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Homilías

HÁGANLO TODO PARA LA GLORIA DE DIOS

Domingo 11 de febrero de 2024

“Dar al enfermo el bálsamo de la cercanía” son las palabras del papa Francisco en esta Jornada Mundial del Enfermo. Jesús es el "bálsamo de la cercanía" para quien la sociedad ha marginado. Todo, por AMOR.

HÁGANLO TODO PARA LA GLORIA DE DIOS

La frase con que iniciamos nuestra reflexión de hoy la dice San Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto. Corresponde a la Segunda Lectura Bíblica de este domingo 11 de febrero, que es el Sexto del Tiempo Litúrgico Ordinario. San Pablo especifica que pueden comer o beber lo que quieran, pero que no sea motivo de escándalo ni a los judíos ni a los paganos.

¿Cuál es la razón de fondo de San Pablo? La razón de fondo es el AMOR.

Tratemos de entender los textos bíblicos de este día: primeramente, un trozo del Levítico, del Antiguo Testamento; luego el salmo 31; seguidamente el trozo de San Pablo, ya mencionado; finalmente un trozo del Evangelio de San Marcos,

En el Levítico nos encontramos con unas prescripciones bastante claras que nosotros tuvimos la oportunidad de experimentar en carne propia durante la pandemia. Se trata de medidas de “salud pública” para evitar los contagios. En la antigüedad, algunas enfermedades como la lepra eran miradas con horror porque la medicina de entonces no era capaz de enfrentarlas. La única solución posible era aislar a las personas aquejadas de dichos males. A nuestros ojos, la medida era indudablemente cruel, pero no existía otra forma de salvar al resto del “cuerpo social”. Sólo Dios podía salvar a esos infortunados… y si eso llegara a suceder, el enfermo así sanado debía presentarse a un sacerdote para que le extendiera un “certificado de salud”.

En el trozo del Evangelio vemos a uno de esos enfermos incurable, contagioso y socialmente marginado, que se atreve a acercarse a Jesús y le pide que lo sane. “Si quieres, puedes purificarme”. Es un acto de Fe en Jesús. Reconoce en Él el poder de Dios.  Jesús lo sana. Es la Voluntad sanadora de Dios la que vemos en Jesús. Dios quiere sanar, quiere devolver la salud a quien confía en Él y lo pide con confianza. Y no sólo se trata de la salud corporal: también se trata de la salud del alma, dañada por el pecado. Lo vemos en el salmo: “Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta”.

Este domingo 11 de febrero, se recuerda a Nuestra Señora de Lourdes. La Virgen María, la Madre de Jesús, la Inmaculada Concepción se apareció a la humilde Bernardita, para transmitir a todo el mundo el amor de Dios que quiere sanar y perdonar. María intercede por nosotros ante Dios quien desea expresarnos su amor y su misericordia. Quiere darnos su perdón y lo expresa en las innumerables sanaciones de enfermos, muchas de ellas evidentemente milagrosas.

“Dar al enfermo el bálsamo de la cercanía” son las palabras del papa Francisco en este día en el que ha querido celebrar la “Jornada Mundial del Enfermo”. “El bálsamo de la cercanía” es el gesto omnipotente de Jesús con el leproso en el trozo del Evangelio de hoy. Jesús no teme contagiarse: “conmovido, extendió la mano y lo tocó”.

 

A continuación, podemos leer el mensaje del Papa Francisco para este día.

«No conviene que el hombre esté solo».
Cuidar al enfermo cuidando las relaciones

 

«No conviene que el hombre esté solo» (Gn 2,18). Desde el principio, Dios, que es amor, creó el ser humano para la comunión, inscribiendo en su ser la dimensión relacional. Así, nuestra vida, modelada a imagen de la Trinidad, está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones, de la amistad y del amor mutuo. Hemos sido creados para estar juntos, no solos. Y es precisamente porque este proyecto de comunión está inscrito en lo más profundo del corazón humano, que la experiencia del abandono y de la soledad nos asusta, es dolorosa e, incluso, inhumana. Y lo es aún más en tiempos de fragilidad, incertidumbre e inseguridad, provocadas, muchas veces, por la aparición de alguna enfermedad grave.

Pienso, por ejemplo, en cuantos estuvieron terriblemente solos durante la pandemia de Covid-19; en los pacientes que no podía recibir visitas, pero también en los enfermeros, médicos y personal de apoyo, sobrecargados de trabajo y encerrados en las salas de aislamiento. Y obviamente no olvidemos a quienes debieron afrontar solos la hora de la muerte, solo asistidos por el personal sanitario, pero lejos de sus propias familias.

Al mismo tiempo, me uno con dolor a la condición de sufrimiento y soledad de quienes, a causa de la guerra y sus trágicas consecuencias, se encuentran sin apoyo y sin asistencia. La guerra es la más terrible de las enfermedades sociales y son las personas más frágiles las que pagan el precio más alto.

