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Homilías

30 DE JUNIO: DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO

EL FUEGO DEL AMOR, desde Tokyo por el Padre Juan Vicente Catret S.J.

Hay una cita encontrada en las notas de Napoleón en su destierro en la isla de Santa Helena, donde murió, que dice así: “Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno y yo fundamos grandes imperios por medio de la fuerza y, después de nuestra muerte, no tenemos ningún amigo. Cristo fundó su Reino sobre el amor y, aun hoy en día, millones de hombres irían por él voluntariamente a la muerte"

  Así es. Jesucristo nos atrae por la fuerza o fuego del amor.

 

  Es el mensaje de Jesús en el Evangelio, cuando recrimina a los dos Apóstoles Santiago y Juan, que insinúan a Jesús que envíe fuego del cielo que abrase a la aldea samaritana que no los quiso recibir. Jesús, no vino a traer a la tierra un fuego destructor, sino un fuego de amor; no quiere atraernos por la fuerza de la violencia, sino por la persuasión, para que nos elevemos a lo alto con la llama del amor: amor a Dios y amor a los hermanos y hermanas del mundo en que vivimos, amor a todos los que nos encontramos cada día en la familia y en la sociedad en que vivimos y trabajamos.

 

  El famoso predicador francés Francois Fenelon (1651-1715) dijo en un sermón:

            No por la violencia, sino por la persuasión

 

  Para Jesucristo, su reino está dentro del hombre, porque Él quiere el amor. Por eso no hizo nada con violencia, sino mediante la persuasión, como dice San Agustín. El amor no entra en el corazón por obligación. Es más fácil reprender que persuadir, se tarda menos en amenazar que en enseñar, es más cómodo para la altanería y para la impaciencia humana golpear a quienes se resisten que edificarlos, que humillarse, que orar, que morir a uno mismo para enseñarles a morir a sí mismos. Cuando uno encuentra algún descontento en los corazones, siente la tentación de decirle a Jesucristo: “¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que queme a los pecadores indómitos?”. Pero Jesucristo reprime ese celo indiscreto...toda indignación, toda impaciencia, toda altanería contraria a la suavidad del Dios paciente y consolador es un rigor fariseo. No temáis caer en la relajación imitando al mismo Dios, en quien la misericordia se eleva por encima del juicio”.

 

  Termino con una poesía cuya autora es la chilena Concha Zardoya, nacida en Valparaíso en 1914 y fallecida en Madrid, en 2004), que se titula: 

                

  ¡MÁS ALTO!

 

      En el cielo, amor, la cita

    de mis ansias con mis ansias.

    Aquí se quema la dicha

    sin arder en luz o llama.

    A fuerza de amor, de gozo,

    a ciegas, ir en volandas,

    sintiendo el mundo en las venas

    y el propio ser en las alas.

 

      ¡Más alta, más, que lo eterno,

    yazca mi vida mañana!

    “Por el aire, por el fuego

    hermosamente impulsada!

 

      ¡Más alta, más que los pájaros!

    ¡Más, más perfecta que el alba,

    surja y resurja en el ímpetu

    de ver a Dios en su calma!

 

      El espacio, a la deriva,

    perpetuándose de gracia,

    cruzaré delgadamente

    hasta llegar a su nada.

    En el cielo, amor, la cita

    de mis ansias con mis ansias.

    En el cielo hallar la dicha

    que se gasta aquí sin llama.


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

21 DE JULIO: DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

CONTEMPLATIVOS EN LA ACCIÓN

El Evangelio de hoy nos presenta a Marta y María, que encarnan “la acción” la primera Marta y “la contemplación” la segunda María. De ahí viene ese título que he puesto a la homilía de “Contemplativos en la acción”. Es esta una frase de San Ignacio de Loyola que nos quería a todos así: contemplativos en la acción. Unidos siempre a Jesús en el trabajo diario. Unir a Marta y María, como si fueran una sola persona dentro de nosotros. Trabajar como Marta , pero con el corazón oyente de María. Marta toma la postura del “dar” y María la postura del “recibir”. Marta se coloca en el plano del “actuar” y María en el plano del “ser”. Marta acoge a Jesús en su casa, y María lo acoge “dentro” de su corazón. Marta ofrece cosas y María se ofrece a sí misma.