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Homilías

28 DE FEBRERO: DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

La liturgia de este domingo nos prepara para el misterio pascual de Jesús en sus dos momentos de sacrificio y de resurrección. Las dos primeras lecturas nos hablan del sacrificio de Abrahán y del sacrificio de Cristo; el evangelio es el de la transfiguración, que nos muestra de manera anticipada la glorificación de Jesús en la Resurrección.

 

   Toda la Cuaresma es una preparación para celebrar con fervor el misterio pascual de Jesús. La vida cristiana consiste en este conocimiento vital de Cristo en su doble misterio de sufrimiento y de gloria.

  La primera lectura nos refiere el episodio en que Dios pone a prueba a Abrahán. El relato insiste en el sacrificio del patriarca. Podríamos pensar que el personaje principal de este episodio es Isaac, que es el que se ofrece a Dios; sin embargo, el relato resalta sobre todo la figura de Abrahán, que debe coger a su hijo, su único hijo predilecto, y llevarlo para ofrecerlo en holocausto. Se trata de una prueba querida por Dios, a fin de que la relación de Abrahán con Dios se haga más profunda. Pero el ángel del Señor le detiene en el momento en que va a clavar el cuchillo en su hijo diciendo: “Ya he comprobado que respetas a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu único hijo. Por haber obrado así, por no haberme reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré”. El sacrificio de Abrahán es fuente de una inmensa bendición.

  En la segunda lectura, San Pablo nos muestra que Dios mismo ha hecho un sacrificio; no perdonó a su propio Hijo. Y en ello nos muestra la enorme generosidad de Dios Padre para con nosotros. Como afirma San Juan en su Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él tenga vida eterna” (Jn.3,16). Esta generosidad de Dios suscita la admiración de Pablo y suscita también en él una confianza ilimitada: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?... En medio de las tentaciones de pesimismo por el avance de la indiferencia religiosa y del ateísmo militante, la revelación divina nos hará optimistas como a San Pablo en su carta de hoy: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”.

  El evangelio nos habla del episodio de la transfiguración, un episodio que tiene una relación evidente con la glorificación de Jesús. Se trata de una glorificación anticipada: Jesús se manifiesta en su gloria incluso antes del sacrificio; Dios le proclama su Hijo predilecto e invita a los discípulos a que le escuchen. Jesús toma consigo a sus tres apóstoles preferidos: Pedro, Santiago y Juan, a fin de prepararles para superar el escándalo de la cruz, mostrándoles su gloria por anticipado. La transfiguración ilumina a Jesús antes de su pasión. Los apóstoles quedan “seducidos y superados”.                   

  La transfiguración es también como una interrupción en el camino que luego se va a emprender hacia la pasión. Es un momento agradable, de reposo. Es por eso que Pedro se ofrece para hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, los dos personajes que se aparecieron a la derecha e izquierda de Jesús.

  Se trata de una experiencia transcendente, de un “estallido de la divinidad” de Jesús, de la misma forma que en Getsemaní se dio “un estallido de su humanidad”.

  El texto de la transfiguración nos toca de cerca. Descubrimos que, con Jesús, ha llegado el tiempo en que los hombres pueden ser transformados. Existe en la criatura la aspiración a superar los propios límites. El hombre está hecho para la gloria. Jesús le manifiesta que hay algo en él que va más allá de lo que es y de lo que hace. Tiene la posibilidad de participar de la misma vida de Dios, ya en la propia condición humana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

  Pero antes hay que bajar del monte y seguir la peregrinación. Pero a partir de ahora el camino será iluminado por este rayo de luz que los apóstoles han captado en el monte… Hay que bajar. Quizá sea más costoso que subir.  

  Termino con la poesía del poeta español macido en Gijón y muerto en Madrid, Gerardo Diego (1896-1987) titulada:

              Salmo de la Transfiguración

  Transfigúrame,

Señor, transfigúrame.

Traspáseme tu rayo rosa y blanco.

  Quiero ser tu vidriera,

tu alta vidriera azul, morada y amarilla

en tu más alta catedral.

  Quiero ser mi figura, sí, mi historia,

pero de Ti en tu gloria traspasado.

Quiero poder mirarte sin cegarme,

convertirme en tu luz, tu fuego altísimo

que arde de Ti y no quema ni cosume.

  ¡Oh mi Jesús alzado sobre el trío

  • Pedro, Juan y Santiago -,

que cerraban sus ojos incapaces

de sostener tu Luz, tu Luz!

  Y no cerrar mis párpados

como ellos los cerraban

con tu llaga de luz sustituyéndote

en inconsútil túnica incesante,

y dentro Tú manando faz de Dios.

 

   j.v.c.


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