Sin embargo, es necesario subrayar que, también en los países que gozan de paz y cuentan con mayores recursos, el tiempo de la vejez y de la enfermedad se vive a menudo en la soledad y, a veces, incluso en el abandono. Esta triste realidad es consecuencia sobre todo de la cultura del individualismo, que exalta el rendimiento a toda costa y cultiva el mito de la eficiencia, volviéndose indiferente e incluso despiadada cuando las personas ya no tienen la fuerza necesaria para seguir ese ritmo. Se convierte entonces en una cultura del descarte, en la que «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.» (Carta enc. Fratelli tutti, 18). Desgraciadamente, esta lógica también prevalece en determinadas opciones políticas, que no son capaces de poner en el centro la dignidad de la persona humana y sus necesidades, y no siempre favorecen las estrategias y los medios necesarios para garantizar el derecho fundamental a la salud y el acceso a los cuidados médicos a todo ser humano. Al mismo tiempo, el abandono de las personas frágiles y su soledad también se agravan por el hecho de reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin que éstos vayan sabiamente acompañados por una “alianza terapéutica” entre médico, paciente y familiares.

Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡no conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación y nos revela así el sentido profundo de su designio sobre la humanidad, pero, al mismo tiempo, también la herida mortal del pecado, que se introduce generando recelos, fracturas, divisiones y, por tanto, aislamiento. Esto afecta a la persona en todas sus relaciones; con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación. Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida.

Hermanos y hermanas, el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura. Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo, cuidar sus relaciones, todas sus relaciones; con Dios, con los demás —familiares, amigos, personal sanitario—, con la creación y consigo mismo. ¿Es esto posible? Claro que es posible, y todos estamos llamados a comprometernos para que sea así. Fijémonos en la imagen del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre.

Recordemos esta verdad central de nuestra vida, que hemos venido al mundo porque alguien nos ha acogido. Hemos sido hechos para el amor, estamos llamados a la comunión y a la fraternidad. Esta dimensión de nuestro ser nos sostiene de manera particular en tiempos de enfermedad y fragilidad, y es la primera terapia que debemos adoptar todos juntos para curar las enfermedades de la sociedad en la que vivimos.

A ustedes que padecen una enfermedad, temporal o crónica, me gustaría decirles: ¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura! No lo oculten y no piensen nunca que son una carga para los demás. La condición de los enfermos nos invita a todos a frenar los ritmos exasperados en los que estamos inmersos y a redescubrirnos a nosotros mismos.

En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión.

Los enfermos, los frágiles, los pobres están en el corazón de la Iglesia y deben estar también en el centro de nuestra atención humana y solicitud pastoral. No olvidemos esto. Y encomendémonos a María Santísima, Salud de los Enfermos, para que interceda por nosotros y nos ayude a ser artífices de cercanía y de relaciones fraternas.

Francisco

 

HÁGANLO TODO PARA LA GLORIA DE DIOS

La frase con que iniciamos nuestra reflexión de hoy la dice San Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto. Corresponde a la Segunda Lectura Bíblica de este domingo 11 de febrero, que es el Sexto del Tiempo Litúrgico Ordinario. San Pablo especifica que pueden comer o beber lo que quieran, pero que no sea motivo de escándalo ni a los judíos ni a los paganos.

¿Cuál es la razón de fondo de San Pablo? La razón de fondo es el AMOR.

Tratemos de entender los textos bíblicos de este día: primeramente, un trozo del Levítico, del Antiguo Testamento; luego el salmo 31; seguidamente el trozo de San Pablo, ya mencionado; finalmente un trozo del Evangelio de San Marcos,

En el Levítico nos encontramos con unas prescripciones bastante claras que nosotros tuvimos la oportunidad de experimentar en carne propia durante la pandemia. Se trata de medidas de “salud pública” para evitar los contagios. En la antigüedad, algunas enfermedades como la lepra eran miradas con horror porque la medicina de entonces no era capaz de enfrentarlas. La única solución posible era aislar a las personas aquejadas de dichos males. A nuestros ojos, la medida era indudablemente cruel, pero no existía otra forma de salvar al resto del “cuerpo social”. Sólo Dios podía salvar a esos infortunados… y si eso llegara a suceder, el enfermo así sanado debía presentarse a un sacerdote para que le extendiera un “certificado de salud”.

En el trozo del Evangelio vemos a uno de esos enfermos incurable, contagioso y socialmente marginado, que se atreve a acercarse a Jesús y le pide que lo sane. “Si quieres, puedes purificarme”. Es un acto de Fe en Jesús. Reconoce en Él el poder de Dios.  Jesús lo sana. Es la Voluntad sanadora de Dios la que vemos en Jesús. Dios quiere sanar, quiere devolver la salud a quien confía en Él y lo pide con confianza. Y no sólo se trata de la salud corporal: también se trata de la salud del alma, dañada por el pecado. Lo vemos en el salmo: “Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta”.

Este domingo 11 de febrero, se recuerda a Nuestra Señora de Lourdes. La Virgen María, la Madre de Jesús, la Inmaculada Concepción se apareció a la humilde Bernardita, para transmitir a todo el mundo el amor de Dios que quiere sanar y perdonar. María intercede por nosotros ante Dios quien desea expresarnos su amor y su misericordia. Quiere darnos su perdón y lo expresa en las innumerables sanaciones de enfermos, muchas de ellas evidentemente milagrosas.

“Dar al enfermo el bálsamo de la cercanía” son las palabras del papa Francisco en este día en el que ha querido celebrar la “Jornada Mundial del Enfermo”. “El bálsamo de la cercanía” es el gesto omnipotente de Jesús con el leproso en el trozo del Evangelio de hoy. Jesús no teme contagiarse: “conmovido, extendió la mano y lo tocó”.

 

A continuación, podemos leer el mensaje del Papa Francisco para este día.

«No conviene que el hombre esté solo».
Cuidar al enfermo cuidando las relaciones

 

«No conviene que el hombre esté solo» (Gn 2,18). Desde el principio, Dios, que es amor, creó el ser humano para la comunión, inscribiendo en su ser la dimensión relacional. Así, nuestra vida, modelada a imagen de la Trinidad, está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones, de la amistad y del amor mutuo. Hemos sido creados para estar juntos, no solos. Y es precisamente porque este proyecto de comunión está inscrito en lo más profundo del corazón humano, que la experiencia del abandono y de la soledad nos asusta, es dolorosa e, incluso, inhumana. Y lo es aún más en tiempos de fragilidad, incertidumbre e inseguridad, provocadas, muchas veces, por la aparición de alguna enfermedad grave.

Pienso, por ejemplo, en cuantos estuvieron terriblemente solos durante la pandemia de Covid-19; en los pacientes que no podía recibir visitas, pero también en los enfermeros, médicos y personal de apoyo, sobrecargados de trabajo y encerrados en las salas de aislamiento. Y obviamente no olvidemos a quienes debieron afrontar solos la hora de la muerte, solo asistidos por el personal sanitario, pero lejos de sus propias familias.

Al mismo tiempo, me uno con dolor a la condición de sufrimiento y soledad de quienes, a causa de la guerra y sus trágicas consecuencias, se encuentran sin apoyo y sin asistencia. La guerra es la más terrible de las enfermedades sociales y son las personas más frágiles las que pagan el precio más alto.

Sin embargo, es necesario subrayar que, también en los países que gozan de paz y cuentan con mayores recursos, el tiempo de la vejez y de la enfermedad se vive a menudo en la soledad y, a veces, incluso en el abandono. Esta triste realidad es consecuencia sobre todo de la cultura del individualismo, que exalta el rendimiento a toda costa y cultiva el mito de la eficiencia, volviéndose indiferente e incluso despiadada cuando las personas ya no tienen la fuerza necesaria para seguir ese ritmo. Se convierte entonces en una cultura del descarte, en la que «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.» (Carta enc. Fratelli tutti, 18). Desgraciadamente, esta lógica también prevalece en determinadas opciones políticas, que no son capaces de poner en el centro la dignidad de la persona humana y sus necesidades, y no siempre favorecen las estrategias y los medios necesarios para garantizar el derecho fundamental a la salud y el acceso a los cuidados médicos a todo ser humano. Al mismo tiempo, el abandono de las personas frágiles y su soledad también se agravan por el hecho de reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin que éstos vayan sabiamente acompañados por una “alianza terapéutica” entre médico, paciente y familiares.

Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡no conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación y nos revela así el sentido profundo de su designio sobre la humanidad, pero, al mismo tiempo, también la herida mortal del pecado, que se introduce generando recelos, fracturas, divisiones y, por tanto, aislamiento. Esto afecta a la persona en todas sus relaciones; con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación. Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida.

Hermanos y hermanas, el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura. Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo, cuidar sus relaciones, todas sus relaciones; con Dios, con los demás —familiares, amigos, personal sanitario—, con la creación y consigo mismo. ¿Es esto posible? Claro que es posible, y todos estamos llamados a comprometernos para que sea así. Fijémonos en la imagen del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre.

Recordemos esta verdad central de nuestra vida, que hemos venido al mundo porque alguien nos ha acogido. Hemos sido hechos para el amor, estamos llamados a la comunión y a la fraternidad. Esta dimensión de nuestro ser nos sostiene de manera particular en tiempos de enfermedad y fragilidad, y es la primera terapia que debemos adoptar todos juntos para curar las enfermedades de la sociedad en la que vivimos.

A ustedes que padecen una enfermedad, temporal o crónica, me gustaría decirles: ¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura! No lo oculten y no piensen nunca que son una carga para los demás. La condición de los enfermos nos invita a todos a frenar los ritmos exasperados en los que estamos inmersos y a redescubrirnos a nosotros mismos.

En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión.

Los enfermos, los frágiles, los pobres están en el corazón de la Iglesia y deben estar también en el centro de nuestra atención humana y solicitud pastoral. No olvidemos esto. Y encomendémonos a María Santísima, Salud de los Enfermos, para que interceda por nosotros y nos ayude a ser artífices de cercanía y de relaciones fraternas.

Francisco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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