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Homilías

17 DE MARZO: DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Este domingo nos presenta “el interior” de Jesús, como si lo viéramos por rayos X por así decir, cuando subió al Monte Tabor junto con sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan, y se transfiguró ante ellos.

     

  Junto a Jesús en el centro, aparecieron ante los sorprendidos discípulos las figuras de Moisés y Elías a derecha e izquierda, hablando con él sobre su próxima pasión, muerte y resurrección.

 

 La iglesia quiere que recordemos y oremos este episodio misterioso de la vida de Jesús, para pasar en compañia de aquellos tres discípulos del dolor de la pasión al gozo de la resurrección. Y al fin de la visión, una nube cubrió el paisaje y desde ella se oyó una voz: “¡Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo!”...

 

El primer icono que los antiguos monjes pintaban era el de la “Transfiguración de Jesús”. ¿Por qué? Porque todo icono es como una “ventana al infinito”, hacia el mundo de Dios. Si se aprobaba el dicho icono por los venerables Padres del monasterio, con bendición del icono, eso quería decir que el fraile que lo pintó estaba ya preparado para pintar los otros iconos de la vida de Jesús y María.


  Además se decía que de los iconos de la Transfiguración de Jesús, se derramaba la gracia o “energía” divina, que necesitamos para nuestra vida y misión como discípulos de Jesucristo nuestro Señor.

 

Pidamos, pues, hoy esa “energeia” o “energía” de la transfiguración para que nuestras vidas sean puras y transparentes.

 

Teófanes de Ceramea (allá por el año 765) dijo en su homilía sobre la Transfiguración:

 

La hora de la Pasión se acercaba. Ahora bien, era necesario que en esta hora los discípulos no vacilaran en su espíritu; era preciso que los que, un poco antes, por la palabra de Pedro, habían confesado que Él era el Hijo de Dios, pudieran creer, viéndolo clavado en la cruz como un culpable, que era un simple hombre. Por eso, Él los ha consolidado a través de esta admirable visión de la Transfiguración. Así, cuando lo vean traicionado, agonizando, orando para que pase de Él el cáliz de la muerte y llevado al patio del sumo sacerdote, se acordarán de la subida al Tabor y comprenderán que es Él mismo quien se ha entregado a la muerte. Cuando vean los golpes y salivazos en su rostro no se escandalizarán, sino que se acordarán de su resplandor más brillante que el sol. Cuando lo vean burlado, vestido con el manto de púrpura, se acordarán de que a este mismo Jesús lo habían visto en el monte vestido de luz. Cuando lo vean sobre el potro del suplicio, entre dos malhechores, sabrán que se manifestó entre Moisés y Elías como su Señor. Cuando lo vean sepultado en tierra como un muerto, pensarán en la nube luminosa que lo cubrió.

 

El Salvador muestra a sus discípulos de qué gloria van a ser dignos si imitan su Pasión. En efecto, la Transfiguración no es otra cosa que la manifestación adelantada del último día, en que los justos brillarán como el sol en la presencia de Dios.

 

Termino con el soneto de la poetisa asturiana actual Emma-Margarita Valdés titulado:

 

              LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

 

  Se acaba el tiempo, llega la Pasión,

el humano clamor, la noche oscura,

se plegarán las alas de la Altura

y se impondrá la gran tribulación.

  Jesús sabe la débil condición

de sus fieles apóstoles, procura

fortalecer su fe con la ventura

de prever la final Resurrección.

  Con Juan Santiago y Pedro, que estarán

en la agonía de Getsemaní,

sube al monte Tabor, ascenso místico.

  Alcanzará la cima el nuevo Adán,

mostrará que es divino, es el Rabí

que dará la vida en pábulo eucarístico.

 

  j.v.c.

 

 


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

DOMINGO 21° DEL AÑO LITÚRGICO, CICLO C

AL OTRO LADO DE LA PUERTA ESTRECHA

Dios quiere que “todos se salven”, o sea, que todos seamos infinitamente felices… para siempre. En el deseo de Dios no hay excepción: Todos significa todos, pero libremente.