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Homilías

Domingo 12 DE JUNIO

EL MISTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

San Agustín cuenta la anécdota que se le ocurrió un día paseando por la playa. Había allí un niño que estaba jugando con un pequeño balde en el que metía agua del mar en el pocito que hizo sobre la arena.

 

 San Agustín que iba pensando cómo escribir sobre el “Misterio de la Santísima Trinidad” preguntó al niño: “¿Qué haces?” Y el niño respondió. “Estoy metiendo al mar dentro de este pocito”. “Pero si eso es imposible, ¿Cómo vas tu a meter en ese pozo tan pequeño la inmensidad del mar?” A lo cual el niño dijo: “Más difícil es que tú metas a Dios dentro de tu cabeza”. Y el niño desapareció.   Entonces San Agustín comprendió que por mucho que escribiese sobre la “Santísima Trinidad” nunca sería bastante. 
  El Misterio de la “Santísima Trinidad” es un “misterio de amor” dentro de una “Familia” de “Tres”: El Padre que engendra al Hijo, el Hijo que ama al Padre y de entre ellos dos nace el Amor. 
  Dicho con otras palabras: “Dios Padre” está por encima de nosotros como Dios Creador del Universo. Está “arriba” de nosotros. 
  “Dios Hijo” se encarna en Jesús naciendo de la Virgen María. Va “delante” de nosotros por medio de su muerte en la Cruz y la Resurrección de entre los muertos. Y gracias a su Madre María. 
  “Dios Espíritu Santo” es Dios presente “ahora” que habita “dentro” de nosotros desde el día de Pentecostés hasta ahora y hasta el final de los tiempos. Las “tres dimensiones” de Dios: “sobre”, “en torno”, “dentro”. dimensión “vertical” y dimensión “horizontal”. 
  Esta es la sabiduría que ya anuncia el libro de los Proverbios con estas preciosas palabras: “Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas al comienzo de sus obras antiquísimas, En un tiempo remotísimo fui formada, antes de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. 
  Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobe la faz del Abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura; y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar; y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra; yo estaba junto a él, como aprendiz; yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres” (Prov.8, 22-31).  
El mismo canto de alegría nos lo da el Salmo 8 de la liturgia de hoy día: 

Señor, Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!, 
Señor, Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! 
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Señor, Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre  en toda la tierra! 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad, 
le diste el mando sobre las obras de tus manos. 
Señor, Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! 
Todo lo sometiste bajo sus pies: 
rebaños de ovejas y toros, 
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar, 
que trazan sendas por el mar. Señor, 
Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” 
 
Por eso también, San Pablo en su Carta a los Romanos (cap.5,1-5): escribe: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios” Y tanto San Pablo como San Juan nos dirán que “Dios es Amor”. 
  Es el Misterio de Amor de Dios-Padre (Creador), Dios-Madre (por medio de Jesús y María), Dios Espíritu Santo que nos prometió Jesús el día de la “Última Cena” con aquellas palabras dichosas: 
  “Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu, de la Verdad, los guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo; hablará de lo que oye y les comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que les he comunicado. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes” (Jn.16,12-15) 
  
Termino esta homilía con el siguiente Soneto de María Amelia Fe y Olivares (cantadora sevillana hasta hoy día, que yo sepa):   

Padre Santo, recíbeme escondida

Padre Santo, recíbeme escondida 
en tu paternidad, caricia eterna, 
y sé mi dulce paz, mi herencia eterna 
al terminar el curso de mi vida. 

Recíbeme, Jesús, Divino Hermano,  
y comparte en fraterna compañía 
el peso y calor de cada día; 
llévame suavemente de la mano.   

Espíritu de Amor, Fuego Divino, recíbeme en tu eterno movimiento 
que es del Padre y del Hijo santo lazo.   

Sé mi Amigo y Maestro en el camino
y dame el refrigerio de tu aliento, 
la gloria de tu beso y de tu abrazo”. 
 
 j.v.c 


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DOMINGO 26 DE JUNIO: 10º DEL TIEMPO ORDINARIO

“CAMINAR SIN NOSTALGIA” por Juan Vicente Catret S.J.

Muchas veces se ha acusado al “Cristianismo” como una religión “radicalista”, absoluta e intolerable. Por otro lado, hoy día se ha pasado a una libertad y tolerancia de “indiferentismo”. ¿Quiénes tienen razón? ¿Los que defiende la fe cristiana como un absoluto, o los que la relativizan hasta la indiferencia?