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Homilías

4 DE NOVIEMBRE: DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

LOS DOS MANDAMIENTOS SON UNO, desde Tokyo por Juan Vicente Catret S.J.

Pongo este título a la homilía porque dice Jesús que los dos primeros mandamientos son “uno”.

 

  En el Antiguo Testamento, según la primera lectura del Deuteronomio, solamente se habla del “primer mandamiento”, pero Jesús, cuando un letrado honesto le preguntó por cuál es el primer mandamiento, Jesús le responde diciendo que el primer mandamiento “son dos en uno”. Es decir, amar a Dios con todas las fuerzas y todo el corazón, y amar al prójimo como a sí mismo.

  Yo antes dividía esta enseñanza en dos partes. En el “orden psicológico”, primero hay que “amarse a sí mismo”, es decir aceptarse como Dios nos ha hecho, con virtudes y defectos. Porque el que se acepta a sí mismo, luego puede aceptar al prójimo en la familia y en la sociedad, y después elevarse a amar a Dios, a quien no ve. Ya dice san Juan en su primera carta que “si no amamos al prójimo a quien estamos viendo, tampoco podremos amar a Dios a quien no se ve con los ojos corporales”. Y segundo, en el “orden de transcendencia”, es al revés, no subir de abajo arriba, sino bajar de arriba abajo, porque si amamos a Dios, Él nos dará fuerzas para bajar a amar a todos nuestros hermanos y hermanas...

  Jesús, como dice la carta a los Hebreos de este domingo es “nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha...que vive siempre para interceder en nuestro favor” ... para que sepamos amar así.

  San Francisco de Asís (1182-1226) en su Regla primera, 23 dice:

  “Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente

 

con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por su sola misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos.

  Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra cosa queramos, ninguna otra cosa nos agrade y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, único Dios verdadero, que es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien; que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce; que es el solo santo, justo, veraz, santo y recto; que es el solo benigno, inocente, puro; de quien, y por quien, y en quien está todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos”...

  Termino con la poesía de Damián de Vegas, un poeta salmantino de la segunda mital del siglo XVI, a quien Cervantes alaba. La poesía se llama:

             

DEL AMOR DE DIOS Y DEL PRÓJIMO

 

  Los dos amores, de Dios

y del prójimo, pensad

  que son una caridad,

 y no dos.

 

 Habéis de considerar

dos ramos en un pezón,

que, aunque desiguales son,

creciendo van a la par.

Pues así el amor de Dios

y el de la projimidad

  son sólo una caridad,

  y no dos.

 

  Imposible es que a lo alto

del amor de Dios subáis

si en el del prójimo estáis

ratero, imperfecto y falto;

porque este amor y el de Dios

tienen tan gran hermandad,

  que son una caridad,

  y no dos.

 

  De aquí quedará entendido

lo que la Escritura clama:

que quien al prójimo ama

la ley de Dios ha cumplido;

pues claro está que ama a Dios

el que a la projimidad

  fía sola una caridad,

  y no dos.                                    j.v.c.


En breve

ORACIÓN DE SAN IGNACIO Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad, mi memoria, entendimiento y voluntad: Vos me lo disteis, a Vos, Señor lo torno. Disponed conforme a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto solo me basta

18 DE NOVIEMBRE: DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO

EXHORTACIÓN A LA VIGILANCIA

“Vigilancia” en griego se dice: nepsis. Y los Anacoretas del Desierto decían en un “apotecma” o “frase ritual: “fuge” : “huye” del mundanal ruído, “tace”: “calla” u ora y medita en silencio, y “quiesce”: “descansa” en el Señor.