Lecturas del domingo 11 de enero de 2026
Dios inaugura la VIDA PÚBLICA de Jesús
Este episodio del cual nos hablan los cuatro evangelistas, no puede dejar de asombrarnos. Nos cuestionamos: ¿Necesitaba Jesús ser lavado del pecado original? ¡Por cierto que no! ¿Iba el bautismo a convertirlo en hijo de Dios, como es el caso nuestro? ¡Ya era Hijo de Dios desde que fue concebido en la Virgen María! ¿Entonces, para qué fue a bautizarse?
Hay una pedagogía de Dios y es la que procura aplicar la Iglesia, Madre y Maestra. Lo que quiere la Iglesia, a través de la Evangelización, la Catequesis y la Liturgia, ella quiere darnos a conocer a Jesús, mostrarnos la persona de Jesús, enseñarnos a conocerlo, acogerlo, amarlo y seguirlo. Para esto se hace un plan y luego lo aplica.
Sabemos que la niñez, adolescencia y juventud de Jesús las vivió humilde y sencillamente aprendiendo de San José y poniendo en práctica el oficio de artesano y carpintero, acudiendo como uno más a la Sinagoga de Nazaret, ayudando y acompañando a su Madre María. El único episodio de su adolescencia que conocemos fue su “pérdida y hallazgo” en el Templo de Jerusalén. Esto es lo que llamamos su VIDA OCULTA.
Lo que vive Jesús, pasados sus treinta años es lo que se ha llamado su VIDA PÚBLICA. El episodio que llamamos “el Bautismo de Jesús” constituye para nosotros el solemne PASO DE ENTRADA en esta vida: el paso de la VIDA OCULTA a la VIDA PÚBLICA. En esta escena contemplamos el contraste entre la humildad humana y la grandiosa solemnidad divina. Jesús, humilde, acude al Jordán en medio de pecadores a recibir de Juan el agua de la purificación. Juan, humilde, siente que Jesús debiera bautizarlo a él. La voz de Dios confirma la condición de Hijo amado en Jesús. La unción del Espíritu en Jesús confirma la grandiosidad de su misión divina.
Sabiendo que para nosotros los misterios tienen un atractivo especial, la Iglesia nos presenta dos grandes misterios y a través de ellos, nos ayuda a ir abriendo nuestra mente y nuestro corazón para que vayamos conociendo, amando y siguiendo a Jesús.
Dos grandes misterios: Misterio de la Encarnación y Misterio Pascual. Anualmente los presenta, los ofrece y nos invita a compartirlos.
El Misterio de la Encarnación lo presenta en dos Tiempos: el Tiempo de Adviento y el Tiempo de Navidad. En diciembre estuvimos en Adviento viviendo la espera de la venida del Señor. Luego, Navidad con el Nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre y episodios de su infancia, con María, con José, con los ángeles, los pastores y los magos.
El Misterio Pascual tiene dos grandes tiempos: El Tiempo de Cuaresma, que son cuarenta días antes de la Semana Santa, el Triduo Santo y el Tiempo Pascual con la Resurrección y Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.
Curiosamente nuestra Madre y Maestra la Iglesia no quiso ponerles fechas fijas para la celebración de los Misterios sino que se ajustó a los calendarios del sol y de la luna. La Navidad la asoció al solsticio de invierno del hemisferio norte que corresponde al solsticio de verano en nuestro hemisferio. La Pascua la ajustó a la luna llena del equinoccio de primavera en el hemisferio norte y otoño en el nuestro.
A los espacios de tiempo que existen entre los mencionados misterios, nuestra Madre Iglesia los llamó el “Tiempo Ordinario”. Para visualizar todos estos tiempos, se eligieron los colores litúrgicos: Morado en Adviento y Cuaresma; Blanco en Navidad y Pascua; Verde en el Tiempo Ordinario. El Rojo, en unos casos especiales como Domingo de Ramos, Viernes Santo, Pentecostés y fiestas de los mártires.
Ahora bien, ¿Cómo insertamos la vida de Jesús en estos “misterios” y “tiempos” que acabamos de mencionar? Veíamos que la Vida de Jesús se dividía en dos partes: su VIDA OCULTA y su VIDA PÚBLICA. La primera, la recordamos en el Tiempo de Navidad. La VIDA PÚBLICA, la vamos viendo en el Tiempo Ordinario y en el Tiempo Pascual.
¿Y la celebración de hoy, dónde queda ubicada? Precisamente en la transición entre la VIDA OCULTA y la VIDA PÚBLICA. Aunque Jesús acude humildemente al agua del Jordán como uno más entre los pecadores a recibir el bautismo de Juan, no puede evitar que el Profeta lo señale públicamente. Tampoco puede evitar que su Padre Dios lo proclame solemnemente como su Hijo amado, ni tampoco ser señalado como el Ungido del Espíritu Santo. Desde este momento, Jesús pasa a ser un HOMBRE PÚBLICO. Desde este momento, los que han leído o escuchado en la Sinagoga las profecías de Isaías, pueden ir dándose cuenta que en este hombre se van haciendo realidad las palabras del Profeta pronunciadas seiscientos años atrás.
Nosotros somos unos privilegiados porque tenemos la oportunidad de conocer, amar y seguir al Jesucristo de todos los tiempos. Tenemos la oportunidad de hacernos presentes en la Gruta de Belén, en el taller de Nazaret, en las aguas del Jordán, en los campos y pueblos de Galilea, con los apóstoles en el lago, con las multitudes que lo seguían escuchando sus palabras, con los enfermos que acudían implorando la salud… en fin, Jesús nos mira a todos y a cada uno como si fuéramos los únicos.
Ésta es la dimensión de Jesús que se nos abre en la Liturgia de hoy.