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Homilías

9 DE JUNIO: DOMINGO DE PENTECOSTÉS

VIENTO Y FUEGO, desde Tokyo por el Padre Juan Vicente Catret S.J.

“Jesús exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo”.

 

    El Espíritu de la fiesta de Pentecostés se señala con dos imágenes: la del viento y la del fuego.

 

  El viento es imprevisible: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va” (Juan 3, 8).

 

  Abrirse a la acción del Espíritu significa en convertirse en criaturas “sorprendentes”, inexplicables. Es por eso que los primeros monjes eran llamados “hijos del viento”, por lo imprevisible de su acción. Así debe ser la vida cristiana.

 

  El viento es inasible. Barre todos los miedos, no se le puede enjaular. Con su fuerza arrolladorá nos lleva adonde quiere. Se ven sus efectos, nos hace “seres en movimiento”.

 

  Y el Espíritu se presenta también bajo forma de fuego, con una triple acción: iluminación, calor, purificación.

 

  Así pues, el Espíritu ilumina nuestras vidas, nos produce calor y nos purifica. Como dice el Evangelio: “Todos han de ser salados por el fuego” (Marcos 9, 49).

 

  San Efrén el Sirio (306-373) sobre la efusión del Espíritu Santo dijo:

  “Los apóstoles estuvieron allí sentados en el Cenáculo, en la cámara alta, a la espera del Espíritu. Estaba allí como antorchas a la espera de ser encendidas por el Espíritu Santo para iluminar toda la creación a través de su enseñanza...Estaban ahí como los cultivadores llevando su semilla en el manto, esperando el momento en que recibirán la orden de sembrar. Estaban ahí como marineros cuya barca está amarrada en el puerto al mando del Hijo y que esperan tener el dulce viento del Espíritu. Estaban ahí como pastores que acaban de recibir su cayado de manos del Gran Pastor de todo el redil y esperan que les sean repartidos todos los rebaños.

 

  Y empezaron a hablar en distintos idiomas según el Espíritu les concedía expresarse. ¡Oh Cenáculo, artesa donde fue arrojada la levadura que ha hecho levantar el universo! Cenáculo, madre de todas las iglesias”...

 

  Quiero terminar con una poesía del mejicano Enrique González Martínez (1871-1952) titulada:

 

                       VIENTO SAGRADO

 

  Sobre el ansia marchita,

sobre la indiferencia que dormita,

hay un sagrado viento que se agita;

 

  un milagroso viento,

de fuertes alas y de firme acento,

que a cada corazón infunde aliento.

 

  Viene del mar lejano,

y en su bronco rugir hay un arcano

que flota en medio del silencio humano.

 

  Viento de profecía,

que a las tinieblas del vivir envía

la evangélica luz de un nuevo día.

 

  Viento que en su carrera

sopla sobre el amor, y hace una hoguera;

que enciende en caridad la vida entera;

viento que es una aurora.

 


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

DOMINGO 23 DE JUNIO DE 2019

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

Dos poetas nos hacen sentir este misterio