Documento sin título

Homilías

1 DE MAYO: DOMINGO SEXTO DE PASCUA

SOMOS MORADA DE JESÚS RESUCITADO

En el evangelio de este domingo, Jesús nos dice: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Y luego nos dice también que “el Paráclito”, o sea el Espíritu Santo, nos lo enseñará todo...es decir, hará posible con su gracia esa verdad profunda de que “somos morada de Jesús Resucitado”.

Ello nos da esa “paz”, que Jesús también anuncia al fin de este evangelio. Paz que es tranquilidad y alegría interior en medio de todas las pruebas, crisis internas, familiares, nacionales, mundiales, que arrastramos hoy día.

  Este es el mensaje fundamental del “camino de Jesús”, que es el Cristianismo, en vez de aquella “circuncisión” por ley judaica, que en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, dicen Pablo y Bernabé como mensajeros para ir a Jerusalén, ya no hacía falta.

  Y si “somos morada de Jesús”, también se explica lo que en la segunda lectura de este domingo dice el Apocalipsis de S. Juan hablando de la Jerusalén celeste con las siguientes palabras: “Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios todopoderoso y el Cordero”...Y si en el cielo Dios y Jesucristo que es el Cordero redentor son ya plenamente nuestro “Templo vivo”, nosotros ya podemos gozar de antemano en esta vida ese don que el Señor nos ha prometido: “Mi Padre y yo, y el Espíritu,es decir el Dios Uno y Trino vendremos y haremos morada en el que, en los que me aman”. 

  ¿Cómo hacer para sentirnos ser ‘morada’ de Jesús?

  Creo que esa preciosa “Oración del Santo Grial ” nos da la clave, cuando reza:  “Señor Jesús, te doy mis manos para hacer tu trabajo; te doy mis pies para andar tu camino; te doy mis ojos para ver como tú ves; te doy mi lengua para hablar tus palabras; te doy mi mente para que tú puedas pensar en mí; te doy mi espíritu para que tú puedas orar en mí. Sobre todo, te doy mi corazón para que tú puedas amar en mí a tu Padre y a toda la humanidad. Te doy todo mi ser para que tú puedas crecer en mí, de manera que seas tú, Señor Jesús, quien viva, trabaje y ore en mí”. 

  Me gusta el ejemplo de San José María Rubio, S.J. (1864-1929), que se santificó en Madrid sirviendo a los más pobres, quien vivía con Jesús presente ante él y en él como “morada suya”, de tal modo que un día – según luego confesó a sus hermanos jesuítas – al subir a un autobús, como iba siempre hablando con Jesús, le pidió “dos billetes” al conductor o revisor del dicho autobús. Y éste se sorprendió ante el P. Rubio exclamando: “¿Dos?”...

  Pidamos gozar de esa compañía, ese ser morada de Jesús Resucitado. 

  Santa Teresa de Jesús o de Ávila escribió también:

  “Estaba una vez recogida con esta compañía que traigo siempre en el alma y pareciéndome estar Dios de manera en ella, que me acordé cuando san Pedro dijo: ‘Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo’; porque así estaba Dios en mi alma. Esto no es como otras visiones, porque lleva fuerza con la fe; de manera que no se puede dudar que está la Trinidad por presencia y por potencia y esencia en nuestras almas. Y como estaba espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: ‘No es baja, hija mía, pues está hecha a mi imagen’. Estando una vez con esta presencia de las tres Personas que traigo en el alma, era con tanta luz que no se puede dudar el estar allí Dios vivo y verdadero” (Relaciones, 46). 

  Quiero terminar con un soneto de Francisco de Quevedo (1580-1645) muy apropiado para el tema de “Somos morada de Jesús”:

 

  Pues hoy pretendo ser tu monumento,

porque me resucites del pecado,

habítame de gracia, renovado

el hombre antiguo en ciego perdimiento. 

  Si no retrataras tu nacimiento

en la nieve de un ánimo obstinado,

y en corazón pesebre acompañado,

de brutos apetitos que en mi siento.

  Hoy te encierras en mí, siervo villano,

sepulcro a tanto huésped, vil y estrecho,

indigno de tu cuerpo soberano. 

  Tierra te cubre en mí de tierra hecho,

la conciencia me sirve de gusano,

mármol para cubrirte dan mi pecho. 

 

  j.v.c.

 


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

15 DE SEPTIEMBRE: DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

LA MISERICORDIA DE DIOS

Las tres lecturas de este domingo nos hablan de “la misericordia de Dios”.