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Homilías

5 DE SEPTIEMBRE DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO

“EFFETA: ¡ABRETE!” por Juan Vicente Catret SJ

Recuerdo que hace ya varios años se publicó en un periódico japonés el siguiente pequeño artículo titulado (traducido al español): “Naturalmente”, que en japonés se dice: “atarimae”. Y dice así: ¿Por qué no nos maravillamos con esto? Nos parece natural:

Tenemos o tuvimos un padre, una madre, unos hermanos, dos pies para caminar a donde nos diera la gana, dos manos para tomar con ellas lo que queramos, dos oídos para escuchar lo que otros dicen y la música que nos gusta, dos ojos para ver lo bonito de la naturaleza o de las flores y plantas, animales y personas. Pero nadie se dio cuenta de ello. Si se lo decimos, nos dirán riendo: ¡Naturalmente! ...Comemos, dormimos, amanece otro día, respiramos profundamente el aire, sonreímos, lloramos, gritamos, corremos. A todos les parece “natural”, y nunca caemos en la cuenta de lo maravilloso que es todo esto hasta el día en que perdemos algo de todo esto. Solamente lo entienden los que han perdido algo de ello”...

  En el evangelio de hoy, Jesús realiza las palabras del profeta Isaías de la primera lectura de este domingo: “Mirad a vuestro Dios, que viene en persona...Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” ...

  Jesús, cuando le presentaron a un sordo, que, además no podía hablar, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, “ábrete”); y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

  Hoy día nuestra sociedad produce una cultura ruidosa. La música moderna está cargada de ruidos y gritos. Por otro lado, los llamados medios de comunicación social están produciendo gente incomunicada. El encajar diariamente tres o cuatro horas de televisión o radio en silencio nos impide comunicarnos con los demás.

  Pues bien, ¿qué sentido encierra este pasaje evangélico para nosotros como cristianos de una civilización gritadora y sorda, incomunicada?...

  Nos indica que Jesús tiene un interés especial por devolvernos siempre estos sentidos fundamentales para la comunicación humana. Todos los sentidos son importantes para el ser humano, pero los más sociales son sin duda el habla y el oído.

  Pero, sobre todo, la curación del sordomudo tiene un sentido de salud y fecundidad, una plenitud espiritual. Jesús ha venido para que la persona humana entable un diálogo amistoso y filial con Dios. Quiere que se le abran

los labios para dirigirse a Dios por la oración y para hablar de Dios con los demás. Así se cumple la afirmación de la Escritura: “La Sabiduría abrió la boca de los mudos”, Jesús nos enseña a hablar con Dios y de Dios.

Es una pena que el hombre contemporáneo, acostumbrado al ruido exterior, está cada vez más sordo para captar la onda divina, espiritual, interior. Es insensible a la Palabra de Dios, que le habla al corazón y a la conciencia.

Si la conversación cordial entre dos seres queridos es una de las cosas más bellas de la convivencia humana, el trato con el Dios amigo y padre debería llenarnos de alegría y satisfacción. También los cristianos necesitamos vencer la tentación del ruido exterior y hacer un hueco de silencio interior, para poder escuchar a Dios, que sigue hablándonos hoy. Hace falta que nuestro corazón sintonice con la voz y la música de Dios, que nos ofrece la mejor melodía y el mensaje más valioso.

  Termina el evangelio del sordomudo, contándonos la admiración de las gentes hacia Jesús “porque todo lo hizo bien: oír a los sordos y hablar a los mudos”. Jesús no solamente es el portavoz de Dios con sus palabras de hombre, sino también personalmente es la Palabra de Dios encarnada. Su estilo de vida, sus obras, son el mensaje que el Padre nos comunica para nuestro bien temporal y eterno. Como dice San Juan de la Cruz: “Dios Padre se quedó mudo, después de decírnoslo todo con Jesús”. Demos gracias a Dios por el don maravilloso del oído y de la boca, los sentidos que nos abren a la comunicación con los demás, pero sobre todo por el don de la fe, que nos abre el corazón a su Palabra encarnada en Jesús y los labios para hablar con Él y sobre Él.

  En el libro titulado “Odas de Salomón (n.12) leemos:

  “Él ha llenado mi boca con palabras de Verdad

para que yo pueda comunicarlas:

como caudal de aguas,

fluye la Verdad de mi boca

y mis labios declaran su fruto.

  Él ha hecho que su conocimiento abunde en mí,

porque la boca del Señor

es la Palabra verdadera

y la puerta que conduce a su Luz.

  El Altísimo ha estipulado sus palabras,

las cuales expresan su propia Belleza;

repiten sus alabanzas

y son informadoras de sus consejos;

heraldos de sus pensamientos

y correctoras de sus siervos.

  Porque lo sutil de la palabra es inexpresable,

y lo que expresa es su rapidez y fuerza.

Su rumbo no conoce límites.

Nunca falla, pues es siempre certera,

no se ve de dónde desciende ni hacia donde se dirige.

Así es su labor y su propósito:

es la luz y el amanecer de los pensamientos.

  Por ella los mundos hablan uno al otro;

y en la Palabra estuvieron aquellos que fueron silenciados;

de ella vienen el Amor y la Armonía que comunica a los otros;

a los que han sido traspasados por la Palabra;

y así ellos pudieron conocer a quien los creó,

porque estuvieron en comunión

y la boca del Altísimo les habló,

y s explicación corría por su cuenta.

  Porque la morada de la Palabra es el hombre:

y su Verdad es Amor.

Benditos son los que, por medio de ella,

han entendido todo y han percibido

al Señor en su Verdad. Aleluya”.

  Termino con un soneto del madrileño muerto luego en

México Juan José Domenchina (1898-1959) titulado:

        

 TE DEVUELVO MI VOZ

 

  Te devuelvo mi voz. Tú me la diste.

Hablé de ti y de mí. Voy a callarme

para siempre. Es mi noche. Fuí un adarme

de fuego. Fuí una lumbre que encendiste.

  Y voy a ser silencio. Me escogiste

para hablar y callar. Y, sin negarme,

callo para ser tierra y escucharme

la voz que tuve y donde tú viviste.

  Decir adiós -que es ir a Dios- ¿es triste?

Nada de mi existir va a abandonarme.

Nada abandono yo. Sé mirarme            

en el ser - ya apagado – que me diste

ardiendo y del que quiero no olvidarme.

 

j.v.c.

 


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5 DE SEPTIEMBRE DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO

“EFFETA: ¡ABRETE!” por Juan Vicente Catret SJ

Recuerdo que hace ya varios años se publicó en un periódico japonés el siguiente pequeño artículo titulado (traducido al español): “Naturalmente”, que en japonés se dice: “atarimae”. Y dice así: ¿Por qué no nos maravillamos con esto? Nos parece natural: