LOYOLA 64

Noviembre de 2007

HOMILÍAS DOMINICALES CICLO C  (22º al 34ª)

DOMINGO 22° DEL CICLO C
 
Ser humilde es ser verdaderamente aterrizado y realista
 
Aunque nos cueste reconocerlo, todos hemos sufrido las consecuencias de una enfermedad que se contrae inconscientemente durante los tiempos de bonanza, o los que llamamos "buenos tiempos". Se trata del exitismo. Nos empieza a ir bien y comenzamos a saborear los éxitos. Los demás, o nos envidian o nos admiran y, mientras tanto, a nosotros nos sube la autoestima hasta los niveles de la soberbia. Llegados a esas alturas, sentimos que  no podemos bajar ni retroceder: sólo podremos seguir subiendo y avanzando sin medir los riesgos ni las consecuencias. Tampoco podemos permitir que se nos interpongan obstáculos, aunque éstos sean legítimos. Debemos seguir, aunque sea avasallando.
 
Ya estamos enfermos de exitismo... y porque enfermos, estamos débiles... y porque débiles, no estamos preparados para la caída... y ésta viene cuando no lo esperábamos.
 
Una vez caídos, nos sobreviene una segunda enfermedad: el derrotismo. Ella se caracteriza por una visión oscura de todas las cosas. La desilusión nos invade. La amargura nos inunda. Todo pierde sentido: la vida, las amistades, el trabajo, el esfuerzo... ¿para qué? Desconfiamos de nosotros mismos, de nuestros colaboradores, de nuestros dirigentes, de todo lo que nos rodea. Así, no vale la pena seguir viviendo. En estas circunstancias, algunos se quitan la vida.
 
¿Existe algún antídoto contra estos temibles virus? Sí. El realismo. "Acuérdate que eres mortal", le decían al oído de los generales romanos victoriosos cuando eran aclamados entrando en la Urbe. "Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás" nos dice la Liturgia del Miércoles de Cenizas. "Cuanto más grande seas, más humilde debes ser", nos dice hoy el Libro del Eclesiástico. "Todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado", nos dice Jesús en el Evangelio de hoy (Lucas 14)
 
Polvo - Tierra - Humus - Humildad
 
Humildad (viene de "Humus") es reconocer que somos polvo. Humildad es tener los pies en la tierra. Humildad es realismo. Humildad es verdad.
 
No es casualidad que la Verdad Eterna se haya hecho polvo por nosotros. Quiso vincular la realidad divina con la realidad terrenal. El Verbo de Dios asume la carne mortal y así trasmite inmortalidad a nuestra humilde materia.
 
Todo lo que tenemos, es por la gracia de Dios. Si somos realistas, no tenemos nada de que orgullecernos. Todo lo hemos recibido. Sin embargo, a pesar de haber recibido tanto de Dios, nos atrevemos a pedirle otro poco más y le decimos en la oración de hoy:
 
"Infunde en nuestros corazones
el amor de tu Nombre.
Fomenta así lo que hay de bueno en nosotros
y consérvalo con tu cuidado de Padre"
 
(José Juan Vergara S.J.)

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(los siguientes comentarios pertenecen al P. Juan Vicente Catret S.J.


Domingo 23° del ciclo C
 
"Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser mi discípulo"
 
Este domingo es exigente. Dice Jesús: “quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. ¿Qué significa eso? Dicho aprisa y corriendo, creo que equivale a decir que a diario debemos cumplir nuestros deberes con responsabilidad social, familiar y moral, estemos donde estemos. Unir como hace Jesús en su cruz los dos palos: el vertical de amor a Dios en nuestras relaciones con Él, y el horizontal de amor servicial al prójimo en la familia, iglesia y sociedad en donde vivimos y trabajamos.
 
  Esto no es tarea fácil, es muchas veces algo pesado cargar con esa cruz de cada día. Pero es también la “sabiduría de la verdadera felicidad”.
 
  En la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría, se nos dice: “¿Quién comprende lo que Dios quiere? Los pensamientos del hombre son mezquinos…si Tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo”…
 
  En la segunda lectura, S. Pablo anima a Filemón a recibir a Onésimo, no como esclavo huido, sino “como hermano querido”. Y ello porque Filemón es “hombre cristiano”.
 
  Esas dos lecturas, las veo yo relacionadas con el tema del evangelio. Y me explico acudiendo a un libro famoso del siglo 16, escrito por el “padre de los Humanistas” que fue Erasmo de Rótterdam. Se trata del “Elogio de la Locura”, dedicado al Santo Tomás Moro, mártir inglés y también humanista de aquella época. En este libro, Erasmo dice que hay dos tipos de locura: “la locura secular”: el deseo del buen vivir que se ve en todas las clases sociales de arriba abajo, buscando placer en la comida y bebida, en las diversiones, etc. para luego sufrir los resultados de una mala digestión, el remordimiento de la conciencia, etc., todo lo cual hace que se caiga en la cuenta de que ese tipo de vida es “locura”, pero aún así una y otra vez se vuelve a lo mismo. El segundo tipo de locura es “la locura de la cruz”: seguir el ejemplo de Jesús viviendo para los demás, sirviendo por amor aunque no se le agradezca. Pero ese tipo de locura, es la “sabiduría de la cruz”, de la que nos habla el evangelio de hoy. Es la sabiduría de la primera lectura de hoy, un don del Espíritu Santo que debemos pedir. Es el llevar la cruz tras Jesús, perdonando y amando, porque se es “hombre cristiano”, es decir seguidor de Jesús, como recomienda S. Pablo a Filemón, en la segunda lectura de hoy.
 
   Y Jesús, en el evangelio, nos dice que ese seguirle con la cruz traerá a veces separaciones dolorosas en la familia; que debemos sospesar ese coste, y nos pone para ello dos ejemplos: el del que construye una torre…a ver si llega hasta el final; y el del que presenta batalla con inferioridad numérica.
 
  Ser cristiano conlleva una tremenda exigencia, una liberación, un esfuerzo como el que hace el deportista renunciando a muchas cosas para estar en forma; un armarse con las armas espirituales de la fe, la confianza, el amor; una entrega total a Cristo. Una gracia que conlleva el gozo alegre, la fuerza vital de unir los dos amores: vertical para con Dios y horizontal para con todo prójimo. Pidamos a Jesús esa ascesis que produce la libertad interior. No quedarnos en la mediocridad, sino seguirle a él siempre.
 
  Acabo con un soneto de Quevedo dedicado a Simón el Cirineo, que considero apropiado.
 
A SIMÓN CIRINEO, CONSIDERANDO QUE
EN AYUDAR A LLEVAR LA CRUZ A CRISTO SE AYUDABA A SÍ
 
  Atlante, que en la cruz sustentas cielo,
Hércules que descansas sumo Atlante,
alivia con tu fuerza el tierno amante,
que humilde mide con la boca el suelo.
 
  Mas no le des ayuda, que recelo,
que das prisa a su muerte vigilante;
mas dásela, Simón, que es importante
para la redención de todo el suelo.
 
  Pero si con tus brazos se aligera
la carga, con tu culpa del manzano
también añades peso a su madera.
 
  Llevar parte del leño soberano
es a la redención que las espera,
llevarte tus pecados con tu mano.
 
JVC.
 
DOMINGO 24 ANUAL, CICLO C
 
ALEGRIA DE DIOS AL PERDONAR
 
 
  Este domingo 16 de septiembre, celebramos el Domingo 24 anual. Las tres lecturas bíblicas de este domingo están centradas en la alegría de Dios perdonando nuestros pecados, los pecados de su pueblo, que somos toda la humanidad.
 
  En la primera lectura del Éxodo, cuando el pueblo escogido se fabricó un ídolo, un becerro de oro en su marcha por el desierto, se nos dice que “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.
 
  En la segunda lectura de una carta de S. Pablo, él mismo dice: “y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él”…
 
  Y en el evangelio, ese capítulo 15 de S. Lucas que ha sido calificado como “el evangelio del evangelio”, con esas tres parábolas de la misericordia de Dios Padre y de Cristo su Hijo, se nos dice en boca del Padre a su hijo mayor el que no quiere perdonar al hermano menor, al hijo pródigo: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”…
 
  Así es. Este domingo es una llamada para que celebremos la misericordia, el perdón, la fiesta, la alegría de Dios cuando nos perdona.
 
  Hay una historia sobre S. Jerónimo que me viene ahora a la mente. De joven, estaba Jerónimo de eremita en el desierto. Un día se le apareció Jesús en la cruz y le preguntó:
-           “Jerónimo, ¿tienes algo que ofrecerme?”
Y Jerónimo muy ufano repuso:
-  “Sí, Señor, mis ayunos en este desierto, mis votos de castidad y pobreza”…
Y Jesús:
-  “Gracias, Jerónimo. ¿Tienes algo más que ofrecerme?”
De nuevo Jerónimo:
-           Sí, Señor, mi estudio hasta altas horas de la noche de la Biblia, mis traducciones”.
Y otra vez Jesús:
-           “Gracias, Jerónimo, ¿algo más?
Y el exaltado Jerónimo:
-           “Sí, Señor, el frío en invierno, el calor en verano, la soledad”…
Y Jesús:
-  ¿Algo más?
Y Jerónimo levantó sus brazos en ademán del que dice: ¿”Qué más te puedo ya ofrecer?”…
Entonces Jesús le dijo:
-           Jerónimo, te olvidas de algo, ofréceme tus pecados, que yo quiero perdonarlos”.
 
Jesús y arriba de él Dios Padre, quieren perdonar nuestros pecados y se alegran
infinitamente cuando vamos a confesarlos arrepentidos, tal como hizo el hijo pródigo de la parábola.
 
  Hace poco estuve yo de peregrinación en Tierra Santa. Recuerdo consolado que uno de esos días, caminando por una callejuela de Jerusalén, un niño que iba con sus padres, de repente les gritó en hebreo: “Abba, Imma!”…y algo más que yo no entiendo. Pero sí entendí que “Abba” significa “papá” e “Imma” significa: “mamá”.
 
  Jesús siempre llamaba a Dios “Abba”, papá. Y en esas parábolas del buen pastor que va en busca de la oveja perdida; de la mujer que busca la moneda de plata porque quizás es la que le falta del collar de monedas de su boda que se le rompió y dispersaron por el suelo las tales monedas; y la del padre que acoge al hijo menor pródigo cuando vuelve hecho una miseria a casa, nos están presentando a Dios como “papá” y también como “mamá”, en la parábola femenina de la mujer en búsqueda de la dracma perdida. El gran pintor Rembrandt, supo expresarlo muy bien en ese famoso cuadro en el que el padre pone sus manos sobre la espaldas del hijo pródigo, una mano fuerte, varonil, del Dios Padre, y otra mano fina, suave, femenina, del Dios madre. Jesús une esos dos amores de Dios: el del Padre y el de la Madre en sus parábolas de la misericordia.
 
  Y quiero acabar recalcando el título de esta homilía: “alegría de Dios al perdonar”. En japonés, alegría o gozo se dice: “yorokobi” y se escribe: 喜び, un carácter chino-japonés que simboliza dos posibles cosas dicen los expertos: una, un instrumento de música sobre una mesa, ese cuadrado de abajo; y segunda una mesa (el mismo cuadrado de abajo, y sobre ella suculentos manjares. Las dos me gustan: la música y el ternero cebado que ofreció el Padre a la vuelta de su hijo pródigo en la parábola, están diciendo lo mismo que el kanji japonés.
 
   A fin os pongo el final de una larga poesía anónima, ya que firma A.V.M. sobre la parábola del hijo pródigo que dice:
 
  “Así del hijo pródigo la historia,
su paternal, interesante escena,
del penitente halaga la memoria,
y al penitente de esperanza llena.
La ingratitud de aquel fue transitoria,
pues rompiendo del vicio la cadena,
en los brazos del padre halló cabida:
¡imitemos la vuelta, nunca la ida!”
 
  J.V.C.
 
 
Domingo 25 del ciclo C
 
“NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO”
 
Desde que estoy en una parroquia, todos los jueves suelo escoger dos cuadros de pintura, alusivos al evangelio del domingo, hago copia de ellos a color y los expongo en los dos escaparates de anuncios que hay a la entrada de la iglesia. Para este domingo 25 anual he escogido los dos siguientes: el primero es de Bruegel, Pieter, pintado en 1568, y titulado: “el Misántropo”. Yo lo he titulado: “el rico a quien le roban el corazón”. Se ve a un individuo cerrado en sí mismo y por detrás, por debajo de su capa, un tipo irónico le está cortando el corazón que le cuelga de un hilo. El segundo es de Fabritius, Carel, pintado en 1654, y lo titulo: “pajarito o hucha”, porque se ve a un pajarito pisando una hucha de dinero. Debajo de ambos cuadros he escrito en japonés el mismo texto: “Palabra de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Confío en que todos los que pasen por delante de la iglesia, si miran esos cuadros y leen sus textos, reflexionen un poco sobre el significado para sus vidas. Es también el título de esta homilía.
 
  Creo que las tres lecturas bíblicas de este domingo, nos invitan a examinarnos sobre nuestro uso del dinero. Me parece muy acertada aquella definición que ganó el primer premio sobre el tema del “dinero”. Alguien dijo: “el dinero es una llave que abre todas las puertas menos la del cielo”. Así es.
 
  Jesús nos está diciendo que no podemos servir a dos amos: al “dios-dinero” y al “Dios-amor” al mismo tiempo.
 
  Ya en la primera lectura, el profeta Amós critica el uso inmoderado del dinero, el lujo de algunos, cuando hay tantos pobres oprimidos a su alrededor, a los que no se da ni justicia, ni amor tampoco.
 
  En la segunda lectura, S. Pablo nos recuerda que debemos rezar y desvivirnos por todas las personas humanas, a ejemplo de Jesucristo, nuestro único Mediador, que “se entregó por todos”. O sea, Jesús usó su riqueza en favor nuestro, porque “Dios es Amor”.
 
  Y en el evangelio, ese Jesús nos dice que muchas veces los servidores del “dios-dinero” son más astutos y se afanan más que “los hijos de la luz”. No permitamos que nos roben el corazón, como en el primer cuadro que comento arriba. Escojamos vivir con confianza cada día como “el pajarito” del segundo cuadro, o mejor dicho como “los pájaros del cielo” que alaba Jesús en su sermón del monte, y no nos aferremos a la “hucha” del dinero...
Hay en esta postura más sabiduría que en la astucia de los “hijos de este mundo”.
 
  Usemos el dinero con sobriedad, para el bien de los demás, sin ostentación, sin lujo, ayudando a los más pobres y necesitados, sintiéndonos administradores a los que Dios demandará sobre nuestra responsabilidad. Viviendo sin codicia, con fraternidad y solidaridad, ya que somos todos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre del hijo pródigo, que era el evangelio del domingo pasado.
 
  Concluyo con una poesía de Benjamín González Buelta, que él titula:
 
    LÍBRAMOS, SEÑOR, DE LA CODICIA
 
  Líbranos, Señor, de la codicia.
De atarnos a las riquezas
como el que se sujeta
con un cinturón de seguridad
al avión que vuela a su destino...
 
  Líbranos de toda codicia:
la del espíritu y la técnica,
la de la fama y el dinero,
ídolos que nos hacen orgullo,
drogados por su brillo pasajero.
Para llenar la ansiedad
y el vacío de trascendencia
exigen su ración diaria
de sangre propia y ajena.
 
  J.V.C.
 
 
 
 
 
DOMINGO 26 ANUAL, CICLO C
 
Lázaro y Epulón
 
 
  Este domingo Jesús nos presenta la parábola de “Lázaro y el rico epulón”. Es una parábola del grupo llamado “tragedia de la vida”. Los especialistas bíblicos, dicho sea de paso, dividen las parábolas de Jesús en tres grupos: el primero es el dicho “parábolas sobre la tragedia de la vida; el segundo lo forman las “parábolas del crecimiento del Reino de Dios”; y el tercero son las “parábolas de misericordia”. Nos centramos, pues, en esa parábola del primer grupo. Jesús nos dice que el rico epulón, sin nombre, banqueteaba todos los días en su casa, mientras que el pobre Lázaro mendigaba a la puerta de la casa del rico que, al entrar y salir ni siquiera lo miraba, ignoraba su existencia, y los perros eran más generosos que el tal rico, pues venían a lamer las llagas del pobre Lázaro.
 
  Lázaro es un nombre que en hebreo se pronuncia: “Eleazar” y significa “Dios viene en ayuda”. Sabemos el nombre del pobre, pero no el del rico. Esto ya nos está indicando el sentido de la parábola de Jesús. El rico vive una existencia sin nombre, sin ideal, sin amor a nadie, encerrado en su castillo de cristal, lo cual es una tragedia de la vida.
 
  Ya en la primera lectura de hoy, la del profeta Amós, éste grita a los ricos de Samaria:
“Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaria. Os acostáis en lechos de marfil”…
 
  Y en la segunda lectura, S. Pablo aconseja: “conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos”…en el bautismo.
 
  O sea que Amós proclama la tragedia de una vida en mera opulencia, olvidado de los demás y oprimiéndoles. Y S. Pablo anima a conseguir la vida eterna guardando “el Mandamiento” del Señor, que es la caridad para con los demás, el amor a Dios y al prójimo. Y finalmente, en el evangelio Jesús nos habla de Lázaro y ese rico epulón.
 
  Pero una interpretación simplista de la parábola no es lo que Jesús nos está enseñando aquí. Tal sería decir que el pobre tenga paciencia en esta vida desgraciada, que acabará pronto, y que cuando se muera y vaya al cielo, allí lo recompensarán y lo pasará en grande. Y que por otra parte, el rico egoísta cuando se muera se va a ir de cabeza al infierno. Esta interpretación “revanchista” sólo muestra una fe de “resignación”. Pero la fe es una fuerza para vivir aquí una vida plena de sentido, un dinamismo para la acción.
 
  Por lo tanto, lo que Jesús nos está diciendo es que ese “ricachón sin nombre”, ha construido su vida en el vacío del “tener” cosas, dentro de la llamada “civilización del consumo”, cerrado a los demás, a la amistad. No es feliz en esta vida, por más que se llene de placeres de comidas y bebidas y toda clase de juergas, porque esos no son los verdaderos valores que dan la felicidad. Esta comienza ya aquí con el amor, la abertura al prójimo, la justicia social, la ayuda mutua, el saber compartir los bienes, el ver a todos los hermanos y hermanas del mundo y ayudarles en lo posible. Es el presente el que fija el futuro de la eternidad.
 
  El gran pecado del rico es “la omisión” de no ver a su prójimo a la puerta. En japonés, omisión se dice: “okotari”, y se escribe: 怠り, un kanji o carácter chino-japonés que simboliza a “un corazón parado”, un corazón y una boca encerradas en su propia casa o habitación. Esa es la imagen del rico de la parábola: su corazón y su boca están cerrados o inmovilizados dentro de sí mismo. No sabe saludar, decir palabras cariñosas a Lázaro, ni lo que es más importante, su corazón está parado y no le anima a tomar a Lázaro de la mano, introducirle en la casa y acercarle a la mesa, después de lavarlo y vestirlo, darle un trabajo en su palacio.
 
  Pidamos a Jesús para que no estemos con un corazón paralizado durante esta vida. Sería una tragedia aquí y allá, en la tierra y en el cielo. Y esto empieza aquí, hoy y ahora.
 
  Termino con un trozo de una poesía anónima de A. V. M. sobre
 
  LÁZARO Y EL RICO EPULÓN
 
Así pasó de entrambos la existencia
que por contrarios límites se espacia,
sin dar limosna el uno en su opulencia,
limosna ansiando el otro en su desgracia.
 
Ya, en fin, la justiciera omnipotencia
al avaro despoja, al pobre sacia,
y trocada la suerte con la muerte,
del rico al pobre cúpole la suerte.
 
Del último, el Señor, compadecido,
por ministerio de ángeles le envía
a esperar el descenso del Ungido,
en paz inalterable noche y día.
 
Y el otro que ejerció desvanecido
sobre el pobre orgullosa tiranía,
sed, fuego, horrores para siempre alcanza,
sin átomo siquiera de esperanza”.
 
J.V.C.
 
Domingo 27 ciclo C
 
Fe en Obras
 
  Para este domingo 27 del año litúrgico he puesto copias de dos cuadros de pintura en los dos escaparates de la parroquia. Los dos son de Jean-Francois Millet (1814-1875), ese gran pintor de la Francia rural, que pintaba con un tinte de espiritualidad en muchos de sus cuadros. Me los ha sugerido el evangelio de este domingo. El primero es el del “Sembrador” (de 1850). Y bajo él he escrito las palabras de Jesús cuando los Apóstoles le dijeron: “Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería” (Lucas 17,5-6). Añado bajo el cuadro: “el poder de la fe”. Jesús lo enseña con una paradoja de las suyas, modo muy oriental de impresionar fuertemente a sus oyentes. Con lenguaje concreto, nada abstracto. Ese sembrador de Millet parece ser como Jesús, que nos va sembrando semillas de fe en los campos del corazón.
 
  El segundo cuadro de Millet (de 1851) es el de “la pareja de campesinos (hombre y mujer) que vuelven de sus faenas en el campo”. Y bajo él he escrito esas otras palabras de Jesús, que siguen en el mismo evangelio: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lucas 17, 10). Y añado: “hagamos el trabajo diario con fidelidad y espíritu de servicio”.
 
  En un principio, los primeros versículos del evangelio de este domingo, sobre la fe comparada al grano de mostaza, parece que no tienen nada que ver con lo que sigue del criado o labrador o pastor que vuelve del campo y se pone a servir a su amo preparando la cena, haciendo luego de sirviente o camarero. Pero si bien se mira, están muy profundamente entrelazados. De ahí ese título que pongo a la homilía de hoy: “La fe en obras”. Una fe que se quede en frases bonitas no es una fe viva, con esa fuerza que Jesús dice paradójicamente de poder enviar moreras al mar.
 
  Ya en la primera lectura de este domingo, el profeta Habacuc nos dice al final: “el justo vivirá por su fe”.
 
  En la segunda lectura, S. Pablo escribe a su discípulo Timoteo: “Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste…No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor…Vive con fe y amor cristiano”.
 
  Y finalmente en el evangelio, Jesús nos habla del dinamismo de la fe, que se debe mostrar en ese espíritu de servicio humilde, en todos los campos donde nos toque vivir y trabajar. Ciertamente, los dos temas: fe y obras, están muy unidos y relacionados en el evangelio de hoy. Una fe paciente, perseverante, que trabaja por el Reino de Dios en el mundo. Una fe que muestra una postura de ofrenda a la par apasionada y humilde, como esos campesinos fieles que pintó Millet. Nuestra fe cristiana no es una idelogía que requiere una adhesión meramente intelectual. Es una actitud vital que nos afecta en nuestro ser y actuar, que compromete nuestro corazón y nuestro obrar. Como dice S. Pablo: “vive con fe y amor”. Servicio fraternal al prójimo, a la manera de Jesús que dijo de sí mismo: “No he venido a que me sirvan, sino a servir”.
 
  Fe en japonés se dice: “shinkoo” y se escribe: 信仰, dos caracteres chino-japoneses.
El de la izquierda expresa la idea de “acoger las palabras que salen de la boca de otro”.
Y el de la derecha: “mirar desde abajo hacia arriba con respeto a otra persona”. O sea, fe es acoger las palabras de orden o ruego y la figura de otra persona mirándola con respeto, y esa persona es Cristo y es todo prójimo al que debemos servir. Quedan preciosamente unidos en ese kanji los dos temas del evangelio de este domingo.
 
  Pidamos también nosotros a Jesús hoy día: “Señor, auméntanos la fe en obras de amor!”
  Y concluyo con una poesía juvenil de Gabriel y Galán que él titula:
 
  EL TRABAJO
 
  Es el trabajo fuente de la riqueza
y aguijón diligente de la pereza.
La ruina y los pecados más lastimosos
son frutos obligados de los ociosos.
Si en el trabajo honrado tus miras pones,
vivirás alejado de tentaciones,
labrarás con tus manos tu bien futuro
y el pan de tus hermanos harás seguro.
 
  Hagamos seguro el pan de todos nuestros hermanos y hermanas con “fe y amor”, con fe en obras.
 
 
DOMINGO 28 ANUAL, ciclo C
 
SABER DAR GRACIAS  ¿Por qué damos "por supuesto" que nos tienen que dar?
 
Para este domingo he puesto en el escaparate de la parroquia el cuadro de W. Hole que él titula: “la curación del Samaritano”. Se ve una esbelta figura de Jesús y a sus pies el leproso curado dándole gracias, mientras que Jesús mira a los otros nueve leprosos que también fueron curados, pero que se alejan gozosos sin dar las gracias.
 
  Jesús pregunta: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”
 
  En algún libro de esa teoría psicológico-espiritual que es “el Eneagrama”, que por supuesto me gusta e inspira, se dice que Jesús era un tipo 2, o sea el “helper”, el “ayudante”, que se entrega generosamente al servicio de los demás, pero que siente la necesidad de que le den gracias por ello.
 
  Pero creo que debemos decir que “el agradecimiento” es una virtud humana que se desea en todas las personas, no sólo en las de un tipo determinado. A todos nos da pena ver a veces que hay personas quienes después de haber recibido un favor, grande o pequeño, se alejan sin dar las gracias, como dice el refrán: con la actitud del “si te he visto, no me acuerdo”.
 
  En Japón, a mi me gusta mucho comprobar la educación que reciben nuestros niños y niñas de 4 a 6 años del Jardín de Infancia, quienes al bajar del autobús que los trae y lleva, siempre dicen al chofer con sencillez, bonita voz y de todo corazón un: “arigatoo gozaimashita”, que quiere decir:”muchas gracias”. Debemos esperar que no sólo los niños sino también los mayores, vivamos todos con esa actitud de acción de gracias hacia Dios y hacia el prójimo, hacia todos y todo el mundo que nos otorgan a diario tantos bienes.
 
  En la primera lectura de este domingo ,se nos narra que el general sirio Naamán, curado de la lepra tras bañarse siete días seguidos en el río Jordán, tal como le aconsejó el profeta Eliseo, le dice a éste agradecido:
 
-           “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Y tú acepta un presente de tu servidor”.
 
  En la segunda lectura, S. Pablo aconseja a su discípulo Timoteo:
 
-           “Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos”…
 
Es decir, S. Pablo nos aconseja el “hacer memoria” de todos los beneficios y gracias recibidos de Dios, entre los cuales la Resurrección de Jesús equivale a nuestra redención, promesa de resurrección y vida eterna; el mayor bien por el que debemos estar agradecidos.
 
  La memoria está muy unida a la gratitud. Acordarnos siempre de todas las gracias recibidas del amor de Dios, cultivar la admiración, el sentido de deuda o lo que es lo mismo sentir lo mucho que debemos al Señor, a todos los que nos han ayudado y guiado a lo largo de nuestra vida, con la alegría del recibir y responder generosamente a ello.
 
  Chesterton decía con humor: “una vez al año damos gracias a los Reyes Magos y a Santa Claus por los regalos que nos encontramos en los zapatos que hemos puesto al balcón. Pero nos olvidamos de dar las gracias a aquel que todas las mañanas nos da dos pies para meterlos en los zapatos.”
 
  En Japón, hay un concepto social muy vivido. Se llama el “giri”(義理), un kanji que indica “el sentido de justicia” aplicado al dar gracias a otro cuando se ha recibido un don o regalo, contestándole con otro regalo o don, que debe ser un poco inferior al recibido, para no presumir orgullosamente de que se puede responder más de lo que se ha recibido.
 
Cultura fina. Y ello se debe hacer porque se siente dentro de sí el “On” (恩), un kanji que muestra a un “corazón que siente estar como prisionero o dependiendo del Otro que otorgó el bien”. Me gusta. ¿Por qué?
 
  No se trata de querer acabar de una vez con “la deuda de agradecimiento contraída”, sino de vivir siempre “dependiendo del Otro”, que es Dios, que es la familia, que es todo prójimo nuestro.
 
  Hoy quiero acabar con la traducción libre que hago de una especie de poesía o reflexión que apareció hace ya bastante tiempo en un periódico japonés. Ignoro su autor, es anónimo. Se llama:
 
  ATARIMAE (= POR SUPUESTO)
 
Por supuesto
¿Por qué no se alegran todos con estas maravillas?
Por supuesto, dicen.
Tengo padre
Tengo madre
Tengo dos manos, tengo dos pies
Voy caminando a donde quiero ir
Alargo mi mano y tomo todo lo que quiero
Oigo el sonido y tengo voz
¿Habrá mayor felicidad que ésta?
Pero nadie se alegra de ello
“Por supuesto”, dicen riendo
Puedo comer
Cuando se hace de noche, puedo dormir y surge de nuevo la mañana
Puedo respirar profundamente el aire dentro de mi pecho
Puedo reír, puedo llorar, puedo gritar
Puedo correr alrededor
Por supuesto, estas cosas tan maravillosas nadie las agradece
El que sabe cuánto se las debe agradecer, es el que las ha perdido
¿Por qué es así?
Por supuesto
 
JVC.
 
 
 
 
 
 
DOMINGO 29 ANUAL, ciclo C
 
ORAR SIN CESAR  La esperanza
 
Para este domingo he puesto en el escaparate de la parroquia una reproducción del cuadro del pintor inglés George Frederic Watts (1817-1904) llamado “Hope” (Esperanza), (pintado en 1886), en el que se ve a una dama como exilada del mundo, con los ojos vendados, pies desnudos y vestido harapiento, que abraza un arpa como queriendo tocar música en ella, aunque las cuerdas estén rotas. Una de las manos de la dama está en tensión manteniendo el arpa, mientras que la otra intenta tocar inútilmente. De colores pálidos y figura gentil, el cuadro es de gran belleza.
 
  Este cuadro me recuerda a mí la figura de la viuda del evangelio de hoy, que ruega sin cesar, con esperanza no quebrada, al juez injusto para que “le haga justicia”. Jesús cuenta esta parábola yendo de menos a más: si el juez injusto va a responder a la esperanza de la viuda para que no le moleste más, ¿cuánto más nuestro Dios Padre bondadoso no va escuchar nuestras oraciones cuando “le gritamos día y noche?”
 
  En japonés, orar “sin cesar” se dice: “taezu” y se escribe: 絶えず, un kanji que muestra “el no cortar un hilo”. Bien descrito está. Hoy se nos llama a “no cortar el hilo” de la oración y de la esperanza, a orar sin cesar.
 
  En la primera lectura, se nos narra que cuando Moisés tenía los brazos levantados hacia el cielo, en actitud de oración, su pueblo vencía a los enemigos, pero cuando los bajaba entonces los enemigos tomaban ventaja. Así que dos de sus compañeros le sostenían los brazos en alto hasta ganar la batalla. Un ejemplo de “orar sin cesar”.
 
  En la segunda lectura, S. Pablo aconseja a su discípulo Timoteo: “Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado…proclama la Palabra, insiste a tiempo y destiempo”.
Es lo mismo, perseverar con confianza en la oración y en la misión confiada.
 
  Y en el evangelio, ya hemos dicho que Jesús en su parábola del juez injusto y de la viuda perseverante esperanzada en su rogarle justicia, nos llama a orar sin cesar, porque Dios Padre no es un juez injusto ni se quejará de que le demos la lata, sino que todo lo contrario, escucha siempre nuestras oraciones y súplicas, porque nos ama, porque es la suprema Bondad. Pero Jesús dice al final: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”…
 
  Es decir, Jesús nos está llamando hoy a perseverar con esperanza en nuestras oraciones. Si no se nos concede lo que pedimos es porque no nos conviene, porque en el plan de nuestra salvación Dios ve más y mejor que nosotros mismos lo que necesitamos. Tengamos fe y esperanza siempre, fiémonos del Señor pase lo que pase.
 
  Las condiciones de nuestra plegaria deben ser dos: fe confiada en Dios Padre y la perseverancia. Ese intentar tocar la lira ciegamente del dicho cuadro de pintura.
 
  Y oremos no sólo por nuestras intenciones particulares, sino también con un corazón abierto a las necesidades de todos, por la paz del mundo, por la defensa de la vida, por la justicia para los más pobres, por todos los que están a la puerta de nuestra casa, que no pasen ante nosotros como una mera sombra, como dice la poesía que os escribo ahora. Es de Abelardo Linares y se titula:
 
  EL EXTRAÑO
 
  Alguien está a la puerta de mi casa.
Me he levantado en medio de la noche
y lo espío a través de los visillos.
Alguien llama al portal, llama a mi casa,
y yo escucho sus golpes sin abrirle.
 
Hay alguien en la calle que se oculta
en la noche sin luna y que me llama,
alguien que no conozco, alguien extraño.
¿Por qué, entonces, me inquieta su presencia?
¿Cómo sabré que es a mí a quien llama
si no es por mi temor, por esta angustia
irreal como un sueño, inexplicable?
 
  Sí, quizás es un sueño y nadie llama,
o es un sueño y yo mismo soy quien llama
a una puerta que nadie ha de abrir nunca,
pues la cierra el temor, y él es la llave.
 
  Miro afuera y no puedo ver su rostro.
Miro arriba y veo los visillos
y una sombra tras ellos que se oculta.
Solamente una sombra.
 
  J.V.C.
 
DOMINGO 30 ANUAL, ciclo C
 
El Fariseo y el Publicano LLAMADA A LA HUMILDAD
 
Para este domingo he puesto dos copias de cuadros de pintura en los dos escaparates a la entrada de nuestra iglesia parroquial. Uno es de Gustave Doré: “el Fariseo y el Publicano”, tema del evangelio del día. Paciente y espléndido trabajo de Doré en blanco y negro, a tinta china. Desde fuera del marco de la puerta del templo, Jesús mira a dos personajes que aparecen en primer plano: uno de pie es el Fariseo que en vez de orar se alaba a sí mismo, despreciando al publicano a su lado, el cual está postrado en el suelo pidiendo perdón a Dios y que se compadezca de él. El otro cuadro, como gran contraste, es la sola figura de la Virgen María, prescindiendo del ángel del cuadro del Greco: “ la Anunciación”, una de sus obras maestras, pintada en 1596 para el Colegio de Doña María de Aragón en Madrid, cuadro que hoy día se conserva en el Museo del Prado (Madrid). Una esbelta y como una llama que se eleva estilizada figura de la joven María, vestida con manto azul y túnica interior rosada, en tonos delicados, con la mirada elevada lo mismo que sus manos. A mí me recuerda su canto del Magníficat, cuando exclama: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…porque se ha fijado en la humildad de su esclava…desbarata a los soberbios en sus planes…y ensalza a los humildes” (Lucas 1,46-52).
 
  Frente a la soberbia del Fariseo que “teniéndose por justo, sintiéndose seguro de sí mismo y despreciando a los demás”, la virgen María se muestra tan dependiente y viendo a Dios acogiendo a los humildes, que es un magnífico ejemplo para nosotros.
 
  La “humildad” es un vocablo que viene del latín: “humus” que significa “tierra”. El humilde se ve a la altura de la tierra, como hecho de barro lo mismo que Adán y Eva.
 
En japonés, se dice “herikudari” y se escribe: 謙り, un kanji que equivale a “hablar con respeto del otro” o “ser muy parco en palabras”. Refleja muy bien las dos posturas enfrentadas en el evangelio: la del erguido fariseo que habla mucho de sus propias virtudes: su tanto orar y ayunar y dar limosnas al templo, al mismo tiempo que desprecia al publicano a su vera al que considera pecador; y la de este publicano, personaje odioso para los judíos porque recogía impuestos de dinero para los romanos y para su propia bolsa también, que reconoce y confiesa sus faltas y pecados, y golpeándose el pecho pide a Dios con parcas palabras que tenga compasión de él. Jesús dice que es la oración del publicano la que llega hasta Dios y acaba con esa frase lapidaria: “porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
 
  Ya en la primera lectura de este domingo, en el libro del Eclesiástico, se nos ha dicho:
“El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido”…
 
  Y en la segunda lectura, S. Pablo escribe humildemente: “Yo estoy a punto de ser sacrificado…He combatido bien mi combate…El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo”. No está alabándose, sino confiando en Dios. Ya sabemos los muchos trabajos y opresiones, latigazos y desprecios que Pablo sufrió por amor a Cristo. Da gracias y toda su vida y misión la atribuye a Jesucristo el Señor.
 
  El fariseo muestra tres señales que todos debemos evitar: la conciencia de la propia bondad, la seguridad en sus propios méritos y el menosprecio de los demás. En una palabra ostenta “la soberbia”.
 
  En cambio el publicano nos enseña: el arrepentimiento y la confianza en Dios. En una palabra: “la humildad”. Es justificado como fruto de su amor a Dios.
 
  Estas dos posturas siempre me recuerdan a mí la explicación que hizo el místico holandés Ruysbroeck, en su tierra de Países Bajos, porque el mar se mete casi hasta dentro de sus casas, por así decir, si no hubiera muros de contención. Algunos de vosotros ya me habéis leído lo siguiente en alguna otra ocasión. Escribe él: Las dos posturas del fariseo y del publicano se parecen a las “rocas rompeolas” y a “los arenales del mar”. Cuando las olas del amor y gracia de Dios nos quieren invadir, nosotros presentamos o la postura de “la roca rompeolas”: se opone, levanta espumas, se retira la ola y la roca sigue en pie, arisca y levantada, como el Fariseo del evangelio. O cuando viene la ola, “las arenas” del mar dócilmente se amoldan y cambian de figura, con humilde agradecimiento y quedando más bonitas y nuevas, como el publicano cuya oración es bendecida. Me parece una comparación muy fácil de entender. Así lo explicaré a los pequeños de la parroquia, pues me toca este domingo la “Misa para los niños”.
 
  Quiero acabar volviendo a la figura de la Virgen María en su Magníficat, pidiéndole que ruegue para nosotros la gracia de aprender a ser humildes como ella. Lo hago con una estupenda poesía de Lope de Vega, el príncipe de los poetas españoles, que él llama:
 
  EL “MAGNIFICAT”
 
  El Señor engrandece
mi alma, que se alegra en el Dios santo
de mi salud, y crece,
porque las vio mis humildades tanto,
que bienaventurada
de todos desde hoy más será llamada.
 
  El que es tan poderoso,
y cuyo nombre es santo, a quien le tiene
temor siempre piadoso,
de gente en gente a engrandecerme viene,
que al humilde aventaja,
y al que es soberbio de su asiento abaja.
 
  El pobre lleno vive
del bien de quien al rico pobre envía,
su niño Israel recibe,
y él se acordó del prometido día
a Abraham su ascendiente,
y a su posteridad eternamente.
 
  J.V.C.
 
 
 
DOMINGO 31 ANUAL:   Ciclo C
 
SUBIRSE A UN ARBOL
 
El evangelio de este domingo nos presenta al publicano Zaqueo subiéndose a una morera para ver a Jesús. La razón de ello es que era pequeño de estatura y estaba lleno de curiosidad por ver a Jesús. Que un niño se suba a un árbol no es nada extraño. Yo mismo recuerdo que de niño, para cultivar los gusanos de seda como hacían otros niños también, lo cual estaba de moda en aquellos años, muchas veces subíamos a las moreras que estaban junto a la avenida del río para tomar sus hojas apetitosas para los gusanitos. Pero que un hombre adulto se suba a un árbol, debe obedecer a una causa mayor. Así es. Zaqueo quería ver a Jesús, lo cual se lo impedía el gentío que siempre rodeaba al Maestro, siendo él, como ya hemos dicho según el evangelio, muy bajito…Pero hay otra razón más poderosa, su curiosidad se debía a una sed interior de verdad, vida y alegría profunda de vivir. Se sentía pecador, engañador de la gente, cobrando el odioso tributo para el César de Roma y algo más para sí mismo. Con ello se había convertido en un rico jefe de publicanos.
 
  “Curiosidad”: “tienes nombre de mujer”, escribió Shakespeare con ironía. En japonés se dice: “kookishin” y se escribe: 好奇心, un kanji que muestra “un corazón(心) femenino (女) e infantil(子) que busca algo extraordinario”(奇). Según este kanji, las mujeres y los niños son los más privilegiados con ese corazón interrogante y en búsqueda de algo que les llene. Y quiero añadir aquí: también los hombres adultos debemos aprender de niños y mujeres esa sana y santa curiosidad que Zaqueo, hombre adulto, nos pone por ejemplo. “Subirse a un árbol” para ver todo desde arriba, con una mirada amplia que abarque todo el horizonte. Y también para encontrase con Jesús.
 
  Sí, Jesús, también se subió a un árbol: al “árbol de la cruz”, que es el árbol de la vida, para vernos a todos, a Zaqueo y a toda la humanidad, desde arriba, con una mirada llena de amor profundo, de perdón, de curiosidad de niño puro ante todas nuestras miserias y caminos errados de la vida. ¡Qué bien lo supo cantar S. Juan de la Cruz con un rancio lenguaje castellano en su poema del “Pastorcito”:
 
“Y al cabo de un gran rato,
se ha encumbrado sobre un árbol,
do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho de el amor muy lastimado”.
 
  Ese amor compasivo, que invita a subir al árbol y luego bajarse de él, para encontrarse con Jesús en la vida ordinaria, en nuestras casas, en nuestro corazón a cuya puerta golpea Jesús para que le abramos y él entre y comamos juntos en signo de amistad (Apocalipsis 3,20), conversión a una vida nueva de más participar con otros prójimos todos los bienes recibidos. Ese cambio que Zaqueo goza, según el relato del evangelio de la compasión universal de Lucas, está ya anunciado en las otras dos lecturas precedentes de este domingo.
 
  En la primera, tomada del libro de la Sabiduría, se nos dice:
  “Señor, te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho…Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor”.
 
  Y S. Pablo nos dice en la segunda lectura:
  “para que Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él…a propósito de nuestro encuentro con él”…y podemos añadir: sí, de nuestro encuentro con él en el árbol de la cruz, tal como la gracia que recibió Zaqueo…
 
  Resumiendo, tengamos curiosidad de niños, subámonos al árbol de la cruz, o sea veamos todo desde arriba, como Jesús, con ojos de bondad y de pureza redimida por la mirada de Jesucristo nuestro Redentor. Y luego bajemos del árbol, es decir miremos a todos y a todo con los ojos nuevos recibidos del encuentro con Cristo Redentor; ojos nada soberbios ni autosuficientes, ojos llenos de alegría, con ansias de compartir todo lo bueno, con más paz y justicia, con más servicio de amor a todos, sin despreciar a nadie, fijándonos en los más pobres y necesitados de nuestra ayuda, porque están enfermos, porque nadie los mira, porque carecen de todo lo necesario, porque no tienen fuerzas para subirse a un árbol…
 
  “Subir para bajar”, subir para encontrarse con los ojos de Jesús, porque él nos convierte a una vida más pura, más bella, más feliz, más de niños en el corazón. Y quiero acabar con una poesía libre de rima pero muy oportuna, compuesta por Patxi Loidi, que él titula:
 
LA  APUESTA  DE  ZAQUEO
 
Jesús, si vienes a mi casa,
vas a encontrar bastante de suciedad,
como en la casa de Zaqueo.
No está todo limpio, Señor, ni mucho menos.
Me da vergüenza invitarte a entrar.
Pero es necesario que vengas.
 
Sólo Tú puedes limpiar bien mi casa.
Sólo Tú puedes mantenerla limpia un día y otro.
Ven, no te asustes, entra, como entraste
en la casa de aquel hombre tan mal visto,
que quedó completamente transformada.
 
Siento una gran felicidad
cuando pienso que puede repetirse en mí
aquella historia maravillosa
de un hombre que era jefe de publicanos.
Y todos murmuraban contra Ti.
 
Ven, no te retrases, entra hasta el fondo de mi casa
y repasa todas mis habitaciones.
 
Ven, enciende las luces,
incluso en los cuartos más oscuros.
 
Ven y tócame el corazón y el bolsillo.
 
Ven y dime también a mí
aquellas poderosas y dichosas palabras:
Hoy ha entrado la salvación a esta casa.
 
  J.V.C.
 
DOMINGO 32 ANUAL, CICLO C
 
“RESURRECCION”, SÍ -  “REENCARNACION”, NO
 
Este domingo antepenúltimo del año litúrgico es un estímulo o acicate para renovar nuestra fe en “la resurrección” de los muertos para la vida eterna; no en “la reencarnación”, creencia muy extendida en el Oriente hinduista, budista, aunque ya también figura en el pensamiento griego pitagórico y platónico.
 
  Para iluminar nuestra fe en la resurrección, en los dos escaparates de la parroquia he expuesto copias de dos preciosos cuadros: la “Resurrección de Jesús” del Greco (pintado del 1600 al 1605) y la “Asunción de María al Cielo” de Nicolás Pussin (pintado en 1650). Las dos figuras se elevan altas, estilizadas, como dos llamas vivas pletóricas de vida. A los pies de Jesús caen por el suelo los soldados que velaban su tumba; y alrededor de María Asunta se ven figuras de los ángeles que la acompañan. ¿Qué mejor imágenes que la de Cristo resucitado, gracias a cuya redención hemos recibido la vida eterna como regalo, fe, promesa y esperanza del amor divino; y la de María Virgen y Madre quien elevándose al cielo aviva más aún nuestra esperanza y con su intercesión anima también nuestra peregrinación terrena?
 
  Esta fe en la resurrección se nos muestra en la primera lectura bíblica de este domingo y en el evangelio, con dos casos parecidos, en los que el número “siete” sirve de entrelazo. En la primera lectura, del segundo libro de los siete hermanos Macabeos, mártires junto con su madre, escuchamos las voces del segundo hermano que dice al perverso rey cuando le torturan: “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”. Y el cuarto hermano, cuando estaba a la muerte, dijo: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”.
 
  Y en la segunda lectura bíblica, como transición antes de acudir al evangelio, también San Pablo nos anima en su carta a los Tesalonicenses a dar gracias a Cristo Redentor y Resucitado con estas palabras: “Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas”.
 
  Sí, podemos decir, “palabras y obras buenas” que nos lleven a colaborar para conseguir la gracia de la resurrección a la vida eterna en el cielo.
 
