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SIGUIENDO LAS HUELLAS DE SAN IGNACIO SEMBLANZAS DE JESUITAS DE CHILE |
HERNANDO DE AGUILERA (1561-1637) El P. Hernando de Aguilera fue el primer chileno que ingresó a la Compañía de Jesús. Había nacido en La Imperial, Chile, el año 1561, siendo sus padres don Pedro de Olmos de Aguilera y doña María Villavicencio y Zurita, ambos llegados de la Península hasta el Perú y desde aquí a Chile, bajo las órdenes del conquistador Pedro de Valdivia. Hernando fue enviado por sus padres a estudiar a Lima, al colegio San Pablo, fundado por los jesuitas. A los 18 años de edad ingresó a la Compañía (1579). Concluido sus dos años de Noviciado, con entusiasmo se dedicó a los estudios. Teniendo especial inclinación por la oratoria, los superiores lo dedicaron a la predicación entre españoles e indios, siendo sus preferidos estos últimos. El P. Aguilera fue escogido por el P. Baltasar Piñas para que lo acompañara en la fundación de la Compañía en Chile (1593). Lo escogió en primer lugar por ser chileno y conocedor del país, y, en segundo lugar por ser un excelente predicador y conocer bien el idioma araucano, ventajas estas que fueron aprovechadas desde el arribo de los padres a tierra chilena. En efecto, el P. Aguilera fue el primero que predicó a los indios chilenos en su propia lengua, abriendo a los misioneros el camino por donde habrían de lograr la conversión de esos infieles, y la salvación de muchos neófitos. A petición del Gobernador, Martín Oñez de Loyola, los PP. Aguilera y de la Vega penetraron en la región de Arauco en 1596 y 1597, llegando hasta Tucapel, y pasando en seguida por las ciudades de La Imperial, Villarrica, Valdivia y Osorno, predicando a los naturales en el idioma de su tierra. La gracia y elocuencia con que les predicaba en araucano, la sinceridad y caridad ardiente con que procuraba su bien, y mucho más su virtud, le merecieron la veneración y cariño de esas gentes bárbaras. Empero, notando en todas partes el descontento de los naturales contra los soldados españoles, y previendo un posible alzamiento general, los misioneros regresaron al Colegio de Santiago. Por desgracia el alzamiento sucedió en 1598. Después de matar al Gobernador Oñez de Loyola, los indios destruyeron las ciudades antes mencionadas y también las de Angol, Cañete y Santa Cruz, en un lapso de tiempo más o menos de tres años. En 1599 el P. Aguilera regresó al Perú con el cargo de Rector del Colegio de la Paz. También desempeñó ese cargo en el Colegio del Cuzco, desde 1630 hasta 1634. Falleció en Lima el 30 de Octubre de 1637, a los 76 años de edad y 58 de Compañía. ANTONIO ALEMAN S.J. (1641- ? )
El P. Antonio Alemán S.J. fue el primer Provincial de los jesuitas en Chile en la época anterior a la expulsión de 1767. Había nacido en Concepción el año 1641, y fue hijo del Maestre de Campo don Alonso Alemán y esposa Juana del Pozo y Silva. En 1655 cuando sobrevino la sublevación general de los araucanos, a pesar de su corta edad, se enroló en el ejército real, y permaneció hasta la total pacificación, trasladándose entonces a Santiago a continuar sus interrumpidos estudios. Había ingresado a la Compañía de Jesús en 1657. Suponemos que sus años de formación transcurrieron en el Noviciado San Francisco de Borja y en el Colegio Máximo San Miguel en Santiago. Pareciera que fue alumno aventajado, pues cuando profesó regentó las cátedras de filosofía y teología. Era hermano del P. Ignacio Alemán S.J. Después fue nombrado Rector del Convictorio San Francisco Javier, conservando siempre la cátedra de teología. En 1672 fue enviado a misionar por la provincia de Coquimbo acompañando al P. José de Zuñiga. Llevaban además el encargo de sondear la opinión de los vecinos para la posible fundación de un colegio en La Serena. Predicaron esta misión durante toda la Cuaresma de aquel año en la iglesia mayor con excelente resultado. Los vecinos se mostraron adictos a que se hiciera la fundación proyectada, y en prueba de la buena voluntad de todos ellos, en un sólo día se reunió una considerable ayuda económica. Además, el Cabildo, el clero secular, las corporaciones religiosas y los principales vecinos, enviaron al Viceprovincial cartas pidiendo que se hiciese cuanto antes la fundación. El Viceprovincial dio su consentimiento y el 1 de Diciembre de ese mismo año nominó al P. Antonio Alemán como Rector del nuevo Colegio, además de otros dos jesuitas para que acompañaran al Superior. El 18 de Abril del año siguiente se colocó la primera piedra de la fundación, obra que quedó concluida en poco más de tres años, con su iglesia, claustro y sala de clases. Mientras se realizaban los trabajos de construcción el P. Alemán recorrió el valle del río Limarí desde el mar a la cordillera, predicando diferentes misiones.En 1683 el P. Carlos Noyelle S.J, General de la Compañía, decretó la erección de la Provincia de Chile, nombrando Provincial al P. Antonio Alemán, quien fue instalado en su nuevo cargo el año 1683. Las razones que tuvo el Superior General para tomar esa determinación fue el buen número de casas y sujetos, además por la dificultad de comunicarse con el Perú, por la excesiva distancia entre Santiago y Lima. En esos años, la Compañía tenía en Chile cinco colegios: San Miguel y San Pablo en Santiago, uno en Concepción, otro en Mendoza y otro en Bucalemu; el Convictorio San Francisco Javier en Santiago para la formación u estudios de sus hermanos escolares y de los jóvenes externos; un Noviciado, y además casa de Tercera Probación; tres colegios incoados: en La Serena, Buena Esperanza y Castro; dos residencias: Arauco y Valdivia; cuatro misiones adjuntas a colegios o residencias: Buena Esperanza, Castro, Arauco y Valdivia; y otras cinco simples misiones: San Cristóbal, Santa Fe, Santa Juana, Purén y Bajo Toltén. En total, eran 114 sujetos, 74 de los cuales eran sacerdotes y los demás hermanos estudiantes y coadjutores, la mitad de ellos criollos, nacidos y educados en este mismo país. La primera diligencia del P. Alemán fue visitar todas las casas, colegios y misiones; se congratuló al ver que en todas partes se mantenía la observancia de las reglas, se guardaba la disciplina religiosa y había una permanente entrega a los sagrados ministerios. Bajo su gobierno el Provincial pudo llevar adelante las obras comenzadas. Una de ellas era la iglesia del Colegio San Miguel, cuyos trabajos marchaban lentamente pues se levantaba con recursos propios. La Provincia pudo además adquirir en 1683, la hacienda de Calera de Tango, llamada así por la piedra de cal que esconde en sus cerros. De ahí proveían a su Colegio del material que necesitaban para su iglesia. Por caminos inesperados, en 1690, la Compañía pudo instalar una nueva misión para indios. Razones de política impulsaron al gobierno a retirar a los indios de la isla Mocha y trasladarlos al lugar denominado la Mochita en el continente y en las inmediaciones de Penco. Los misioneros jesuitas acompañaron a los indígenas y para ellos fundaron la misión la Mochita. El 18 de Enero de 1688 se inauguró el Vº Sínodo de la diócesis de Santiago, bajo la autoridad del obispo Bernardo Carrasco de Saavedra O.P. Como consultores asistieron los PP. Miguel de Viñas, Rector del Colegio Máximo y Nicolás de Lillo; y examinadores sinodales los jesuitas PP. Nicolás de Lillo, Gonzalo Ferreyra y Pedro de Herasso. Por referirse a la Compañía, transcribo la constitución 22 del cap. 4º: "Por la larga experiencia que tenemos del fruto que hacen en bien de las almas los PP. misioneros de la Compañía de Jesús por los partidos y curatos de este obispado y en esta ciudad, descargándonos las conciencias en mucha parte, con los ministerios que acostumbran de confesiones, comuniones y predicación evangélica; por lo cual les da esta santa sínodo las gracias: por tanto, encargamos y ordenamos a todos los curas, por cuyos distritos los ejercitaren, que los asistan en tan santo empleo, ayudándolos al cumplimiento de tan santo fin, sin embarazarles ni impedirles ejercicios tan importantes; antes se les muestren fáciles y liberales en concederles la administración de los demás sacramentos, con conocimiento de que lo ejercitaran con gran provecho de sus feligreses. Por la satisfacción que tenemos de su celo y prudencia, esta santa sínodo les concede a los PP. misioneros, que los superiores suyos señalaren, así para los partidos, como para las ciudades, facultad para absolver a nuestros feligreses de todos los casos reservados para este obispado, que irán expresados en el decreto 4º del cap 9º, y para administrar todos los sacramentos, excepto del matrimonio: y ruega y encarga a los reverendos PP. prelados de la Compañía de Jesús continúen en tan importante ministerio de las misiones, y las entablen en las ciudades cada tercero o cuarto año, y en los tiempos de graves necesidades". (Francisco Enrich S.J: "Historia de la Compañía de Jesús en Chile", tomo II, pp. 10). Admirador de la obra del P. Mascardi. La muerte de éste afectó profundamente al P. Alemán, lo que explica que siendo Provincial, se empeñara en introducir la causa de beatificación del misionero. Sucedió al P. Alemán en el cargo de Provincial el P. Gonzalo Ferreyra en 1689. Desconocemos la fecha del deceso del P. Antonio Alemán.IGNACIO ALEMAN S.J. (1654-1734) El P. Ignacio Alemán es hermano del P. Antonio Alemán. Como éste, nació en Concepción, Chile, el 6 de Mayo de 1654 (1). El 29 de Mayo de 1669 ingresó a la Compañía de Jesús. Bien poco sabemos de él. Tuvo participación activa en el Sínodo diocesano de Santiago, comenzado el 18 de Enero de 1688, siendo nombrado examinador de la lengua araucana. Entre los años 1692-95 estuvo misionando en Mendoza, Argentina. El 19 de Julio de 1696 hizo la profesión en Santiago. En la IIª Congregación Provincial que tuvo lugar el 23 de Agosto de 1700, el P. Ignacio fue nombrado Procurador de su Provincia en Roma, y además Procurador General de las Indias ante la corte de Madrid. Estando en el desempeño de estas funciones, publicó en Sevilla, España, 1710, el libro de las "Excelencias de San José", obra escrita por su compatriota el P. Pedro de Torres. Dos documentos de no escasa relevancia nos llevan a incluir la vida del P. Ignacio Alemán en esta serie de biografías de sacerdotes y hermanos jesuitas. El 18 de Julio de 1713 presentó al gobierno de la metrópoli, es decir, al Monarca en Sevilla, una carta titulada "Relación breve y sucinta del P. Ignacio Alemán S.J. sujeto de la Provincia de Chile, por lo que a la Provincia de Chiloé y de gran gentío, y de lo restante del Reino de Chile, empleo de misioneros, etc." Se trata de un documento redactado por una persona bastante ilustrada. y conocedor práctico del terreno, como aparece que lo fue el P. Ignacio Alemán. Asigna expresamente a la gobernación de Chile toda la extremidad de continente americano, puesto que la hace llegar por el sur hasta el estrecho de Magallanes, y por el oriente hasta el mar del norte. (Miguel L. Amunátegui: "La cuestión de límites entre Chile y la República Argentina". Santiago, Imprenta Nacional, 1880, pp. 505 ss). El año 1714 los miembros del "cabildo, justicia y regimiento" reunidos en Santiago, acordaron otorgarle un poder al P. Ignacio Alemán, residente en la ciudad de Sevilla, para que ante el Rey y su Supremo consejo, solicitara autorización a fin de fundar la Universidad "según i la manera que se contiene en el cabildo celebrado en 2 de diciembre del año pasado de 1713, atento a los buenos créditos i gran confianza que siempre esta ciudad ha tenido del dicho padre Ignacio Aleman i que, por este ayuntamiento, se escribiese carta al reverendo padre Antonio de Covarrubias, Provincial de la Compañía de Jesús, que se halla en la ciudad de Concepción, dándole noticias de lo acordado por este cabildo, para que su Paternidad Mui Reverenda de su parte le encargase los negocios de esta ciudad, i especialmente la real confirmación de dicha universidad" (Miguel L. Amunátegui: o. c. pp. 503 ss). El 28 de Enero de 1734 falleció en la Casa Profesa en la ciudad de Sevilla, España.ROLANDO ALMENDRAS S.J. (1960-1994) El más joven de los hijos de San Ignacio que aparecen en esta obra, fue llamado por el Señor a su Reino siendo apenas un joven escolar de la Compañía. Había nacido en la sureña ciudad de Osorno el 4 de Junio de 1960. En el Colegio San Mateo de esa misma ciudad conoció a los jesuitas y la obra que la Compañía realiza al servicio de la Iglesia. Rolando se sintió interpretado por la Compañía y solicitó su ingreso al Noviciado, el que se realizó el 30 de Marzo de 1980. Su maestro de novicios fue el P. Juan Ochagavía. Sus votos de bienio los emitió el Domingo 11 de Abril de 1982, Resurreción del Señor, en la capilla doméstica de la Residencia San Ignacio en Santiago. Hizo sus estudios regulares: juniorado, filosofía, y teología, con sus años de magisterio en el Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt y en la Escuela San Ignacio en Valparaíso, mostrando en todas partes una energía desbordante. Valparaíso fue para Rolando un tiempo de mayor soledad y de contacto con la pobreza. Allí Señor aceleró su obra en él y, como el alfarero volvió a comenzar su trabajo en medio del sufrimiento que significa enfrentarnos con nuestra historia y con las heridas que ha dejado en nuestra vida. Estaba lleno de proyectos para el futuro. Pero, los planes de Dios no siempre coinciden con los de los hombres. Irrumpieron en su vida violentamente problemas de salud, uno tras otro. Sin embargo, Rolando fue extremadamente valeroso para mirarlos de frente y, en fidelidad al Dios de la Vida, luchó tenaz e incansablemente por su salud sin bajar los brazos. Algo profundo empezó a cambiar. "Yo no he buscado mucho a Dios, pero esta vez El me cuadró" confidenció en ese tiempo. El dolor, la incertidumbre y, por qué no decirlo, cierta incomprensión de los demás, le hicieron entender con la hondura del corazón muchas cosas que su mente inquieta había aprendido sólo intelectualmente. La vivencia de la paternidad de Dios y el misterio de la Cruz del Señor fueron agigantándose en su propia experiencia, pero al mismo tiempo siguió soñando con sus proyectos de licenciarse en teología y filosofía, trabajando como ayudante en la Facultad de Teología y acompañando a varios ex alumnos y amigos y a sus queridos scouts del Colegio San Ignacio Alonso Ovalle. Cuando otros se habrían echado a morir, Rolo siguió trabajando, como un canto a la vida, en la medida de sus fuerzas, hasta el final. Fue todo un símbolo el que sus scouts desfilaran frente a su lecho: cuando él ya nada podía hacer, le manifestaron su cariño con lágrimas en los ojos y se despidieron de él con su nombre de "sachem". El Señor se lo llevó el Domingo 27 de Noviembre de 1994 en la enfermería de la residencia San Ignacio en Santiago. Unas semanas antes había recibido una carta del Padre General, quien lo acompañaba en medio de su dolor. El día del sepelio el templo se repletó de fieles especialmente de jóvenes que habían conocido a Rolando. Muchas lágrimas y pañuelos reflejaban las emociones de los que aquella tarde despedían a Rolando. El sacerdote y amigo que lo despidió, en medio de la emoción que lo embargaba, expresó: "Ya no tenía en sus manos la iniciativa de su vida y había aprendido a través del sufrimiento que estaba radicalmente en las manos de su Padre Dios. La obra del alfarero estaba casi terminada...Sólo faltaban cortos días en que no pudo ya sino entregarse por completo al cariño y cuidado de sus padres, de sus hermanas, de sus amigos y dejarse querer desde el silencio y el desvalimiento por muchos que haían sido ayudados por él". Después de su deceso conocimos unas palabras de despedida que dejó Rolando. Dicen así: "No saben cuánto he esperado esta Pascua, cuánto he deseado compartir con ustedes el cuerpo y la sangre de nuestro hermano y Señor Jesucristo, en cuya Pascua se incluye la mía". ...He recorrido el largo camino de la fe; estoy cansado y feliz, he sufrido y gozado amando y sintiéndome amado. A Ti Señor te he visto tantas veces, en mis amigos, en sufrientes y llorosos, en alegres y saltarines, Tu no me eres un desconocido. Te he gustado, te he tocado, visto, oído y sentido tu perfume de santidad. Este es sólo un reencontrarnos en tal densidad, que seguramente será diferente cualitativamente a todo lo experimentado como divino mientras estaba en medio de ustedes". "Yo soy feliz, no saben cuánto he esperado esta Pascua. Por fin podré unirme realmente a ustedes en la plegaria de la Iglesia, en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo, en cada uno de los sacramentos que administra la Iglesia, pero de los que yo ya no necesito, pues acá se está inmediatamente con Él y ya no son necesarias las mediaciones sacramentales".PEDRO ALVARADO S.J. (1896-1959) El P. Pedro Alvarado Oyarzún S.J. había nacido el 17 de Abril de 1896 en el archipiélago de Chiloé, más exactamente en la pequeña isla de Chelín, donde sus padres eran propietarios.En el Seminario "San Carlos" de Ancud, cursó sus estudios secundarios y de filosofía. En esos años, 1915, dicho Seminario estaba encomendado a la Compañía, cuando este joven filósofo, solicitó su ingreso a ella, 10 de Abril de 1915. Debió, entonces, trasladarse a Córdoba, Argentina, donde después de emitidos los votos del bienio, fue enviado al Seminario Inmaculada Concepción en Villa Devoto, Buenos Aires, para repasar sus estudios de letras y filosofía. En 1922 regresó a Santiago para enseñar en el Colegio San Ignacio. Los estudios de teología los hizo en el Colegio Máximo de Siarrá, Barcelona, donde también se ordenó de sacerdote el 27 de Julio de 1927. Vuelto a América, primero enseñó filosofía en Villa Devoto; después pasó a Chile como Socio del Viceprovincial de la Región chilena. Desde 1932 hasta 1955 ejerció sin interrupciones cargos de gobierno en la Compañía. El más importante de éstos fue el ser primer Viceprovincial cuando la Viceprovincia chilena se independizó de la Provincia Argentina (4 de Junio de 1937). El P. Alvarado ocupó este cargo hasta el 19 de Enero de 1947. Concurrió como Procurador de la Viceprovincia a las Congregaciones Generales XXVIII (1938) y XXIX (1946), y por razón de su cargo de Viceprovincial, en el Primer Concilio Plenario Chileno (1946) y en otros organismos o reuniones de importancia. Entre los años 1932 y 1937 fue Rector del Colegio San Ignacio, lo mismo aconteció entre los años 1949 y 1954. Los alumnos del Seminario de Santiago tuvieron al P. Alvarado como profesor de filosofía (1949-1954). A su vez enseñó Teología Moral en el curso menor de la Facultad de Teología en la Universidad Católica (1953-1954). Durante sus años de gobierno, la nueva Viceprovincia se estruc-turó sólidamente y echó las bases de su desarrollo posterior. Este se alcanzó principalmente mediante la construcción y habilitación del Noviciado y Juniorado, el intenso fomento de las vocaciones, el apostolado social y de Ejercicios, con la infatigable colaboración del P. Alberto Hurtado S.J. Su empeño se extendió también al Colegio Seminario de Chillán y Colegio San Luis en Antofagasta; las parroquias de Chuquicamata, Padre Hurtado, Puerto Montt. Importante y decisiva ayuda de profesores se prestó a la Facultad de teología de la Universidad Católica, que recientemente se había creado. Toda esa intensa labor hubiera sido muy difícil si no se hubiera estructurado una organización eficiente de las personas y de los recursos. Cabe señalar además la entrega a otras manos de ciertos trabajos que no parecían tan necesarios o no convenía que siguieran bajo la responsabilidad de la Compañía. El P. Alvarado dio oportunidad, participación y dirección para que actuaran otros, principalmente el P. Alberto Hurtado. Supo reconocerles sus cualidades, comprender y alentar sus proyectos e ideales, aprovechar sus entusiasmos, apoyar, dirigir, y controlar sus trabajos, y después, atribuirles, con gran lealtad y olvido de sí, los felices resultados. En cambio, asumía sin subterfugios la responsabilidad por lo que había determinado o simplemente permitido; defendía leal y valientemente a los que estaban actuando, sin abandonarlos ni acobardarse aunque se movieran influencias muy poderosas en su contra ("Noticias S.J, Chile", Mayo 1959, pp. 17). Como Superior, el P. Alvarado supo crear optimismo y confianza en sus súbditos. Por otro lado, fomentaba la alegría y un auténtico espíritu de familia al interior de las comunidades, y una inteligente eficacia en la selección de las actividades apostólicas. Aún en los más mínimos detalles, aparecía la genuina caridad de este Superior; su actitud extraordinariamente paterna, acogedora, bondadosa, sus atenciones delicadas, su trato fácil, sencillo y afectuoso, su vigilante interés por alentar, corregir los defectos, proponiendo para todo escuetamente los grandes motivos del amor a Cristo y de su servicio abnegado por amor a El. No menos relevante fue su período como Rector del colegio
San Ignacio. En efecto, durante su Rectorado fue aumentando la matrícula hasta alcanzar
los 700 alumnos, contándose 50 o más egresados cada año. Los estudios se complementaron
con las Academias, sean de Filosofía, Literatura, Oratoria, Latín, Idiomas y Ciencias. RODOLFO ARTEAGA LLONA S.J. Quinto Hijo de Enrique Arteaga y Lucía Llona, nació Rodolfo el 10 de diciembre de 1934 en Santiago, en el seno de una familia profundamente creyente.Hizo cuatro años de preparatorias en el English High School, colegio de barrio donde adquirió las bases del idioma inglés que después leía y hablaba. Por no tener la edad suficiente para iniciar los estudios de humanidades de esos tiempos, debió repetir la cuarta preparatoria en el Colegio San Ignacio, donde hizo posteriormente de primero a cuarto año de humanidades. Cuando estaba en cuarto, ya vi-vía en la Compañía de corazón ayudando a los padres en diversos menesteres, anunciando desde ya su pronunciada vocación de servicios prácticos. Al concluír su cuato año, y recien cumplidos los quince años de edad entró al Novicia-do, en la casa de vacaciones, La Leonera, el 1 de febrero de 1950, después que el P. Alberto Hurtado lo examinara y aconsejara a sus padres que lo dejaran ir a pesar de ser tan joven, sin que antes hubiera tratado de su vocación con él. Su maestro de novicios fue el P. Nicolás Marambio, e hizo los votos del bienio en La Leonera el 2 de febrero de 1952. Hizo su juniorado en el Colegio Loyola en Marruecos (hoy Padre Hurtado) desde 1952 hasta 1954, bajo la dirección del P. Carlos Aldunate, que se transformó en un verdadero padre para Rodolfo y con el cual tejió una honda amistad que se prolongó por toda la vida. En su tercer año de juniorado, dedicado al estudio científico, despertó su vocación por las matemáticas y la física. La filosofía la hizo en Colegio Máximo en Chapinero, Bogotá, de 1955 a 1957. Llegado en septiembre de 1957, fue destinado a hacer el magisterio en el Colegio Loyola, donde además de dar clases a los postulantes y hermanos coadjutores, trabajó codo a codo en trabajos manuales con el H. Luigi Ghezzi. Los años 1959 y 1960 hizo magisterio en el Colegio-Seminario de Chillán, donde fue prefecto de internos y enseñó matemáticas y física. En 1961 inició la teología en el Colegio Máximo en San Miguel, Argentina, concluyéndola en 1964, después de haber estado unos meses de ese año en Santiago. Fue ordenado sacerdote el 5 de junio de 1965 por Mons. Enrique Alvear, entonces Obispo Auxiliar de Talca, Chile. Desde 1965 a 1972 vivió en la comunidad del Colegio San Ignacio, A.O. Mientras hacía clases de matemáticas, era profesor jefe y simultáneamente estudiaba para obtener el título de profesor en matemáticas y física en el Pegagógico de la Universidad Católica. Durante esos años acompañaba con frecuencia al P. Benjamín Vergara a Calera de Tango los fines de semana, y por algún tiempo asumió la capellanía de nuestra Iglesia allí. Varios años acompañó a los Scotus del Colegio en los campamentos del verano. En vacaciones de invierno con frecuencia se trasladaba al Colegio San Fran-cisco Javier de Puerto Montt, cargado con todas las cosas que le pedían que les llevara desde Santiago, demostrando la incansable buena voluntad que tenía para prestar servicios. Recibido de profesor de matemáticas y física, fue destinado en 1973 al Colegio de Puerto Montt, donde, por largos años, ejerció como profesor de dicha asignatura y profesor jefe. Tenía fama de estricto, pero sus alumnos, una vez en la universidad, le agradecían el que les hubiera enseñado a pensar, y se acordaban de los comentarios pinto-rescos que les escribía en las pruebas. Por petición del P. Raúl de Baeremaecker, empezó a colaborar durante la Semana Santa y Navidad en las capillas de Futalelfú y Palena citas en Chiloé Continental. Alternadamente atendió a dichos pobladores hasta la Semana Santa de 1997, y donde se hizo querer por la gente. En el Colegio San Francisco Javier fue algunos años Ministro y Ecónomo, cargo que no dejaba de tensionarlo por su escrupulosidad con el dinero. Allí también continuó con su vocación de apicultor, que había adquirido durante sus años de perma-nencia en Padre Hurtado y en sus años de atención en Calera de Tango, y a la vez desarroló el gusto por elaborar ricas mermeladas con los productos de la zona. En tiempos de des-canso, Rodolfo se trasladaba con frecuencia a trabajar al campo, en concreto al fundo de sus buenos amigos (exalum-nos) Hoffmann, en Osorno, que pasaron a ser como una segun-da familia para él. Durante sus años de Puerto Montt se hizo consciente del cambio profundo vivido por la Iglesia y la teología en el post concilio, lo que no dejaba de hacerlo sufrir, y fue rehaciendo sus conocimientos a través de múltiples lectu-ras, aunque nunca aceptó los ofrecimientos que algunos superiores le hicieron de viajar al extranjero para ponerse al día. En 1991 fue destinado al Colegio San Mateo en Osorno, donde fue designado Ministro y Ecónomo, y enseñó matemáti-cas y física. El cambio de sistema pedagógico y las exigen-cias del Colegio le resultaron difíciles y progresivamente empezó a pensar en dejar la enseñanza. Durante años había celebrado la Santa Misa del fin de semana en nuestra igle-sia en Puerto Montt, y había dedicado tiempo con generosi-dad al minsiterio de la confesión. En continuidad con esta práctica, en Osorno se desempeñó como capellán de la igle-sia Catedral, y, cuando algunas veces el párroco debió reemplazar al Obispo, casi ejerció como párroco, trabajos que le atraían cada vez más y que prepararon su última misión en la Compañía. En 1995, cumpliendo con un profundo anhelo que tenía desde hacía muchos años, pero para cuya realización se sentía poco preparado, fue trasladado a la comunidad de Padre Hurtado, con la idea de ejercitarse durante un tiempo en el acompañamiento espiritual y en retiros y Ejercicios, bajo la sabia dirección de su segundo padre y consejero, el P. Carlos Aldunate. Se encontró también con su huen amigo, el H. Luis Ghezzi, y dividió su tiempo entre la ayuda que prestaba a la administración de la casa y los retiros, cur-sos y Ejercicios, tanto en esa Casa de Ejercicios de Padre Hurtado como en Argentina, donde el P. Aldunate pretendía que lo reemplazara con el tiempo. Fueron esos dos años de mucha plenitud y crecimiento y la gente que fue acompañada por él durante este tiempo, quedó impresionada de su sencillez, espíritu juvenil y su disposición a servir. Precisamente, cuando recién regresaba de una gira por Argentina, de un mes y medio, y se aprontaba a dar un curso en el Centro de Espiritualidad Ignaciana, falleció repentinamente en Padre Hurtado, de un infarto al corazón, sin ningún tipo de aviso previo, el 22 de agosto de 1997, después de haber celebrado la Eucaristía, de haber compartido el desayuno con los otros miembros de la comunidad y de haber dado un recorrido por diversas reparticiones de la Casa de Ejercicios. Fue sepultado en el cementerio de la misma casa, en medio de los hermanos, a los cuales siempre quiso y ayudó, y donde esperan la resurrección de los muertos otro gran amigo suyo, el P. Benjamín Vergara. Rodolfo me había enviado un fax cuatro días antes, el lunes 18, en el que me contaba sus actividades apostólicas en Argentina, dando retiros y talleres de transformación espiritual, y al final decía: "Tengo sueño y cansancio; hoy y mañana tengo descanso; no sé qué me espera en Padre Hurtado". En Padre Hurtado lo esperaba su Señor que lo encontró despierto y vigilante, para que le abriera la puerta. Al celebrar ahora la cena del Señor en nuestro caminar hacia el Padre, esperamos que se estén cumpliendo las palabras del Evangelio: "Les aseguro que el Señor mismo lo hará sentarse a la mesa y se dispondrá a servirles la comindad" (Lc.12,37). Esperamos que Rodolfo esté con tantos otros servidores fieles, sentado a la misa del Reino viendo cara a cara lo que aquí creyó y esperó. Un exalumno de Puerto Montt escribió: "Fueron dos años de aprender continuamente las lecciones de vida que nos mostraba: entrega, honestidad, puntualidad, fidelidad, sencillez, alegría, sacrificio y cariño por lo que cada uno hace". Y a continuación expresó: "Para mí, sus manos se asemejaban a las manos de Dios: firmes para guiar al que camina o levantar al caído; consagradas al trabajo por los demás y llenas de amor para entregar a los seres humanos". José Arteaga S.J. PEDRO N. ASTABURUAGA S.J. (1843-1914) Pertenecía a una distinguida familia de Talca. Sus padres fueron Felipe S. Astaburuaga y Natalia Vargas; en ese hogar nació el 14 de Diciembre de 1843 siendo bautizado el 25 de Diciembre del mismo año. Su ingreso a la Compañía se produjo el 23 de Septiembre de 1866 en el Noviciado de Santiago, y teniendo como Maestro al P. Ignacio Gurri. Sus estudios, incluyendo filosofía los cursó en Santiago. Para la teología fue enviado a España. Pero los jesuitas de la Provincia de Aragón habían sido obligados a salir de España; entonces los jóvenes estudiantes fueron reunidos en la casa de teólogos de San Casiano en la Haute - Garenne, Francia. Allí, Astaburuaga estudió la teología y se ordenó de presbítero en 1877. Regresó a Chile y en el Colegio San Ignacio hizo la 3ª Probación. El 19 de Septiembre de 1880 emitió los últimos votos en Valparaíso. Acompañado del P. Carlos Infante, el 25 de Septiembre de 1880, se trasladó al puerto de Antofagasta en el vapor "Mendoza". Concluido el conflicto con el país del norte, se dedicó preferentemente al trabajo misionero y a la dirección espiritual. Estuvo algunos años en la residencia de Concepción y posteriormente regresó a Valparaíso. Aquí por más de 20 años fue Ministro de la comunidad. Falleció el 24 de Enero de 1914. JOSE AUDI S.J. (1872-1944) Había nacido en Tortosa, España, el 16 de Enero de 1872. Ingresó al Seminario de la diócesis de Tortosa, y de ahí pidió su entrada al Noviciado en Veruela el 25 de Junio de 1887. Emitidos los votos del bienio, siguió en la misma casa los estudios de gramática, retórica e idiomas, hasta que el año 1893 pudo comenzar los estudios de filosofía en el Colegio Máximo de Jesús en Tortosa, en aquellos años Colegio Máximo de la Provincia de Aragón.Para el magisterio, debió atravesar el Océano Atlántico, por cuanto fue destinado al Colegio Sagrado Corazón en Montevideo, Uruguay, entre los años 1895 y 1902. Regresó a su ciudad natal para hacer la teología, siendo ordenado en la víspera de San Ignacio, el 30 de Julio de 1905.Concluida su formación y enviado de nuevo a América, su plan no era otro que trabajar como misionero. Tenía muy claras palabras de San Pablo: "Los que no tenían noticia lo verán, los que nunca habían oído comprenderán" (Rom. 15,2I). Dios, sin embargo, le había cambiado dicho plan. En efecto, fue destinado para profesor de matemáticas, química y cosmografía en el Colegio Sagrado Corazón de Montevideo; después profesor de iguales materias en el Colegio San Ignacio en Santiago. No todo, sin embargo era, era dar clases. En período de vacaciones, especialmente en el mes de Enero, los padres se dedicaban a dar misiones y para eso se trasladaban a diferentes lugares de Chile, incluso hasta las provincias más alejadas de la capital. En el verano de 1913, los PP. José Audí y José Auger se trasladaron hasta la austral provincia de Magallanes, acompañando al Gobernador Eclesiástico P. Luis H. Sallaberry, en