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Homilías

11 DE ABRIL: DOMINGO 2 DE PASCUA

LOS FRUTOS DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Al atardecer del domingo de Pascua, Jesús se aparece a sus discípulos que están reunidos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos, y les concede los cinco frutos de su gloriosa Resurrección, a saber:

1. La Paz. Jesús les dice: “Paz a vosotros”. Una paz interior que les llena de tranquilidad y valor para lo que vendrá después: persecución, azotes, toda clase de infamias.

2. Alegría. “Y los discípulos se llenaron de alegría”. Nada de caras largas y tristes. Una sonrisa que brota del corazón.

3. Misión. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. A difundir el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios a todas las partes del mundo.

4. El Espíritu Santo. “Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. El Espíritu que da vida y aliento para difundir la verdad de que Dios existe y su Hijo Unigénito se encarnó en su Madre la Virgen María y murió en la cruz y después resucitó al tercer día de entre los muertos, primicias de la resurrección de todos los hombres en el juicio final.

5. El perdón de los pecados. “A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados”...El perdón que produce la tranquilidad interior, la conciencia de estar en gracia ante Dios. La “tranquilidad en el orden”, como decía Santo Tomás de Aquino.

6. La fe y el amor. Tomás uno de los discípulos no estaba entonces en aquella casa, pero a los ocho días se volvió a aparecer Jesús y le dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. 

Tomás contestó: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le contestó: “¿Porque has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. Como dice San Pedro en su primera carta (1, 8): “ustedes no le han visto, pero han creído en él y un gozo interior los ha invadido que nadie les podrá quitar”...Un gozo que es fuente de amor a Dios y a todos los hermanos. Como nos dice la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles: “en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía...traían el dinero y lo ponían a la disposición de los Apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno”.

Hoy día, nosotros también participamos de estos frutos: nuestra paz,

alegría, sentido de misión en el difundir el evangelio de Jesús en la sociedad en que vivimos, el acudir a la Iglesia para que se nos perdonen los pecados por medio de la confesión a un sacerdote que representa a Jesús, la petición de vivir en gracia bajo la protección del Espíritu Santo, nuestra fe y amor entre nosotros, serán fuente de sorpresa y reflexión en la conciencia en medio de una sociedad con muchos ateos incrédulos. 

San Basilio de Seleucia (435-468) dijo en un Sermón para el día de Resurrección:

Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos. Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. “Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea, dice. Pondré mi dedo en las marcas de los clavos y estrecharé al Señor, al que tanto deseo. Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que cuentan exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dan sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor si no lo toco con mis manos”.

El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo.  ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra con todas las puertas cerradas.

 

Termino con una poesía del P. José Luis Martín Descalzo (1930-1991) titulada   “LAS PUERTAS CERRADAS”

 

Los hombres viven siempre con las almas cerradas

se encastillan entre sus propios miedos,

se tapian, se tabican la vida,

se barrican detrás de sus temores,

aseguran los puentes levadizos,

se rodean de fosos con pirañas,

ponen puertas, cerrojos y fallebas.

  Así estaban los doce,

acurrucados en sus llantos,

como niños perdidos en un mundo de lobos,

avergonzados casi de haber creído en Él.

  Y Él llegaba rodeado de espumas y caballos,

tan descaradamente vivo, tan abierto

como mil escuadrones de azucenas,

tan ancho como el trigo, tan alegre

como las amapolas.

  Le miraban y no sabían si huir o abrazarle,

si esconderse o cantar.

Sólo de algo estaban ciertos: tendrían

que nacer otra vez para quererle. 

 

  j.v.c.


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La Iglesia celebra a la Santísima Trinidad, misteriosa manifestación del ÚNICO DIOS, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todos los años el 30 de mayo recordamos a San Fernando. Él, hace casi ochocientos años, siendo rey de una parte de España, estableció el idioma castellano como lengua oficial. Todos los que hablamos Castellano, desde California y Florida hasta Tierra del Fuego, incluyendo España, invoquemos al único Dios para nos inunde con su Gracia y una nuestras almas en un canto de gratitud.