  Y cuando oímos el evangelio, resurge el número “siete”. Se trata del caso trampa de los Saduceos a Jesús. El caso de aquella mujer que se casa con siete hermanos, que van muriendo uno tras otro sin tener hijos y la mujer debe casarse con cada uno de ellos sucesivamente a medida que se le mueren los maridos, debido a la antigua ley del “levirato” que así lo mandaba, a fin de conseguir sucesión para la familia. Y preguntan los dichos Saduceos a Jesús: “cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.
 
  Antes de oír la respuesta de Jesús, digamos algo sobre los Saduceos. Eran un grupo distinto de los Fariseos. Éstos últimos creían en la resurrección de los muertos, siguiendo la ley oral transmitida desde los tiempos de Daniel profeta por lo menos. Pero en cambio los Saduceos sólo admitían la ley escrita de Moisés, en el llamado Pentateuco que abarca los cinco primeros libros de la Biblia, desde el Génesis al Deuteronomio. Y creían que allí no se dice nada sobre la resurrección de los muertos. Los Saduceos eran los ricos de Israel, los terratenientes, los liberales, incluso sacerdotes como Caifás eran de esta clase social.
 
  Y Jesús, con su sabiduría de siempre, les responde sobre el modo y sobre el hecho de la resurrección de los muertos. Primero, sobre “el modo”: resucitaremos como los ángeles, ya no habrá sexualidad pero sí habrá amor fraternal entre todos. Y segundo, sobre el “hecho”: Jesús apela a la misma Ley escrita, la única que los Saduceos admitían. Les dice: “Que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos sino de vivos: porque para Él todos están vivos”. Así es. De lo contrario, Dios no pondría en su boca los nombres de Abrahán, Isaac y Jacob si ya no existieran, si se hubieran convertido en polvo de cenizas. No es así. Si están en boca de Dios quiere decir que viven para Él. Jesús nos está diciendo que “amar a uno es decirle: tú no morirás”.
 
  Así pues, el evangelio de hoy nos está animando a reavivar la fe en nuestra futura resurrección. Jesús resucitado marchó primero a prepararnos morada en la casa del Padre. Cuando morimos en gracia, entramos ya en esa casa.
 
Pero en el Oriente nos encontramos ahora con un dilema: ¿hay resurrección o hay reencarnación?...¿Muchas reencarnaciones hasta la liberación final?
 
  En japonés, “reencarnación” se dice: “rinne” y se escribe: 輪廻, una palabra compuesta por dos kanjis: el primero indica la “rueda de un carro” (輪) y el segundo “el dar vueltas” (廻). O sea que la reencarnación es un continuo “nacer-morir-revivir” en otro cuerpo, un girar de vida en vida pasando por la muerte, lo mismo que la rueda de un carro. Es un movimiento circular.
 
  En cambio, para nosotros, la “resurrección” es un movimiento de línea que va de abajo arriba: nacemos una vez, vivimos nuestra vida y al morir vamos hacia la vida eterna.
 
  Los creyentes en la “reencarnación” alegan como argumentos de su fe: primero la “justicia de Dios”. El que hace el mal en esta vida, debe pagarlo reencarnándose en otra vida más baja; por ejemplo pasando de ser hombre a un cerdo…Así purga justamente sus pecados en la vida anterior. Y también alegan el “karma”: el “hado” o “destino” que uno se ha labrado en la vida pasada con sus acciones. Premio o castigo según las obras buenas o malas. Además, dicen, si nos jugamos la eternidad a una sola carta, y la sentencia única y definitiva es de cielo o infierno, vivimos en el miedo y terror y decimos muy poco de la misericordia divina. La reencarnación suaviza esta situación. Casi nadie se acuerda de quien fue en su vida pasada. Dicen que es porque las almas, inmortales todas ellas por carecer de materia, son lavadas en el río Leteo: del “olvido” decían los griegos, y así pierden la memoria. Algunos sí que se acuerdan de quién eran. Por ejemplo, Salvador Dalí decía que él era nada menos que “la reencarnación de San Juan de la Cruz”. No está mal la elección. Dalí decía que sentía la unión divina, pasando por la noche oscura del alma. Es curioso que nadie se recuerda como una persona vulgar…
 
  Pero en cambio, los que creemos en la vida única lineal que llega hasta la “resurrección”, única y para siempre, seguimos la enseñanza de Jesús, sobre todo en el caso del “ciego de nacimiento”, del evangelio de S. Juan capítulo 9, cuando al preguntarle los discípulos si aquel joven era ciego por sus pecados anteriores o por los pecados de sus padres, Jesús dice que no es por tal cosa y que es para que “vean la Gloria de Dios”. Es decir, Jesús no admite una reencarnación del ciego como para purgar pecados de su vida pasada, ni de sus padres. Nos anima a vivir con esperanza y fe en el amor de Dios compasivo, que quiere perdonarnos siempre, con tal de que acudamos a Él arrepentidos, y nos libera de una rueda sucesiva de reencarnaciones. Me quedo con esta enseñanza de Jesús, de los hermanos Macabeos, de la Biblia de hoy y de siempre, con la Palabra de Dios.
 
  Termino con una poesía de Francisco Montero Galvache, que creo oportuna. Se llama:
 
  ESPERANZA AL ÚLTIMO EVANGELIO DE PENTECOSTÉS
 
  La tierra pasará, como una ola,
sobre cuerpos y flores, sobre estatuas.
Para cada clamor habrá un silencio,
y a toda luz le llegará su noche.
 
  Nada podrá salvarse de la cierta
terminación de todo cuanto vive.
La alondra dejará su rama última,
y temblarán, mirándola, los árboles.
 
  Ángeles con trompetas poderosas
Convocarán a todas las criaturas.
Sobre los cuatro rumbos de los vientos,
la señal de Jesús será entre nosotros.
 
  Y volverá el pozo, el pájaro, la nube,
la claridad, el huerto, las estrellas,
la sonrisa, el aroma el beso, el agua,
la luz, el orden, la alegría, la rosa.
 
  ¡Volverán a nosotros, resurgidos,
los temblorosos ríos, las gardenias,
las bodas, y en el halo de las frentes
de las muchachas cantarán los sueños!
 
  ¡Toda tú, tierra nueva en paraíso,
volverás a crecer, ya resurrecta!
¡Porque detrás del bosque de la muerte
esconde Dios las alas de la Vida!
 
  ¡Esconde Dios las alas de la Gloria!
¡Esconde Dios las alas! ¡Las esconde,
detrás de la frontera de los ángeles,
donde se cierra el mar de la Esperanza!
 
   J.V.C.
 
 
DOMINGO 33 ANUAL: FIN DEL MUNDO
 
  Los dos cuadros que he puesto en los escaparates de la iglesia son: “el Entierro del Conde de Orgaz” del Greco (1586, en la iglesia de Santo Tomé de Toledo)y el rostro de la Virgen María del cuadro de la “Sagrada Familia con Santa Ana”, también del Greco (1590-95, en el hospital de Tavera (Toledo).
 
  El primero, el del entierro, me sugiere cómo afrontar la muerte con paz (que es el fin del mundo individual) y confianza en Dios y nuestro Redentor Jesucristo que se ve en la parte superior del cuadro, mensaje del que hablan las lecturas de la Palabra de Dios para este domingo. Y el rostro de la Virgen del segundo cuadro aparece tan iluminado que me recuerda las palabras de Malaquías en la primera lectura: “a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas”.
 
  El “fin del mundo” se dice en japonés: “yo no owari” y se escribe: 世の終わり, una combinación de dos kanjis: el del “mundo” (世), que viene de unir “diez” (十) con “tres veces” (三) resultando 30…es decir un largo tiempo. Para los israelitas eran 40 años, para el Oriente son 30 años lo que indica la longevidad de nuestro mundo. Y “fin”: owari, indica la unión(冬) de los dos extremos de un hilo (糸), o sea poner un límite al mundo, o anunciar que viene el invierno (冬) del mundo, su apagamiento, ya que “invierno” se escribe del mismo modo que la “unión de los dos extremos” del hilo.
 
  Ciertamente, Malaquías en la primera lectura y Jesús en el evangelio anuncian el fin del mundo, del tiempo en esta tierra perecedera, tema muy del día ahora que hablamos de los problemas ecológicos y todos nos preocupamos por el cambio climático, la polución a escala mundial, el deshielo del Polo Norte, etc.
 
  Pero al mismo tiempo que pensamos con ello que “nuestra verdadera patria está en el cielo” y no aquí, creo que en vez de ser pesimistas, debemos tomar todas las expresiones de la Biblia de hoy que nos invitan a ser optimistas, a vivir en la esperanza.
 
  Así pues, de la primera de Malaquías, me gusta el contraste que él pone entre “horno de fuego” que quema como a la paja a los malvados, y “sol” que ilumina y trae salud para nuestras alas…Pidamos al Señor que nos libre del fuego de la condenación al fin del mundo, y que nos ilumine como al rostro de María y a todos los Santos. De este modo “nuestras alas” durante la vida se desplegarán para llevar justicia, paz, alegría, amor servicial a todos.
 
  De la segunda lectura, destaco el ejemplo de S. Pablo que dice: “no viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie…Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma”. Por lo tanto, no podemos tomar la postura de que como el mundo se acaba, no vale la pena ya trabajar en él para conservarlo y mejorarlo. No es así. Debemos seguir luchando por la paz, la justicia y el amor, porque no sabemos ni el día ni la hora del fin del mundo. Podría ser dentro de más de mil años todavía…
 
  Y ese es también el mensaje de Jesús en el evangelio. Todo acabará, lo mismo que fue destruido el magnífico Templo de Jerusalén por los Romanos. Y las guerras, terremotos y desgracias de hoy día, no sabemos si serán las últimas; puede que haya aún desgraciadamente muchas otras más. Jesús no quiere informarnos sobre el fin del mundo, sino prepararnos a vivir con un proyecto de vida que anticipe aquí y ahora lo que esperamos después. Quiere que vivamos preparados en esperanza, con perseverancia y constancia en nuestro amor a Dios y al prójimo, en actitud de orar y amar con obras a todos los que nos rodean. Concluye Jesús lapidariamente:
 
  “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.
 
  Preciosamente resume esa actitud de “vela o vigilancia” la breve poesía de Antonio Machado que el llama:
 
  PROVERBIOS Y CANTARES
 
  Yo amo a Jesús, que nos dijo:
“Cielo y tierra pasarán”.
  Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedará.
 
  ¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron:
una palabra: Velad.
 
DOMINGO 34º:  CRISTO REY
 
Para celebrar este domingo de “Cristo Rey”, he escogido como pintura estandarte en el escaparate de la iglesia el cuadro del Greco: “Cristo abrazando a la cruz”, que se halla en el Museo del Prado (Madrid). Me gusta esa expresión de Jesús mirando hacia arriba con ojos resplandecientes y húmedos, llenos de amor al Padre y a todos sus hermanos y hermanas que somos nosotros, a quienes desea vivamente redimir por medio de la cruz. Este cuadro está en conexión con la figura de Jesús que nos presenta el evangelio de este año litúrgico que acaba, que es el de Lucas, donde se nos narra que sobre el madero de Jesús crucificado se leía: “Este es el Rey de los Judíos”. Y luego, el caso concreto del buen ladrón que le ruega a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.” Y Jesús que le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
 
  Este Jesús no es un rey terrenal, como diría S. Ignacio, fuerte y poderoso política y militarmente, como lo fueron por ejemplo los reyes de las dinastías europeas de España, Francia o Inglaterra.
 
  Y aunque está en la línea de sucesión del rey David, tampoco es como esa figura de este rey que nos presenta la primera lectura de este domingo, cuando el pueblo de Israel elige, unge y corona a David en la ciudad de Hebrón, como sucesor del rey Saúl. David fue también un guerrero de por vida, si bien antes había sido un humilde pastor.
 
  Jesús, que se presenta en el evangelio como “el buen pastor” muchas veces, es un rey pacífico, humilde, que establece un reino de vida y verdad, santidad y gracia, justicia, paz y amor, reinando desde la cruz hacia la cual nos atrae para purificarnos y librarnos del pecado y de la esclavitud del demonio, y confirma su reinado perpetuo con su Resurrección de entre los muertos y abriendo así las puertas del Paraíso para todos, como lo hizo para con aquel buen ladrón arrepentido, el que murió en otra cruz junto a la de Jesús.
 
  S. Pablo, en la segunda lectura de este domingo, nos brinda un acto de fe precioso en ese Cristo Rey, cuando escribe: “Damos gracias a Dios Padre…Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura…Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.”
 
  Este Cristo, el “Punto Omega” o “Último y Definitivo” de la Historia, como le llama el P. Teilhard de Chardin, no aparece “transfigurado” sino “desfigurado” en la imagen lucana de Jesús sobre la cruz. Reina por medio de su inanición, como perdiendo ante los que le condenan a muerte y le crucifican. Muy bien lo resumió el Papa Benedicto XVI cuando era aún el Cardenal Ratzinger, escribiendo:
 
  “Jesús nunca sacó la espada. Él no ha dado ninguna palabra a los revolucionarios. Sus discípulos murieron como él, como mártires de la paz, y justamente por ello son sus testigos; testigos de quién fue él y de quién no fue. Pero ¿qué es su reino? El borriquillo prestado es expresión de su impotencia terrena, pero también expresión, al mismo tiempo, de su confianza perfecta en la voluntad de Dios. Él no ha erigido su propio reino, junto al reino de Dios, sino que sólo ha testimoniado esto: que su nada es su todo. Él no luchó por el poder terreno, sino por la verdad, por la justicia, por el amor: por Dios. Este reino de Dios permanece como algo quebradizo en el mundo. Pero sólo a partir de él se hará el mundo digno de vivir, humano.”
 
  Pidamos, pues, seguir a Jesucristo Rey, tal como lo hicieron sus discípulos verdaderos hasta ahora, como lo indica el Papa en el párrafo anterior.
 
  En esta festividad de Cristo Rey, fecha escogida para darles una mejor preparación, siete niños (seis varoncitos y una niña) harán su “primera Comunión” durante la Misa solemne de nuestra parroquia. Pidamos por ellos para que sean también verdaderos seguidores de Jesús a lo largo de sus vidas.
 
  Y acabo con un trozo de una poesía de Lope de Vega, que él titula:
 
  AL BUEN LADRÓN
 
  Si Cristo santo es la puerta,
ya se la rompen tres hierros,
cuyas llaves sangre baña,
porque den vuelta más presto.
 
  Acechando está un ladrón
por los mismos agujeros
si a la casa del tesoro
de Dios puede dar un tiento.
 
  Por la humanidad de Cristo
entra a Dios el ladrón diestro,
porque, llegando con fe,
dicen que no es sacrilegio.
 
  Pero ya el ladrón famoso,
como otros muchos han hecho,
quiere acabar predicando
al que está con él, diciendo:
 
  Este padece sin culpa,
y culpados padecemos,
Jesús, hijo de David,
de mí te acuerda en tu reino.
 
  Conmigo, responde Cristo,
estarás hoy, te prometo,
que, como ve que se parte,
hizo barato del cielo.
 
  Alma, llegad a la cruz,
que está todo Cristo abierto,
liberal y manirroto,
como se le acabe el tiempo.
 
  No os quedéis por vuestra culpa
sin los tesoros inmensos;
Dios lleva un ladrón consigo,
mirad cuál anda el deseo.
 
  Como todos le han dejado
no se espante el mundo desto,
que hacer caso de ladrones
es a falta de hombres buenos.
 
  Ahora que el cielo roban
es buena ocasión, entremos,
que podrá ser que después
le pongan candados nuevos.
 

  Juan Vicente Catret S.J.