“Señor, yo creo, pero aumenta mi Fe”
“Auméntanos la Fe” - “Si parece que se demora, espérala” - “No endurezcan su corazón” – “Que reavives el don de Dios que has recibido”
“Auméntanos la Fe” - “Si parece que se demora, espérala” - “No endurezcan su corazón” – “Que reavives el don de Dios que has recibido”
“Señor, yo creo, pero aumenta mi Fe”
Semana a semana cuando llega el momento del Credo en la Misa dominical, cantamos con todo el corazón estas palabras: “Señor, yo creo, pero aumenta mi Fe”. Es un reconocimiento humilde y confiado de nuestra cruda realidad: creemos que tenemos Fe, pero nos cuesta sentirla o percibirla porque no la podemos tocar, medir o pesar.
¿Qué creemos, en quién creemos, a quién creemos, cómo creemos, cuándo creemos, dónde creemos?
Hay cosas que nosotros podemos percibir y captar por nuestros sentidos, almacenar en nuestra mente, formarnos una idea de ellas, reconocer su existencia y afirmar con certeza su realidad. Aquí entran todas las cosas del mundo material. De éstas no tenemos dificultad en admitir su existencia.
Hay, sin embargo, hay realidades que no podemos ver ni tocar ni medir ni pesar, pero que nosotros intuimos o deducimos y creemos que existen puesto que nuestra razón ha llegado a esa conclusión. Creemos que existen los espíritus, aunque éstos no tengan ni figura ni peso ni volumen. Así podemos llegar a pensar y creer que tenemos un alma espiritual. Más aún, podemos llegar a afirmar que creemos en la existencia de Dios. Se trata de un argumento razonable. Dios es real; Dios existe; Dios es el Creador de todo lo existente
A pesar de todo lo dicho, podemos afirmar que no nos basta creer que Dios existe para tener Fe. La Fe va más allá de todo lo comprobado.
La Fe es una realidad que no parte de nuestra creencia sino de la voluntad amorosa de Dios. El sostiene en la existencia a todo lo creado… y a nosotros, también. Él nos envuelve amorosamente y quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Cuando nosotros, consciente y libremente nos dejamos “tocar” por el amor de Dios, entonces no mentimos cuando decimos “tengo FE EN DIOS”.
“FE EN” sugiere la imagen de una inmersión. En el Acto de Fe, yo me sumerjo en Dios y Él se sumerge en mí como el nadador se sumerge en la piscina o en las aguas del mar. Yo no dejo de ser yo ni Dios deja de ser Dios. ¿Por qué? Porque Dios me ama (Él primero) y porque yo amo a Dios. Si no hay AMOR, no hay verdadera Fe.
Existen muchas religiones y muchísimas personas religiosas cuyas creencias apuntan hacia Dios. Pero ¿en qué medida se han dejado tocar por el Amor de Dios? Esta pregunta no sólo se la formularía a judíos y musulmanes; también nos la tenemos que hacer todos los cristianos de las diversas denominaciones. ¿Qué Fe tenemos? ¿En quién tenemos puesta nuestra Fe? A juzgar por o que estamos viendo y viviendo, estamos muy pobres de verdadera Fe. Ante esta realidad, vemos los textos bíblicos que nos ofrece la Liturgia de hoy:
“Auméntanos la Fe” - “Si parece que se demora, espérala” - “No endurezcan su corazón” – “Que reavives el don de Dios que has recibido”
“Auméntanos la Fe”. Esta frase se la dijeron los discípulos a Jesús en el trozo del Evangelio de hoy. Esta es la petición más urgente que debemos elevar al Señor. Fe sin Amor es fe muerta. Amor al que tiene otra religión, amor al que piensa distinto, al que está equivocado…
Aunque estemos convencidos que tenemos la razón, el salmo de hoy nos dice “No endurezcan el corazón”. Pongamos una nota de ternura a nuestros argumentos.
Puede parecernos difícil lograr esos importantes cambios en nuestro comportamiento, y deseas con ardor llegar a esa ansiada actitud de Fe, el profeta de la primera lectura nos aconseja: “Si parece que se demora, espérala”.
Todos, desde nuestro Bautismo hemos recibido el don de la Fe pero muchas veces se nos ha ido debilitando, entonces San Pablo, en la segunda lectura nos aconseja: “Que reavives el don de Dios que has recibido”
En resumen: Fe sin Amor, está muerta. Amor sin Fe no sobrevive.