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Homilías

5 DE MAYO: DOMINGO TERCERO DE PASCUA

LOS RASGOS DE LA IGLESIA QUE JESÚS QUIERE

Este domingo de Pascua nos ofrece para nuestra meditación los rasgos de la Iglesia que Jesús quiere, a saber: predicar en su nombre, centrada en la Eucaristía, siguiendo a Pedro, bajo el criterio de la cruz. Me explico.

  1. Predicar en su nombre. Cuando Jesús se apareció a los apóstoles que

estaban pescando toda la noche y no habían pescado nada, les dijo: “echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. La barca es la Iglesia, o sea nosotros, y si predicamos el Evangelio de Jesús por nuestras propias fuerzas, no conseguiremos nada; en cambio, si lo hacemos en el nombre de Jesús, él con su fuerza propia, producirá frutos.

 

  1. Iglesia centrada en la Eucaristía. Cuando Jesús les invita a desayunar

con su pan y los peces, nos está sugeriendo, que la Eucaristía, la santa Misa

y la Comunión debe ser el centro de nuestra vida diaria.

 

  1. Iglesia siguiendo a Pedro. Y detrás de Pedro está el Papa actual; Papa

Francisco. Debemos seguir sus enseñanzas a través de sus encíclicas, exhortaciones apostólicas, etc.

 

  1. Iglesia bajo el criterio de la cruz. Cuando Jesús pregunta a Pedro tres

veces si le ama, y él humildemente y avergonzado porque Pedro había negado a Jesús tres veces, Jesús le encarga que cuide y pastoree a sus ovejas y corderitos, o sea a mayores y menores, y luego le dice: que cuando era joven iba a donde quería, pero cuando sea más viejo, extenderás las manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”...o sea que le anuncia la muerte en cruz. La cruz debe ser el criterio de nuestras vidas, no la fama, el dinero, el placer...

 

  El Papa San Juan Pablo II (1920-2005), Papa desde 1978 hasta su muerte, en una homilía dijo:

  “Pedro conoció la fuerza de la palabra según la cual Otro le conduciría allí donde él no quería...Pedro no quiere jamás desprenderse de esta pregunta: ¿Me amas? Dondequiera que iba la llevaba consigo. Y la lleva a través de los siglos, a través de las generaciones...Ha habido muchos hombres y mujeres que han sabido y saben aún hoy que toda su vida tiene valor y sentido solamente en la medida en que es una respuesta a esta misma pregunta: ¿Me amas? Ellos han dado y dan su respuesta de manera total y perfecta –una respuesta heroica – o bien de manera común, ordinaria. Pero en todo caso saben que su vida, que la vida humana en general tiene valor y sentido en la medida en que es la respuesta a esta pregunta: ¿Me amas? Solo por esta pregunta la vida merece ser vivida.”

 

  Termino con una poesía de Ernestina de Champourcin (1905-1999), poeta de Victoria (Álava) que se titula:

 

                      UN DÍA ME MIRASTE

 

  Un día me miraste

como miraste a Pedro.

No te vieron mis ojos,

pero sentí que el cielo

bajaba hasta mis manos.

 

  ¿Qué lucha de silencios

libraron en la noche

tu amor y mi deseo?

 

  Un día me miraste.

y todavía siento la huella de ese llanto

que me abrasó por dentro.

Aún voy por los caminos,

soñando aquel encuentro.

 

Un día me miraste

como miraste a Pedro.

 

 j.v.c.


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

21 DE JULIO: DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

CONTEMPLATIVOS EN LA ACCIÓN

El Evangelio de hoy nos presenta a Marta y María, que encarnan “la acción” la primera Marta y “la contemplación” la segunda María. De ahí viene ese título que he puesto a la homilía de “Contemplativos en la acción”. Es esta una frase de San Ignacio de Loyola que nos quería a todos así: contemplativos en la acción. Unidos siempre a Jesús en el trabajo diario. Unir a Marta y María, como si fueran una sola persona dentro de nosotros. Trabajar como Marta , pero con el corazón oyente de María. Marta toma la postura del “dar” y María la postura del “recibir”. Marta se coloca en el plano del “actuar” y María en el plano del “ser”. Marta acoge a Jesús en su casa, y María lo acoge “dentro” de su corazón. Marta ofrece cosas y María se ofrece a sí misma.