viaje de misión, tanto en la ciudad de Punta Arenas como en Puerto Natales y Puerto Bories. Desde Punta Arenas el P. Audí escribió a su Superior, P. José Reverter, y de aquella carta copiamos el siguiente párrafo: "Hubo algunos otros bautismos y confirmaciones, y el día 21 por la noche acompañados de las personas más influyentes de la localidad, nos embarcamos en el "Alejandro" que nos llevó a Punta Arenas, a donde llegamos la mañana del lunes 24. El vapor para el norte había diferido su salida, y nos dejó tres días de descanso. Necesitábamos de veras descansar, pero quisimos aprovechar estos tres últimos días para dar un triduo a los presos de ésta; queríamos también darlo simultáneamente en el hospital, pero esto último no pudo ser por ser laica la institución , y endemoniados los que están al frente de ella, y faltar el tiempo para hacer las diligencias necesarias. En la cárcel no encontramos la menor dificultad; los presos son 32, excepto 3 o 4 anarquistas de cáscara muy amarga, que huyen de nosotros como el diablo de la cruz; los demás nos oyen con docilidad, y responden a nuestras muestras de cariño. Hemos estado los tres días con ellos de 10 a 11 a.m. y de 4 a 5 p.m.; un sermón de tres cuartos de hora, y un cuarto de conversación espiritual" (Cartas edificantes de la Provincia de Aragón. Año 1913, pp. 291 ss). En 1915 el P. Audí fue Prefecto General en los colegios La Inmaculada de Santa Fe y Del Salvador de Buenos Aires. Desde esta ciudad volvió nuevamente a Chile y en 1917 saltó a Ancud como Rector del Seminario San Carlos, (la casa más austral del mundo encomendada a la Compañía). El P. Audí se encariño con Ancud y se entregó a la formación del clero para esas regiones australes. Para facilitar a las familias la admisión de sus hijos o allegados al Seminario, se imponía la dura faena de recorrer las islas y lugarejos examinando a los candidatos. Mejoró bastante el edificio del Seminario, dio impulso a la educación e instrucción. Supo conquistarse la estima y veneración de todos. El Vicario Capitular de la Diócesis, Mons. Augusto Klinke, lo honró con su amistad, como lo expresa en la carta que a continuación leemos: Muy Rvdo. P. José Audí S.J.Digmo. Rector del Seminario Conciliar. Mi muy respetado Padre y Amigo: El Ven. Cabildo Eclesiástico de esta ciudad, en sesión ordinaria de ayer, me discernió el inmerecido honor de elegirme para Vicario Capitular de la Diócesis con motivo de la renuncia que hizo del obispado el Ilmo. Señor Obispo Dr. Fr. Pedro Armengol Valenzuela. Los vínculos de sincero afecto que de antiguo me ligan a la ínclita Compañía de Jesús, y personalmente también a VR., me hacen abrigar la grata esperanza de que en el desempeño de mi nuevo cargo habré de poder contar en todo momento con el valioso concurso de VR. y de su Ven. Comunidad. Para facilitar a VR. y demás Padres el ejercicio de su ministerio, me es grato decirle que todos quedan autorizados por el tiempo que dure la Sede Vacante para hacer uso de cualesquiera facultades de que anteriormente hubiesen estado presumidos y que hubiesen caducado con ocasión de la renuncia del Ilmo. Monseñor Valenzuela. Aprovecho la oportunidad para rogar a VR. - y, por su intermedio, también a su Ven. Comunidad y alumnos del Seminario-, no dejen de elevar incesantes oraciones a Dios a fin de que cuanto antes cese la actual orfandad de nuestra Diócesis y el futuro Obispo de San Carlos de Ancud sea dignísimo sucesor de los esclarecidos y apostólicos Prelados que han honrado hasta hoy esta Sede Episcopal. Para conseguir del cielo esta doble gracia he acordado y dispuesto que en lo sucesivo y mientras dure la Sede Vacante, los Sacerdotes sustituyan en sus Misas la colecta Pro Pace por la De Spiritu Sancto, lo que me permite poner en conocimiento de VR. para los fines consiguientes. Se encomienda en las valiosas oraciones de VR. sus afmo. S.A. y C. Augusto, Obispo de Proconneso. Finalmente, los Superiores lo nombraron Rector del Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt (1924-1930). El año 1931 comenzó, por fin, su vida de operario que tanto esperaba, y eso fue en la residencia de Concepción. Aquí estuvo en su centro: misiones, Ejercicios ignacianos, conferencias pedagógicas, Director de la Hermandad del Sagrado Corazón, confesiones, hospitales, todo era poco para su celo apostólico. De este sacerdote se puede decir que dejó huellas a su paso por la ciudad penquista. Predicaba íntegramente el mes de María Inmaculada; dirigía la casa de formación de las religiosas de la Santa Cruz en Victoria, hasta el año 1937 en que regresó al Seminario de San Carlos en Ancud. Volvió para ser padre espiritual de los jesuitas y de los seminaristas, hasta que la Compañía entregó esa obra a la Diócesis (1939). Después de una breve estadía en el Noviciado en Chillán, el P. Audí fue enviado a Santiago. En el Colegio San Ignacio laboró como operario: tomó bajo su responsabilidad varias capellanías, realizó misiones, daba pláticas, asesoraba el grupo de caballeros dedicados a visitar los enfermos en los hospitales. Devoto de la Virgen del Carmen y del Sagrado Corazón, imponía escapularios de la primera y fomentaba la devoción del segundo entre los feligreses. Su deceso ocurrió el 15 de Abril de 1944. Se puede decir que la muerte lo encontró trabajando, pues constantemente planeaba nuevos esquemas, resúmenes de pláticas, sermones y conferencias.JOAQUIN BAHI S.J. (1868-1957) Fue el último representante de los jesuitas españoles que vinieron a Chile desde 1843 hasta 1918, año en que se creó la Provincia Argentina-Chilena. Con este acontecimiento la antigua Provincia de Aragón dejó de suministrar personal para estas lejanas naciones de ultramar. El P. Joaquín Bahí era natural de Gerona, España, nacido el 27 de Mayo de 1868. Niño todavía ingresó al Seminario de su ciudad natal, y con sólo 15 años recién cumplidos, el 13 de Junio 1883, pidió su ingreso al Noviciado de la Compañía en Veruela. Su maestro de novicios fue el conocido autor de vidas de santos jesuitas P. Federico Cervós. En la misma casa, pero en sección diferente cursó los años del Juniorado (1885-1890) y el primer año de filosofía. En el Colegio de Jesús en Tortosa, -Colegio Máximo de la Provincia de Aragón- terminó la formación filosófica. Al concluir su filosofía fue destinado al colegio San Ignacio, Santiago, para hacer su magisterio, donde llegó a mediados de 1892. El joven profesor se hizo cargo de las clases de latín y de historia. Permaneció durante seis largos años entre las salas de clases y patios de los alumnos, además de los parrones y chacra que se extendía hasta la calle Olivares (1892-1898). Fue preparando su futuro apostolado que se extendería por más de 60 años en tierra chilena. El 15 de Abril de 1899 zarpaba desde Buenos Aires la nave "Robatino" con un grupo de seis jóvenes jesuitas: tres españoles, tres chilenos y un alemán. El Superior de ellos era el todavía escolar, hermano Joaquín Bahí, quien volvía a su patria para encontrarse con los tratados de teología. Estudió teología en su antiguo Colegio en Tortosa; allí mismo el 27 de Julio de 1902 fue ordenado sacerdote. Entre los asistentes se encontraban dos exalumnos de San Ignacio PP. Manuel Ureta y Abdón Cifuentes. A mediados de 1903 y habiendo enterado los 33 años de edad, regresó a Chile, de donde jamás volvería a ausentarse. Le confiaron el cargo de Ministro del Colegio; tomó algunas clases de historia, prefecto de división, prefecto de catecismo en la iglesia. Como hecho curioso, de ese año de Ministro del P. Bahí (1904), data la luz eléctrica del Colegio. Fuera del Colegio, se entregó a la predicación y atención espiritual de los presos en la cárcel. En 1914 fue trasladado a la residencia en Concepción. En la ciudad penquista alternó su labor de dirección espiritual del Seminario con la predicación y atención del confesionario en la hermosa iglesia gótica de la Compañía. Como misionero y predicador de ejercicios, recorrió toda la zona central del país, acompañando a los PP. Infante y Monserrat. El año 1928 fue destinado a la residencia en Valparaíso. Puso sus mejores energías en la propagación del Apostolado de la Oración, bajo la forma de la Hermandad, acomodándose perfectamente a la psicología peculiar de las clases populares chilenas. Con no menos abnegación y constancia se interesó por la Congregación de la Buena Muerte. La Sociedad de Maestras lo tuvo como su Asesor, siempre disponible y servicial. Sus 50 años de vida religiosa (1933) los cumplió en el Noviciado en Chillán, donde estuvo de operario en 1931 y 1933. Nuevamente de vuelta en Concepción en 1934, continuó allí como sede de sus trabajos hasta el terremoto del 24 de Enero de 1939, en que regresó a Valparaíso. El 20 de Octubre de 1956, celebrando el Colegio San Ignacio su centenario, el Supremo Gobierno le concedió la Condecoración "Al Mérito" en el grado de Oficial. La recibió en el teatro Municipal de Santiago, de manos del Ministro de Relaciones Exteriores. Después cayó enfermo y no se repuso más. Falleció en Valparaíso el 12 de Agosto de 1957, a los 90 años de edad y 75 de Compañía. Sus restos descansan en la cripta de la iglesia de la Compañía en Valparaíso. En resumen, el P. Bahí trabajó 18 años en Santiago como profesor, y 42 años, como operario, principalmente en Concepción y Valparaíso. En total, 60 años de trabajo apostólico en Chile. Fue el P. Bahí un hombre anclado en el pasado y permaneció siempre fiel a su época, la última mitad del siglo XIX. Profesaba profunda veneración por la aristocracia chilena-vasca, donde veía reflejada las virtudes de nobleza e hidalguía del caballero español del siglo XVI. Su figura pintoresca y legendaria no la doblegaron los largos años de su vida; supo conservar, a pesar del prolongado contacto con la tierra chilena, un marcado acento español sin claudicaciones de ninguna especie. Tenía interés por los pobres, los atendía en sus necesidades, los socorría en sus enfermedades, visitaba a los presos llevándoles el socorro espiritual y material (Revista "Para los amigos de la Compañía de Jesús en Chile". Noviembre de 1957, pp. 29 ss). JOAQUIN BARROS S.J. (1915-1987)De familia levítica, pues fueron siete los hermanos y primos hermanos que alcanzaron el sacerdocio. Joaquín Barros nació en Santiago en una familia profundamente cristiana el 30 de Diciembre de 1915. Todos sus estudios los hizo en el Colegio San Ignacio, y concluidos éstos inmediatamente ingresó a la Compañía, 23 de Febrero de 1932, en el Noviciado en Chillán. Dos hermanos de él también fueron sacerdotes: Juan Enrique jesuita y José Manuel perteneció al clero secular. Después de haber completado el Noviciado con sus votos del bienio, durante 1934, 1935 y 1936 hizo el curso de juniorado, con sus asignaturas de latín, griego, retórica, historia de la Compañía, etc. A comienzos de 1937 fue enviado al Colegio Máximo en San Miguel, Argentina, para los estudios de filosofía. La etapa del magisterio (1941-1942) la hizo en el sur, en concreto en el Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt, y a donde regresaría años después. Joaquín era Prefecto del Seminario Menor (Apostólica), integrado por jóvenes que daban sus primeros pasos hacia el sacerdocio, y que funcionaba en el Seminario de Chillán; destruido éste por el gran terremoto del 24 de Enero de 1939, fue trasladado a Puerto Montt. En 1943 Barros regresó al Colegio Máximo para los estudios de teología, siendo ordenado sacerdote el 23 de Diciembre de 1945. Volvió a su patria a comienzos de 1947. Su primer destino fue retomar la dirección del Seminario Menor que había regresado a su ciudad de origen, Chillán, es decir, anexo al Colegio Seminario, y que había sido reconstruido. El P. Joaquín Barros fue un jesuita de gran estatura espiritual y con muchísimo cariño por las personas. Buen y leal amigo. Por las distintas ciudades que le tocó ejercer algún ministerio dejó profundas huellas. En sus años sacerdotales, desarrolló varias y fecundas labores apostólicas: Párroco en Chuquicamata, Puerto Montt y Padre Hurtado; Rector del Colegio San Luis y Capellán de la Fuerza Aérea en Antofagasta; Superior de la residencia en Concepción; Director del Apostolado de la Oración y de varias otras instituciones de Iglesia. Fundó la Asociación de Amigos Católicos, AMICAT, en Puerto Montt y barrio San Miguel (Santiago), con mucho acierto y espíritu apostólico. El año 1960 el P. Barros era Párroco en la iglesia Matriz en Puerto Montt. Con motivo del terremoto que azotó a las provincias sureñas y ante la desesperación de la población por falta de víveres en los días posteriores al sismo, el Párroco en acuerdo con el Obispo, Mons. Alberto Rencoret, organizaron doce centros de distribución de alimentos en otros doce lugares de la ciudad. Por disposición de la Intendencia de la Provincia, el P. Barros fue el encargado de la adquisición de esos víveres para su ulterior reparto. ¡Con qué prodigiosa memoria recordaba lugares y especialmente a sus amigos que por miles había sembrado por el territorio nacional!Los últimos diez años se desempeñó como Prefecto de la Iglesia y Ministro en la residencia San Ignacio en Santiago, cargo de suma responsabilidad, por varias razones: comunidad muy numerosa, con mucho movimiento de personas, además allí suelen vivir los padres y hermanos que ya han gastado sus fuerzas en actividades apostólicas. Pues bien, el P. Joaquín Barros siempre demostró una exquisita caridad y fina atención a todos los huéspedes que pasaban por esa comunidad. Agobiado por una enfermedad incurable, falleció en Santiago el 13 de Junio de 1987. Cuando supo el estado "terminal" de su enfermedad pidió a su Superior que predicara en su funeral, citando lo que había sido el lema de su vida, y que dejó grabado en las estampas de su ordenación: "Yo daré de todo corazón todo lo que tengo, y me daré a mi mismo hasta la muerte por las almas". (2 Cor.12,15). Ahí está todo lo que el P. Barros trato de expresar: "dar" todo lo suyo, para finalmente "darse" a sí mismo, como lo demostró tan serena y humildemente en los largos meses de su enfermedad, cada vez más dolorosa, más paralizante. Supo también dar un ejemplo del ideal ignaciano, como expresó el P. Provincial, en la Santa Misa: "Como en la vida toda, así también en la muerte y mucho más, debe cada uno de la Compañía esforzarse y procurar que Dios sea en él glorificado y los prójimo edificados..." (Const. 595). RAIMUNDO BARROS S.J. (1919-1995) "Si me encuentran muerta una mañana, no tengan pena: es que el Papá Buen Dios (Papa le bon Dieu) habría venido simplemente a buscarme. Sin duda, es una gran gracia recibir los sacramentos, pero cuando el buen Dios no lo permite, también está bien: TODO ES GRACIA". (Santa Teresita de Jesús, citado en "Lecturas para cada día del año"). El mismo P. Raimundo Barros incluyó este texto en el artículo "Una Vivencia Ignaciana de la Muerte". (Cuadernos de Espiritualidad Ignaciana, Nº 11, Septiembre - Octubre 1981). Por supuesto que no lo sospechaba, pero silenciosamente, un día muy de madrugada, el Señor lo vino a buscar.El P. Raimundo Barros había nacido en Talca el 22 de Marzo de 1919. Hijo de don Jorge Barros Fernández y de la señora María Barros Vergara, fue el mayor de doce hermanos (3 hombres y 9 mujeres). Sus estudios -preparatorias y humanidades como se llamaban entonces- los hizo en su ciudad natal, en el Liceo Blanco Encalada (1926-1936) de los Hermanos de la Salle (Escuelas Cristianas). Concluidos éstos ingresó a la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica en Santiago, donde cursó dos años y medio. Al mismo tiempo participaba en grupos de jóvenes con inquietudes cristianas. De ese modo llegó a tener contacto con el P. Alberto Hurtado S.J, quien desde ese instante se transformó en su Director espiritual. Dios lo quería más cerca de sí y por esa razón ingresó a la Compañía de Jesús el 16 de Julio de 1939. Allí tuvo como connovicios, entre otros, a los PP. Hernán Larraín, Gregorio Donoso y José Correa. Maestro de todos ellos fue el P. Fernando Krebs S.J. En dicho año el noviciado funcionaba en la Casa de Calera de Tango, mientras se construía la casa de Estación Marruecos, pueblito cercano a Santiago. Emitidos los votos del bienio (17.07.1941), hizo dos años de Juniorado (1942-1943). En San Miguel, Argentina, cursó los años de estudios de filosofía, y en Lovaina, Bélgica, las materias de teología, que lo llevarían al sacerdocio el 15 de Agosto de 1952. La 3ª Probación lo llevó a Paray-Le Monial (1953-1954) teniendo como Instructor al P. Francois Charmot, jesuita de excepción. Entre sus etapas de estudios de filosofía y teología había hecho la experiencia del magisterio: enseñó literatura a los estudiantes jesuitas en el Colegio Loyola (1947) y matemáticas y física en los cursos de humanidades del Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt (1948). Regresó a la Provincia en 1956. Los superiores lo destinaron a enseñar en la recién creada facultad de Filosofía y Educación en la Universidad Católica de Valparaíso. Vivió, entonces, en la residencia de la Compañía en calle Lillo. En 1961 fue enviado a la Universidad de Minnesota (USA) donde obtuvo el Master of Arts (Administración Educacional). Volvió a la misma Universidad; allí con su tesis: The "Teaching State" in Early Legislation: the Age of Consensus (1810-1833)" logró el Doctorado con mención en filosofía. Su campo apostólico se centró especialmente en la cátedra, en concreto en la Universidad Católica de Valparaíso, entre los años 1956-68. Humanista, de talento superior y bien formado, leía perfectamente, además de castellano: latín, inglés, francés, italiano y algo de griego. Entre 1957-59 fue profesor y decano de la facultad de Educación, y desde 1957-61 fue Vicerector de la misma Universidad. Entregada la rectoría a la Diócesis de Valparaíso, el P. Raimundo Barros continuó desempeñándose sólo como profesor hasta 1968. Simultáneamente dictaba clases de literatura universal, géneros literarios de la Biblia y materias afines, a los juniores en el antiguo Colegio Loyola en Padre Hurtado. Su afición por las buenas lecturas, heredada de su hogar paterno y cultivado en el juniorado, logró transmitirla a mucho jesuitas y laicos. "Más que enseñante de literatura, usted fue un "formador" de buenas lecturas", le expresó el Padre General cuando lo felicitó por su jubileo de 50 años de jesuita. Integró también la delegación de Chile a la 3ª Asamblea y 2º Congreso de Organización de Universidades Católicas de América Latina ODUCAL, tenido en Lima en Diciembre de 1959. Concluida la etapa en Valparaíso, Raimundo fue designado profesor titular de la Escuela de Educación de la Universidad Católica de Santiago (1969-84). Se le asignó la cátedra de Evaluación, Estadística y Metodología en post grado. Se incorporó ahora a la Casa de Escritores San Roberto Bellarmino. No se desligó totalmente de las brisas del puerto, pues la Universidad de Chile del Valparaíso lo tuvo como docente de post grado (1976-81). Invitado por el Maestro de novicios, en 1980 y siguientes hizo clase de francés a los novicios; en 1989 hizo lo mismo con los juniores. Sus antiguos alumnos recuerdan que les hizo gustar dicha lengua. Hay consenso entre sus alumnos (as) que era un gran pedagogo, una autoridad en la materia, enseñaba muy bien, pero al mismo tiempo, era exigente y temido por sus alumnos. Del año 1973 es su libro "Solzhenitsin, testimonio de un cristiano" (Ed. del Pacífico). En la pag. 8 expresó: "...queda evidentemente en pie el hecho de que A.S. es un auténtico escritor; una pluma autorizada lo ha llamado "el más gran novelista contemporáneo"; como tal, estará siempre de perenne actualidad, y justificaría plenamente cualquier estudio de él, en cualquier tiempo". Y añade: "en su nunca pronunciado discurso del Premio Nobel, había denunciado esta horrible forma de tiranía totalitaria: el enterrar vivos por el resto de sus días en asilos de locos para gente sana, a escritores desdientes, condenándolos así a crear en silencio hasta su muerte, sin jamás oír el eco de las palabras que escribieron". "Una nueva forma de satanismo más refinado es la de acallar la voz de los contestatarios...el menos dentro de la URSS: para científicos muy eminentes, cuyo encarcelamiento causaría demasiada conmoción en el mundo académico, se está utilizando en los últimos meses el procedimiento de privar de la ciudadanía soviética a algunos de esos especialistas, que participaban además activamente en el comité de Defensa de los Derechos del Hombre ya mencionado...se aprovechó la visita de esos sabios a congresos mundiales de su especialidad, y se les cancelaron sus pasaportes, impidiéndoles así la vuelta a su patria". Acogido a jubilación en la Universidad comenzó Raimundo una nueva etapa en su vida religiosa en la residencia de San Ignacio. Se dedicó preferentemente al estudio de los escritos espirituales del Cardenal Carlo M. Martini S.J. Arzobispo de Milán. Estaba al día en sus escritos y para eso tenía un "corresponsal" en Roma, con autorización expresa del P. Provincial de adquirirle cada obra nueva del Cardenal que apareciera en librerías. Y a través de Raimundo se informaba también la comunidad. Algo similar acaecía cada año con los premios Nóbel de literatura. Anunciado el nuevo galardonado, ese mismo día al atardecer, aparecía en la cartelera de avisos en la residencia una breve biografía del nuevo Nóbel, y al día siguiente era el tema de conversación que mantenía él. Sus fuentes habituales de información eran: el semanario "Osservatore Romano" al que estaba suscrito; revista "Mensaje", los "Cuadernos de Espiritualidad ignaciana", algún semanario de la capital, diarios y televisión. Raimundo sabía "leer" las noticias, y, por supuesto, que no se las tragaba todas. Estaba al tanto de las novedades eclesiales, tanto de Chile como de las de Roma. Cada mes "esperaba" la revista Mensaje (en la cual colaboró activamente durante algunos años). Sufría con el atropello a los derechos de las personas, y vivió con mucho dolor los años de angustia para millares de compatriotas bajo los años de la dictadura militar. Fue un ferviente admirador de la obra realizada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez en la Arquidiócesis de Santiago. El apostolado de los Ejercicios de San Ignacio también tuvo en Raimundo, en especial en tiempos de vacaciones, un habitual expositor. Párrafo aparte merecen sus clases de Sagrada Escritura de los días Sábado en la residencia. El sabía que estaba enfermo de cáncer al pulmón. A pesar de ello se esforzó y durante los 10 últimos años preparó minuciosamente las clases que dictaría a una gran concurrencia, la mayoría adultos, en la sala de la portería de nuestra casa. Raimundo había tenido en Lovaina dos grandes profesores de S.E: los PP. Gustav Lambert y Jean Levie. Ellos le enseñaron a amar los libros de ambos Testamentos. Aunque ya limitado por su enfermedad seguía entregando lo que del Señor había recibido. Hace muy pocos días había confidenciado a un padre de la residencia que ya estaba preparando el capítulo 4º del Evangelio de San Juan para el curso que iniciaría este mes de Marzo. A través del diálogo de Jesús con la mujer Samaritana, qué avalancha de luz y amor para su propio corazón! Hizo también su aporte al Año Ignaciano que conmemoró los 500 años del nacimiento de San Ignacio y los 450 años de la aprobación de la Compañía. Y en adhesión a los 500 años de la evangelización del continente americano, escribió la vida de uno de los grandes santos que se dedicó a evangelizar a los más pobres y marginados de esa época, los esclavos negros: San Pedro Claver S.J. Raimundo era un jesuita de comunidad, "hacía comunidad". Apreciaba las reuniones y disfrutaba cuando había un convidado de renombre; nunca dejaba de hacer "su pregunta". Esperaba las vacaciones en Las Brisas junto al mar. Gozaba con sus hermanos jesuitas. Es cierto que no tenía sentido de humor, pero colocaba la pieza justa en el puzzle de dos mil piezas que avanzaba un poco cada día. Y últimamente era capaz de celebrar los goles de Iván Zamorano. El Señor lo llevó en la madrugada del 22 de Febrero de 1995. Lo encontró preparado. Junto con el Hno. Julio Molina, habían promovido hace algunos años que los ancianos y enfermos de la comunidad pudiesen recibir el sacramento de la Unción de los enfermos gozando de plena conciencia. Tenía 75 años de edad y 55 de jesuita. LUIS M. BASSOLS S.J. (1873-1928) Los que fueron sus alumnos lo recuerdan con especial aprecio. El P. Luis M. Bassols nació en Barcelona, España el 15 de Diciembre de 1873, octava de la Concepción Inmaculada de María Santísima, a quien como buen hijo de tan excelsa Madre, amaba entrañablemente. Sus padres fueron don Isidoro Bassols y doña Dolores Maudivil. Pasó sus primeros años bajo el cuidado de sus buenos padres hasta la edad de ocho años en que entró en el Colegio del Sagrado Corazón en Barcelona, el que acababa de fundarse por los padres de la Compañía de Jesús. Allí hizo sus estudios brillantemente, obteniendo siempre las primeras calificaciones y fue un ejemplo de sus condiscípulos. Terminados sus estudios recibió el título de Bachiller a la edad de 15 años. Sintiendo deseos de incorporarse a la Compañía de Jesús, fue admitido por el entonces Provincial de Aragón, P. Juan Ricart. Ingresó en el Noviciado en la ciudad de Veruela el 1 de Octubre de 1889. Concluido sus dos años de noviciado le concedieron emitir los votos del bienio el día 2 de Octubre de 1891. Prosiguió en Veruela sus estudios de letras, humanidades y retórica, mezclando con los estudios los actos de piedad. Los catecismos en los diversos pueblos que rodean Veruela, algunas pláticas en dichos pueblos y direcciones de Congregaciones de la Santísima Virgen complementaron sus estudios y lo confirmaron en su vocación de servir al Señor. ruela fue al Colegio Máximo de Jesús en Tortosa para estudiar filosofía; allí transcurrió tres años de estudios sin ninguna novedad, adelantando en las prácticas espirituales. En los estudios se distinguió siempre por su constancia que jamás decayó, hasta dar su último examen de filosofía con aplauso general. En seguida la fue comunicada la noticia que estaba destinado a América del Sur. Se embarcó en una nave en el puerto de Barcelona el día 2 de Agosto de 1897, cruzando sin ningún inconveniente el océano Atlántico, hasta arribar felizmente a Montevideo, Uruguay, donde otra nave lo trasladó hasta Buenos Aires. Comenzó, entonces, su vida de magisterio en el Colegio del Salvador. Se le encomendó el cargo de prefecto de División y profesor de diversas asignaturas, hasta que al fin, por el exceso de trabajo su organismo se enfermó. En todos esos cargos dio gran ejemplo de su acrisolada virtud; sin embargo, por causa de esa enfermedad tuvo que dejar las tareas docentes y regresar a España a continuar sus interrumpidos estudios. En Tortosa comenzó la teología, la que estudió con dificultad a causa de sus enfermedades. Empero, logró salir adelante y concluir los estudios aunque sin ordenarse. En Septiembre de 1905 fue destinado a Manresa para hacer la Tercera Probación, y una vez concluida esta última etapa de la formación de un jesuita, fue nuevamente a Argentina, en concreto a la residencia de Regina Martyrum en Buenos Aires, y dos meses después a Santiago. Rector del Colegio San Ignacio era el P. Estanislao Soler. El Hno. Bassols pasó allí el primer año enseñando y procurando restablecerse de su delicada salud. El 1 de Diciembre de 1907 llegó para él ese gran día en el cual recibió las Sagradas Ordenes, de manos del Obispo Auxiliar de Santiago, Mons. Juan Ignacio González. Ya podía tener entre sus manos el Cuerpo de Nuestro Señor, a quien habría de servir tan fielmente. En adelante sería el Padre Bassols; continuó ejerciendo algunos cargos en el Colegio. A comenzar el nuevo curso de 1908, tomó diversas clases, entre éstas la de retórica que fue en la que más sobresalió en toda su vida. En Febrero de 1913 fue destinado al Seminario San Carlos en Ancud, Chile, donde enseñó las clases del segundo año y tuvo a su cargo algunas Congregaciones, asumiendo al año siguiente la prefectura de dicho Seminario. En todas esas actividades mostró siempre un tesón admirable sin descansar apenas, siempre contento y haciendo alegre a los demás la vida sin cansar a nadie; los alumnos, tanto eclesiásticos como seglares, lo apreciaban por su trato tan delicado con todos. En 1916 fue destinado al Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt para el cargo de Prefecto de estudios y profesor en algunas asignaturas. Tomó además el cargo de Ministro y Prefecto de la iglesia que desempeñó con constancia admirable. Al comenzar el año 1918 fue enviado de nuevo a Ancud, a continuar las clases y con los cargos de padre espiritual de los alumnos y Prefecto del externado. Una diabetes avanzada le impidió seguir en dicho Seminario. Entonces fue destinado a la residencia en Concepción; en la ciudad penquista se dedicó al ministerio de los Ejercicios, y daba tantas a las religiosas de los distintos conventos, a sacerdotes, a seminaristas, haciéndolo todo con suma alegría, a pesar de la ceguera que comenzaba a manifestarse. Su asistencia al confesionario era también muy constante y apreciada; así, aunque ciego, tenía ocupado todo el día. En Abril de 1925 regresó al Colegio San Ignacio. Se hizo cargo de la dirección espiritual de los alumnos. El P. Bassols, con una gran afición a leer y escribir, por efecto de su ceguera, se vio privado de esto, pero, sin embargo, él dictaba artículos ya para la revista "San Ignacio", bien para "Efemérides Marianas", "Mensajero del Sagrado Corazón", de Buenos Aires, incluso en revistas de otras congregaciones religiosas, como el "Mensajero del Corazón de María". Aunque ciego como estaba, daba los Ejercicios y pláticas con suma constancia, y no le gustaba el pasar mucho tiempo sin tener algún retiro o plática. Su pieza estaba siempre abierta para jóvenes y caballeros que deseaban reconciliarse con el buen Dios a través del sacramento. Este buen soldado de Cristo entregó su alma al Creador el 28 de Abril de 1928.BLAS BENDEICH S.J. (1839-1914) Nacido en Binswangen, Alemania, el 3 de Febrero de 1839, dejó su familia, cultura, patria, etc. por enseñar el evangelio en lejanas tierras.Ingresó a la Compañía de Jesús el 30 de Septiembre de 1854 en el noviciado de Gorheim, Alemania. Ahí mismo emitió sus primeros votos al finalizar el bienio, y comenzó su primer año de retórica. El segundo año de esta disciplina lo cursó en la casa de formación ubicada en Munster. Los tratados de filosofía (1859-1860) los hizo en el escolasticado de Bonn y de Aachen. Para la etapa del magisterio fue destinado al colegio de la Compañía en la ciudad de Toulouse, donde fue prefecto de los alumnos y profesor de alemán durante un año (1862-1865). Los estudios de teología que lo llevarían al sacerdocio -13 de septiembre de 1868 en la catedral de Colonia- los cursó en el teologado de María Leach (1866-1868). La 3ª probación la hizo en la casa de Paderborn en 1869. Concluidos su formación, llegó en 1870 al naciente Puerto Montt para ayudar a los jesuitas en su apostolado misionero en la región sur de Chile. El día de la Virgen de la Candelaria, 2 de Febrero de 1870, hizo la profesión de cuatro votos en la iglesia del colegio en Puerto Montt. Durante 34 años el P. Bendeich se ocupó en las misiones de Chiloé, Llanquihue y Valdivia. Su buena salud le permitió tomar sobre sí grandes trabajos, tanto en viajes como en privaciones. Era costumbre en él permanecer hasta las dos de la mañana en el confesionario. Sus sermones se concentraban en arraigar la fe católica y desarraigar los vicios. Con presteza acudía al llamado de los enfermos por caminos difíciles, largas distancias y muchas veces a pie. Parece que no conocía cansancio, y bastaba una leve insinuación del Superior para alistarse inmediatamente al viaje, sin tener temor por el tiempo o por las distancias. Este abnegado sacerdote fue Párroco suplente en Calbuco desde Octubre de 1898 hasta Abril de 1899. En Octubre de 1911, una apoplejía que le paralizó un lado del cuerpo, le impidió todo trabajo. Tampoco podía celebrar la Santa Misa; se consolaba con comulgar casi todos los días, también el último día de su vida, el 17 de Enero de 1914 en Puerto Montt.
FRANCISCO VAN DEN BERGHE
(1598-1662) Tres jesuitas flamencos
tuvieron una destacada participación en la evangeli-zación realizada por la Compañía
de Jesús en Chile. Fueron éstos los PP. Francisco van den Berghe, Felipe van der Meeren
y Arnoldo Yaspers. Nos referiremos al primero de los nombrados. El P. Van den Berghe había
nacido el 17 de enero de 1598 en Roermond, Limburgo, Holanda, de noble y culta familia. Ingresó a la Compañía de
Jesús el 19 de septiembre de 1620 en el noviciado en Malinas; posteriormente cursó sus
estudios de teología en Lovaina. Pidió ser enviado a misiones y
le fue asignada la de Chile. Quería ser destinado a las partes "más desamparadas y
más trabajosas". Es que deseaba vivir las palabras de Jesús conforme al evangelio:
"Vayan, pues, a convertir en discípulos míos a todos los pueblos; bautícenlos en
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a guardar todo lo que
les he mandado a ustedes. Y tengan presente que yo estoy con ustedes todos los días,
hasta el fin de la historia" (Mt. 28, 17-20). En otras palabras, optó por venir a
Chile pues deseaba consagrarse a la conversión de los infieles. En Diciembre de 1628, integrando
la expedición de cuarenta jesuitas a cargo del P. Gaspar Sobrino, llegó a Santiago, por
la vía de Buenos Aires y Córdoba. Después de pasar un tiempo en
la Misión de Arauco aprendiendo la lengua mapuche, fue destinado a la residencia de
Castro, Chiloé, donde permaneció alrededor de diez años. Muy pronto aprendió
castellano y el idioma mapuche, y fue capaz de poner en verso la doctrina cristiana y los
cánticos sagrados para enseñarla de los isleños, incluyendo, por supuesto, a los
fiscales. "Eran sus delicias adoctrinar a los indios" des-cribe el historiador
jesuita, P. Diego Rosales S.J. Y prosigue: "Enseñarles las oraciones y cantares de
la doctrina, que compuso en verso y cantaba con ellos, atrayéndolos con esto tanto que
donde pasaba se iban tras él, llevados de su agrado y del gusto de los cantares y por los
campos era cosa del cielo oír a los pastores y labradores, dejados sus cantares profanos,
cantar los divinos. Hizo para atraerlos algunos coloquios en su lengua, cosa que nunca
habían visto en aquella isla y ensayó a los indiecitos de la doctrina para que los
representaran en público a vista de sus padres, con sentencias tan tiernas y devotas que
movían a las lágrimas, que derramaban los oyentes de gozo y devoción" (1). Pero eso no fue todo: en
débiles dalcas o embarcaciones del mar, recorría los canales para llegar a las distintas
islas donde asistía a los naturales instándolos a levan-tar sus capillas. Durante los
catorce años que el padre pasó entre las islas del archipié-lago, fue "el ir por
aquellos inquietos mares, de isla en isla, mojado de los continuos aguaceros, sin reparo
del agua que entraba por entre las frágiles tablas de las piraguas" (2). El P. Rosales por experiencia
conocía muy bien las piraguas y el uso de ellas. Lo describe con exactitud en el
capítulo titulado "De los artificios de que usan los indios de Chile para pasar los
ríos y brazos de mar". Textualmente señala: "Pero la embarcación más usada
en la isla de Chiloé es la piragua, embarcación que desde la California hasta el
Estrecho de Magallanes, no se conocen otros indios ni españoles que la usen en todo este
mar austral. Fabrican las piraguas de solas tres tablas cosidas. Cortan los tablones del
lago que quieren la piragua y con fuego entre unas estaquillas los van encorvando lo
necesario para que hagan buque, popa y pro, y uno que sirve de plan levanta la punta
delante, y de detrás más que los otros para que sirva de proa y popa, y los demás de
quilla. Las otras dos tablas arqueadas con fuego sirve de costados con que forman un barco
lago y angosto, juntado unas tablas con otras y cosiéndolas con la corteza de unas cañas
bravas que llaman culeu, machacadas, de que hacen unas soguillas torcidas que no se pudren
en el agua. Y para coser las tablas abren con fuego unos agujeros en correspondencia, y
después de cosidas las calafatean con las hojas de un árbol llamada fiaca o mepoa, que
son muy viscosas, y le sobreponen cortezas de maqui y de esta suerte hacen piraguas
capaces para doscientos quintales de carga. Llevan uno en la popa que la gobierna con una
pala o canalete, y ocho o diez remeros, y uno que va siempre dando a la bomba o achicando
con una batea, porque siempre hacen agua". La experiencia de haber navegado
en las piraguas le permitió escribir: "cuando hay viento favorable tienden una vela,
y a vela y remo vuelan sobre la espuma, sin que la ofendan las hinchadas olas de aquellos
tempestuosos mares, por más que se levanten hasta las nubes, que como es tan ligera y los
pilotos tienen cuidado de enderezar la proa a chocar con las olas, están tan lejos de
sumirla con su hinchazón y de ofenderla con su braveza, que antes la levantan como en
brazos y bajándola en ellos la ponen en los brazos de la ola siguiente, y así de mano en
mano o de cuna en cuna van nadando sobre los más crespos y erizados mares" (3). Por el año 1639 pasó a la
Misión en Concepción, prestando allí valiosos servi-cios al Presidente marqués de
Baydes en la pacificación de los araucanos. Nuestro misionero hizo también allí su
profesión. En 1645 fue enviado como
Superior a la Misión en Valdivia, amenazada de caer en manos de sus ex compatriotas
holandeses. Y en 1649 regresó a Castro; desde esta última ciudad en 1651 concurrió a la
celebración de las paces en el distrito de Osorno. Junto con el P. Juan Moscoso y la
concurrencia de los caciques, enarbolaron la Santa Cruz, y juraron por ella estableciendo
definitivamente la paz en ese territorio. Los superiores enviaron a este
misionero nuevamente a la Misión en Concepción y el año 1654 realizó un viaje a
Valdivia, a través del territorio. Hombre que buscaba la paz, al año siguiente en
Concepción logró pacificar a los indios rebeldes que amenaza-ban a la ciudad. El año 1657 fue nominado Rector
del noviciado en Bucalemu y en 1661 de la misma casa en Santiago. Después pasó a la
Misión en Coquimbo, y trabajó en el servi-cio a los apestados. Contagiado por los
enfermos, debió regresar a Santiago, y en el noviciado entregó su alma a Dios el 8 de
marzo de 1662 (4). Fue un sacerdote distinguido por
su caridad, en especial por su celo apostólico y haber introducido el uso de muchos
cánticos religiosos. Con el apoyo del Hermano Luis Berger, quien había viajado desde el
Paraguay para enseñar en Chile (1636), ambos lograron la proyección de una religiosidad
musicalizada, marcada por una devoción y un repertorio de cánticos interpretados con
marcada similitud, aunque nunca iguales, en las capillas, dependiendo de las voces, su
armonización e integración comunitaria. La religiosidad chilota, expresada con
naturalidad, se distingue, por ejemplo, en los rosa-rios cantados en la iglesia: "se
produce una bella confusión de voces, donde sobresalen los tonos nasales más bien graves
y mantenidos, que caracterizan las voces femeninas de esa región" (5). Eduardo Tampe S.J. (1) Rosales S.J. Diego:
"Conquista Espiritual de Chile" en "Seis misioneros en la frontera
mapuche", Ed. Gustavo Valdés, Temuco, 1991. (2) Rosales S.J. Diego: id (3) Rosales S.J. Diego:
"Historia General de Chile", Libro I, capítulo 31, Valparaíso, 1877, tomo I,
pp. 175-176. (4) Enrich S.J, Francisco:
"Historia de la Compañía de Jesús en Chile". Imprenta de Francisco Rosal,
1891, Tomo I, pp. 660 - 672. (5) Claro Valdés, Samuel:
"Oyendo a Chile". Ed. Andrés Bello, Santiago, 1979. PIERRE BIGO S.J. (1906-1997) El P. Pierre Bigó
nació en Marcq-en-Baroeul, Francia, el 10 de octubre de 1906. Provenía de una familia
muy cristiana de seis hijos: un hijo sacerdote y dos hijas religiosas. Pierre nunca dudó
del llamado que escuchó a la edad de seis años. Era un niño feliz, pero
sumamente insoportable en casa, en contraste con lo buen alumno que era en el Colegio
Sain-Joseph de Lille. Había ingresado al noviciado de
la Provincia de Champagne (en Florennes, Bélgica), el 2 de octubre de 1924, con 18 años
de edad. Su maestro fue el P. Archagne Potvain. Pierre desde el comienzo se
destacó en los estudios, optuvo su licencia de profesor en literatura en la Universidad
La Sorbona. Durante sus estudios de filosofía, obtuvo el diploma de estudios superiores
de filosofía en la Universidad de Grenoble. El conflicto de la modernidad, entre dos
modos del conocimiento, Renato Descartes frente a Blais Pascal, no fue para él
simplemente un asunto de ideas, sino una cuestión vital. Allegado a la Acción Popular
para un estudio, a continuación siguió los cursos de la Escuela de Derecho, de la
Escuela de Cien-cias Políticas y del Centro para los asuntos de la Cámara de Comercio de
París. Y siguiendo la opinión de su amigo y maestro -el P. Gustavo Desbuquois - que la
opción por los pobres suponía un conocimiento profundo de las realidades sociales. Y
ahí tenemos al P. Bigó destinado al apostolado social, a pesar de que él se hubiera
dedicado feliz al apostolado espiritual. Durante sus estudios de
teología en Enghein, fueron cuestio-nadas numerosas certidumbres que la crisis modernista
había tri-zado. Le fueron necesarios varios años para reencontrar plenamente los datos
fundamentales de la fe. Además la corriente de ideas del modernismo no había sido para
él solamente un orden intelectual, sino existencial. No hubo obstáculo alguno y le fue
concedida la ordenación presbiteral el 28 de agosto de 1938. Algunos meses de guerra en la
línea de Maginot y por los caminos de la debacle, luego una Tercera Probación muy
contempla-tiva, y finalmente, en 1941, por su cariño por la Acción Popular y esperando
el P. Desbuquois que su discípulo lo sucediera, le llegó su tiempo. Antes había hecho
la profesión solemne, 2 de febrero de 1942. Después de años dedicados a la
vida interior y a los estu-dios, el "mundo" hizo irrupción en su vida a la edad
de 45 años, marcados por el estudio del marxismo, el trabajo... y el descubri-miento del
mundo hambriento. En 1948 comenzó la redacción
de Marxismo y Humanismo", publicado en 1953, que permaneció como un clásico
durante 30 años. La decisión de ir a trabajar a una fábrica fue difícil, a tal punto
que a ello se dediçó por un voto: el mundo obrero le era totalmente desconocido.
Trabajó en los grandes molinos de París, en 1950, y en la fábrica Renaux, en 1951. No
le fue fácil vivir con los sacerdotes obreros en medio de los que se encontraba, siendo
sus puntos de discusión, según él, la referencia de ellos al marxismo y a la URRS. En 1952, nombrado Superior y
Director de la Acción Popular, se apoyó en nuevos colaboradores, entre ellos el P.
Heckel, que habría de darle a los Cuadernos de Acción Religiosa y Social una difusión
nunca conocida. Su adhesión a la Doctrina Social de la Iglesia fue causa, escribe él, de
violentos ataques de parte de los integristas de la época y de los cristianos a quienes
él de-nunciaba como progresistas. Pensaba que siempre debió luchar en su vida entre dos
frentes, a menudo de manera dramática. Cuando en 1960 abandonó la
dirección de la Acción Popular, sus actividades se reducen. Algunas vueltas por Africa y
América Latina se terminaron con la petición del Provincial de Colombia para que vaya de
manera definitiva a América Latina. Es así que, después de la publicación de su
segundo clásico, esta vez su curso sobre la Doctrina Social
de la Iglesia, en 1965, por las Presses Universitaires de France, Pierre comienza lo que
vendría a ser la otra mitad de su vida apostólica. Fue en la Provincia de Chile que él
propuso fundar un Instituto de Ciencias Sociales, ILADES, semejante al que la Acción
Popular había creado en el Instituto Católico de París. La colaboración que había
prestado a los obispos le condujo en En ILADES se vio envuelto poco a
poco en una corriente de rebelión semejante, en algunos aspectos, a aquella de mayo de
1968 en Francia. Fue pasado a un tribunal popular e ILADES interrumpió sus actividades.
Cuando éstas fueron reiniciadas en 1970, el P. Provincial mantuvo al P. Bigó como
profesor. Continuó, en todo caso, dando cursos en París, hasta radicarse en América
Latina: Cuba, Honduras, Colombia, Venezuela y México. De nuevo experto en la
Conferencia Episcopal en Puebla, México 1979; su último gran viaje al país azteca en
1984, fue y se selló con una crisis de taquicardia que puso fin a sus jornadas en las
tierras altas, tanto Bogotá como ciudad de México. Sin embargo, el ya anciano
sacerdote, no interrumpió sus actividades, sino que se quedó más estable en Chile,
dando cursos en ILADES, en el Seminario Mayor y el juniorado de la Compañía. Es que el
P. Bigó fue un "maestro" formador de generaciones, siempre fiel al magisterio,
convencido de que la Doctrina Social de la Iglesia constituía una mediación
indispensable para todos cuantos pretendían hacer vida el evangelio de Jesucristo en la
actividad económica, política y cultural. Su discurso iba siempre a lo
esencial y no se confundía en tecnisismos. Su palabra evocaba la sencillez del evangelio.
Con celo infatigable y una severidad propia de los Padres de la Igle-sia, recordaba la
destinación universal de los bienes y los dere-chos del pobre. Denunciaba la idolatría
de la riqueza y las ganancias puramente especulativas, en un continente donde los pobres
son legión y en el cual la brecha que los aleja de los ricos alcanza dimensiones
escandalosas. Experto, por 3ª vez, en la
Conferencia Episcopal Latinoame-ricana de Santo Domingo en 1992, se consagró luego a la
redacción de su última obra: "El Evangelio porvenir de la conciencia huma-na",
un libro sobre Jesucristo en la historia de la humanidad y sobre el porvenir del
cristianismo al umbral del tercer milenio, un libro en el que ha puesto mucho de sí
mismo. Sacerdote muy asiduo de la
oración, hizo de la Santa Misa el centro de su rica vida espiritual. Oficiaba con una
concentración y unción admirables, cantaba con la transparencia y alegría de un niño y
se emocionaba hasta las lágrimas al entonar en su Misa se-manal (capilla de ILADES) el
"Salve Regina" aprendido en su ju-ventud. Cada necesidad de quienes lo rodeaban
eran encomendadas en el momento del sacrificio y sus ojos se humedecían al recordar a
tantos familiares y amigos que iban quedando en el camino. Sacerdote, maestro y amigo, el
P. Bigó fue sometido a dura prueba durante sus últimos años. Experimentó una gran
dificultad para asumir su vejez y enfermedad. A menudo lamentaba el deterioro implacable y
progresivo que percibía en sí. Sostenía que había hecho muy poco con su vida,
anhelando un alivio que le permitiera continuar su obra. Nunca renunció a la aspiración
de escribir un libro más, esta vez sobre la espiritualidad y en su interior libró una
dura batalla antes de acoger la decisión de sus superiores de volver a su patria querida. El 21 de abril de 1997 el Señor
le concedió la paz que merecía. ANTONIO BINIMELIS S.J.
(1836-1935) No había ninguno entre
los internos del Colegio San Ignacio que no conociera y amara al popular Hermano
Binimelis. Nació en Binisalem, pintoresca
villa de la isla de Mallorca, España, el 21 de Julio de 1836. Joven de 17 años, pasó a
Palma, donde su confesor, un sacerdote carmelita, le dio a conocer la Compañía de
Jesús. Poco después llegaron a la isla varios jesuitas desterrados de la casa de Loyola
en Azpeitia por el general Baldomero Espartero. El joven Binimelis se presentó al
Superior, P. Antonio Morey, el cual, después de un año y medio lo recibió en la
Compañía para ser Hermano Coadjutor. Comenzó el noviciado el 31 de Diciembre de 1855.
Pasó después al Colegio del Sagrado Corazón en Carrión de los Condes, donde emitió
los votos de pobreza, castidad y obediencia perpetua. De Carrión fue enviado al
Seminario diocesano de Salamanca (1859), donde se formaban los escolares jesuitas, y luego
a la Casa en Loyola. Binimelis se ocupaba del cuidado de la ropa de la comunidad. Cuando en 1863 se hizo la
desmembración de la antigua Provincia de España, en las dos de Aragón y Castilla, el H.
Binimelis fue enviado al Colegio de Manresa. La Provincia de Aragón quedó con sus
tradicionales límites, que abarcaban Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares, además de
Canarias, Filipinas, Chile, Argentina y Paraguay. Al año siguiente fue destinado
a América. Entonces, el 25 de Agosto de 1864 se embarcó en Burdeos y llegó a Buenos
Aires, Argentina, un mes más tarde. De allí fue enviado al Colegio de la Asunción en
Córdoba, donde permaneció hasta su clausura en Diciembre de 1867. Hizo los últimos votos el 25 de
Marzo de 1868, año de la fundación del Colegio del Salvador en Buenos Aires, de cuya
comunidad formó parte. Pasó dos años en el Colegio de la Inmaculada en Santa Fe
(1873-1874). En 1875 regresó al Salvador,
donde el 28 de Febrero de 1875, fue víctima del asalto e incendio de dicho Colegio.
Textualmente señala la crónica: "Como a las tres de la tarde, se dio la voz de
"a Callao y Parque" que son las calles en que está situado el Colegio del
Salvador, (llamada hoy Lavalle la antigua del Parque). Media hora después la turba
furiosa, en número de unas 1.500 personas, asaltaba el Colegio. Ninguna autoridad
pública se presentó a estorbar los desmanes. El Gobernador, que el día antes
garantizaba el orden, se había ausentado y estaba en San Fernando. El jefe de policía no
acudió ni tenía dadas órdenes a sus subordinados..." "De los asaltantes, los que
habían roto la puerta se precipitan en la capilla pública y en la privada, y la profanan
horriblemente. Despedazan e insultan muchas reliquias, y entre ellas los cuerpos de los
santos mártires Aurelio y Fidel, preciado obsequio enviado por el mismo Pío IX a los
Padres de este Colegio... Más maltratados aún fueron los cuatro de los Nuestros, quienes
fiados en que al fin había de acudir la autoridad, se refugiaron en el largo mirador del
tercer piso que corría hasta la iglesia, y no salieron hasta más de 1/2 hora después de
empezado el asalto, cuando la furia había crecido extraordinariamente: de ellos el P.
Cabeza quedó con el cráneo partido, después de haber estado mucho rato tendido en el
suelo sin sentido como muerto; el maestrillo Alejo Torres, con varias heridas en la cabeza
y tajos en la corona; el maestrillo Vilardell y el Hno. Coadjutor Binimelis, con muchas
heridas y gran peligro". (Pablo Hernández S.J: "La Compañía de Jesús en las
Repúblicas del sur de América. 1836-1914. Ed. Ibérica, Barcelona, 1914, pp. 112 ss). Viendo el Hermano Binimelis que
las llamas invadían el edificio, se refugió en la ropería, su oficina, pero pronto el
humo penetró en ella. Temiendo que si no salía moriría asfixiado, se vistió de seglar
y se dirigió a la escalera. Al llegar al zaguán del Colegio lo encontró completamente
invadido por las turbas. Fue reconocido por algunos como jesuita disfrazado y al grito de
"Echenlo al fuego" se adelanta un desalmado y comienza a golpearle brutalmente
la cabeza con un ladrillo. El Hermano puso instintivamente las manos en la parte
machucada, y al poco tiempo perdió el conocimiento. Al recobrarlo se encontró en una
casa amiga en la cual le prodigaron toda clase de atenciones. Al año siguiente fue trasladado
al Colegio San Ignacio en Santiago, Chile. Lo recibió el Rector P. Ramón Morel. En su larga vida religiosa -79
años cumplidos- el Hno. Binimelis desempeñó principalmente el oficio de ropero y de
hortelano. Más de 30 años su pieza fue la ropería. Puesto al cuidado de las granjas del
Colegio San Ignacio, "Las Rejas" de Chuchunco y "Calera de Tango", su
alimentación era en extremo frugal. En los ratos que le quedaban libres, con el permiso
de los Superiores, fabricaba capillitas de madera, algunas bastante grandes, en forma de
catedral gótica, muy bien labradas con una pequeña sierra, que merecieron elogios de
arquitectos y personas entendidas. El Hno. Binimelis mezclaba a su
trabajo la oración, y sus días se deslizaban tranquilos y alegres en el servicio al
Señor. Con toda fidelidad cumplía los ejercicios espirituales, como si estuviera en una
comunidad numerosa y acudía puntualmente al Colegio los días señalados por los
Superiores. Hacía 80 que servía al Señor
y Dios quiso premiar su constancia heroica. En 1932 fue trasladado al Noviciado en
Chillán, donde, a pesar de su salud quebrantada y vacilante, sirvió todavía en la
ropería, encantando a los novicios y estudiantes con su santidad alegre y simpática. El 21 de Enero de 1935, estando
con la comunidad en la casa de campo de Dañidalqui, acabó santamente su vida. Tenía 99
años y 80 de vida religiosa. JUAN BITTERICH S.J.
(1675-1720) El hermano Juan Bitterich
(o Pitterich), nacido en Landeck, Tirol, Austria, el 6 de Diciembre de 1675, pertenece a
la falange de jesuitas europeos que dejaron su tierra natal, su familia y su cultura, para
enseñar la fe cristiana a los habitantes del continente americano. Estaba dotado de un
sobresaliente talento artístico. En cierta ocasión respondió que era un honor para él
servir a Dios en América. Juan Bitterich ingresó a la
Compañía el 11 de Mayo de 1701 en el Noviciado de Mainz, Alemania, y para ser Hermano
Coadjutor; se destacó inmediatamente como un escultor de gran talento. Fuera de las obras
que ejecutó para el Cardenal Lotario Fco. Schoenborn de Alemania, las imágenes de la
iglesia de la Compañía en Bamberg, Alemania, dan testimonio de sus cualidades
artísticas. En Chile, país que llegó en
1712 en la expedición del P. Marini, se dedicó igualmente a la fabricación de imágenes
sagradas, entre las que sobresale la célebre estatua de San Sebastián destinada a la
capilla de la hacienda en Bucalemu y de otrasobras mayores, como fue la construcción y la
ingeniería. "Ocupaba San Sebastián el nicho del tabernáculo mayor de Bucalemu
-cuyo busto es el cuerpo entero, muy lindo, con su velo de terciopelo carmesí, con cuatro
corridos de franja de plata fina ancha y sus cenefas. El 2 de Mayo de 1794, por auto de la
Junta Superior de Temporalidades, suscrito por el administrador Pedro Lurquín, el
Gobernador don Ambrosio O'Higgins, aplicó la estatua de San Sebastián y otras especies
artísticas, a la iglesia Matriz de la nueva Villa de Santa Rosa de los Andes que había
diseñado el arquitecto romano Joaquín Toesca y Ricchi. Es evidente que nadie se dio
cuenta exacta del valor de esta obra, que fue destinada a coronar el remate del altar
mayor, lugar bastante elevado para que apenas pudieran distinguirse sus finas facciones y
sus elegantes formas". (Eugenio Pereira Salas: "Historia del Arte en el
Reino de Chile"). Para el P. Carlos Leonhardt no
cabe duda que dicha obra pertenece al Hermano Bitterich: "...la gracilidad del
cuerpo, el movimiento elegante de las manos, acomodadas al retorcimiento del árbol que le
sirve de fondo, la prolija talla anatómica del tronco esbelto, y la expresión del fino
rostro, boca rafaeliana triste, hacen de esta obra el monumento más importante que nos
haya legado la Colonia" (Eugenio Pereira Salas: o.c. ). También se atribuyen al Hermano
Bitterich los altares de San Ignacio y Nuestra Señora de la Luz, que junto con el de la
Sagrada Familia, eran los mejores de la antigua Catedral de Santiago. Además recibió el encargo del
Gobierno de Chile de reconocer los terrenos por donde habría de llevarse el proyecto de
regadío del canal Maipo, en la región cercana a la capital. Bitterlich se empeñó en atraer
hacia Chile a compatriotas suyos. De ese modo durante el año 1724, llegaron 18 de ellos,
algunos de los cuales se destacaron en especialidades artísticas, entre éstos los
Hermanos Miguel Herre y Antonio Millet, el que será llamado forjador del desarrollo
industrial y artístico de la vida chilena. Gracias a Dios, nos ha quedado la copia de la
carta que el hermano envió a su ex Provincial en Alemania, P. Nicolás Pottu, el 15 de
Abril de 1720. Dice así: "En cuanto a mi cargo y ocupación: debo trabajar mucho
para toda la provincia de Chile. Nuestros superiores en las diferentes casas necesitan
estatuas, altares, imágenes, retablos y los piden con insistencia ya que no se encuentran
en este país ni un escultor o constructor que domine su oficio a fondo. Dos procuradores
provincias que irán ahora a Roma, llevarán consigo esta carta. Se trata de los PP.
Lorenzo Castillo y Manuel Ovalle, ambos nacidos en Chile y hombre de renombre. Van con el
deseo y encargo de traer jesuitas jóvenes de Alemania, especialmente hermanos que sepan
algún oficio. Se necesitan dos carpinteros, dos albañiles y un escultor. En esta región
del mundo escasean jóvenes de esta especie. Nuestros superiores muchas veces se ven en la
necesidad de recibir en la Compañía a hombres poco hábiles, que no entienden de arte ni
de artesanía, no tiene profesión determinada y finalmente también fracasan como
religiosos. Por eso quiero pedir a S.Rev. que interceda ante el P. Provincial para que
permita a los mencionados Padres procuradores traer algunos hermanos de allá..." Este genio de la escultura
falleció en la Casa de formación en Bucalemu, el 31 de Diciembre de (1) SIERRA, Vicente D: "Los
Jesuitas Germanos en la Conquista Espiritual de Hispano - América. Facultad de Filosofía
y Teología. San Miguel. Buenos aires. 1944. pp. 126, 234, 238, 248, 258, 263 ss. GASPAR BOHLE S.J. (1856-1937) El P. Gaspar Bohle nació
en Langschede, Westfalia, el 13 de Marzo de 1856. El 11 de Octubre de 1862 se
hacía a la mar en el puerto de Hamburgo, con destino al sur de Chile, el velero
"Helene", trayendo a su bordo, entre muchos otros pasajeros a los esposos Gaspar
Bohle y Federica Sander. Cien días después, el 21 de Enero de 1863 desembarcaron en
Corral, puerto de su destino. Junto a ellos viajaba también
un niño de corta edad, que más tarde llegó a ser, merced a su talento, aplicación al
estudio y virtud acrisolada, uno de los jesuitas más respetados de Puerto Montt, el P.
Gaspar Bohle Sander. Seguir los pasos de este
conocido sacerdote, desde que pisó el suelo chileno y comenzó sus estudios bajo la
dirección del Hermano Guillermo Bartling S.J. en la entonces modesta escuelita "San
José", sería trabajo ímprobo y laborioso. Basta saber que sus progresos como
alumno fueron sólidos y seguros; que el año 1869 estudiaba latín, griego, gramática
castellana, álgebra, etc. teniendo como maestro al P. José Zeitlmayer S.J. y como
compañeros de clases a los que más tarde y como él mismo subirían también al altar;
fueron éstos los presbíteros, José Brahm, Guillermo Junemann, Enrique Hering y
Fran-cisco Bohle. Su vocación al sacerdocio fue
una necesidad irresistible de su espíritu profundamente cristiano; movido por la fe que
ardía en su alma, en 1874 ingresó al Seminario "San Carlos" en Ancud.
Concluidos sus estudios eclesiásticos celebró su primera Misa en la iglesia de los
Padres jesuitas en Puerto Montt el 8 de Septiembre de 1879, habiendo recibido las ordenes
sagradas el día 17 de Agosto de ese año. (Diario "El Llanquihue", 8 de
Septiembre de 1929). Profesor y Ministro
sucesivamente en el Seminario en que recibió su formación eclesiástica, acompañó como
secretario a Mons. Agustín Lucero O.P. Obispo de Ancud, en su visita ad limina en 1887,
viaje que incluyó un alargue a Tierra Santa. El Papa León XIII otorgó al P. Bohle el
título de "Capellán Secretario Honorario", lo que significaba ser portador del
título de "Monseñor", justo premio a sus méritos contraidos en el ejercicio
de su delicado cargo. Pero Mons. Bohle no se detuvo
aquí. Quiso dar un paso más en su entrega a Dios, para lo cual ingresó a la Compañía
de Jesús el 30 de Mayo de 1891 en el Noviciado en Bligenbeck, Holanda. Además en Europa
repasó su filosofía y teología, regresando a Puerto Montt el 12 de Diciembre de 1897. Conocida su preparación
teológica y científica, en 1899 pasó a ocupar la Rectoría del Seminario "San
Carlos" en Ancud, en donde dejó recuerdos imborrables de su paso entre los
profesores y alumnos. Desde el año 1900 trabajó en el Colegio San Francisco Javier, como
profesor, como Prefecto y cooperador valioso en diversas obras científicas y religiosas.
Desde 1912 hasta 1926 fue profesor de religión en el Liceo de Niñas y en la Escuela
Normal de Puerto Montt. Durante 25 años fue Capellán
del Colegio San José de las religiosas de la Inmaculada Concepción. Fundó y dirigió
con abne-gación la Congregación del Purísimo Corazón de María y Santa Blandina para
empleadas domésticas, interesándose por su bienestar espiritual y material. Hay una obra de trascendencia y
de gran mérito que sobrevivió por muchas décadas a este hombre consagrado a Dios: es la
versión que hizo al castellano del famoso catecismo de la "Doctrina Cristiana"
(tres tomos) del P. José Deharbe S.J, y que tuvo la feliz iniciativa de acomodar para la
enseñanza en España y países Hispano-americanos. Este libro, que al fallecer el P.
Bohle llevaba una tirada de 320.000 ejemplares, es un verdadero monumento que el traductor
se dedicó en sus postreros años a perfeccionar y remozar con las constantes
disposiciones de la Madre Iglesia, hasta hacer de él un libro de estudio y de consulta
obligada, en especial para los profesores de ese tiempo. Expresa en el Prólogo: "Siendo
la instrucción sólida en las verdades de nuestra santa religión lo que la juventud más
necesita en estos tiempos de glacial indiferencia, sobre todo en nuestro país tan
trabajado de falsas doctrinas, nos ha parecido oportuno un nuevo catecismo que, a la
precisión y claridad de la forma, agregase la solidez de sus enseñanzas. Tal puede
considerarse el que, años ha, escribió el P. José Deharbe S.J, adoptado ya, con la
licencia de los respectivos Ordinarios, en más de 40 obispados, y del cual se han hecho
numerosas ediciones". "Una edición especial
de este catecismo, acomodada a las exigencias de nuestra sociedad, responde sin duda a un
deseo, mucho tiempo hace manifestado. No asistiendo nuestros niños a la escuela los años
que suelen en otras partes, es de suma importancia, para el buen éxito en la enseñanza
de la religión, el que nuestro catecismo, junto con ser bastante completo, sea también
lo más breve y lo más claro, objeto que intentamos en la presente edición". El P. Bohle escribió también
la primera "Reseña Histórica" de la Compañía de Jesús en Puerto
Montt; fue con ocasión de cumplirse el 50ª aniversario del arribo de los primeros
jesuitas a esa ciudad. (Diario "El Llanquihue", 16, 23, 30 de Septiembre y 7 de
Octubre de 1909). Este yhombre de Dios falleció
en Puerto Montt el 22 de Noviembre de 1937. RAMON BONET S.J. (1846-1931). De Cataluña pasó a
América para ganarse la vida como pintor fino. En efecto, había nacido el 19
de Marzo de 1846 en Igualada, Cataluña, donde su padre ejercía el oficio de curtidor.
Fue el mayor de cuatro hermanos hombres y cuatro mujeres. Estudiadas las primeras letras
en la escuela de su pueblo natal, lo enviaron después a la de segunda enseñanza en la
ciudad de Tarraza; allí completó las humanidades, pero dedicándose principal-mente al
dibujo, para lo que mostraba aptitudes especiales. Termi-nados sus estudios, entró al
mundo del trabajo como decorador de edificios tanto en Tarraza como en Manresa. Las posibilidades de una mejor
ocupación llevaron a Bonet a América, en concreto a Montevideo. En esta ciudad su primer
trabajo fue la decoración en el célebre teatro Solís, obteniendo excelente
gratificación la que remitió íntegramente a su madre. En seguida pasó a Buenos Aires
donde realizó similares trabajos de decoración, hasta que un fervoroso sacerdote
español lo encaminó hacia la Compañía de Jesús, ingresando en el Noviciado en
Córdoba el 25 de Octubre de 1878. Su primer destino fue al Colegio
Seminario en Santa Fe, Argentina. Y en 1886 fue enviado al Colegio San Ignacio en
Santiago, donde permanecería por más de 45 años. Eximio exponente de la pintura,
lo que atestiguan innumerables lienzos. Puso su talento artístico al servicio de su
Iglesia. Falleció en Santiago el 13 de
Diciembre de 1931. De él se dijo: "La
figura del Hermano Bonet quedará grabada en la memoria de dos generaciones de alumnos y
no sólo porque respecto de ellos fue todo un carácter, sino porque era, al mismo tiempo
respecto de sus superiores, el tipo más acabado de la perfecta humildad y de la
obediencia absoluta". RAMON BREXA S.J. (1863-1953) Nació el 22 de Diciembre
de 1863 en San Esteban de Bas, Cataluña. Creció en un ambiente de recia y profunda vida
cristiana. Desde muy joven sintió el deseo de consagrar su vida al servicio de Dios como
sacerdote. Con este fin ingresó en el Seminario de Gerona, pero cuando estaba ya muy
cerca de subir las gradas del altar, a los 24 años, determinó orientar su vida hacia un
servicio más completo al Señor. Solicitó entonces su admisión
a la Compañía el 28 de Octubre de 1887 en el Noviciado de Veruela. Hechos los votos del
bienio, repasó someramente la filosofía y la teología y el 30 de Julio de 1895 fue
ordenado sacerdote en el Colegio Máximo en Tortosa. Se cumplían ahora sus deseos de
trabajar como misionero en las Filipinas, que en aquellos años dependía de la antigua
Provincia de Aragón. Los planes de Dios, en cambio eran otros: desde su arribo, el clima
caluroso de ese archipiélago le fue adverso a su salud y los superiores juzgaron que
mejor regresase a España. Paralelamente son los años en
que la Compañía, a instancias de Mons. Ramón Angel Jara, Obispo de Ancud, hubo de
hacerse cargo del Seminario San Carlos de aquella diócesis. El P. Brexa fue destinado a
dicho Seminario al que llegó el 11 de Marzo de 1900. Debía allí ayudar a la
formación de los sacerdotes, y en eso permanecería 38 años, o sea hasta que la
Compañía entregó nuevamente el Seminario al clero diocesano. Durante esos años fue la
columna más firme del Seminario: enseñó dogma, filosofía y matemáticas; además
desempeñó los oficios de procurador y padre espiritual de la casa. A lo anterior
añadía su asidua asistencia al confesionario en la Catedral, y el estar siempre pronto
para acudir a atender a los enfermos. Por eso su traslado a Puerto Montt no dejó de
conmover a muchos, como un exalumno que escribió: "Se va talvez para no volver
más, el hombre y el sacerdote. Desaparece con él de lo que tiene el hombre: la altivez
indomable de su espíritu, el gran espíritu de sacrificio, la abnegación sin límites
por las cosas santas y la profunda y honrada convicción de la idea y tradición
cristianas. Y de lo que tiene el sacerdote: la virtud incomparable que enternecía a las
almas; el celo apostólico que admiraba y engrandecía; y la angelical ternura que como
rocío de las mañanas cristalizaba en Purísima perlas en los jardines espirituales.
Creo, que Ancud debe recono-cimiento y gratitud a este hombre admirable. Y no puede ser de
otra manera: como educador lo merece y como sacerdote lo exige.Se va y con él el
consolador de los enfermos, porque no sólo los curaba en su dolor profundo, sino que les
decía lo mismo que dijera uno de sus santos predecesores, que el dolor del cuerpo
equivalía a esas irradiaciones de sol, que herían pero que alumbraba. Y a los moribundos
porque les facilitaba la introducción a la felicidad..." (Diario "El
Llanquihue", 5.02.1938). De Ancud pasó a la comunidad
del Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt; allí el P. Brexa trabajó asiduamente
como Vicario parroquial. Estuvo 53 años seguidos en el
sur de Chile, hasta que entregó su alma a Dios el 28 de Enero de 1953. Por humildad jamás quiso tomar
parte en la Congregación Provincial, a la que por ser uno de los profesos más antiguos,
tuvo, desde 1920, derecho a concurrir. MARIANO J. CAMPOS S.J.
(1905-1980) De familia penquista,
profundamente cristiana. Sus padres, don Miguel Campos y la sra. Isabel Menchaca tuvieron
trece 13 hijos: Miguel, Isabel, Daniel, José, Mariano, Joaquín, Clemencia, Magdalena,
Ignacio, Pedro, Tomás, José y Clara, es decir, la corte celestial completa estuvo
representada en el hogar de los Campos Menchaca. De ellos - Tomás, Pedro y Mariano José-
fueron sacerdotes. Mariano J. había nacido
el 22 de Abril de 1905, y estudiado en el Colegio de los Sagrados Corazones (Picpus) de su
ciudad natal. Concluidos sus estudios, solicitó su ingreso al Noviciado de la Compañía
en Chillán, el 23 de Abril de 1920, es decir con 15 años recién cumplidos. Entre los años 1922 y
1924 hizo sus estudios de retórica y gramática en Córdoba, Argentina. La filosofía la
cursó en el Seminario de Villa Devoto, Buenos Aires. Volvió a Chile el año 1928 para
hacer el Magisterio en el Colegio San Ignacio en Santiago; allí estuvo hasta 1930. Para estudiar la
teología hubo de regresar a Argentina, en concreto a San Miguel, pues era el lugar donde
estaba el Colegio Máximo de la Provincia Chileno-Argentina. Allí mismo Mons. Fortunato
Devoto, Obispo Auxiliar de Buenos Aires, lo ordenó de presbítero el 23 de Diciembre de
1933. La 3ª Probación la hizo en Córdoba, Argentina, durante el año 1935. Concluida su formación
pudo volver a Chile. Su primer destino, 1936, fue al Colegio San Luis en Antofagasta como
Ministro de la comunidad y paralelamente como profesor de dicho Colegio. Al año siguiente
fue nominado Rector del Colegio San Ignacio, permaneciendo en dicho cargo hasta el año
1940, y siguiendo en este Colegio como profesor de historia y religión hasta 1980.
Simultáneamente fue Socio del P. Provincial desde 1940 hasta 1950. Durante sus 40 años de
estadía en el Colegio San Ignacio, alternó sus clases con la dirección espiritual de
los alumnos. Muchísimos de éstos hoy son destacados profesionales; lo recuerdan con
aprecio y gratitud, pues veían en él al padre o a la madre. A ellos les enseñó a amar
a Dios; con su ejemplo les enseñó a vivir el Evangelio, sobre todo en su dimensión
social. El P. Campos fue el
hombre de las bienaventuranzas. Es que su vida era el evangelio explicado. Poseía un don especial
para tratar a los alumnos de cursos inferiores y medianos. Sabían respetarlo y quererlo a
la vez. Conquistó la confianza de ellos y así pudo influir más profunda y
perdurablemente en sus vidas. El amor a Dios se
manifestó también en su amor real al pueblo mapuche. A ellos dedicó las vacaciones
estivales y los últimos años de su vida, tanto en el trabajo de misiones, como en el
trabajo de investigación y estudio. Para conocerlos mejor aprendió el idioma mapuche, y
en su propia lengua les enseñó la doctrina cristiana. A los 70 años, cuando
otros piensan en descansar, autorizado por sus Superiores, dejó el Convento para fundar
entre los mapuches la Misión "Sara de Lebu"; allí predicó con su vida el
evangelio de Jesús hasta el día de su muerte, 12 de Julio de 1980. Tenía 75 años de
edad y 60 de jesuita. También se dio tiempo
para dejar por escrito su experiencia con el pueblo mapuche. A "TAIN KIME CHAO
DIOS" que traducido significa "A NUESTRO BUEN PADRE DIOS doy gracias desde lo
más íntimo de mi ser, por haber puesto confiada y cariñosamente en el camino de mi vida
a los mapuches, hijos suyos, que viven entre las quebradas de Licauquén y Rucarraqui,
luminosas y lindas cómo el lindo mirar de las mapuchitas". Esta es la
dedicatoria que el P. Campos puso en su libro "Por Senderos Araucanos" y
que reitera en un segundo libro "Nahuelbuta" (1972). Un renombrado historiador
penquista escribió una página "Preliminar" para ambas obras, donde señala: "Para
un historiador jesuita, "cristiano viejo" y cabal, escribir "La Historia de
Arauco" es continuar la tradición de sus ilustres antecesores ignacianos, misioneros
entre los indios, profundamente compenetrados de sus desgracias y condolidos de su
destino. Porque esta vieja raza
formidable que logró detener al ejército más poderoso del mundo, que no pudo abatirla
nunca, esta altiva y noble gente que cantó Ercilla destacándola ante el orbe como
símbolo del valor y del patriotismo, al defender su tierra, su libertad y su señorío,
intuía con toda claridad que resguardaba sus esenciales valores humanos y que, si
perdía, tendría un oscuro porvenir de abandono, pobreza y servidumbre. De esto y mucho más, nos
habla en su bello libro el P. Mariano José Campos Menchaca S.J. Pero no sólo nos dice
del mundo de la Historia y de los Sueños, sino de la cruda realidad de hoy: la miseria y
decadencia de la vieja raza. El autor ha vivido entre los indígenas, le son familiares
los paisajes que describe las leyendas y tradiciones que recoge. Ha aprendido a hablar la
lengua vernácula. como lo hicieron los primeros misioneros jesuitas, los Padres Alonso
Olmos de Aguilera y Luis de Valdivia. No se conoce una manera más
científica de estudiar una raza que aún subsiste que esta de convivir con ellos y hablar
su idioma" (Fernando Campos Harriet. De la Academia Chilena de la Historia). Si hizo impresión el
ejemplo de su vida, si más impresionó su partida a Arauco, en los últimos meses se pudo
experimentar de un modo sublime su fe. Como fiel hijo de San Ignacio, el P. Campos
realizó lo que nuestro Fundador nos dice..."como en la vida toda, así también
en la muerte y mucho más, debe ser el Señor glorificado..." "A Manera de
Prólogo" el autor en su primera obra señala: "Por Senderos Araucanos"
no es historia como lo es "Nahuelbuta"; son hechos que he vivido y los viví
plenamente, con ternura y con cariño, y al ir después escribiéndolos he dejado rebrotar
en mi alma los sentimientos que tuve al vivirlos, para escribirlos tal como los viví. La explicación de
este cariño está en las siguientes ideas: Servir a Dios es "apostar" a que El
existe y a que es Nuestro Padre y a que nos ama y nos espera; por consiguiente, hay que
amarlo, servirlo y caminar hacia El. No es apostar algo, es
apostar la propia vida, es "apostarse", es "jugarse" entero por El,
con el esfuerzo y el interés que exige toda apuesta, con la alegría y la sonrisa de
quien está seguro de ganarla, haciendo así ver a los demás que está seguro de lo que
apostado, seguro de la vida que ha emprendido hacia Dios. Porque estoy seguro de
su existencia y de su cariño "me juego" por el, consagrándole mi vida. En esta
apuesta hay un riesgo muy grande, que hace temblar de miedo a nuestra pobre naturaleza
humana: es que Dios es "un fuego devorador" como dice la Escritura, y ese fuego
consume todo, exige el holocausto completo de uno mismo en el servicio de El. Es una atrayente
aventura apostarse por Dios; es varonil no tener miedo a la seguridad de que El vaya a
pedir, cariñosa y terriblemente, más y más..." Conforme a sus deseos,
sus restos descansan en el cementerio de Sara de Lebu, lugajero araucano. Juan Canales PETIT, S.J.(1940
- 1996) Juan, quinto hijo de Horacio
Canales y Mara Petit, naci el 17 de enero de 1940 en Vallenar, en el Norte Chico. Hizo sus
estudios bsicos en su ciudad natal y sus estudios secundarios, como se deca entonces, en
el Liceo Manuel Borgoo de Santiago entre los aos 1951 y 1956. Posteriormente hizo algunos
aos de estudios de ingeniera en la Universidad de Chile. En Santiago viva con familiares
en la Poblacin Dvila donde conoci al P. Alfredo Waugh que con su capilla automvil iba a
celebrar la Eucarista los domingos cuando todava no se haba construido el templo
parroquial. El P. Alfredo tomaba desayuno en la casa de la familia Canales. Juan empez a
ayudarlo y a acompaarlo y a pensar en su ingreso a la Compaa, lo que hizo el 5 de abril de
1960. Ese ao ingresamos a la Compaa 14
novicios escolares y seis novicios coadjutores y la promocin del ao anterior era tambin
numerosa. La parte destinada al Noviciado estaba absolutamente llena. Juan era uno de los
novicios viejos y desde el principio se caracteriz por su caballerosidad, su talento
matemtico y por ser muy mal deportista... Fue bedel del noviciado, e hizo los votos con
otros tres compaeros la Pascua de Resurreccin de 1962. El juniorado lo hizo en Padre
Hurtado con profesores como Emilio Vergara, Raimundo Barros, Jos Donoso y el maestrillo
Fernando Montes. La filosofa la inici en el Colegio Mximo de San Miguel en 1964 y debi
interrumpirla a mediados de 1965 por problemas de salud que ya no lo abandonaron ms. Se
vino a Santiago, a la Parroquia de Jess Obrero donde hizo su magisterio hasta fines de
1967 cooperando en diversas labores, entre otras en la Colonia Veraniega de Las Cruces. En
1968 fue uno de los fundadores del teologado en Chile que se instal en Almirante Barroso
26 bajo la direccin de Gustavo Arteaga y desempe el cargo de ecnomo. En los aos siguientes
ense fsica en el Colegio San Ignacio El Bosque donde fue miembro del grupo Medelln que se
dedic a reflexionar acerca de los documentos de la Conferencia Episcopal de Medelln, y
posteriormente hizo clases de matemtica y fsica en San Ignacio Alonso Ovalle. Cuando
Fernando Salas fue encargado por el Cardenal Silva de organizar el Comit para la Paz en
Chile, pidi a Juan que lo acompaara para proveer la infraestructura fsica trabajo que
realiz en forma brillante para quedar despus a cargo de los aspectos contables hasta fines
de 1974. Entre 1978 y 1981 vivi en la Residencia Jess Obrero, primero en General Velsquez
y despus en Santa Teresa y fue ministro de ella a la vez que encargado de la Comunidad
Cristiana que funcionaba en la Capilla de La Palma, ministro de bautismos y testigo
calificado para matrimonios, adems trabajaba como ayudante del Ecnomo Provincial. En 1982
fue trasladado a la Comunidad del Colegio San Ignacio Alonso Ovalle y posteriormente a la
Residencia San Ignacio donde se desempe hasta su muerte como ayudante del ecnomo. Juan fue largamente probado en
cuanto al deterioro de su salud lo que le impidi continuar sus estudios y llegar a ser
ordenado sacerdote, lo que deseaba profundamente. Tena una innata facilidad para las
matemticas y fue casi un autodidacta en cuestiones de contabilidad. Era una persona
extremadamente reservada en cuanto a su interioridad, pero con gran capacidad de
delicadeza. La gente que lo conoci y lo trat en el trabajo pastoral lo recuerda con gran
cario por su sencillez y fidelidad a toda prueba, rasgo este ltimo que los que fuimos sus
compaeros siempre destacamos. El Seor vino sorpresivamente a
su encuentro el lunes 6 de mayo, presumiblemente mientras su comunidad estaba reunida para
celebrar la Eucarista y posterior reunin de comunidad. Homilía en las Exequias de Juan
Canales P., S.J. La Palabra de Dios nos exhorta
hacer memoria de Jesucristo el Seor resucitado de entre los muertos. Y esto hacemos hoy al
celebrar la Eucarista con ocasin de la muerte de Juan. Despus de la consagracin diremos
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurreccin, ?Ven , Seor Jess!. Hoy, en 1996, al
entregar un hermano nuestro en las manos del Seor, proclamamos que Jess ha muerto por
nosotros y que ha triunfado sobre la muerte. Por eso, el trozo de la carta a Timoteo
termina dicindonos que es doctrina segura que si morimos con El, viviremos con El... El
permanece fiel, porque no puede negarse a s mismo. Nos reunimos para proclamar nuestra
esperanza en que el Padre, que fue fiel a Jesucristo y lo resucit de entre los muertos,
ser tambin fiel con Juan, que quiso entregarle su vida, y lo llamar a una vida nueva. Entramos con Juan a la Compaa un
martes 5 de abril de 1960, martes de la semana de pasin, como se deca en esos aos. Nos
pusimos la sotana en la noche de resurreccin de ese ao e hicimos nuestros votos en la
maana de la resurreccin, dos aos despus en Padre Hurtado. Estas fechas, meditadas ahora,
cuando la vida mortal de Juan ha terminado, me parecen como una profeca. Entr en la semana
de pasin y progresivamente su vida fue unindose a la cruz de Cristo a travs de numerosos
sufrimientos interiores y creciente deterioro de su salud que le impidieron realizar en
plenitud lo que haba soado en su juventud. Hombre parco en la expresin de su intimidad,
tena un corazn grande, sensible, bondadoso. De repente su mundo interior afloraba y los
que vivimos con l fuimos testigos de ocasionales explosiones de mal genio que lo hacan
sufrir ms a l que a nosotros. Pero lo ms caracterstico suyo, que muchas veces comentamos
sus compaeros, fue su bondad de corazn y su fidelidad. Recuerdo que a los pocos das de
entrar al noviciado nos enviaron, con los novicios que nos orientaban, a hacer una lista
de las cosas que habamos trado a la Compaa, cosas que eran celosamente guardadas por el
Padre Ayudante hasta el da de los votos. Fuera de mi ropa, yo haba llevado muy pocas
cosas. Juan, en cambio, haba llevado tantas que llenaban un pequeo cuarto del tercer piso
de Padre Hurtado. Haba desde un colchn hasta un pan duro bendito de San Antonio.
Sorprendido de que hubiera entrado a la Compaa con todas sus cosas, se lo hice notar. Y me
respondi de una manera que nunca olvid: Yo he entrado a la Compaa y no pienso retirarme de
ella. Para l no tena sentido dejar cosas con su familia por si se retiraba. Haba quemado
las naves. Esas palabras suyas se han hecho verdad: Juan ha muerto como un hijo sufriente
de la Compaa y con su vida ha revelado un rasgo clave de su personalidad espiritual: era
fiel con el Seor, con sus compromisos, con la gente. Cuando muchos rompen sus compromisos
familiares o religiosos por las dificultades de la vida, Juan nos dice desde su vida
humilde y callada que es importante ser fiel aun cuando se sufre y las cosas no resultan
como un da se soaron. La carta a Timoteo nos habla de
que Jesucristo permanece fiel porque no puede negarse a s mismo y que es el fundamento de
nuestra esperanza en la resurreccin. Y con el salmo hemos dicho que El Seor es benigno y
justo, nuestro Dios es compasivo. El Seor guarda a los sencillos. Juan fue confiado por el
Padre a Jesucristo. El, en una maana de resurreccin de hace treinta y cuatro aos, se
ofreci para ser su compaero en pobreza, obediencia y castidad. Hoy pedimos al Padre que se
cumpla el deseo de Jess manifestado en su oracin sacerdotal: Padre, ste es mi deseo, que
los que me confiaste estn conmigo, donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me
diste, porque me amabas, antes de la fundacin del mundo. Estoy cierto que Jess, el que
permanece fiel, intercede por Juan, nuestro compaero bueno, fiel y sufrido, para que est
con l y sea colmado de ese amor al que aspiraba con todo su corazn y que sufra al no poder
experimentarlo o manifestarlo como l ansiaba. Como creyentes reunidos para
hacer memoria de la muerte y resurreccin de Jesucristo, unamos a ella la vida y muerte de
nuestro hermano y proclamemos nuestra esperanza en su resurreccin. Jos Arteaga, S.J. JUAN DEL CASTILLO S.J.
(1596-1628) Los primeros mártires de
América que alcanzaron el honor de los altares, murieron por Cristo el año 1628. Ellos
fueron Roque González de Santa Cruz S.J, Alfonso Rodríguez S.J y Juan del Castillo S.J. Juan del Castillo nació en
Belmonte, España, el 14 de septiembre de 1596. Sus padres, Alonso del Castillo y María
Rodríguez eran personas importantes y adineradas de la ciudad. Juan era el primogénito y le
seguían otros nueve entre hombres y mujeres. Tres hermanas -Juana, Jerónima y Jacinta-
ingresaron como religiosas de clausura en el convento de las Concepcionistas franciscanas
de Belmonte. Estudió en el Colegio de los
jesuitas en su ciudad natal. Durante un año siguió los estudios de Derecho en la
Universidad de Alcalá, El 21 de marzo de 1614 ingresó al noviciado de la provincia de
Toledo. El P. Diego de Boroa S.J. dice: "Se ejercitaba en los oficios más humildes y
trabajosos de la Compañía, de cocinero, panadero y hortelano". Cumplidos los dos
años emitió los votos de pobreza, castidad y obediencia (1). Por Huete pasó en 1616 el P.
Juan de Viana, Procurador de Paraguay y Chile. Buscaba jesuitas para la misión de las
Indias occidentales. Se ofreció el joven Juan del Castillo. Después de enseñar en el
colegio de Huete, Juan fue destinado a Buenos Aires, a donde llegó el 15 de febrero de
1617. Los estudios de filosofía los cursó en el Colegio Máximo de la ciudad de
Córdoba, Argentina. No se destacó mucho en los estudios y la salud no era buena. El
clima duro de la ciudad lo agoto más de la cuenta. Tuvo, sin embargo, mejor éxito en los
cortos apostolados entre los pobres de la ciudad y alrede-dores. En ese mismo Colegio
estudiaba el joven jesuita chileno Alonso de Ovalle, quien iniciaba sus estudios de
filosofía. Para el magisterio fue destinado
al colegio de Penco (Concepción), Chile, recientemente fundado por el P. Luis de Valdivia
S.J. No lejos de allí se desarrolla la guerra entre los españoles y mapuches. No hacía
todavía cinco años que tres jesuitas, Martín de Aranda, Horacio Vecchi y Diego de
Montalban, defendiendo los derechos de dos mujeres españoles, recibieron el martirio
cuando por obediencia se internaron en el país de los mapuches (2). Los tres años dedicados como
"maestrillo" a la enseñanza, 1618-1620, los pasó en dicho colegio, donde
enseñó gramática y le cupo una intervención cuya importancia no podía todavía
preveer en el autor del "Cautiverio Feliz". El historiador Diego de Rosales
S.J, seguido de Miguel de Olivares S.J. y Alonso de Ovalle S.J, menciona un aspecto de su
estadía en Concepción: "Entre los mancebos que tuvo a su cuidado fueron dos muy
señalados, el hijo del gobernador Alonso de Rivera y el del Maestre de Campo General,
Alvaro Nuñez de Pineda, a quienes industriaba, inspiraba la virtud y temor de Dios; y
como le veían tan modesto y virtuoso, le tenían todos un gran respeto y estimación; de
donde nacía un imperio amoroso con que los sujetaba, imprimiendo en sus almas muy buenos
ejemplos". Regresó a Córdoba a terminar
la teología, donde tuvo dificultades de salud y obtuvo medianas calificaciones. Sin
embargo, los informes anuales de sus formadores detectan su progreso en juicio, prudencia
y experiencia. Los tiempos libres cordobeses los ha aprovechado para aprender la lengua
guaraní. Su calificación de 1625 al concluir la teología señala: "observante,
muestra algún talento de púlpito y de gobierno". El 30 de noviembre de ese año fue
ordenado presbítero, celebrando su primer misa en la octava de la fiesta de la
Inmaculada. Permaneció todavía en Córdoba
hasta el 13 de junio de 1626, fecha en que se trasladó a las misiones del Paraguay,
conforme a lo dispuesto por sus superiores. Su calidad sobresaliente como
religioso movió de nuevo a los superiores a enviarlo a la segunda reducción fundada por
el P. Roque González S.J, llamada San Nicolás de Piratiní, Paraguay, iniciada el 3 de
mayo de Su trato humano y su pureza más
que humana le granjearon en todos los de aquella tierra una veneración poco frecuente. Se
ocupaba en San Nicolás de la educación católica a los indios guaraníes con más
provecho del pueblo que de su salud. La santa obediencia, sin embargo, lo obligó a dejar
aquel lugar debido a su permanente débil salud. Apenas recuperó algunas fuerzas, pidió
que se le permitiera regresar a San Nicolás antes que permanecer ocioso. El trabajo no
era alentador como se vislumbra en una carta dirigida a su antiguo profesor P. Diego de
Boroa: "En esta casita vivimos con mucha necesidad, porque el frío no tiene defensa.
Era tanto, que nos quitaba el sueño. La comi-da es un poco de maíz cocido, o harina de
mandioca que comen los indios. El trabajar es todo el día, sudando hasta podrir la camisa
en el cuerpo. El caminar, las más de las veces es a pie, por haberse muerto los caballos.
La enfermedad en nuestra Reducción es tan grande que las casas de los indios parecen
hospitales. Lo que más me aflige es no tener qué darles de comer, porque el mayor regalo
que puedo darme es una o dos espifas de maíz. Por nada del mundo me apartaré del camino
que debo seguir. Ojalá tuviera las virtudes del P. González y entonces yo sería digno
de apacentar este rebaño". Se le confió una nueva
reducción en la localidad de Yjuhí, la que, fundada en el día 15 de agosto de 1628,
recibió el nombre de Asunción (3). La resistencia de los indígenas
al evangelio y a la disciplina de las reducciones con su horario de oración y trabajos
comunitarios, le hizo sufrir mucho y prever peligros que en una carta calificó de
asombrosos. Varios testigos concuerdan que anhelaba ser mártir. Sucedió que el cacique Ñezú,
polígamo y principal de esa región, se hacía pasar por dios con amenazas y prácticas
de hechicería, exigiendo adoración. Al principio cooperó en la construcción de las
misiones, pero al notar que las nuevas costumbres contrariaban las suyas, se enfureció,
queriendo incluso borrar el bautismo. Mientras con fingimiento pre-sentó una hija al
padre del Castillo para que la bautizara, encomendaba al cacique hechi-cero Carupe ir con
otros a matar a los padres Roque González y Alonso Rodríguez. Estos fueron ejecutados el
15 de noviembre. Cumplido ese horroroso homicidio, Ñezú ordenó a su suegro Quaraibí,
cacique principal de Yjuhí (Río Grande do Sul), que diera muerte al padre Juan del
Castillo. Lo apresaron dos días después
mientras rezaba el breviario y lo abofetearon, anunciándole la muerte. El les dijo que si
lo hacían por sus cosas, se las regalaba y se ofreció para servirles como esclavo. En un
lodazal lo apedrearon y después lo quemaron, salvándose como reliquias algunos huesos.
Era el 17 de noviembre de 1628 y tenía 32 años de edad (4). De ese modo Juan del Castillo
vivió hasta el instante de su martirio los Ejercicios Espirituales (nº 95) de San
Ignacio. Lo leemos en la Misa de Mártires en las misiones extranjeras: "Quien
quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena también me
siga en la gloria". Dicho en otras palabras "No es el siervo más que su Señor.
Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán". (Jn.15,20). Juan del Castillo fue
beatificado en Roma por el papa Pío XI el 28 de enero de 1934, junto a sus compañeros
Roque González y Alfonso Rodríguez. El papa Juan Pablo II efectuó la canonización de
los tres santos mártires, en Asunción, Paraguay, el día 16 de mayo de 1988, donde Su
Santidad expresó: "...Todos ellos gestaron su vida en cumplir el mandato de Cristo
de anunciar su mensaje "hasta los confines de la tierra" (Hechos 1,8). La fuerza
salvadora y liberadora del Evangelio se hizo vida en estos tres abnegados sacerdotes
jesuitas que la Iglesia en este día presenta como modelos de evangelizadores. Su
inquebrantable fe en Dios, alimentada en todo momento por una profunda vida interior, fue
la gran fuerza que sostuvo a estos pioneros del Evangelio en tierras americanas. Su celo
por las almas les llevó a hacer cuanto estuvo en sus manos por servir a los más pobres y
abandonados. Todos sus encomiables trabajos en favor de aquellas poblaciones -tan
necesitadas de ayuda espiritual y humana-, todas sus fatigas y sufrimientos tuvieron como
único objetivo el transmitir el gran tesoro de que eran porta-dores: la fe en Jesucristo,
salvador y liberador del hombre, vencedor del pecado y de la muerte..." Y continuó el Santo Padre:
"...Al mismo tiempo la labor de los padres jesuitas hizo que aquellos pueblos
guaraníes pasaran, en pocos años, de un estado de vida seminómala a una civilización
singular, fruto del ingenio de misioneros e indígenas". "De ese modo se puso en
marcha un notable desarrollo urbano, agrícola y ganadero. Los nativos se iniciaron en la
agricultura y en la ganadería. Florecieron los oficios y las artes, de lo cual dan
testimonio todavía hoy tantos monumentos. Iglesias y escuelas, casas para las viudas y
los huérfanos, hospitales, cementerios, graneros, molinos, establos y otras obras y
servicios civiles surgieron en pocos años en más de trein-ta villas y pueblos por toda
vuestra geografía y por las regiones vecinas. Con la palabra y el ejemplo de tantos
santos religiosos, los aborígenes se hicieron también pintores, escul-tores, músicos,
artesanos y constructores. El sentido de solidaridad conseguido creó un sistema de
tenencia de tierras que combinó la propiedad familiar con la comunitaria, asegurando la
subsistencia de todos y el socorro de los más necesitados. Se navegaron y exploraron los
grandes ríos. Se hicieron descubrimientos geográficos y científicos, y llega-ron a
incorporarse a la civilización y a la fe territorios inmensos". En Concepción la Fundación
educacional "Juan del Castillo" nos recuerda su estadía en dicha ciudad. (1) STORNI S.J,
Hugo: "Catálogo de los Jesuitas de la provincia del Paraguay. 1585 - 1768".
Institutum Historicum S.I. Roma, 1980. pp. 59. (2) CORREA S.J,
Jaime: "San Juan del Castillo". Talleres Gráf. Sociedad de San Pablo. Santiago.
1995. (3) MURATORI,
Ludovico Antonio: "El Cristianismo Feliz en las Misiones de los padres de la
Compañía de Jesús en Paraguay". (Traducción y notas de Francisco Borghesi S).
Impreso por Salesianos S.A. Santiago. 1999. pp 96. (4) LEONHARDT S.J.,
Carlos: "El P. Roque González y Compañeros". Mártires de la Compañía de
Jesús. Revista Estudios Nº 36. Buenos Aires. 1928, pp. 193 - 208. Cfr. FURLONG S.J,
Guillermo: "Tradición histórico - literario del martirio de los PP. R.G, A.R, y J.
del C. Revista Estudios Nº 36. Buenos Aires. 1928, pp. 209 - 221. ABDON CIFUENTES GOMEZ S.J.
(1878-1960) El P. Abdón Cifuentes S.J.
nació en Santiago el 11 de Mayo de 1878. Era hijo del célebre dirigente católico y
político don Abdón Cifuentes Espinosa y de la sra. Luz Gómez Ortíz. En la Parroquia
San Lázaro el 23 de Mayo del mismo año recibió el sacramento del bautismo. Los estudios primarios y
secundarios los realizó en el Colegio San Ignacio (1887-1894), donde también estudiaron
sus siete hermanos varones. Cifuentes estaba decidido
a ser jesuita. Sintió que el Señor lo tenía destinado para la Compañía de Jesús.
Solicitó, entonces, su ingreso y el 5 de Enero de 1895, junto con otros dos chilenos,
golpeó las puertas del Noviciado en Córdoba, Argentina. Lo acompañaban el P. Fernando
Ochagavía, sacerdote secular, pero que deseaba ingresar también a la Compañía, y su
compañero de curso Manuel Ureta. A los tres los recibió el Superior y Maestro de
novicios, P. Juan Cherta. Como veremos, fue éste el inicio de un largo y sostenido
esfuerzo para formar parte de la familia de discípulos de San Ignacio de Loyola. Concluidos los dos años
de Noviciado, se le permitió hacer los votos del bienio, es decir, pobreza, castidad y
obediencia en la Compañía de Jesús. Fue enviado, entonces, al Colegio Máximo en
Veruela, Zaragoza, España, para realizar los cursos del juniorado (1897-1899). Allí
recibió además la tonsura y las ordenes menores (1 Agosto 1897). El cambio del siglo lo
sorprendió estudiando filosofía en el Colegio Máximo de Jesús en Tortosa (1899-1903). La etapa del magisterio
la realizó el Seminario de Santa Fe, Argentina, entre los años 1904 y 1907, enseñando
griego, historia universal, además de castellano y aritmética. Pero, los planes del
Señor eran otros y con la salud deteriorada tuvo que regresar a Chile en 1908, pasando a
formar parte de la comunidad del Colegio San Ignacio, hasta que en el Catálogo de 1911 su
nombre no aparece. Retornó entonces a la vida laical. El 15 de Marzo de 1920 volvió a
la Compañía. Y como tal ingresó al Noviciado del Sagrado Corazón en la ciudad de Los
Gatos, California, Estados Unidos. Tenía ahora casi 42 años de edad. Formaba parte de
esa comunidad el P. Germán Rinsche S.J. quien terminaba su formación haciendo su 3ª
Probación. El novicio no alcanzó a hacer los votos del bienio y, por razones de salud,
debió retirarse del noviciado y regresar a Chile. "...por motivos de salud y muy
contra su voluntad, se ha visto obligado a restituirse definitivamente al seno de su
familia cristiana, después de haber intentado nuevamente incorporarse a la Orden
Religiosa..." expresa en carta del Provincial de la Compañía de Jesús, P.
José Llusá S.J. Cifuentes guardó siempre un
grato recuerdo de ese Noviciado y de sus compañeros novicios, que le llamaban:
"Ab". Aquellos jóvenes le solían pasar largas nóminas de palabras mal
pronunciadas y, él, a la vez gozaba con las ocurrencias tan espontáneas de sus
connovicios. El 14 de Junio de 1924 fue
ordenado Presbítero diocesano en Santiago por Mons. Rafael Edwards, en la capilla de la
Casa Central de las Hermanas de la Caridad. Al día siguiente, festividad de Corpus
Christi, celebró su primera misa en la iglesia de San Ignacio. Durante 1923 y 1924
concurrió como alumno de teología al Seminario Pontificio de Santiago, siendo profesor
de griego al mismo tiempo que estudiaba la teología. Demostró sus conocimientos
teológicos en un brillante acto publico de universa teológica. Tenía 46 años de edad.
Ejerció el "ministerio libre" según señala el Anuario de la Iglesia chilena
de esos años. Transcurrieron algunos años y
un nuevo intento para volver a la Compañía lo llevó a Roma a conversar personalmente
con el Padre General. Este lo autorizó para ingresar al Noviciado en Chillán el 21 de
Octubre de 1932. Su Maestro fue ahora el P. Jaime Ripoll, antiguo compañero de estudios
en Veruela y Tortosa. El Presbítero fue connovicio de su sobrino Ramón Angel Cifuentes
Grez y contemporáneo en la misma casa de otro sobrino, José Ignacio Cifuentes Grez,
quien cursaba el primer año de juniorado y se preparaba para una futura misión en China. Concluido su noviciado se
incorporó a la comunidad del Colegio San Ignacio en Santiago. Entre 1934 y 1944 fue
profesor de filosofía en el Colegio. Además fue director de la Academia de Filosofía y
colaborador de la revista "El Mensajero del Sagrado Corazón", y director
espiritual de los alumnos mayores. Simultáneamente enseñó
metafísica y teología en el Seminario Pontificio en Santiago y en la Facultad de
Teología de la Universidad Católica en Santiago (1934-1956); explicó estas materias con
sabiduría y profundidad en las cátedras del Seminario y de la Facultad de Teología. También se había especializado
en estudios de psicología y psicoanálisis. El 2 de Febrero de 1943 hizo la
profesión de cuatro votos en la iglesia de San Ignacio. Falleció en Santiago el 21 de
Noviembre de 1960. Es digno de destacar su constancia y perseverancia por alcanzar la vida
religiosa. SOTERO CIPRES S.J.
(1855-1977) Recuerdo a un ejemplar
Hermano coadjutor que vivió hasta edad muy avanzada trabajando siempre en el mismo
trabajo y en el mismo sitio, con fidelidad infalible todos los días laborales del año,
con la sola excepción de quince días de vacaciones y ocho días de Ejercicios
espirituales, y eso también en las mismas fechas cada año. Se trata del Hermano Sótero
Ciprés. Nacido en Navarra, en el
pueblo de Javier, un día primaveral, 22 de Abril de 1885, era hijo del sencillo campesino
don Esteban Ciprés y sra. Sebastiana Jiménez, a la cual casi no conoció, pues ella
falleció siendo todavía él muy niño. Siendo ya un joven
ingresó al Seminario de la diócesis de Palencia; allí estudió latín y filosofía. Por
razones que Ciprés "se guardaba en su real pecho", un día dejó el Seminario y
regresó a su tierra natal. Es que no era el camino que Dios le tenía asignado. Con 25 años cumplidos,
resolvió emigrar hacia Argentina, cuando cientos de miles de europeos partían hacia el
continente americano para "hacerse la América". En la ciudad de Santa Fe,
encontró trabajo en el Colegio de la Inmaculada; ahí un jesuita le aconsejó que
ingresara a la Compañía como Hermano Coadjutor. Por el mes de Abril de
1914, año centenario de la Restauración de la Compañía de Jesús, el buen Sótero
dejó su trabajo y tomó el tren hacia la ciudad de Córdoba, donde estaba el Noviciado.
Tras un breve postulantado, el 29 de Junio, festividad de los santos Pedro y Paulo,
comenzó su noviciado. Siendo aún novicio fue destinado a Chile. Desde su llegada al
Colegio San Ignacio, en Marzo de 1916, se desempeñó como enfermero de jesuitas y
alumnos, durante 57 años. Salió de casa solamente en muy contadas ocasiones. Más de una
vez debió atender al Beato Alberto Hurtado Cruchaga, cuando éste era todavía alumno y
se quejaba por un dolor de cabeza o resfrío. Años después lo cuidó también en su
última enfermedad hasta su traslado al hospital. El 3l de Julio de 1966 el
Gobierno chileno lo condecoró con la medalla "Bernardo O'Higgins" de Primera
Clase, por servicios prestados a Chile durante 50 años, en su labor de enfermero del
Colegio. Recibió la medalla de parte de algunos distinguidos exalumnos, como Gabriel
Valdés S. Ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo Leigton G. Ministro del Interior,
Tomás Reyes V. Presidente del Senado, Raúl Troncoso C. Secretario General de Gobierno,
etc. En Junio de 1973, Ciprés
dejó definitivamente la enfermería; al pedir el cambio, alegó que los enfermos jesuitas
merecían mejor cuidado que el que él podría darles. El buen hermano Ciprés
se distinguió por su extraordinaria humildad y servicialidad, junto a una intensa vida
interior y de oración. Su último Superior escribió de él: "Nada le llamaba la
atención...todo le parecía natural. Su bondad le brotaba espontánea, exquisita,
delicada. Su oración era interminable; se adormecía en el Señor. El Señor lo velaba y
cuidaba paternalmente en la capilla, y al despertarse, él consolaba, a su vez, a su
Señor que se complacía en su trato y en su conversación. El Señor lo atraía. Se lo
llevaba a la capilla, lo separaba de los demás, y se complacía largamente con él."
Siempre sereno, tranquilo y sin inmutarse; hombre de paz y de paciencia. Cuando se lo
requería, se lo encontraba en la enfermería u orando en la capilla doméstica. Solía
comer en segunda mesa para cuidar la casa. El centro de su vida era
la Misa. "Yo gozaba celebrándole la Misa. Se le iluminaba el rostro cuando iba a
buscarlo para decirle que iba a celebrar", escribió su Superior. El Señor se lo llevó en
Semana Santa. El Miércoles de esa semana, mientras se alimentaba, falló el corazón que
latió casi 92 años. JOSE FRANCISCO CORREA S.J.
(1874-1944) El P. José
Francisco Correa S.J. nació en Santiago el 6 de Octubre de 1874. Concluidos sus estudios
secundarios ingresó al Noviciado de la Compañía en Córdoba, Argentina, el 11 de
Febrero de 1891. En la capilla del Colegio del Salvador en Buenos Aires, hizo los votos
del bienio. En Montevideo (1894) cursó el primer año del Juniorado y en Veruela,
España, los siguientes hasta 1898. Los estudios de filosofía los hizo en el Colegio
Máximo en Tortosa. Regresó a Montevideo para hacer
el magisterio (1900-1904) en el Colegio Sagrado Corazón. La teología la hizo en los
colegios de Gandía y Tortosa (1904-1908). Fue ordenado presbítero el 26 de Julio de 1907
en la capilla del Colegio Jesús en Tortosa. Su primer destino fue al Colegio
del Salvador en Buenos Aires, donde fue prefecto de los alumnos y del internado, entre
1909 y 1913. Con igual cargo fue destinado al Colegio San Ignacio, Chile, y ahí estuvo
entre 1914 y 1917. De humilde apariencia, no
revelaba lo que podía emprender. Alejado de las labores escolares en Diciembre de 1917,
comenzó la admirable y providencial obra, como fue el resurgimiento de las Congregaciones
Marianas en Chile, tan propia de los colegios de la compañía de Jesús. "La
Congregación Mariana es un centro donde cuadra al exterior la vida de piedad y de
caridad. Siempre que las circunstancias o las necesidades del momento han sugerido la
creación de alguna obra nueva, la Congregación ha contribuido inmediatamente a
consolidarla mediante su apoyo valioso" (Revista "Efemérides
Marianas", 1925, pp. 132). Lenta, pero sorprendentemente el
P. Correa se fue identificando con esta obra tan propia de la Compañía: Director de la
Congregación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga para caballeros y señoras, al mismo
tiempo que inicia una modesta publicación mensual para tener contacto con los
congregantes; a los pocos meses se transforma en "Efemérides Marianas". Será
el portavoz de las demás Congregaciones Marianas existentes en Chile. Mucho antes que
naciera la Acción Católica, el movimiento mariano promovido por el P. Correa,
representó las fuerzas únicas católicas organizadas en Chile. Se trataba de dar al
mundo una experiencia de fe; lo expresa su constitución interna: "Grupo de
cristianos escogidos y formados por un director, nombrado por el Ordinario, se consagran a
María y sacan de la sólida devoción a esta buena madre y una formación espiritual
verdaderamente seria, una plenitud y una intensidad de vida interior y sobrenatural
bastante grande para derramarse al exterior en obras de celo apostólico. Las obras son
concretas y determinadas. Exige la consagración a la Santísima Virgen y algunos
ejercicios de devoción a honra suya, puesto que esta devoción es esencial y constituye
su principio fundamental. También tiene ciertas normas o preceptos inmutables. Desarrolla
de modo pujante y vigoroso mediante la devoción a esta Señora, y hace que ella
fructifique en obras de celo. En cada reunión se escogerán aquellos que, según las
circunstancias, serán más a propósito para alcanzar el doble fin propuesto: la vida
sobrenatural intensa y su expansión en obras de celo" "Revista Efemérides
Marianas 1925, pp. 143). Supo el padre rodearse de
personas aptas para sus fines, y con ellos organizó Congresos Nacionales en Santiago,
Temuco, Serena y Concepción. Siendo todavía Prefecto del
Colegio, promovió una campaña tenaz e inteligente para fundar la Asociación de Padres
de Familia que defendiera la educación particular, duramente tratada por quienes se
proponían descristianizar la sociedad. Como Director de la Congregación le dio un
impulso notable, editando su propia revista "Boletín Educacional". El Instituto
Nocturno San Ignacio con su ampliación postescolar Centro Social San Ignacio y bajo la
tutela del Patronato San Estanislao, es otra iniciativa del P. Correa. Supo también este padre
comprender la importancia y divulgación de buenos libros. Cooperó al establecimiento
editorial apellidado Sociedad Cultura Católica (Librería Splendor), que más tarde dio
origen a la librería San Pablo. El 1940 el P. Correa fue
destinado a la comunidad de Valparaíso; sus obras, en Santiago, subsistieron, lo que
muestra claramente que no realizó obra personalista, pues para cada obra buscaba buenos
cooperadores. Regresó a Santiago en Octubre de 1943 en busca de salud pues declinaba
rápidamente. El Domingo 23 de Julio de 1944 entregó su alma a Dios. En Santiago una calle lo
recuerda con su nombre. SILVESTRE CORREA S.J.
(1858-1917) En Talca, Chile, el
P. Silvestre Correa nació el 31 de Diciem-bre de 1858. Muy joven se trasladó a Santiago
para estudiar y reci-birse de abogado en la Universidad de Chile. Desde su juventud había
dedicado sus energías y sentimientos de su alma a la defensa de sus ideales. Fue un
activo militante en polí-tica, en el Partido Conservador; incluso ese partido lo tuvo
como Di-putado suplente (1886-1887), representando el departamento de Castro al Congreso
Nacional, en tiempos en que la lucha política en defensa de los principios católicos se
hacía difícil. En la Cámara formó parte de la comisión llamada de "Negocios
Eclesiásticos". Defendió con vigor la integridad de la doctrina católica y opuso
tenaz resis-tencia a la persecución arbitraria que desarrolló el Gobierno del Presidente
Domingo Santa María. En ese tiempo no existía aún en Chile la separación de la Iglesia
y del Estado. La Divina Providencia, sin
embargo, tenía otros caminos para este joven. A los 32 años de edad dejó el mundo y
pidió su ingreso a la Compañía. Atravesó, entonces, la Cordillera y el 20 de Febrero
de 1890 era aceptado en el Noviciado en Córdoba, Argentina, bajo la dirección del
Maestro de novicios P. Juan Cherta. Un mes y medio más tarde recibiría a su compatriota
Zoilo Villalón (sobrino), quien también ingresaba al Noviciado. Emitidos los votos del bienio,
el hermano Silvestre fue desti-nado al Seminario Conciliar de Montevideo, Uruguay, donde
fue prefec-to del internado. En 1893 fue enviado al Colegio Máximo de Veruela, España,
para cursar las materias de filosofía; continuó en el Colegio Máximo de Jesús en
Tortosa para hacer la teología que lo llevaría al sacerdocio el año 1898. En 1900 hizo
la 3ª Probación en la casa de la Santa Cueva, en Manresa. Vuelto a Chile, se le destinó
al trabajo preferentemente misio-nal; para eso fue destinado al Colegio San Francisco
Javier en Puerto Montt (1901-1906). El sur del país fue, entonces,
su campo de acción apostólica. Las rudas y pesadas tareas que van anexas al celoso
misionero, anima-do del amor a las almas, fueron para el P. Correa el motivo que lo
impulsaban en su labor apostólica. Trabajaba todo el día y hasta avanzadas horas de la
noche, solo si el cansancio no lo fatigara, cuando había que atender a los pobres que
acudían a las misiones. Allí enseñaba al pueblo las principales verdades de nuestra
doctrina, y estimulaba a las almas para llevarlas al arrepentimiento y a la vida moral. De carácter apacible, por su
trato afable, franco, sencillo, por lo complaciente y servicial que siempre expresaba, se
hizo simpá-tico a todos y con facilidad se ganó los corazones de los fieles. Durante los seis primeros años
de su apostolado, recorrió como misionero infatigable todo el archipiélago de Chiloé y
el continente sur de Chile, desde Maullín hasta Punta Arenas. En 1906 fue trasladado al
Colegio San Ignacio, donde fue sub-prefecto de la Congregación Mariana y de San Luis para
adultos. Para-lelamente trabajó como capellán de la cárcel, además de ser confesor de
los alumnos del Colegio. Las crónicas de la época destacan su pre-sencia en la localidad
de Rio Blanco durante la mortífera y maligna epidemia de la viruela; allí el P. Correa
se dedicó por completo al cuidado de los apestados. Llegó a tal extremo su abnegación
que en muchas ocasiones tuvo que dar cristiana sepultura por su propia mano, a los
cadáveres que quedaban insepultos y abandonados. En 1914 fue enviado a la
residencia en Concepción. Allí pronta-mente se hizo notorio su celo y caridad que
desplegó en bien de los pobres y necesitados. La cárcel y el hospital le tenían siempre
como el más asiduo. Con muchos sacrificios contribuyó al sostenimiento de la Escuela del
Sagrado Corazón. Tras una penosa enfermedad de
dos años, el P. Correa falleció en Santiago el Viernes 2 de Marzo de 1917. Contaba 59
años de edad y 27 de Compañía. JOSE CUPERTINO CUBAS S.J.
(1831-1890) José Cupertino Cubas nació en
la norteña ciudad de Catamarca, Argentina, el 19 de septiembre de 1831, en un hogar
profundamente católico. Su padre, Gobernador de la ciudad, en tiempos del Dictador Juan
Martínez de Rozas fue degollado como muchos otros contrarios a la dictadura. Su edad escolar transcurrió en
las aulas de los padres franciscanos de la misma ciudad. El 8 de enero de 1846 solicitó
su ingreso a la Compañía de Jesús, siendo admitido en el noviciado en la ciudad de
Córdoba. En el noviciado hizo solamente una parte de sus estudios puesto que la
situación se fue haciendo cada vez más difícil por los disturbios provocados durante la
Dictadura. Fue destinado, entonces, al colegio de Santa Catalina en Brasil, más no
pudiendo trasladarse por la vía de Buenos Aires, tuvo que atravesar la cordillera de los
Andes y embarcarse en el puerto de Valparaíso, rodear el cabo de Hornos y, desde la
región austral del continente, dirigirse al puerto brasileño. Una epidemia de fiebre amarilla
acabó con la vida de algunos padres y alumnos del colegio de Santa Catalina. Los
superiores enviaron a este joven jesuita al colegio de Santa Lucía en la ciudad de
Montevideo, hasta que el año 1855 se le destinó a Chile con los PP. Ignacio Gurri, José
León y Calixto Gorardo. Los cuatro pasaron, entonces, a integrar la comunidad jesuita de
la calle Lira en la ciudad de Santiago. Al año siguiente, es decir, en 1856, Cubas fue
asignado al colegio San Ignacio recientemente fundado, y allí siendo todavía estudiante
de teología, desempeñó el cargo de prefecto y profesor, responsabilidad que mantuvo
hasta el año 1863. Entre medio, el 20 de septiembre de 1856, recibió el presbiterado que
le fue impuesto por el Arzobispo de Santiago, Mons. Rafael Valentín Valdivieso. Celebró
su primera Misa el día de San Francisco de Borja -3 de octubre de 1856- en la iglesia
dedicada al santo en Santiago. Por motivos de salud, este
sacerdote fue trasladado a la comunidad de Puerto Montt; en la ciudad sureña en poco
tiempo hizo progresos notables en el estudio del idioma alemán y pudo predicar la palabra
de Dios en dicha lengua. El 2 de febrero de 1864 hizo sus últimos votos en la ciudad de
Puerto Montt. Recobrada la salud, regresó a
los pocos meses a Argentina y fue profesor de humanidades en el noviciado en Córdoba
(1866-1868), como también en el Colegio del Salvador en Buenos Aires que se acababa de
abrir y en el colegio - seminario en Santa Fe. En este último ocupó el cargo de Ministro
y además escribía la historia de la casa (1870-1873). Más tarde fue misionero y debió
acompañar en algunas misiones al Obispo de diocesano de Paraná. Por disposición de los
superiores volvió otra vez a Chile, siendo destinado como profesor al Seminario de
Concepción. Los últimos años de su vida los pasó en la residen-cia de Valparaíso,
dando ejercicios y demás ministerios espirituales, pero sobretodo el de confesor en la
iglesia. En esta última misión pudo aliviar la conciencia de muchísimas personas que
acudían a él. Una antigua dolencia al corazón
se fue agravando con los años. Soportó con paciencia y virtud las molestias de esta
enfermedad. El 28 de octubre de 1890 y habiendo recibido los últimos sacramentos entregó
su alma a Dios, por quien tanto se había esforzado. Contaba con 59 años de edad. Los restos de este hombre de
Dios descansan en la cripta de nuestra Iglesia. CARLOS DEGENER S.J.
(1842-1917) Nació el hermano Carlos (así
quería que lo llamaran) en la ciudad de Arensberg, Westfalia, Alemania, el 13 de
noviembre de 1842, habiendo sido sus padres don Enrique Degener y su madre la señora
Catalina Golschmidt, los cuales le dieron una instrucción esmerada. En 1864 se asoció a los colonos
que emprendieron viaje hacia Chile para instalarse en la provincia de Llanquihue. A su
arribo se dedicó como maestro auxiliar en la enseñanza en la escuela que los Padres
alemanes de Puerto Montt fundaron junto a su residencia. Durante esta labor iba madurando
su vocación al estado religioso. Ingresó por fin en el Noviciado
que la Compañía de Jesús tenía en Santiago en la calle Lira, el 14 de junio de 1865.
Pasó los diez primeros años en las dos casas que los jesuitas tenían en la ciudad de
Santiago, ocupándose unas veces en la sastrería y otras veces en el cuidado de las cosas
domésticas. Hechos los últimos votos el 8 de diciembre de 1875, fue enviado al Colegio
de Santa Fe en Argentina. Después de esos años pasó al Colegio del Salvador en Buenos
Aires y de aquí al de Montevideo, Uruguay, después de un período igual de tiempo. Al
año volvió al Colegio de Santa Fe, donde desarrolló una labor muy provechosa
desempeñando los cargos de profesor y de prefecto del Colegio. Conocidas sus relevantes
aptitudes fue trasladado al Colegio San Ignacio en Santiago de Chile el año 1884. Cinco
años más tarde, o sea, en 1889, pasó a Puerto Montt, donde por espacio de 30 años, y
hasta su muerte, estuvo dedicado a la enseñanza, especialmente de los cursos inferiores. Alto de estatura, de salud
robusta, noble en su lenguaje y proceder y de ingenio agudo, el Hermano Carlos poseía
cualidades que lo hicieron apto para la vida de los colegios. De ahí que sus alumnos
guardaban cariñosos recuerdos y sincero afecto aún después de más de 30 años. Cuando en 1915 celebró sus 50
años de ingreso en la vida religiosa, todos sus exalumnos, no solamente los de la
provincia de Llanquihue, sino también los esparcidos en las diversas ciudades de la
República, y aún los residentes en el extranjero, se hicieron presentes y enviaron sus
felicitaciones en testimonio de cariño y de agradecimiento. Era el buen Hermano Carlos una
persona piadosa, obediente, sufrida en los trabajos y contrariedades, empeñoso y
cumplido, humilde y deseoso del adelanto de sus alumnos. En sus conversaciones siempre
cultas, interesantes y francas, sabía difundir los atractivos de la virtud y del amor a
la verdad y rectitud. No hay duda de que los 40 años que ha ejercido la enseñanza, ha
cosechado preciosos y abundantes frutos de instrucción y santificación en una pléyade
de exalumnos y conquistado para sí una corona inmarcesible en el cielo. Un cáncer maligno del estómago
fue debilitando su salud y minando su vida en 1917. Trasladado al hospital durante su
enfermedad para ser mejor atendido, sufrió con paciencia y resignación los grandes
dolores y la molestias de su mal, sin quejarse jamás, hasta que el lunes de Resurrección
de Así mueren los justos.
Trasladado el cadáver a la iglesia del Colegio, permaneció allí hasta el miércoles,
día en que se efectuaron los funerales solemnes. Todo el alumnado del Colegio y un gran
número de exalumnos venidos de todas partes acompañaron los restos mortales al
Cementerio parroquial. Guillermo Ebel S.J. OBREROS DEL EVANGELIO: Los cuatro dejaron la vieja
Europa Central con deseos de "hacerse la América" en el nuevo continente. Los
caminos del Señor, sin embargo, eran otros y similares para estos cuatro jóvenes que
dejaron su tierra natal, familia, cultura, etc. Y con una entrega generosa, respondieron a
la invitación que el Señor les hacía para seguirlo. Y para los cuatro, el colegio San
Francisco Javier fue su puerta de entrada a la Compañía. CARLOS DEGENER
(1842-1918), no constituyó lo que sociológicamente forma una familia, pero fue notable
su influencia en la educación de muchos alumnos que pasaron por las aulas del colegio
"San Francisco Javier" de Puerto Montt. A los 21 años de edad el joven
abandonó su tierra natal, Westfalia, Alemania, y se embarcó hacia Chile en busca de
trabajo; en la barca "Augusto" arribó a Puerto Montt el 6 de Marzo de 1864.
Allí conoció a los Padres jesuitas; en ellos vio un signo de Dios y al poco tiempo -14
de Junio de 1865- solicitó su ingreso a la Compañía de Jesús. En la Compañía se ganó el
aprecio y la confianza de cuantos lo conocieron en las distintas comunidades donde
trabajó, sean éstas en Chile, Argentina o Uruguay. En las celebraciones fueron siempre
muy celebradas las felicitaciones de dicho Hermano: empezaba con una dedicatoria en
castellano, seguía con unos versos en alemán, continuaba con un buen párrafo en latín,
y concluía con un afectuoso saludo en francés. Por 28 años continuos ejerció
el magisterio en el Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt, sin contar los once
años que pasó en los colegios de Santiago, Santa Fe y Montevideo, ocupado también en la
educación de los niños. Más de alguna alta autoridad que desempeñó cargos en la
República Argentina fue su alumno, y aprendió de sus labios las primera nociones del
catecismo y los rudimentos de la gramática y aritmética. Estaba en Puerto Montt cuando el
Señor lo llamó el 1 de Abril de 1918. Dotado de una inagotable bondad, Degener, se
olvidaba de sí mismo para hacer el bien a sus prójimos. Al ocurrir su deceso un exalumno
escribió: "Era el H. Carlos el pedagogo con conocimientos profundos de
psicología; sabía atraerse a los alumnos, infundirles espíritu de estudio, de
observación y de constancia en el trabajo. De exquisito trato, su conversación y sus
lecciones eran amenísimas; su porte aristocrático y su alta frente, la expresión
bondadosa, su inteligente y escrutadora mirada, eran dones naturales perfeccionados con el
estudio y la práctica de las grandes virtudes cristianas". MAXIMILIANO WAGNER
(1840-1919), nacido en Heiligkreuzthal, Wurtemberg, el 17 de Enero de 1840. En el velero
"Iserbrook" se trasladó a Puerto Montt a donde llegó el 1 de Noviembre de
1860. Hacía un poco más de un año que habían arribado los tres primeros jesuitas y muy
pronto se relacionó con ellos. El 2 de Junio de 1862 fue
recibido como postulante en la Compañía de Jesús. El 9 de Septiembre de 1912 la
comunidad de Puerto Montt festejó los 50 años de Compañía del hermano Wagner con una
Misa solemne en la iglesia de los jesuitas. El hermano Wagner escribió
algunas notas sobre Puerto Montt antiguo. Sus últimos años los pasó en la residencia de
Concepción. Falleció en esta última ciudad el 18 de Junio de 1919. RODOLFO OCHNITZBERGER
(1881-1950), había nacido en Langenwang, Austria, el 6 de Mayo de 1881, en un hogar
campesino, profundamente cristiano y bendecido por Dios con varios hijos. De joven sufrió ataques de
epilepsia. Le pidió a la Virgen de Lourdes que le permitiese llegar hasta sus plantas en
la gruta de Masabielle, Francia. El mismo contaba que se lavó la cara en las aguas de la
gruta y desde ese día desapareció la dolencia. A los 28 años abandonó su
tierra para venir a América. Llegado a Buenos Aires resolvió emprender viaje a Chile
recorriendo a pie la distancia entre aquella capital y Santiago. No fue el único viaje de
largo aliento, ya que un tiempo más tarde se fue en igual forma de Santiago a Antofagasta
y encontró trabajo en Tocopilla. De ese modo, en lo natural, fue endureciendo su cuerpo y
templando su carácter, cosa que tanto le habría de servir más tarde en su vida
religiosa. En 1915 trabajaba en una
maestranza de vapores en Puerto Montt. En la ciudad sureña comenzó a tratar con el P.
Duschl y fue admitido en la Compañía, ingresando en el Noviciado en Córdoba, Argentina,
el 18 de Febrero de En el Noviciado fue siempre
extraordinariamente trabajador y devoto. Era universalmente querido por su gran sencillez
que dejaba transparentar una hermosa alma de niño y por su tierna devoción a la Virgen. En 1919 pasó a la residencia de
Mendoza donde estuvo casi un año, haciendo de hortelano y encargado del comedor. De allí
fue destinado a la pequeña residencia de Puerto Octay, donde pasaría 19 años de una
vida humilde y edificante, de intenso trabajo, desempeñando él sólo todas las
ocupaciones domésticas, atendiendo a los dos Padres que allí había dedicados a los
ministerios parroquiales. Después, en En sus últimos meses, confinado
en su pieza en la enfermería, trataba de que se le diera algún trabajo, para no estar de
ocioso. No era fácil hallar algo compatible con su salud; pero él se las ingenió para
arreglar chapas, afilar cuchillos, etc. Entretanto se dedicaba
intensamente a los ejercicios de piedad. Solía rezar siete u ocho rosarios por día.
Tenía especial afición por la lectura de libros piadosos, sobre todo por la vida del
Santo portero capuchino San Conrado de Parzham. Se preparó a bien morir con la
mayor tranquilidad y con la misma naturalidad se refería a su cercana muerte. El 26 de
Septiembre de 1950 se durmió serenamente en el Señor con su rosario en la mano. ANTONIO MERTEN
(1890-1971). Conoció a los jesuitas alemanes en Puerto Montt. Siendo ya adulto y formado
en la escuela del trabajo, ingresó a la Compañía el 28 de Septiembre de 1934. Había nacido en Coesfel,
Alemania, el 5 de Octubre de 1890. Su familia westfaliana era verdaderamente cristiana. Su
hermano José también ingresó a la Compañía, pero falleció durante sus años de
noviciado. Sus cuatro hermanas profesaron como Religiosas de la Caridad Cristiana. Su vocacin se manifest siendo
muy joven. Pero no pudo ingresar entonces porque debi mantener a su madre viuda, quien
haba quedado en situacin muy precaria despus de la primera guerra europea. Mientras fue
seglar su actividad laboral no fue impedimento para llevar una vida de oracin; escuchaba
la misa cotidiana, desde la cual se diriga a la farmacia donde era un empleado de
confianza. Esa piedad y oración se
acrecentaron en la Compañía. Sus años de experiencia en farmacia le sirvieron para su
misión de cuidar los enfermos en las comunidades donde estuvo: Chillán, Calera de Tango,
Padre Hurtado, fueron los lugares donde transcurrió la vida de este humilde hombre que
siempre mostró mucha solicitud y caridad para los enfermos, a quienes no sólo confortaba
con los remedios corporales, sino también con sus palabras repletas de sentido
sobrenatural y espíritu religioso. Merten supo encarnar en su vida las palabras del
Prefacio del propio de la Compañía: "...para que nuestra Compañía, con tal
auxilio, pueda promover en todas partes tu gloria con mayor eficacia y dedicarse más
intensamente a su misión". El Hermano Merten falleció el
19 de Febrero de 1971 y sus restos descansan en el cementerio de la Casa de Ejercicios en
Padre Hurtado. VICTOR DELPIANO S.J.
(1889-1971) "Fue todo un
símbolo, todo un hombre de los que tanto se necesitan; todo un apóstol peleando la gran
batalla del bien, de la fe, hasta el último momento de su día que para él alumbró 82
largos años y que ahora es eterno. De aspecto duro y palabras cortantes para el que no le
conocía, bastaba hacer la incisión de esa corteza áspera para que destilara miel...sus
palabras, su comprensión única de la debilidad del corazón humano justo al don
maravilloso de saber escuchar, su consejo breve y profundo, eran el apoyo moral,
espiritual y hasta material de ese sacerdote ejemplar. Se levantaba cuando aún brillaban
las estrellas para celebrar la primera Misa, y así se le hacía corto el día... " Este abnegado discípulo
de San Ignacio había nacido en Santiago el 19 de Febrero de 1889; entró a la Compañía
el 3 de Mayo de 1908 en el Noviciado en Córdoba, Argentina, después de haber trabajado
en la administración de la Revista Católica. Formado en Argentina y en
España, se ordenó el 26 de Julio de 1925 en el Colegio Máximo San Ignacio en Sarriá de
Barcelona. La etapa del magisterio la había hecho en el Colegio Sagrado Corazón en
Montevideo entre los años Llegado a Chile ya
sacerdote, el P. Delpiano fue destinado al Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt,
donde trabajó desde Periódicamente el P.
Delpiano escribía para "Noticias de la Región chilena de la Compañía de
Jesús" sobre los trabajos y apostolados. De una crónica del año 1936, referida a
la procesión organizada por el Sindicato de Fleteros marítimos de la ciudad, extraemos: "San
Pedro y San Pablo. Día hermoso, esto es, sin lluvia aunque frío y nublado. El mar
tranquilo como una balsa de aceite...Intensa actividad de los "fleteros" para
una gran fiesta religiosa por mar y tierra. A las 10,30 Misa solemne y bendición del
estandarte del gremio de los "fleteros" en la iglesia parroquial, que se hallaba
repleta, sobre todo de hombres. Hablóles el Padre Delpiano, quien durante media hora hizo
ver claramente como la Iglesia Católica, fundada por Jesucristo sobre la roca de Pedro,
fue siempre y sigue siendo la que, verdaderamente se ha preocupado del pueblo. Tan
entusiasmados quedaron, que a petición de los mismos "fleteros" tuvo el Padre
que dirigirles nuevamente la palabra a la multitud que llenaba la plaza principal después
de la procesión marítima. Esta comenzó a la una y media con un gentío
inmenso. La Acción Católica había invitado a todas las Congregaciones y a todos los
colegios católicos como un homenaje al Papa, y todos correspondieron brillantemente. El
escanpavias "Sobenes" trajo a remolque de Panitao y Maillén 12 lanchas repletas
de gente como venía él mismo; de Piedra Azul llegaba conduciendo más lanchas el
remolcador "Laja", mientras que aquí el "Taltal" comenzaba a recorrer
la gran bahía paseando triunfalmente la imagen de San Pedro, colocado sobre una gran
chata y muy bien adornada, y seguida de gran número de botes, todos rebosando de gente,
además de la multitud que llenaba el muelle y malecón, y presenciaba aquel grandioso
espectáculo, y se conmovía de entusiasmo a los acordes de la banda "San
Lorenzo", mezclados con los cánticos y vivas que llenaban toda la bahía". Después lo verá la
ciudad de Concepción en su afanes cuando el terremoto del 24 de Enero de 1939 lo asoló
todo. Allí se encontrará a las puertas de la muerte; agotada su salud para la cual no
guardó nunca la menor consideración. Entonces fue trasladado a Santiago. "Aquí
las clases de matemáticas, el confesionario con larga cola de penitentes niños,
adolescentes, jóvenes. "Le recuerdo una tarde de invierno metido en su confesionario
en la iglesia obscura y alumbrado por una ampolleta que se había hecho instalar. Allí
estaba con un alto de cuadernos de tareas que corregía afanoso. -¿No te da vergüenza
estar corrigiendo tareas en el confesionario? -¿Crees tú, me dijo
que hay diferencia entre la pieza y el confesionario para trabajar por Dios? Aquí, al que
llega lo confieso sin que espere o sin que se vaya porque no encontró a nadie en la
iglesia. A ver, ponte por el lado y te confiesas". Era así, en todo
práctico, en todo de Dios, en todo niño y en todo hombre. Se le abrían las puertas más
infranqueables porque tenía la llave secreta de una bondad no afectada. Nadie le negaba
nada porque lo veían que él daba todo". (Diario "El Mercurio",
24.02.1971). Simultáneamente a sus
clases del Colegio, tenía en escuelas para niños pobres, lo que le granjeó gran
popularidad infantil, por su carácter bondadoso y festivo, como también por su
dedicación en ayudar a sus alumnos. Este cariño y preocupación apostólica por los
niños lo convirtieron en el promotor de la revista "Vidas Ejemplares" en todo
el país. Falleció junto a su iglesia el 22 de Febrero de 1971. ANTONIO DREIMULLER S.J.
(1860-1936) Llegó a Puerto Montt
junto con el P. Gaspar Bohle S.J. el 12 de Diciembre de 1897. Y permaneció en la ciudad
sureña hasta que se lo llevó el Padre Eterno el 13 de Abril de 1936. Treinta y ocho años en el
Colegio San Francisco Javier, donde dio permanentes señales de actividad intelectual y de
buen gusto artístico, y lo que fue más: abnegado y edificante religioso jesuita. Dejando las excelentes
expectativas que su talento le ofrecía en la actividad secular, cuando concluía sus
estudios de arquitectura, ingresó a la Compañía estando ésta prescrita en Alemania, y,
por lo tanto, debió hacerlo en el Noviciado en Exaeten, Holanda, el 20 de Febrero de
1883. Sus profundos
conocimientos de las matemáticas, le permitieron realizar valiosos trabajos científicos,
muchos de ellos elogiados por publicaciones extranjeras, como ser: "Duración del
crepúsculo astronómico y civil en Puerto Montt" y "Hora de salida y puesta del
sol en Puerto Montt", ambos de manera gráfica y sencilla. Otro campo de sus
actividades fue el trabajo artístico. Algunos de sus principales aportes fueron, en
Puerto Montt: altar mayor y púlpito del templo parroquial; expositores y bancos del
antiguo hospital Santa María; altar de la Congregación en la iglesia del Colegio San
Francisco Javier, además del tabernáculo y expositor del mismo templo. En la ciudad de
Osorno, levantó el hermoso altar mayor de Dicha actividad artística
fuera del Colegio, se complementaba con la enseñanza del dibujo lineal y de las
matemáticas, que como hemos expresado, dominaba a la perfección. Dominaba también el
inglés, francés, y, por supuesto alemán. Junto a nuestro buen
hermano Dreimuller, hubo en esos años en el "Melipullanum Collegium Inchoatum",
otros nueve Hermanos Coadjutores; Carlos Dégener, Reinaldo Khaler, Bernardo Middendorf,
Esteban Pajak, Luis Peters, Francisco Ribler, Miguel Schoepf, Marcelo Molina y Martín
Irigoin, todos ellos abnegados religiosos que había dejado su patria para colaborar en
las tareas apostólicas de los sacerdotes del sur de Chile. En 1933 el hermano
Dreimuller celebró sus 50 años de vida religiosa en la Compañía de Jesús. Como es
costumbre la comunidad entera participó en su Acción de gracias al Señor, y el diario
local, "El Llanquihue", le rindió un significativo homenaje. El hermano había nacido
en Obertbettingen, Alemania, el 14 de Octubre de 1860. Al fallecer tenía 76 años de edad
y 53 de vida religiosa. FRANCISCO DUHALDE S.J.
(1879-1971) De origen vasco francs, el Hno.
Francisco Duhalde haba nacido en Urrugne, el 30 de Marzo de 1879. Con veinte años de edad emigró
hacia Argentina; llegó en 1899 con la idea de hacerse monje benedictino. Empero, los
caminos de Dios eran otros y lo condujo a la ciudad de Córdoba para que ingresara al
Noviciado de los jesuitas, el 19 de Marzo de 1903, festividad de San José. Hechos los votos del bienio,
peregrinó por las casas de Buenos Aires: residencia de Regina Martyrum, colegio del
Salvador, Seminario de Villa Devoto, además de dos años en el colegio Sagrado Corazón
en Montevideo. En 1917 cruzó la cordillera de
Los Andes llegando a Chile. Diez años en el colegio San Francisco Javier en Puerto Montt,
otros diez en el noviciado en Chillán, once en el colegio San Luis en Antofagasta, para
finalmente pasar al Colegio Loyola en Padre Hurtado, donde transcurrieron los últimos
veinte años de su vida. A todos los que lo conocieron,
les impresionó siempre su profundo espíritu religioso y sobrenatural. Las comunidades
por donde pasó fueron testigos del esfuerzo de este infatigable obrero de la "viña
del Señor". "Dios permite las cosas", era la explicación que solía tener
a flor de labios para desenredar los acontecimientos y la difícil trama de la vida de los
hombres. Duhalde fue también un hombre
de extraordinaria dedicación al trabajo, de profunda amor a la Compañía y a la Iglesia.
Su vida fue un permanente testimonio de fe y de espíritu religioso que sabía contagiar a
quienes lo trataban. Este obrero del evangelio
falleció en la Casa de Formación en Padre Hurtado el 16 de Enero de 1971. Pasó los
postreros años de su vida semi inválido, ganándose el pan hasta el final con el sudor
de su frente, aprovechando las últimas fuerzas que le restaba en partir almendras y
descascar nueces, contagiando a cuantos lo visitaban con la indomable fortaleza de su
espíritu de vasco francés. JUAN BAUTISTA DUSCHL S.J.
(1873-1956) La venerable figura del P.
Duschl merece destacarse junto con los valientes jesuitas alemanes que le precedieron en
esa porción de la viña del Señor, acompañando a los colonos católicos que, en su
mayoría, se ubicaron en Puerto Montt y alrededores del lago Llanquihue. El P. Duschl había nacido
el 30 de Marzo de 1873 en Gern, provincia de Niederbayern, Alemania. Ingresó al Seminario
de la diócesis de Passau, donde fue ordenado sacerdote el 29 de Junio de 1897. Al año
siguiente, optó por la vida religiosa. Ingresó al Noviciado en Tisis de la Provincia de
Alemania, el 30 de Septiembre de 1898. Concluidos los dos años de noviciado, pronto fue
destinado al sur de Chile. Acompañado del P. José
Meyer S.J, el 20 de Agosto de 1903 desembarcó en el puerto de Corral; cuatro días más
tarde llegaban ambos jesuitas a Puerto Montt. En esta ciudad sureña y
alrededores del lago Llanquihue le esperaban 53 años de ininterrumpido trabajo. Su figura
legendaria, montado en su fiel Zepelín, ha pasado a la historia, destacándose en el
fondo azul del lago y en la blancura de los volcanes Osorno y Calbuco. Tres años permaneció el
padre en Puerto Montt como ayudante de la Parroquia; fueran esas sus primeras escaramuzas
de misionero. En 1906 pasó a Puerto Varas con el cargo de Superior de la comunidad y
Párroco. Testimonio de su trabajo en esa ciudad son el cerro Calvario con las hermosas
imágenes del Vía Crucis traídas ex profeso desde Alemania; la Gruta de la Santísima
Virgen, ubicada junto a la calle principal, y las calles que el párroco tuvo buen cuidado
de bautizar con nombres del santoral de la Iglesia. El año 1912 el P. Duschl
fue nombrado Rector del Colegio "San Francisco Javier" en Puerto Montt, cargo
que conservó hasta 1919. Pero su temperamento no era para estar encerrado entre las
paredes y patios del Colegio; necesitaba el campo, la lluvia, las azules aguas del lago,
su amplia manta de castilla, el Zepelín...En 1919 regresó de superior y párroco a
Puerto Varas, donde permaneció hasta 1927. Aquel año, al dejar los
jesuitas la casa de Puerto Varas, el P. Duchsl hizo entrega de la Parroquia al Obispado.
Era el primer desprendimiento del campo que había trabajado con tanto entusiasmo. La
obediencia se ponía a prueba. Pero el sacrificio se haría por etapas. En 1928 falleció
en Puerto Octay el anciano P. Juan Mellwig, fundador de esa Parroquia; quedaba sólo allí
su ayudante el P. Cristian Harl. Entonces, el P. Duschl con inmenso gozo de su alma, fue
trasladado a ese rincón del lago, para ser, a su vez, ayudante del P. Harl, hasta que
éste, acabado también por los años y trabajos, entregara dicha Parroquia a su excelente
Vicario. No tardó mucho en suceder esto: el P. Harl falleció el 15 de Marzo de 1935. El
P. Duschl contaba 54 años al llegar a Puerto Octay; habría de permanecer allí los 20
mejores años de su vida de misionero. Puso al servicio de la Iglesia una salud de hierro
y una constancia indomable. No hubo sitio de su extensa Parroquia que no visitara,
proporcionando los consuelos de la fe a los feligreses desparramados junto a las blancas
montañas y al borde de los lagos. Su caballo, el Zepelín, que lo acompaña incluso
cuando navegaba en los vapores del lago Llanquihue, era popular en toda la región y nadie
le negaba el derecho a pastar y beber en cualquier parte. Pero nada es eterno en
este mundo. En 1946, al morir el P. Teodoro Ebel, que le había sucedido en el oficio de
Párroco quedando nuestro P. Duschl como Vicario, la Compañía entregó la Parroquia al
Obispado. Un nuevo y más duro sacrificio para el misionero de 74 años. En Frutillar, al
borde del lago, encontró el padre un nuevo campo para su celo apostólico hasta 1950. Los
años, sin embargo, comenzaron a hacerse sentir. Los superiores lo enviaron, entonces, a
Puerto Montt, pero sin abandonar jamás, sino en los últimos meses, sus excursiones
apostólicas por sus antiguos campos de la juventud sacerdotal. Su último Superior dejó
un retrato fiel de su personalidad. "Podemos resumir su vida de apóstol en esa
sencilla expresión con que la gente describía la acción de Jesús: "Pasó haciendo
el bien. No perdonó la fatiga ni el sacrificio por llevar el consuelo a las almas y la
doctrina salvadora a los rincones más escondidos de la región. Allí donde ningún
sacerdote había penetrado, llegó el P. Duschl, celebró la Santa Misa o administró los
sacramentos, llevando el alivio espiritual a las almas". "En su entrega a
Dios, no supo de medianías, lo hizo por completo, con toda su alma y, como un holocausto
se consumió en el servicio del Señor. Hombre austero por naturaleza, fue exigente en el
cumplimiento de la vida cristiana, pero él fue siempre adelante con el ejemplo". Este santo y justo hombre
de Dios falleció el 29 de Abril de 1956 en el hospital Santa María en Puerto Montt.
Soportó con admirable paciencia cuatro largos meses de cama; con gran piedad y devoción
recibió los santos sacramentos y tuvo el consuelo de poder comulgar hasta el mismo día
de su muerte. Tenía 83 años de edad,
59 de sacerdocio, 58 de jesuita, 53 de permanencia en la zona de Puerto Montt y
alrededores. Manuel Fincheira S.J. GUILLERMO
EBEL S.J. (1884-1964) Sus padres, inmigrantes
católicos westfalianos, habían llegado a Puerto Montt el año 1883. Nacido el 22 de
Abril de 1884 en esta ciudad, conoció a los jesuitas alemanes, llegados precisamente para
atender a los inmigrantes. Sus estudios primarios los
cursó en el Colegio "San Francisco Javier", los continuó en el Seminario
"San Carlos" de Ancud, que en aquellos años regentaban los jesuitas. Concluidos
éstos, siguió los pasos de su hermano Teodoro, ingresando al Noviciado en Córdoba,
Argentina, el 29 de Marzo de 1900. En 1902 emprendió viaje a España para iniciar el
juniorado en Veruela y filosofía en el "Colegio Máximo de Jesús" en la ciudad
de Tortosa. Desde La personalidad de este jesuita
es conocida en toda América del Sur, especialmente en Chile, donde dedicó 45 años al
servicio de la educación de la juventud. En el Colegio "San
Ignacio" desempeñó durante 25 años las cátedras de Química, Biología y Ciencias
Naturales. Paralelamente y durante 11 años enseñó Geografía Física y Cosmografía.
Trasladado después al Colegio San Francisco Javier, durante 14 años enseñó Química y
Biología. El P. Guillermo Ebel es autor de
diferentes textos para el 2º ciclo de humanidades: Biología Animal e Higiene (3
tomos), Biología Vegetal (2 tomos), Biología General. De este último
expresa en el Prólogo: "Está destinada para la preparación del examen de 6º
año de humanidades, como también para el bachillerato. Muchos de estos temas han ocupado
la vida entera de hombres sabios e ilustres. Y como ellos están enlazados con muchos de
otros problemas, ha sido necesario poner algo más de lo que indica el programa, de lo
cual provino lo voluminoso de la obra". "Téngase presente que
una clase de semejantes temas no se improvisa, sino que exige una preparación esmerada.
El libro está escrito con un criterio recto, libre de prejuicios y con profundidad
científica". El prestigio internacional del
P. Ebel se cimentó en las obras de carácter científico que publicó, y que durante
décadas sirvieron de textos de estudio y consulta en universidades y colegios, tanto en
Chile como en países extranjeros. Especialmente valiosos son sus trabajos relacionados
con la labor botánica del jesuíta, Juan Ignacio Molina, en los cuales defendió las
ideas que el religioso tenía sobre algunas plantas descritas por él. Como científico de actuación
reconocida fue Presidente del Consejo Astronómico de la Universidad Católica de Chile;
Vicepresidente de la Academia de Ciencias Naturales de la misma Universidad;
Vicepresidente de la Sociedad Meteorológica de Chile. Fue también invitado a hacerse
miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York: "Se le hace esta invitación por
su acreditada contribución y constante interés en el progreso de las ciencias, lo cual
lo acredita a usted indiscutiblemente para pertenecer a esta Academia. cuenta esta
Academia con más de 15.000 miembros comprendiendo a muchos preeminentes sabios y
conocidos internacionalmente, dedicados a diversos campos científicos", señala
la carta invitación del 6 de Diciembre de 1960, firmada por el Director Ejecutivo. Y en 1961 fue nominado
"Académico Honorario" de la Academia Chilena de Ciencias Naturales. Sus
conferencias y otras obras fueron publicadas en revistas chilenas y extranjeras. Unía a su ciencia una marcada
afición musical: durante muchos años fue organista en nuestras iglesias de Santiago y
Puerto Montt. Compuso la letra y la música del Himno del Colegio San Francisco Javier de
Puerto Montt: "Siempre
puedes altiva levar El P. Ebel, no obstante ser una
personalidad sobresaliente, era un sacerdote sencillo y servicial. Su ambición no era
otra que cumplir su deber ante todo, con exactitud y constancia. Sus tres últimos años fueron
en Valparaíso y uno en Santiago. Una ceguera sorpresiva limitó sus actividades.
Falleció en Santiago el 10 de Mayo de 1964. (Hugo Gunckel L: "El R.P. Guillermo Ebel
1884 -1964". Anales de la Academia Chilena de Ciencias Naturales. Santia-go, 1964,
pp.179 ss). TEODORO EBEL S.J. (1881-1946) En el pequeño, pero
pintoresco pueblo de Octay, que se anida en la costa norte del lago Llanquihue, más hacia
la cordillera que hacia el mar, se extinguió, el 8 de Marzo de 1946, la vida del P.
Teodoro Ebel Beiler S.J, como si se hubiese extinguido una gran luz que ilumina a toda una
región. Este ejemplar sacerdote había
nacido en la ciudad de Menden, Provincia de Westfalia, Alemania, el 26 de Octubre de 1881.
Fue traído a Chile por sus padres cuando sólo contaba con dos años de edad. Sus
primeros estudios los cursó en el Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt. Más
tarde, sensiblemente inclinado al sacerdocio, se dirigió a la Argentina para ingresar al
Noviciado de la Compañía de Jesús en Córdoba el 27 de Febrero de 1897. El 15 de Abril de 1899 se
embarcó en Buenos Aires para dirigirse a Veruela, España, dando comienzo a sus estudios
de lenguas clásicas y retórica. Concluido el juniorado fue
destinado al Colegio Máximo de Jesús en Tortosa para los estudios de filosofía entre
1905 y 1907. La experiencia de magisterio la realizó en el Colegio del Salvador en Buenos
Aires entre 1908 y 1912 (allí la santa obediencia puso junto a los dos hermanos: Teodoro
y Guillermo Ebel). Los estudios superiores los
continuó en España, para ser ordenado sacerdote el 1 de Julio de 1915 en Murcia (colegio
Jerónimo), ejerciendo posteriormente el sacerdocio en Barcelona y Buenos Aires. Vuelto a Chile estuvo en
Chillán y Puerto Montt, donde con abnegación absoluta se dedicó a diversas obras de
apostolado, dejando en ambas ciudades una huella que difícilmente se borrará. Su
apostolado predilecto fue la Congregación Staba Mater; a través de ella el P. Teodoro
fue el iniciador de la capilla de la Población Modelo en Puerto Montt. Se adquirió una
casa y se acondicionó para una capilla que era pequeña y de construcción antigua y
mala. Finalmente, fue nombrado Párroco de Puerto Octay, donde le sorprendió la muerte al
poco tiempo de cumplir 49 años de vida religiosa y 30 de fecundo e intenso apostolado,
los últimos 10 en esa villa. Un mes después de su inesperado
deceso, los diarios "El Mercu-rio", "El Diario Ilustrado" y "El
Imparcial" de Santiago, publicaron un artículo de L.O.F. que, en pocas palabras,
resume la vida de tan noble sacerdote y el carácter su apostolado: "Al cumplirse
hoy un mes de su santa muerte, podemos cristianamente recordarla, y recordar al mismo
tiempo el rasgo sobresaliente de toda su vida: salvar su propia alma y, con su ejemplo,
encender en los demás la fe y la bondad que ardía en su generoso cora-zón". "Soldado sencillo y
constante de Cristo, desde que oyó, cuando niño, su suave llamamiento. El P. Ebel murió
como tal callada, pero heroicamente, en el recto e incansable combate, cuyas heridas el
amor a su Señor trocaban en paraíso. Cayó súbitamente desplomado, cuando las campanas
de su querida Parroquia de Puerto Octay se aprestaban aquella mañana para anunciar su
diaria Santa Misa; más, pronto sus tañidos funerarios traducían el dolor de cuantos le
conocieron en tantas partes durante sus 40 años de celo y fidelidad ejemplares en la
ínclita Compañía de Jesús". "Al despedirse terrenal
envoltura, ¡qué bien podía decirse de él, sin herir ya su modestia, que era todo un
santo!. "Siempre dispuesto a
obedecer como un niño, siempre sonriente y cariñoso, irradiando pureza y santidad, el P.
Ebel dejó ejemplo edificante en los Colegios de Santiago, Chillán, Puerto Montt, Buenos
Aires, Córdoba y Barcelona. Sus últimos 8 años los pasó como celosísimo pastor en la
hermosa región sureña. Allí se enfrentó a la muerte, que a todos nos acecha como un
ladrón. Pero él siempre lo había dicho: "Estoy preparado para cuando el Señor
quiera llamarme. Hágase su santa voluntad". ¡Qué postrera lección para los que
quedamos en este mundo!. Sin duda que desde el cielo será él ahora uno de nuestros más
fieles intercesores". RAMON ECHANIZ S.J.
(1897-1974). De la tierra de San Ignacio, el
P. Ramón Echániz era natural de Azcoitía, España,. Su padre don José Echániz
Berestain era agricultor y su esposa doña Rosa Aspitarte Epelde dueña de casa y madre de
diez hijos. Ramón el octavo vino al mundo el 22 de Mayo de 1897. Los estudios básicos los hizo
en la escuela fiscal de su ciudad natal; los estudios medios en el Seminario Menor de
Javier. El 5 de Julio de 1913 solicitó su ingreso al Noviciado en Carrión de los Condes,
España, y perteneciente a la Provincia de Castilla. Después de los votos del
bienio, hizo sus tres años de Juniorado en Carrión de los Condes y en Burgos. En el
Colegio Máximo de Oña cursó las materias de filosofía y teología, hasta que se
ordenó de presbítero el 29 de Julio de 1927 en la capilla de dicho Colegio Máximo. Su primer destino fue al Colegio
San Ignacio en San Sebastian. El año 1929 fue Ministro de la comunidad, prefecto de
disciplina del Colegio y profesor. Los años 1930 y 1931 fue Rector del mismo Colegio. Entre los años 1932 y 1936
estuvo como Profesor de Teología Fudamental en la Pontifica Universidad Gregoriana, PUG,
en Roma. Simultáneamente fue profesor repetidor de teología para los alumnos en los
Colegios Español y Pío Latinoamericano en Roma. A comienzos de 1937 fue
destinado a la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Chile. Comenzaría
entonces una extensa actividad apostólica, más allá de las aulas universitarias. Su
especialidad era la Teología Fundamental, (que enseñaba en latín), pero también fue
Decano de dicha Facultad y miembro del Consejo Superior de la Universidad, cargos que
desempeñó durante once años, entre 1948 y 1959. Con el P. Echániz fueron cuatro
los jesuitas que llegaron a enseñar a la Facultad de Teología, en sus comienzos: los
otros fueron los PP. Juan María Restrepo, colombiano, primer Vice Decano y después
Decano de la Facultad, llegó en 1935; Gustavo Weigel, norteamericano, profesor de
Teooogía Dogmática, y Victor Anzoátegui, español, profesor de Sagrada Escritura. Los
cuatro habían sido pedidos por el Rector de la Universidad, Mons. Carlos Casanueva
Opazo,, al Superior General de la Compañía de Jesús, según un compromiso que este
último había tomado de dar a la Facultad todos los profesores que necesitara,
siempre que se pidieran con un año de anticipación. El P. Echániz era un hombre de
capacidad pocas veces vista. A lo anterior hay que agregar que entre 1944 y 1949 fue
Rector del Colegio San Ignacio en Santiago, profesor de apologética a los alumnos de 4º
de humanidades. Bajo su rectorado, y con la cooperación del P. Raúl Montes, se
construyó el nuevo edificio del Colegio, sección Alonso Ovalle. También fue Director y
profesor durante 21 años en el Hogar Catequístico, destinado a la formación de
profesores de religión, además de Consultor de la Viceprovincia chilena. Su largo
decanato de once años, fue una etapa tranquila, pero eficiente de consolidación de la
Facultad en sus características y tareas propias y, en la medida de las circunstancias,
de resultados, si no sobresalientes, al mejos no despreciables. En 1961 fue destinado como
Superior de la Residencia en Valparaíso. Allí fue Director y profesor del Hogar
Catequístico (en Viña del Mar), profesor en los colegios Rubén Castro y Sagrado
Corazón en Viña del Mar. No tuvo inconveniente para continuar con sus clases de
Teología Fundamental en la Univeridad Católica de Santiago. Regresó a Santiago y en los
años 1963 y 1964 lo tenemos como Vicerector del colegio San Ignacio, sección el Bosque,
además de profesor de religión y Director del Centro Apstólico, destinado a ayudar a
las parroquias más pobres. La Congregación del Apostolado Popular lo tuvo de Asesor.
Frecuentemente dirigía Ejercicios espirituales, predicaba misiones populares, atendía
confesiones y dirección espiritual, capillas de barrio como la de población Buzeta y
otros ministerios. Dotado de una brillante voz de
tenor, alguna vez avctuó como solista en el Teatro Municipal de Santiago, en algún
oratorio de Jorge F. Haendel, como antes lo había hecho en pleno Augusteo de Roma, junto
con toda la Capilla Sixtina para alguna misa de Lorenzo Perosi. Durante 1965 y 1966 volvió al
Colegio San Ignacio, A.O; fue Ministro de la comunidad y prefecto de la iglesia. En 1967 retornó a Valparaíso
como operario. Sin embargo, el 27 de Diciembre de 1968 asumió nuevamente como Superior de
esa comunidad. Fue también Vicario episcopal para los religiosos de esa Diócesis,
profesor de la Escuela pedro de Valdivia y Director de la Congregación Cortye de María. El P. Echániz fue un hombre de
gran calidad humana y sacerdotal. A su efectivo y sólido valor intelectual, se añadía
su sentido de responsabilidad y dedicación personal sacrificada, su bondad, rectitud y
lealtad, su modestia fundamental, desinterés propio, prudencia y equilibrio, su aprecio
sincero, respeto delicado y reconocimiento de la personalidad y valer de cada cual. Para
algunos de sus ´súbditos fue el P. Echániz el Superior-servidor eclesiáatico. En 1970 regresó a su Provincia
en España. Falleció en la Casa Madre en Loyola el 14 de Noviembre de 1974. La Facultad
de Teología le rindió un sincero homenaje, que se publicó en la revista Teología
y Vida, y que exprtesa: En la hora de su fallecimiento, la Facultad a la
que sirvió con tanta dedicación durante veinte y cinco años, le debe un homenaje de
gratitud y de afecto. Veinte y cinco años en la existencia de una institución que apenas
cuenta con cuarenta, son mucho y significan mucho, sobre todo si se trata de los años de
fundación y consolidación. Gracias a Dios, las instituciones no son anónimas y reciben
la impronta de los hombres que las constituyen. El P. Echániz fue uno de los que
contribuyeron a implantar como una evidencia entre nosotros, que la Teología no es sólo
-ni primeramente- para los teólogs, sino para todo el Pueblo de Dios. La imprtancvia que
le dio a su docencia teológica en el Hogar Catequístico (del que fue Profesor desde 1942
y Director desde 1944 hasta 1962) era un rasgo característico de un estilo de ser
teólogo y de hacer Teología. Como lo era también su apego inquebrantable a la solidez
de la fe simple de la Iglersia universal de ayer y de hoy. Su calidad humana y
excepcional, que se manifestó de tantas maneras en los diversos ámbitos en que le cupo
actuar, se expresó en la Facultad sobre todo como equilibrio, ponderación, ecuanimidad,
sencillez y bondad. Y a través de estas virtudes humanas se desplegaba una riqueza
interior cuya raíz inequívoca era una profunda unión con Cristo. Por eso no es
exageración decir que su acción entre nosotros fue una presencia del Señor Jesús. Que
El lo tanga cerca de su Corazón. (Revista Teología y Vida, Año XVI,
Nº1). FRANCISCO JAVIER ELGUEA S.J.
(1692-1717) Con el P. Francisco J.
Elguea, el más joven de los que dieron su vida en la misión de Nahuelhuapi, puesto que
no contaba más de 25 años, tuvo que clausurarse en 1717 el centro evangelizador más
meridional de la Compañía de Jesús, que había comenzado bajo tan buenos auspicios por
el P. Mascardi en 1670. El P. Elguea nacido en
1692 en Santiago, Chile, había ingresado en 1707 al Noviciado. Realizó toda su
formación en Chile: Noviciado, Juniorado, Filosofía, Magisterio y Teología. Cuando fue envenenado por
los indios el P. Juan José Guillelmo (19 de Mayo de 1716), el rector del Colegio de
Castro, P. Manuel Hoyo, que también había estado en Nahuelhuapi entre 1711 y 1713,
designó a los PP. José Portel y Francisco J. Elguea para acudir a la necesitada misión.
Como se enfermó el P. Portel tuvo que viajar el P. Elguea, acompañado sólo por un joven
inglés convertido, llamado Juan. En su tiempo el P.
Guillelmo había llevado vacas a dicha misión, que allí se había multiplicado en gran
manera y eran codiciadas por los indios de los entornos. Cuando llegó el joven P. Elguea
en el curso del año 1717, la defensa del ganado vacuno se convirtió para él en el
principal problema. De nada sirvieron las buenas palabras y la excusa de que había que
esperar la llegada del Superior, pues los indios estaban decididos a llegar hasta lo
último, con tal de apoderarse de las vacas. Los envalentonó principalmente el cacique de
quien se presumía que había dado la chicha envenenada a los misioneros anteriores. Pero
en la asamblea conspirativa que este armó no se habló sólo de las vacas: "De qué
nos sirven estos padres -se dijo- que nos predican que no nos emborrachemos, que no
tengamos más que una mujer y otras cosas que nada nos sirven para remediar nuestras
necesidades?". Estos argumentos podrían
demostrar que los conspiradores no eran tanto los poyas de la misión como los indios más
alejados y menos cristianizados. El 14 de Noviembre de 1717 de común acuerdo cayeron
sobre la misión, matando al joven inglés, al P. Elguea y a un indio chilote con su
mujer, destrozándoles las cabezas con sus boleadoras. En seguida saquearon la iglesia y
las casas de la misión, y finalmente las incendiaron. Cuando se supo en Castro
lo acaecido en la misión, enviaron al P. Arnoldo Yaspers, acompañado de una escolta de
soldados a Nahuelhuapi. Sólo encontraron las ruinas humeantes de la misión y entre los
restos de la iglesia, el cuerpo carbonizado del P. Elguea. Aun empuñaba en la mano
derecha el crucifijo. Allí mismo, a orillas del
gran lago, se dio cristiana sepultura al último y más joven de los misioneros muerto por
llevar el evangelio a aquellas remotas regiones. Francisco J. Enrich S.J. GONZALO ERRAZURIZ S.J.
(1919-1983) El P. Errázuriz representa la
tradición de la Compañía en el Colegio "San Luis" de Antofagasta. De familia acomodada,
había nacido en Santiago el 30 de Mayo de 1919. Los estudios primarios y secundarios los
cursó en el Colegio de los Sagrados Corazones en Santiago. De ahí pasó estudiar derecho
en la Universidad Católica, donde completó sus estudios. Mientras era estudiante
universitario, participó activamente en la Acción Católica, ocupando cargos de
responsabilidad, como fue el de Tesorero Nacional de la Juventud Católica. Nació así
una amistad profunda con el Asesor Nacional P. Alberto Hurtado. Ingresó al Noviciado en
Marruecos (hoy Padre Hurtado) el 23 de Junio de 1945. Emitidos los votos del
bienio y cursado un año de retórica, fue destinado a hacer la filosofía en el Colegio
Máximo de San Miguel, Argentina (1948-1950). El año 1951 hizo magisterio en el Colegio
San Ignacio en Santiago; regresó a San Miguel para cursar los ramos de teología,
recibiendo la ordenación sacerdotal el 7 de Diciembre de 1954 en la capilla del Colegio
Máximo. Desde mediados de Vuelto a Chile, estuvo
algunos meses en el Colegio San Ignacio, y después fue enviado al Colegio San Luis de
Antofagasta, ciudad en la cual viviría en plenitud su vocación de servicio a la Iglesia
hasta su muerte. Su personalidad única, la fuerza de su carácter, su figura imponente,
su inquebrantable fe en Cristo, el cariño que sentía por el San Luis y por sus alumnos,
la dedicación que ponía en su labor de sacerdote y educador, su humor que escondido en
la imagen, aparente por cierto, de hombre duro y de mal carácter, afloraba
inevitablemente para destruir esa falsa apariencia. Esta y todas las demás condiciones
hicieron del P. Errázuriz un ser humano en todo sentido, porque además de vivir los
altos ideales del mensaje de Cristo, dejó como maestro, una huella imborrable en todos
los que fueron sus alumnos. En la historia de
Antofagasta, la figura del P. Errázuriz tiene un lugar como apóstol de Jesucristo, como
educador y como hombre identificado con el norte. "Le gustaba
cultivar la historia de Chile. Tenía dominio de ella y una afición, dijéramos,
ancestral. Entre sus antepasados había notables servidores del bien público y de la
Iglesia, y en su mismo hogar conoció el interés y la dedicación por el servicio de la
patria". (Diario "El Mercurio", Santiago, 18 Abril 1983). El Señor premió la
consagración de su vida recogiéndolo un Viernes Santo -1 de Abril de 1983- y
llevándoselo al sepulcro el Domingo de Resurrección, para que en el día final resucite
glorioso para siempre. . FRANCISCO JAVIER ESQUIVEL
S.J. (1712-1783) Una reciente tesis para
optar al grado de Migaste en Historia de Chile y América, nos permite conocer documentos
hasta ahora desconocidos sobre la obra de aculturación realizada por los misioneros
jesuitas en Chiloé en el siglo XVIII. Labor importante en esta misión le correspondió
al P. Francisco J. Esquivel. Este abnegado misionero
nació en La Serena, Chile, en 1712, y sus padres fueron don José Esquivel y la sra.
María Josefa Pizarro y Aguirre Riveros. El año 1727 ingresó a la
Compañía de Jesús al Noviciado de Bucalemu. Toda su formación la hizo en Chile.
Concluidos sus estudios, incluyendo la 3ª Probación, fue destinado a las misiones de
Chiloé. De un modo especial a la evangelización de los indios payos (chonos) que
habitaban la parte más austral de la isla grande de Chiloé. Otro misionero jesuita, el
P. Pedro Flores en 1743, había descubierto a los naturales canoeros nómades (caucahués)
avecindados en el archipiélago de Guayaneco (47º30' sur aproximadamente); comenzó
entonces a conducirlos "a esa provincia de Chiloé e informado el Gobernador de
ella ser gente que prometía esperanzas de sujeción y obediencia a nuestra Santa Madre
Iglesia, fueron admitidos por vasallos de Su Majestad" (Plan presentado por el P.
Juan N. Walter a la Junta de Poblaciones el 9 de Enero de 1764). Pues el encuentro con
estos nómades, que estaban en un mínimo nivel cultural, despertó en la Compañía el
deseo de convertirlos y expandir su influencia hacia el Estrecho de Magallanes. A la vez, el hundimiento
de una fragata inglesa -Wager- impulsó al gobierno central a preocuparse de aquella
inhóspita zona. En 1742 una expedición zarpó desde el puerto de Chacao hasta el
archipiélago de Guayaneco ya mencionado. Al regreso condujo a tres jóvenes indios que
deseaban vivir con los españoles, y que fueron acogidos por el P. Esquivel. El P. Esquivel comenzó su
trabajo en 1745. El abandono y miseria corporal y espiritual de aquellos isleños,
impulsó a los misioneros PP. Baltazar Huever y Francisco J. Esquivel, a ayudarles en la
búsqueda de un lugar más adecuado para que pudieran vivir, a fin de disponer de
viviendas además de tierras aptas para el cultivo. De ese modo, en varios viajes que hizo
el P. Esquivel de isla en isla, alimentándose sólo con mariscos y aves acuáticas,
trasladó diferentes familias caucahués a los campos contiguos de Chonchi (1751), ubicada
a poca distancia al sur de Castro, donde incluso pudo fundar una sencilla escuela.
Esquivel no tuvo el éxito esperado, pero tampoco fue motivo para desanimarse, cuando
algunos caucahués abandonaron o huyeron de la isla. La etapa inicial del plan
misional contemplaba llevar indios infieles a la misión, lo que a su vez demandaba
organizar expediciones por cuenta del Colegio de Castro. Se requería también persuadir a
los gentiles trasladarse a Chiloé por medio de obsequios y buen trato. En la segunda
etapa este rol sería de los "indios pescadores de almas" y la posterior
actuación de los misioneros. Se organizaba, entonces, la misión de tal manera que los
recién llegados no se sintieran como en cautiverio, y trataran de escapar a la primera
ocasión. Así pues se les ofrecía un lugar de residencia permanente que podría
satisfacer las necesidades de alimentación tradicional, la tranquilidad y la autonomía
de los neófitos, para lo cual había que dejar vivir a los indios en libertad, según sus
costumbres, pero con restricciones mínimas, por ejemplo obligarlos a vestirse para
"cubrir sus vergüenzas". Como parte integral de la
estrategia de aculturación de los recolectores hubo que crear necesidades y deseos nuevos
que no podían satisfacer en sus islas de origen, es decir, que apreciaran las ventajas de
los objetos de metal como hachas, cuchillos, agujas, etc, proveerlos de adornos corporales
por ser muy apreciados por los indios, como cintas de colores vivos, collares y otros
objetos desconocidos pero curiosos. Los misioneros repartían también premios en
reconocimiento a los logros en la misión. Era corriente entre los chonos y se les llamaba
"marimaris", es decir, regalos, método que permitía estimular cualquier
pequeño éxito del neófito en el proceso de adaptación y aprendizaje, mediante
obsequios y elogios, todo lo cual se hacía públicamente en la capilla. Los objetivos pretendían
civilizar a los cacahués enseñándoles a andar vestidos, comer alimentos producidos en
la tierra, cultivar las sementeras, mantener y cuidar animales, hilar y tejer lana y lino,
construir las viviendas a la manera chilota, además de construir la capilla como un
centro principal de la misión en la vida política y religiosa. Se esperaba formar una
reducción compuesta de viviendas alrededor de la capilla. El proceso de evangelización
comenzaba con el bautizo de los párvulos, se casaban por la ley católica los matrimonios
antiguos, quitando concubinas, se instruyeron en los elementos básicos de la doctrina, se
prepararon a los fiscales y se esperaban lograr efectos emocionales con la introducción
de ritos, cánticos y procesiones. El Rector del Colegio de Castro,
P. Pedro García, encargó la cautela de los gentiles caucahués a los padres de la
misión de Chonchi. Junto a ellos vivían también allí los tres jóvenes traídos desde
el archipiélago de Guayaneco. Se quedaron con el P. Esquivel, "sujeto de exemplar
vida, y fervoroso zelo de las almas", quien estaba como operario de la misma misión.
Este en 1761 fundó allí jurídicamente una misión para los caucahués, y en 1766 la
misión de Cailín (situada en los 43ª 28') para los payos, que habitaban la parte más
austral de la isla grande. El misionero, aunque vivía en Chonchi, tenía a su cargo
también la misión de Cailín. Esquivel "sin más
amparo humano, que puesta su esperanza en Dios y limosnas que recogió, allentó las
animas de aquellos parvulitos..." a salir en la búsqueda de los infieles en
compañía de los indios de la misión, los chonos ya convertidos. El P. Esquivel
arriesgó enviar la expedición sin acompañarla. "Muchos se burlaban en Chiloé de
esta empresa", pero la idea de Esquivel resultó exitosa. La expedición regresó
"trahiendo quarenta Almas entre Mugeres, Parvulos y Adultos". El misionero los
ubicó en Cailín, evangelizándolos y haciendo el trabajo de la aculturación de recién
llegados con ayuda de los mismos niños como fiscales y tutores de sus parientes en nueva
vida. El proceso de la evangelización y civilización siguió "hasta adquirirles el
mantenimiento corporal". El Provincial escribió al Presidente Ortíz que el P.
Esquivel "repitió la misma empresa los demás años de suerte que en la última
matrícula que hizo, completaron el numero de doscientas Almas". De esa manera, en un
verdadero trabajo de promoción humana, trasladó a las familias canoeras caucahués a los
campos más habitados y más civilizados del archipiélago, como fueron los de Chonchi y
de Cailín. Pues no sólo enseñaba a los isleños los misterios y preceptos de la
religión cristiana, sino que también les enseñaba a leer y escribir, y los habituaba a
las costumbres de la gente civilizada. Todo esto sin recibir ninguna ayuda pecuniaria de
parte del gobierno. Podemos suponer que los
logros del P. Esquivel estaban basados en dos factores principales: en el talento
pedagógico y administrativo del misionero, y en las excelentes características del lugar
elegido para la reducción. La visita anual del
misionero se convirtió (como en todos los parajes de Chiloé) en el principal
acontecimiento del año; una fiesta inolvidable para todos los participantes. El fiscal
dirigía todas las preocupaciones. Mandaba trocar la pobre mercadería de su gente
"los mariscos", pescado seco, sacos de lobo, aceite de lo mismo, pajaros
colmenas, canastos y ostras, obrillas que ellos hacen" por los productos
tradicionalmente entregados al misionero como regalos "camaricos", que eran
"trigo, cebada y papas" (Plan del P. Juan N. Walter, 1764). Y las fiestas
religiosas adquirieron el mismo colorido tradicional de Chiloé. El último día de la
misión con la confesión sacramental y comunión general salían los de Cailín a una
"devota procesión...con insignias de penitentes, en cruces, coronas de espinas, y
algunos con disciplinas de sangre" (Plan de P. Juan N. Walter). El misionero formó un
núcleo espiritual de la reducción de sus discípulos y supo estimular sus actividades
como fiscales, tutores de los neófitos y agentes de la misión entre sus paisanos. Este
misionero, preparando la salida al sur, siempre se preocupó del rendimiento de la
empresa, aprovechando el deseo natural de los reducidos de visitar sus islas natales y sus
parientes. Los mensajeros en muchos casos persuadían a sus paisanos trasladarse a
Cailín, donde la gente, familiar o conocida, ya disfrutaba de las ventajas de la
reducción. (Yulia Poliakova: "El Colegio jesuita de Castro y Evangelización de los
veliches, chonos y etnias australes en los siglos XVII y XVIII). Poco después fue
destinado como Superior a la misión de los chonos en Achao. En ese tiempo escribió un
"Informe para la conquista de las pampas a la fe", informe que fue enviado al
gobierno en Santiago en 1765. Se encontraba en Achao en plena actividad apostólica,
cuando el 13 de Diciembre de 1767 llegó a esa misión el decreto de expulsión firmado
por el monarca Carlos III. Después de cerca de 30
años de hacer el bien a sus semejantes, con abnegación y desinterés, conviviendo y
civilizando a miles de ellos, Esquivel y sus hermanos jesuitas fueron detenidos y
condenados al destierro. Bajo custodia militar los
jesuitas fueron reunidos en el puerto de Lacuy; desde allí zarparon hacia el Callao,
Perú, el 4 de Febrero de 1768. Sin abatirse abandonó a sus fieles indios, llevando por
todo equipaje una sencilla frazada y unos andrajos que le servían de ropa. El 1 de Marzo llegaron a
Lima, y de ahí a España. Finalmente se estableció en Imola, Italia, donde vivió 14
años, edificando a todos con su modestia, desprecio de si mismo y notable retiro, hasta
su deceso el 15 de Julio de 1783. Pertenecía a la parroquia de Santa María del Señor y
fue sepultado en la iglesia del Sufragio. ANTONIO
FALGUERAS S.J. (1864-1924) El P. Falgueras había
nacido en Gerona, España el 2 de Febrero de 1864. Había ingresado a la
Compañía siguiendo los pasos de su hermano Francisco, que lo hiciera un poco antes, el
29 de Julio de 1880, en el Noviciado de Veruela. Emitidos los votos del bienio, allí
mismo estudió gramática, retórica y lenguas clásicas hasta 1884. Toda su fomación la
cursó en diversas casas españolas. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de Julio de
1894 en el Colegio Máximo de Jesús en Tortosa. Se ofreció para trabajar
en América del Sur; de ahí que Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso y Santiago, fueron
los campos donde ejerció el apostolado este sacerdote, que se entregó por entero a la
salvación de las almas. En 1897 llegó a Buenos
Aires. Inmediatamente mostró su capacidad de trabajo y su maciza virtud. Nombrado Rector
del Seminario, se abocó a la construcción del nuevo edificio en Villa Devoto. Para ello
hubo de solicitar ayuda económica a las familias pudientes de Buenos Aires. Pero también
debió preocuparse de la formación de los nuevos seminaristas, de su disciplina,
reglamentos, academias, sin descuidar por supuesto, su cátedra de teología moral. Después enseñó
filosofía en el Seminario de Montevideo. En esta ciudad tomó parte activa en la
dirección del Centro Apostólico, dedicado a procurar misiones para las parroquias
urbanas y rurales. Al comenzar el año 1908
fue designado Superior de la residencia de Valparaíso. En ese puerto nuevamente se
manifestó su extraordinario temple apostólico: innumerables tandas de Ejercicios
Espirituales a obreros, sucesivas misiones en los campos, catecismo a los niños pobres,
etc. etc. En 1912 llegó al Colegio
San Ignacio de Santiago. Aquí se hizo cargo del "Apostolado de la Oración",
del "Centro Apostólico" y del "Centro de Maestras de Chile". Con
socias de las dos primeras instituciones formó después la "Sociedad del Apostolado
Popular del Sagrado Corazón". Como Director del Centro Apostólico pudo palpar la
necesidad que había de preparar el camino al sacerdote misionero, sobre todo en las
miserables barriadas urbanas y en las regiones rurales apartadas del cultivo religioso. La Providencia lo había
preparado para fundar un Instituto Religioso. La preparación humana la adquirió en los
años de contacto con los más pobres, a quienes favorecería dicho Instituto. La
preparación sobrenatural se expresaba en su santidad heroica que diariamente desarrollaba
en su vida religiosa. Identificado diariamente con el tremendo misterio eucarístico que
realizaba, toda su actitud era de un profundo recogimiento. Este hombre se distinguió
también como consejero prudente y experto director espiritual de muchísimas personas. A
él acudían los grandes y los pequeños, los sacerdotes y los magistrados, las religiosas
y personas de la alta sociedad. A todos sabía recibir con bondad inagotable propia del
hombre santo que a todos quiere llevar a Cristo. Este extraordinario sacerdote
falleció en Santiago el 29 de Agosto de 1924. Muchas personas escribieron exhortando sus
virtudes y su servicio a la causa de la Iglesia. En ellas, el crítico Alone, laico, no
creyente, escribió de él, pocos días después: "No conocimos en vida al P.
Falgueras y sólo ha llegado hasta nosotros el eco de su muerte; pero hemos conocido, de
puertas adentro, como si hubiéramos vivido con ellos, a los padres jesuitas; y podemos
afirmar que su mejor retrato está en el reverso de la medalla que contemplan
escarneciéndola, los vulgares. La fuerza misma del odio, inteligente y penetrante como
toda pasión que la Compañía de Loyola ha despertado en el mundo, prueba que ahí está
el núcleo de la potencia eclesiástica y que al herirlo se hiere al nervio, al brazo y a
la espada, al escudo y al acero de la Iglesia" "El P. Falgueras reunía
en su tipo moral todos los perfiles del misionero jesuita. Su humildad resplandecía sin
querer...Era un santo y no hay nada más inaccesible que la perfección. Genio bondadoso y
ecuánime, siempre igual, sin nada extraordinario, todo, sin embargo, era en él
particular y único, su lenguaje, su poder de atracción, la especie de fascinación
respetuosa y tierna que ejercía sobre cuantos se le aproximaban. Hombre de oración,
ausente en Dios, maceraba con silicio su cuerpo e iba a los pobres para aliviarles el
silicio de los sufrimientos..." El P. Falgueras comprendió,
sin formularla, practicó sin exhibiría, la verdadera sabiduría política, la única, la
que vale y que está en la sentencia: Dame el alma y toma lo demás...Pero para que las
almas se den, es preciso que las almas que las reciben se entreguen asimismo, lo abandonen
todo, se desnuden y confundan en el mismo abrazo. El dio el alma y las almas se le
dieron..."(Rev. ZIG ZAG, 25 de Octubre 1924. Nº 1027. Santiago). ANTONIO MARIA FANELLI S.J.
(1674 - ) El P. Antonio María Fanelli
nació en 1674 en la ciudad de Bari, del reino de Nápoles, y fue hijo de Segismundo
Fanelli y de Ursula de Aguilar. Tuvo dos tíos sacerdotes: Ignacio y Javier Aguilar. En su
familia se contaba además con varios hermanos y hermanas. Ingresado a la Compañía de
Jesús, era muy joven cuando formando parte de una misión de jesuitas que se dirigía a
América del Sur, se embarcó en el puerto de Cádiz el 19 de abril de 1698, llegando a
Buenos Aires el 30 de agosto siguiente. Después de un descanso de tres meses, a mediados
de enero de 1699 llegó a Santiago. Una quincena más tarde dio su
examen de teología, que había venido preparando durante la navegación. Algunos meses
más tarde concluía su Tercera Probación, y el 20 de abril de 1700 extendía ante el
notario la renuncia de su legítima. Lo que el P. Fanelli vio y
aprendió en el viaje a Chile, lo dejó consignado en un relato escrito en italiano y
titulado exactamente: "Relatione in cui se contiene due relazioni del Regno del
Chile, ne´ viaggi fatti, per mare e per terra, dal P. Fanelli giesuita, nella Missione
allo steso Regno". Dicha relación fue publicada el año 1710. Esta carta fue importante para
dar a conocer a Chile en Italia; fue escrita teniendo en vista la obra del P. Alonso de
Ovalle, que en italiano y en letras de molde circulaba desde hacía medio siglo en Europa.
