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Homilías

29 de agosto misa dominical

UN CORAZÓN PURO

En Japón, una señora cristiana se quejaba siempre cuando alguno entraba en su casa sin quitarse los zapatos sucios. Y una vez, un visitante le tomó el pelo diciendo: “Usted no va de acuerdo con el evangelio, donde se lee que nada de lo que está fuera puede contaminar y que lo impuro está dentro”.

 Las expresiones “de fuera” y “de dentro” se pueden comprender diversamente cuando se trata del hombre. Ya la filosofía antigua distinguía el hombre exterior y el hombre interior. A lo externo pertenecer el cuerpo y todas las acciones visibles. A lo interior corresponde lo que pensamos y sentimos en el corazón. Ambos aspectos deberían corresponderse, estar en armonía. Desgraciadamente, la experiencia nos enseña que no siempre es así. Existe mucha hipocresía en el mundo, a menudo se esconde lo que se piensa y se siente. No es justo, puede ser también un gran mal cuando se hace con la intención de perjudicar a alguien. Sin embargo, puede ser también un deber. Entonces nos preguntamos: ¿Cuál es el hombre verdadero? ¿El que se ve o aquel que está dentro?
  Moralmente, nos preguntamos: ¿Dónde está la virtud y dónde el pecado? Está sólo dentro de nosotros o también externamente? No hay duda de que el verdadero mal está en la decisión interior. En una oración budista los peregrinos que van a purificarse en el templo (“Tera” en japonés) se dice: “Buda, libera mi alma. El cuerpo la ha seducido pero ella es inocente”. Las inclinaciones corporales pueden seducir, pero el hombre no peca hasta que no da su consentimiento interior; por lo tanto, es pecaminosa el alma, no el cuerpo. 
  Sin embargo, ni siquiera la palabra del alma es siempre clara cuando se trata del problema del que hablamos. Aquí encontramos muchos y diversos sentimientos, impulsos, consolaciones y desolaciones. Están presentes en el alma, pero ¿se identifican con nosotros? El cansancio y el deseo de soportar el cansancio están en la misma alma. Pues entonces, ¿Qué es el alma? Los autores místicos comparan el alma con una gran ciudad con suburbios, una plaza central y en alto, sobre una colina, un castillo fortificado, un “castillo interior”, como dice santa Teresa de Jesús. Allí habitan los ciudadanos más ricos, los que gobiernan la ciudad, es decir la conciencia pura y la libertad. En la plaza central pasean ideas útiles e inútiles. En los suburbios se vende todo lo que ofrece la fantasía, cosas bonitas y feas mezcladas. ¿Cuáles de estas cosas se deben considerar interiores y cuáles exteriores? Si no queremos caer en la confusión, tenemos que aceptar lo que defendía siempre la moral cristiana. Nosotros somos, en sentido verdadero, lo que somos en nuestro castillo interior, es decir, por lo que estamos verdaderamente decididos. Todo lo demás se considera como venido de afuera. Por eso leemos en los documentos eclesiales la siguiente definición: “la concupiscencia viene del pecado, conduce al pecado, pero no es pecado”. Las fantasías impuras, la atracción por el pecado, se indica con el término “concupiscencia”. La sentimos dentro de nosotros. Son atracciones hacia el mal, pero no constituyen un pecado. Es necesario ejercitar la paciencia con nosotros mismos. ¿Es natural este estado? ¡Claro que no! Dios creó pura toda la ciudad del alma. La concupiscencia proviene del pecado. Aquí descubrimos los efectos del pecado original. 
  San Pablo no habla del suburbio del alma y del castillo, usa la terminología bíblica: la carne y el espíritu. Él también experimentaba dolorosamente una continua lucha en el alma. San Pablo confiesa que sufre mucho por este estado. Pero se siente salvado considerando que “no soy yo el que lo hace, sino el pecado que hay en mí”.
  Jesús explica que el alimento no penetra en el corazón, en el alma, sino en el vientre, y se elimina a continuación, por lo que no contamina al hombre. Sin embargo, del alma, del corazón del hombre salen las cosas malas. “De dentro del corazón del hombre salen los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos, adulterios, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, calumnia, arrogancia, desatino. Todas esas maldades salen de dentro y contaminan al hombre. La verdadera impureza es la del corazón, la que provoca los pecados más graves. Por eso Jesús exige de nosotros una religión del corazón, una religión que preste atención no a la pureza exterior, ritual, sino a la pureza de corazón. 
  Termino con un soneto del poeta valenciano Bartolomé Llorens (1922-1946) titulado: 
                 PECADO Y RESURRECCIÓN
  ¡Qué inmensa, negra noche desolada,
sus tinieblas de espanto y de amargura,
su frío desamor, su sombra impura,
descendió sobre mi alma abandonada!
  ¡Qué triste corazón sin tu mirada,
sin tu luz, mi Señor, sin tu ventura!
¡Qué muerte sin tu amor! ¡Qué desventura
sentir mi sequedad, mi amarga nada!  
Es la Noche, es la Sombra, es el no verte,
Señor, en la ceguera del pecado
la más amarga, cruel, trágica muerte...
  Te tuve en mis entrañas sepultado
tanto tiempo, Señor, sin conocerte...
¡Mas nuevamente en mí has resucitado!

  j.v.c.


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5 DE SEPTIEMBRE DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO

“EFFETA: ¡ABRETE!” por Juan Vicente Catret SJ

Recuerdo que hace ya varios años se publicó en un periódico japonés el siguiente pequeño artículo titulado (traducido al español): “Naturalmente”, que en japonés se dice: “atarimae”. Y dice así: ¿Por qué no nos maravillamos con esto? Nos parece natural: