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Homilías

9 DE JULIO: DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO

EL REGALO DEL YUGO

En este domingo, en el evangelio, Jesús empieza alabando a Dios Padre. Nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo, expresión de amor. Cantar con nuestra voz, con nuestro corazón, con nuestras costumbres...Una alabanza de gloria de un alma que permanece en Dios, con un amor puro y desinteresado. Una continua acción de gracias. Luego, Jesús dice que esa actitud, Dios Padre “la ha escondido a los sabios y entendidos y que la ha revelado a los más sencillos.” A los humildes y sencillos de corazón. Dios los enriquece con una fe viva; creen, tocan, saborean las palabras de vida...Conservan la paz en medio de las tribulaciones. Y después Jesús afirma: “nadie conoce al Padre sino el Hijo y al que el Hijo se lo quiere revelar”. Jesucristo está al origen de todo, porque existe antes del tiempo... Y ese Jesús, que es el Verbo, la Palabra de Dios encarnada, nos invita: “Venid a mí todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Los que le busquen lo encontrarán. Cuando lo invoque, lo llamaré para que venga a mí...A Jesús que alega: “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón”. Y llegamos al momento crucial: “Cargad con mi yugo... Es llevadero y mi carga es ligera”. Se trata de vivir bajo “el yugo del amor”, más ligero que vivir en la ambición, en el odio, en el deseo de venganza...Y se trata sobre todo de una singular unión y paradógico intercambio entre Dios y el hombre. El mismo Dios, encarnado en Jesús se acerca a nosotros, que somos hechos a su su imagen y semejanza, para salvar la carne, y asume todo lo que es humano excepto el pecado. Une los dos elementos contrarios: la carne y el espíritu; uno de ellos diviniza, mientras que el otro es divinizado. El que ya es, se hace. El increado se deja crear. El que da la riqueza, se hace mendicante...El que es plenitud se vacía; se vacía por un momento de su gloria, para que yo tome parte en su plenitud. S. Elfredo de Rievaulx, en su libro “El espejo de la caridad” dice: “Los que se lamentan de la dureza del yugo del Señor, quizá no hayan rechazado completamente el yugo tan pesado de la codicia del mundo o, si lo han rechazado, de nuevo se han sujetado a él, para mayor vergüenza suya. Por fuera soportan el yugo del Señor, pero por dentro sus espaldas están sujetas todavía a las cargas de las preocupaciones del mundo. Consideran como yugo pesado del Señor las penas y dolores que ellos se infligen a sí mismos. Siendo así que el yugo del Señor es suave y su carga ligera. En efecto, ¿qué hay más dulce, más glorioso, que verse elevado por encima del mundo por el menosprecio que se ha hecho de él e, instalado en la cumbre de una conciencia en paz, tener el mundo entero bajo los pies? Entonces no se desea nada, nada se teme, nada se envidia, nada hay propio que se os pueda quitar, ningún otro mal que os pudiera causar. La mirada del corazón se dirige hacia la herencia incorruptible, pura, imperecedera que os está reservada en el cielo. Como con una grandeza de alma, se hace poco caso de las riquezas del mundo: estas pasan; las fastuosidades del mundo se marchitan; y llenos de gozo hacen suyas las palabras del profeta: Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. En la caridad, y solo en la caridad, reside la verdadera tranquilidad, la verdadera dulzura, porque este es el yugo del Señor”. Quiero terminar con un soneto del poeta nacido en Catarroja (Valencia, España) Bartolomé Llorens (1922-1946), titulado: PRESENCIA DEL SEÑOR Siento la voz divina de tu boca, acariciar mi oído tiernamente, tu aliento embriagarme, y en mi frente la mano que ilumina cuanto toca. Mi antiguo corazón de amarga roca ha brotado divina, oculta fuente, y una armonía dulce y sorprendente a su celeste amor fiel me convoca. La soledad, la noche en que vivía, el hondo desamparo y desconsuelo, la triste esclavitud que me perdía, son ahora presencia, luz sin velo, son amor, son verdad, son alegría, ¡son libertad en Tí, Señor, son cielo! j.v.c.

 

Luego, Jesús dice que esa actitud, Dios Padre “la ha escondido a los sabios y entendidos y que la ha revelado a los más sencillos.” A los humildes y sencillos de corazón. Dios los enriquece con una fe viva; creen, tocan, saborean las palabras de vida...Conservan la paz en medio de las tribulaciones. 

 Y después Jesús afirma: “nadie conoce al Padre sino el Hijo y al que el Hijo se lo quiere revelar”. Jesucristo está al origen de todo, porque existe antes del tiempo...
Y ese Jesús, que es el Verbo, la Palabra de Dios encarnada, nos invita: “Venid a mí todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Los que le busquen lo encontrarán. Cuando lo invoque, lo llamaré para que venga a mí...A Jesús que alega: “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón”. 

Y llegamos al momento crucial: “Cargad con mi yugo... Es llevadero y mi carga es ligera”. Se trata de vivir bajo “el yugo del amor”, más ligero que vivir en la ambición, en el odio, en el deseo de venganza...Y se trata sobre todo de una singular unión y paradógico intercambio entre Dios y el hombre. El mismo Dios, encarnado en Jesús se acerca a nosotros, que somos hechos a su su imagen y semejanza, para salvar la carne, y asume todo lo que es humano excepto el pecado. Une los dos elementos contrarios: la carne y el espíritu; uno de ellos diviniza, mientras que el otro es divinizado. El que ya es, se hace. El increado se deja crear. El que da la riqueza, se hace mendicante...El que es plenitud se vacía; se vacía por un momento de su gloria, para que yo tome parte en su plenitud.

  S. Elfredo de Rievaulx, en su libro “El espejo de la caridad” dice:

  “Los que se lamentan de la dureza del yugo del Señor, quizá no hayan rechazado completamente el yugo tan pesado de la codicia del mundo o, si lo han rechazado, de nuevo se han sujetado a él, para mayor vergüenza suya. Por fuera soportan el yugo del Señor, pero por dentro sus espaldas están sujetas todavía a las cargas de las preocupaciones del mundo. Consideran como yugo pesado del Señor las penas y dolores que ellos se infligen a sí mismos. Siendo así que el yugo del Señor es suave y su carga ligera. 

 En efecto, ¿qué hay más dulce, más glorioso, que verse elevado por encima del mundo por el menosprecio que se ha hecho de él e, instalado en la cumbre de una conciencia en paz, tener el mundo entero bajo los pies? Entonces no se desea nada, nada se teme, nada se envidia, nada hay propio que se os pueda quitar, ningún otro mal que os pudiera causar. La mirada del corazón se dirige hacia la herencia incorruptible, pura, imperecedera que os está reservada en el cielo. Como con una grandeza de alma, se hace poco caso de las riquezas del mundo: estas pasan; las fastuosidades del mundo se marchitan; y llenos de gozo hacen suyas las palabras del profeta: Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre. En la caridad, y solo en la caridad, reside la verdadera tranquilidad, la verdadera dulzura, porque este es el yugo del Señor”. 

Quiero terminar con un soneto del poeta nacido en Catarroja (Valencia, España) Bartolomé Llorens (1922-1946), titulado:
                 
  PRESENCIA DEL SEÑOR

Siento la voz divina de tu boca,
acariciar mi oído tiernamente,
tu aliento embriagarme, y en mi frente
la mano que ilumina cuanto toca.

  Mi antiguo corazón de amarga roca
ha brotado divina, oculta fuente,
y una armonía dulce y sorprendente
a su celeste amor fiel me convoca.

  La soledad, la noche en que vivía,
el hondo desamparo y desconsuelo,
la triste esclavitud que me perdía,

  son ahora presencia, luz sin velo,
son amor, son verdad, son alegría,
¡son libertad en Tí, Señor, son cielo!

  j.v.c.

 


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

TODOS LOS SANTOS; 1 DE NOVIEMBRE

Sólo Tú eres Santo

Cada semana rezamos: "Sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tu Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre". ¿No lo hemos cantado y rezado miles de veces? "Lex orandi, lex credendi"... si lo estamos rezando con sinceridad es porque así lo creemos.