Elías. La nube que los cubre representa la divinidad oculta. Es el Padre que deja oír su voz “Este es mi Hijo muy amado; escúchenlo”. Ciertamente Dios se ha manifestado. ¿Qué más podían esperar estos tres apóstoles privilegiados?

Tengamos presente que serán estos mismo tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, quienes presenciarán en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos, al Maestro sufriente, al parecer humanamente derrotado, sudando sangre y rogándole a Dios: “Padre, si es posible, aparta de Mí este cáliz, peo no se haga mi voluntad, sino la tuya.”  De estos tres testigos, Pedro será el que lo negará tres veces y luego llorará su pecado; Juan acompañará al Maestro al pie de la Cruz.

¿Por qué nuestra Madre la Iglesia habrá querido poner este episodio en la Liturgia de hoy? Porque a finales de este mismo mes, en la Semana Santa, estaremos recordando todos los sufrimientos padecidos por Nuestro Señor y su triunfo sobre la muerte en el Triduo Pascual.

La Liturgia quiere darnos ánimo y esperanza aunque preveamos momentos difíciles. En la primera lectura, las promesas que Dios le hace a Abraham serán para él una fuente de  esperanza. En la carta de San Pablo a Timoteo, lo previene de padecimientos pero lo anima con la fortaleza de Dios. Lo mismo, el salmo responsorial nos anima en la esperanza.

Digámosle a Jesús: “Señor y Maestro: Tú estás conmigo y yo estoy contigo. Te reconozco como mi Guía, mi Jefe y mi amigo. Gracias porque en los momentos difíciles tu presencia me reconforta. No permitas que me aparte de Ti. Amén.