Sin embargo, más valiosas son todavía las palabras del P. Fanelli que constituyen un
verdadero diario de a bordo, en cuanto al viaje de Cádiz a Buenos Aires, donde describe
las peripecias diarias, sus constantes peligros vividos en el océano incluyendo la
presencia de los corsarios al acecho de las naves españolas, el empleo del tiempo en
días que parecían interminables, y junto con lo anterior, las prácticas religiosas,
muchas veces extremadas según las costumbres de entonces (1). De la carta a su padre, fechada
en Buenos Aires el 16 de noviembre de 1698, extraemos algunos párrafos sobre el viaje a
través del océano Atlántico: "La primera noche en esta movible casa, la pasamos
algo molesta, tanto porla novedad como po9r la multitud de gente y por la confusión de
tantos bultos, que ocupaban una buena parte de la cámara de popa; por lo que algunos de
nosotros pasaron aquella noche en vela; algunos tendidos sobre las puras tablas, otros
sentados y algunos mal colocados esperando el día para poner en orden las cosas. El 21 de
abril levaron ancla y al amanecer los navíos desplegaron las velas, pero no todas sino la
pequeña, que se encuentra en lo alto del palo mayor, y andando despacio dejábamos el
puerto, con toda cautela para no estrellarse con alguno de los muchos navíos que se
encontraban en el mismo puerto, o de los que entraban". Días después: "Implorada
la divina misericordia en aquel combate de una casi tempestad, inmediatamente se vieron
acercarse con rapidez contra nosotros, otros dos navíos turcos, quienes conociendo que
los nuestros eran españoles, superiores en número y en fuerzas, giraron la proa hacia el
Africa a toda vela, sin ni siquiera acercarse a tiro de cañón. A los nueve días murió
desgraciadamente un pobre marinero que se encontraba en la parte exterior de la popa,
poniendo pez en los lugares que más la necesitaban. Confiado en sí mismo no se cuidó de
amarrarse con un cordel como suelen hacer en tales casos los marinos..." Pero también se aprenden cosas
nuevas: "Los días de calma servían a los marineros para pescar tal cantidad de
peces que no sabían qué hacer con ellos; basta decir que solamente un día, en el
espacio de una hora, pescaron 100 platos bien grandes, y una multitud de pequeños; así
sabía recompensar el Altísimo el aburrimiento de aquella calma con la agradable
distracción de la pesca. Aquí los padres de la Misión de San Francisco, los que como
escribí a S.S. desde Cádiz, eran 10, comenzaron algunos días de devoción por la fiesta
del glorioso Santo de los Milagros Antonio de Padua. El día 53 antes de ponerse el sol se
descubrió la Guinea, tierra toda de moros idólatras. Los días 53 y 56 del viaje se
celebró con toda suntuosidad las fiesta de San Antonio con Víspera y Misa cantada con
disparos de cañones; en fin, fue un día de alegría". "Llegamos, por último, al
deseado término, después de 134 días de camino, el 30 de agosto, día sábado, hacia
las 24 horas, dando fondo a 4 leguas lejos de la ciudad, como se acostumbraba hacer por el
poco fondo de las aguas que tiene el río cerca de la ciudad". En una segunda relación narra
el viaje hecho desde Buenos Aires hasta Santiago: "El 24 de noviembre de 1698, día
lunes, hacia las 22 horas, partió la Misión para Chile desde Buenos Aires después de
reposar tres meses (que no necesitaron menos después de tan larga y penosa navegación),
acompañada por los padres del Colegio de dicha ciudad hasta el lugar en donde se
encontraban las carretas, que en número de 32, lejos de la ciudad una milla: después de
darse un tierno abrazo se despidieron con lágrimas en los ojos". Antes de cruzar la Cordillera de
los Andes se detuvieron unos días en Mendoza: "Vinieron inmediatamente a
encontrarnos escuadras enteras de soldados con toda la nobleza del país a recibirnos
junto con el Obispo y comenzaron a disparar arcabuces, a tocar los tambores y a sonar las
campanas de todas las iglesias por el júbilo. Toda la gente se reunió en medio de la
ciudad deseosa de ver hombres de Europa y la entrada que fue bajo arcos triunfales.
Llegados a la plaza, el Obispo tomó el camino de la iglesia mayor, y nosotros el del
Colegio, en donde nos esperaban todos los religiosos del país, o sea, dominicanos,
franciscanos, agustinos y mercedarios". Por fin llegaron a Santiago y
así lo narra: "Llegamos finalmente al Colegio Grande de los Estudios de San Miguel
hacia las 23 horas del día, y descendidos de las mulas fuimos a la Iglesia a dar las
gracias al altísimo por la feliz llegada y cantó por los músicos el Te Deum Laudamus.
Después fuimos a despedirnos de todos aquellos señores, para dar algún descanso a los
cuerpos cansados de tanto viajar. El Rector de este Colegio era italiano, de la provincia
de Milán, llamado el P. Andrés Alciati, quien nos trató con magnificencia y exceso de
regalos, a pesar de ser días de Cuaresma. En el comedor se recitaron por varios de
nuestros padres, oraciones y poemas latinos en alabanza de toda la Misión, con grandes
aplausos de todos". Con fecha 10 de diciembre de
1712 hay una carta suya dirigida al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima
refiriendo detalles de lo que había logrado saber respecto a "una secta infernal de
nuevas doctrinas, del todo opuesta a las sagradas leyes y dogmas de nuestra santa fe
católica", y "esa corre entre unos hombres y mujeres, y aun entre algunas
religiosas, con bastante empeño entre unas y otras en propagarlas y llevarlas
adelante". Transcurren doce años y aparece
de nuevo en la fundación de la primera escuela con que contó Valparaíso, verificada en
1724. Después de haber comprado allí un solar, "en lo más alto de la
población", Fanelli y su compañero, el P. Antonio Salvá, dispusieron un rancho
para que los niños aprendieran a leer y escribir. En 1751 estaba enfermo y anciano
en el colegio San Pablo en Santiago. (1) Antonio Mara Fanelli S.J:
"Relacin de un viaje a Chile a travs de Argentina en 1698". Rev. Estudios
Histricos. Santiago, julio - septiembre 1976, pp 11 ss. Cfr. Fanelli, A.M: Revista Chilena
de Historia y Geografa. Santiago. Tomo LXI. 1929. Pp 96 - 149. ANDRES FEBRES S.J.
(1734-1790) En la tierra donde nació la
Compañía de Jesús, Manresa, España, ahí nació Andrés Febres el 29 de Julio de 1734. Ingresó al Noviciado en
Tarragona el 8 de Noviembre de 1752. Viajó a Chile en 1755, vía
Buenos Aires. Concluyó su formación en el Colegio Máximo San Miguel en Santiago. En
esta misma ciudad recibió la ordenación sacerdotal el 25 de marzo de 1758 de manos del
obispo Mons. Manuel de Alday. Su apostolado comenzó como
misionero de indios en Imperial y Angol. Viajó a Lima donde imprimió su libro "Arte
de la lengua general del Reyno de Chile..." (1765), reimpresa en Buenos Aires (1882). Al regreso de Lima el P. Febres
fue misionero en Valdivia y San José de la Mariquina; en esta última lo sorprendió el
decreto del Monarca Carlos III que ordenaba al expulsión de los jesuitas en 1767. Entre las polémicas que hubo en
el destierro, una fue sobre las literaturas italiana y española. El P. Xavier Lampillas
S.J. escribió una defensa de la literatura española, pero fue atacado por un periodista
florentino. El P. Febres salió en defensa de su hermano en religión con su "Analisi
del guidizio del giornalista florentino..." (1778) que fue una brillante réplica en
que el autor aportó como novedad los ataques a la literatura italiana. En 1780 se trasladó a Roma;
allí fabricó un meridiano y un reloj de sol para el palacio del Duque Mattei. Perseguido por causa de la
"Memoria Cattolica", publicada como anónimo (1780), pero cuyo autor fue el P.
Carlos Borgo S.J, le fue allanada su habitación y se le encontró una imprenta portátil
y algunos sonetos contra José Nicolás Azara, Embajador de España en Roma. El P. Febres
alcanzó a huir ayudado por amigos y protectores, como el Gobernador de Roma, Mons.
Spinelli y el Cardenal Juan Bautista Rezzónico. Su Santidad Pío VI condenó la
publicación mediante un edicto del 13 de Enero de 1781. Febres planeó entonces una
apología de las apologías anteriores, entre éstas la del P. Bruno Martí S.J, el cual
pagó en la cárcel su audacia y la memoria Cattolica. La "Seconda memoria
Cattolica" fue una violenta acusación a los Ministros de Portugal, España y
Francia, enemigos de la Compañía, que fraguaban un complot contra la Iglesia. Expuso
también sólidas razones que, a su juicio, darían origen a la independencia de las
colonias americanas, y que serían la guerra de la independencia de Estados Unidos y la
expulsión de la Compañía de Jesús. Señaló a los culpables y pidió para ellos la
pena de muerte. Nuevamente intervino el Embajador Azara, quien hizo las gestiones a fin de
hacer desaparecer el documento (1787). Quiso que el Pontífice no lo condenara
doctrinalmente, sino que lo desmintiera. El Papa Pío VI firmó un Breve
el 18 de Febrero de 1788 donde condenó la obra; este documento debía fijarse
públicamente, la obra debía quemarse, y el breve condenatorio publicarse por todas
partes. El Embajador lo remitió a España, donde se abrió un expediente para prohibirlo
en América por medio de cédulas. El P. Febres lo arriesgó todo;
pudo esconderse arriesgando su vida. Azara creyó que había huido a Inglaterra y de ahí
hacia América, pero estaba en Cagliari, Cerdeña. En esta ciudad abrió una escuela para
niños y con eso mantenerse; se ocupaba también haciendo una gramática del
sardo-callarés. Falleció en Cagliari el 21 de
Mayo de 1790. El destierro hizo a algunos jesuitas contemporizadores con sus
perseguidores, a otros irreductibles. El P. Andrés Febres se cuadró con estos últimos. JORGE FERNANDEZ PRADEL S.J.
(1879-1961) Tres grandes hombres pertenecen
a la Compañía de Jesús en Chile, y que fueron visionarios de los tiempos nuevos:
Fernando Vives Solar, Jorge Fernández Pradel, Alberto Hurtado Cruchaga. Diré algunas palabras sobre el
segundo de ellos. El P. Fernández Pradel nacido en Santiago el 26 de Septiembre de 1879. Estudió como seglar en el
Seminario de los Santos Angeles Custodios en Santiago, de donde pasó al Noviciado en
Córdoba, Argentina, el 18 de Marzo de 1897. Entre otros tuvo como compañeros a los
jóvenes novicios Fernando Vives, Tomás Alarcón, Federico Rinsche. Después de unos años en
Veruela y Tortosa, España, donde hizo los estudios clásicos y filosóficos, pasó a
Kastel Gemert, Holanda, para cursar su 3º año de filosofía. En su magisterio realizado
en el Colegio del Salvador en Zaragoza (1906-1909), enseñó matemáticas y física. En el otoño de 1909 llegó a la
Residencia San Agustín de la Provincia del norte de Francia, en Enghien, y el 25 de
Agosto de 1912 se ordenó de presbítero. Nuestro compatriota era el más antiguo entre
los ordenandos, y, por lo tanto, ocupó el primer lugar en la ceremonia de ordenación.
Fue el encargado de trasmitir a sus demás compañeros el beso de paz, que simboliza la
caridad, la armonía que debe reinar entre los hombres. Su amor a la patria lejana, fue
pedir a su padre que le enviara con anticipación harina chilena para hacer la hostia que
habría de consagrar en su primera misa, y también vino chileno para la misma. Esos tres años en el ambiente
de los jesuitas franceses y belgas fueron decisivos para su inquietud intelectual y su
vocación social. Se vinculó con los padres de "L'Action Populaire", recién
fundada en París. Ganó la amistad de los PP. Desbuquois, du Pasaage y otros pioneros del
apostolado social en Francia. Con ocasión del Centenario de
la Independencia de Chile, 1910, Fernández Pradel, además de estudiar, se dio tiempo
para escribir, en francés, un libro ilustrado sobre Chile, titulado "Le Chili:
Aprés cent ans d'Independeance". Fue un compendio de sus artículos sobre
Chile, publicados sucesivamente en la revista "Etudes" de los jesuitas
franceses. Concluyó la teología en
Miltown Park, Dublín, Irlanda; en esa misma nación, pero en Tullamore, hizo su 3ª
Probación. Con ese amplio bagaje de
conocimientos teóricos y prácticos, adquiridos pacientemente en 14 años de permanencia
continuada en Europa, llegó a Chile al finalizar 1914. Tendría por delante 46 años de
intenso apostolado. Chile se encontraba en estado de
inocencia respecto a sus problemas internos. En el campo social estaba todo por hacer.
Como la industria se encontraba aún en pañales, apenas existían núcleos de obreros en
las inmediaciones y dentro de las áreas urbanas. Sólo en las pampas salitreras y en las
minas del carbón, empezaban los trabajadores a tomar conciencia de su propia miseria, de
la explotación de que eran víctimas. El P. Fernández Pradel encontró todavía en
Santiago al P. Fernando Vives S.J. encargado a la formación espiritual y social de los
alumnos del Colegio San Ignacio y de los primeros núcleos de obreros tranviarios. Profesor de filosofía,
religión e historia, en el Colegio San Ignacio, paralelamente era Director de la
Congregación Mariana en el mismo Colegio, durante los años 1915 y 1916. Su acción,
empero, no se pudo prolongar: las mismas intrigas ejercidas para lograr la salida del P.
Vives, obtuvieron que Fernández Pradel tuviera que cruzar la Cordillera de los Andes, al
comenzar el año 1917, y permaneciera en el vecino país dando clases en los Colegios La
Inmaculado en Santa Fe y del Salvador en Buenos Aires. Pero la semilla había caído en
buena tierra. La acción de ambos jesuitas produciría el correr de los años, frutos
duraderos. Sus discípulos, entre éstos, el P. Alberto Hurtado S.J. desarrollarían una
labor que nadie podría detener. Sería la contribución de la Compañía de Jesús en ese
momento histórico en Chile, a la acción social, en unión con otras iniciativas, de
diversos sectores. Más tarde, a través del P. Vives quien también se encontraba en el
destierro, se mantuvo informado del movimiento de las ideas en el período post guerra
europea, y que le ayudaron a preparar su futura labor en el campo social. Este apóstol en lo social pudo
regresar a su patria el año 1921. Su vasto trabajo abarcó muchas responsabilidades
(1921-1933): Director de la Congregación Mariana de jóvenes; cátedra de sociología en
la Universidad Católica en Santiago; formación de propagandistas obreros; dirección de
Ejercicios Espirituales a jóvenes y dirigentes obreros; Círculos de Estudios Sociales;
cooperación a las obras que dirigía Mons. Rafael Edwards; Círculos de estudios de
"los Lunes" para intelectuales en el Colegio San Ignacio. Sus
"vacaciones" estivales" las dedicaba a dar conferencias, charlas y misiones
en las pampas salitreras, donde palpó los problemas de esos obreros y aprovechó la
ocasión de enseñarles el pensamiento social de la Iglesia. En otras ocasiones realizó
similar labor entre los obreros carboníferos de Lota y Coronel. Así, de vuelta a
Santiago, podría hablar de lo que había visto y experimentado personalmente. Estos doce
años fueron los que marcaron su mayor actividad. De esos años son también sus
libros. En 1931 publicó "La Verdad sobre Rusia", y en cuya
Introducción se pregunta: "¿Es posible hacer alguna luz sobre la verdadera
situación de Rusia? Intentémoslo. No es la falta de publicaciones lo que impide tener
ideas exactas sobre el Soviet, sino tal vez la sobra de ellas". "El haber tenido
ocasión de asistir a varias reuniones y conferencias sobre Rusia, de rusos recientemente
expatriados, de viajeros y de especialistas en las cuestiones orientales me alienta a
emprender esta tarea". "He recogido con sumo
cuidado una excelente documentación sobre la situación actual de Rusia. En la selección
de autores me dirijo por Mons. D'Herbigny y por el P. Edmundo Walhs S.J. a quienes he
podido conocer y tratar recientemente en Roma". Al año siguiente aparece "La
U.R.S.S" (Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas), y textualmente
expresa: "El problema obrero mundial pende del resultado de la experiencia
bolchevique. Por eso me he esforzado por penetrar las ideas y las realizaciones
bolcheviques y por eso he creído oportuno publicar este trabajo sobre Rusia". "Primero en
conferencias, luego en folleto, expuse el resultado de mi estudio. Ahora, como si fuera
2ª edición, publico este trabajo, totalmente refundido y puesto al día". A los anteriores se añaden
"Comunismo: Teoría y Práctica", "Sindicalismo y
Corporativismo" (1939), "Hacia un Nuevo Orden por un Catolicismo Social
Auténtico" (1952). Pero, entre tanto, las mismas
corrientes opositoras -al interior de la Iglesia- y que años antes las habían emprendido
contra el P. Vives, nuevamente obtuvieron el alejamiento temporal de este
"peligroso" jesuita del panorama chileno. Siete años duró su ausencia esta
vez: cuatro en Colombia, tres en Perú, Ecuador y Bolivia. Su trabajo se concentró en la
organización de la Acción Católica, desarrollo de las obras sociales y dirección de
Ejercicios a jóvenes y obreros. Regresó, sin embargo, el año
1939. En Chile recién había sido elegido el Gobierno del llamado Frente Popular,
desplazando a la combinación de partidos derechistas. Fernández Pradel contaba con 60
años cumplidos. El Comité Episcopal de Chile, lo designó Secretario Nacional de la
Acción Social de Chile. A estas alturas de su vida, las fuerzas no le permitían esas
"vacaciones" compartidas con los obreros. Su tiempo en Santiago lo dedicó, en
cambio, a Círculos de Estudios, formación de Cooperativas, poblaciones obreras, y a las
actividades encaminadas a proporcionar bienestar a los trabajadores, y a crear una
conciencia social más fuerte en todos los sectores. Fue también gran colaborador de
la revista "Mensaje". Cuando en 1952 el P. Hurtado, fundó esta revista,
Fernández Pradel le entregó una cooperación específica: puso al servicio de ella su
fichero, sus libros, sus colecciones de revistas sociales. Es grande la cantidad de
"signos del tiempo" y de artículos oportunos escritos por otros, pero sugeridos
por la atenta visión de este sacerdote. Una de las mayores
satisfacciones que recibió días antes de su muerte -18 de Febrero de 1961-, fue la
noticia del anuncio hecho por el Pontífice Juan XXIII de su próxima Encíclica
"Mater et Magistra", sobre importantes aspectos de la cuestión social, en
recuerdo del 70º aniversario de la "Rerum Novarum". Aunque no pudo formular
comentario de palabra, su sonrisa y expresión del rostro, mostraron claramente que era el
mejor regalo para quien tuvo como ideal de su vida la redención del proletariado. MANUEL FINCHEIRA S.J.
(1907-1992) Entre 1939 y 1989
el P. Manuel Fincheira se identificó con la residencia en Concepción; mejor dicho, con
la Escuela "San Ignacio". Sólo pudieron sacarlo por tres años para que
dirigiera el Colegio "San Francisco Javier" en Puerto Montt. Caso poco frecuente
en la Compañía que suele movilizar a los suyos por razones de apostolados. El P. Fincheira había
nacido el 26 de Abril de 1907 en Rere. Cuna de sacerdotes y religiosas, en un hogar
profundamente cristiano. Por los frutos se conoce el árbol: de los 14 hermanos, 4
entraron en la vida religiosa: 2 hermanas religiosas y otro hermano mercedario que
falleció pocos años antes. Muy niño ingresó a la Escuela apostólica en Chillán y en
el Noviciado fue admitido el 28 de Abril de 1922. En la ciudad de las sierras, Córdoba,
Argentina, hizo los votos de bienio justamente cuando comenzaba sus años de Juniorado
(1924-1927). De esta última ciudad
pasó al Seminario Pontificio en Villa Devoto, Buenos Aires, para cursar los años de
filosofía (1928-1930). El Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt lo recibió como
maestrillo; en la austral ciudad permaneció cuatro años enseñando castellano y ciencias
a los niños, además de acompañar a los alumnos del internado. Ahí comenzó su trabajo
con los niños que no lo abandonaría hasta pocos años antes de morir: "Dejad que
los niños vengan a mí". ¡Qué admirablemente bien cumplió el P. Fincheira esta
enseñanza del Divino Maestro! La teología la hizo en el
Colegio Máximo en San Miguel cerca de Buenos Aires; ahí mismo fue ordenado presbítero
el 19 de Diciembre de 1936. Su primer destino fue la
residencia de Concepción, ciudad a la que llegó poco días antes del terremoto del 24 de
Enero de 1939. Hemos expresado que el P. Fincheira se identificó con la Escuela San
Ignacio, que alguna vez llegó a arrinconar a la comunidad hasta el límite de lo
tolerable. En 1955 partió a Puerto Montt con personal penquista, y regresó a Concepción
para vivir el segundo terremoto (1960), como había vivido el primero (1939), y retomar la
dirección de la Escuela. Poco a poco extendió el radio de acción de la Escuela creando,
entre otros, el Centro de Exalumnos, el Centro de padres y Apoderados, la Oficina de
Asistencia Social con el Policlínico y el Centro de Madres. Durante varios años ocupó
el cargo de Presidente de la Asociación de Escuelas Particulares en Concepción. Sólo en los último años
dejó su actividad. Hasta bien pasados los 70 era difícil encontrarlo en casa durante los
meses de Enero y Febrero, porque entre campamentos de scouts y misiones se iba el verano.
No dejó poblado de los alrededores de Concepción, en donde no predicó o misionó en sus
vacaciones. Fue el cooperador infaltable de los Párrocos que le pedían suplencias para
las Misas, predicar las novenas, ayudar en las primeras comuniones y confirmaciones. Sus frecuentes visitas al
Santísimo hablan muy bien de su amor a Jesús presente en la eucaristía. El P. Fincheira
se mostró siempre muy devoto a María Santísima. En sus últimos años sus horas de vida
se deslizaban junto con desgranar cuentas del rosario. Si uno en la tarde le
preguntaba a don Manuel (su último título) qué día era, tal vez no lo supiera. Pero
sí sabía que había que asegurar la Misa del día siguiente. Los Miércoles había que
decirle que el Jueves había Misa comunitaria en la tarde...y los Sábados, se le
recordaba que el Domingo concelebraría en la capilla del Hogar de Cristo. Una vez seguro
de cómo sería la Misa, el P. Fincheira iniciaba su camino hacia la cama, a eso de las 18
horas. Si despertaba a medianoche y se levantaba, tal vez hubiera algún noctámbulo que
lo mandara de vuelta a acostarse. En sus últimos años su
salud decayó. En 1989 fue trasladado a Santiago, internándose en la enfermería de la
residencia San Ignacio. A este servidor fiel, el Señor lo llamó a su lado el 4 de
Octubre de 1992. PEDRO FINK S.J. (1835-1909) Desde Austria se
trasladó a Chile para trabajar como Capellán entre sus compatriotas que emigraron hacia
el sur de Chile en la segunda mitad del siglo XIX. Había nacido en Krumbach el 30
de Enero de 1835. Estudió primero en su ciudad natal y después ingresó al Seminario de
la diócesis de Brixen, en Voralberg, donde fue ordenado sacerdote el 25 de Julio de 1858.
El 30 de Abril de 1866 fue admitido en la Compañía de Jesús; concluidos los dos años
del noviciado, ejerció como Coadjutor de Párroco durante ocho años, hasta que se
ofreció a los Superiores a ser destinado como misionero a Chile. Llegó a Puerto Montt el 18 de
Enero de 1873; se incorporó a la residencia que en esos años poseían los jesuitas como
anexa al colegio San Francisco Javier. Recién llegado a la zona sur
del lejano país, empezó su labor misional o pastoral; al comienzo entre los inmigrantes
austriacos-bohemios que habían arribado en los años anteriores y los que posteriormente
seguirían llegando. Constantemente montaba a caballo para dirigirse, ya sea a Quilanto,
Loncotoro, Colegual, Panitao, Puerto Octay o Frutillar, etc. a dar misiones o administrar
los sacramentos a los recién nacidos, al mismo tiempo que ayudaba a los enfermos en sus
últimos instantes. El "Libro diario"
de la residencia de Puerto Montt es un testigo fiel de esa labor apostólica. Veamos,
entre otras, algunas anotaciones: 20 de Abril de 1874: "El
P.Fink fue a la laguna. Misionó en Quilanto; bien tratado; trabajó mucho, algo
consiguió." 28 de Abril de 1874: "El
P. Fink se embarcó para los bohemios de Quilanto. Regresó el 11 de Mayo." 23 de Diciembre de 1874:
"El P.Fink se fue al norte de la laguna a la capilla San José; y después a los
bohemios de Quilanto." 10 de Febrero de 1877:
"El P. Fink se fue a los bohemios al otro lado del río Maullín (Nueva
Braunau)". 16 de Marzo de 1884: "El
P. Fink fue a la Línea Nueva a dar misiones; confesó como a 50 personas". 7 de Julio de 1880: "El
P. Fink fue a una confesión a Nueva Braunau; volvió el 8. 13 de Julio de 1884: "El
P. Fink fue a la capilla Niklitschek y después irá a Frutillar. Mejoró el tiempo". 11 de Noviembre de 1890:
"El P. Fink se fue a Puerto Rosales a la capilla San Estanislao a dar misión ahí y
en las otras capillas". Pero también cooperó en
las misiones que se daban en la zona de las islas al sur de Puerto Montt: Calbuco, Huar,
Lenca, Huelmo, etc. fueron los campos que cultivó con su palabra evangélica. Semejante
al apóstol Pablo, en sus viajes y predicaciones que muchas veces pusieron en peligro su
vida, hizo igualmente suyas las palabras de este apóstol: "Creo, por eso
hablo; también nosotros creemos y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al
Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros"
(2 Cor.4,14). Este misionero poseía grandes
dotes intelectuales y un gran sentido práctico; podía predicar durante dos o tres horas
continuas. Desde 1882 hasta 1889 fue Párroco de la única parroquia existente en Puerto
Montt; y también Rector del colegio desde 1897 hasta 1908; al mismo tiempo era profesor
de religión de los mayores. Al comenzar el siglo XX el
colegio San Francisco Javier había dejado de ser la modesta escuelita de sus primeros
años: la matrícula superaba los 120 alumnos. El diario "La Prensa" de Puerto
Montt, en su edición del 1 de Enero de 1905 destacaba la calidad de la enseñanza que en
ese establecimiento se impartía, y textualmente afirmaba: "Con habilidad y tono
admirable, estos apóstoles avanzados de la verdadera enseñanza, armonizan en el niño el
desarrollo físico con el intelectual...Allí el infante tiene ocasión de estimular su
iniciativa, aguzar su ingenio, desarrollar su empuje, su audacia y su valor". Hombre de mucha oración, el
padre rezaba su breviario de rodillas, y cuando se encontraba en Puerto Montt, además de
su Misa, participaba en las demás desde el oratoria de la iglesia. Este hombre de Dios nunca estuvo
enfermo de cuidado, hasta el día que falleció mientras realizaba su gira misional y
apostólica. Su salud robusta le permitía tomar sobre si los trabajos más arduos y
continuados. No existía capilla de la diócesis que no hubiera evangelizado varias veces.
En algunas misiones permanecía hasta dos meses fuera de la residencia. Fue el autor del "Manual
de la Buena Muerte", del que se imprimieron 12 ediciones, la última de 12.000
ejemplares. Fue éste, el devocionario popular casi obligado en todo el archipiélago de
Chiloé, y que solicitaban todos los fieles más pobres como su devocionario propio. Estaba preparado para cuando
Dios lo llamara a su lado; falleció como víctima de su celo por las almas que cuidaba,
en las misiones de Chiloé. En efecto, había pedido que se le enviara a Chiloé en cuanto
dejó el rectorado del colegio, a pesar de los 74 años cumplidos. Nos ha quedado el
relato, escrito por su compañero de misión -P. Cristian Harl S.J.- del postrer viaje,
quien escribió: "¡Padre, empaquete todo, rápido, porque mañana viajamos a
Chiloé con el señor Obispo! El viaje lo hicimos alegres y llenos de esperanza, pero
presentíamos que no volveríamos nunca más juntos. Permanecimos en Ancud un día junto
al Obispo...luego viajamos a las islas que están bajo el paralelo 42º sur. Esa tarde
llegamos felices a Mechuque. Nuestra misión debería comenzar por la isla Butachauques.
No resultó fácil esa misión debido a la gran muchedumbre, pero mi Superior continuaba
con la empresa, a pesar de la tos y del fuerte catarro. Apenas nos habíamos sentado para
comer después de terminada la ceremonia, los bogadores anunciaron con un
"apúrense"...hay buena marea para irnos de regreso. Guardando sus cosas,
rápidamente tuvo que ir el Padre al bote y viajar durante dos horas contra el viento sur
que lo sentíamos plenamente al estar el bote descubierto, hasta la isla que llaman
Tac". "Al día siguiente,
Sábado, me dijo: "Padre, no puedo más; usted debe hacer todo el trabajo de hoy con
los niños". Se le había declarado una pulmonía...No quiso abandonar su trabajo,
decía su Misa diaria y predicaba con mucho fervor". "El Viernes siguiente me
dijo: "encontré un bote que me llevará a Quicaví; ahí esperaré un barco que me
trasladará hasta Puerto Montt. Visite usted dos islas pequeñas después de esta misión;
le enviaré a alguien que me reemplace...Oiga usted ahora mi confesión". "Desgraciadamente el
buen sacerdote recibió otra vez viento en contra; navegó durante tres horas a la
intemperie y desprotegido bajo la lluvia. En el poblado de Quicaví debió soportar la
pulmonía. Al día siguiente se agravó en tal forma que fue necesario buscar al Párroco
de Tenaún, para que le administrara el sacramento de la extremaunción. A la una de la
madrugada entregó su alma a Dios. Moría cual valeroso soldado de Cristo en el campo de
batalla". Era el Lunes 11 de Octubre de 1909. (Cristian Harl: "Actividad de
los jesuitas alemanes radicados en Puerto Montt y las misiones en la isla grande del sur
de Chile entre los años 1859 y 1905". Mitteilungen aus den deutschen Provinzen 14
(1932-1935) 632-638. A las 23 p.m. llegó a Puerto
Montt el cadáver del misionero. Amigos y exalumnos lo esperaban en el muelle; ellos
mismos portaron sobre sus hombros el sencillo ataúd, que condujeron hasta nuestra
iglesia. Su muerte fue una real
expresión de dolor para sus feligreses y amigos. Los funerales se realizaron al día
siguiente. La Misa fue oficiada por el P. Guillermo Sander, Superior de la comunidad. Pocas veces se había visto en
la ciudad de Puerto Montt una manifestación tan grande y espontánea de cariño y
gratitud. El duelo fue grande en toda la diócesis. Toda la región sureña le es
deudora al P. Fink de innumerables y costosos sacrificios; con verdad pudo escribir el
Obispo de San Carlos de Ancud, Mons. Ramón A. Jara: "Con la muerte del P. Fink
pierde la diócesis un apóstol, Puerto Montt su más apreciada reliquia, y la Compañía
de Jesús ha ganado un nuevo Santo en el cielo". ANTONIO FRIDL S.J.
(1685-1769) El P. Antonio Fridl era natural
de Imbit, Tirol, donde nació el 25 de Febrero de 1685. Concluidos sus estudios
secundarios, en 1712 ingresó al Seminario de Innsbruck para estudiar los ramos de
filosofía y teología. El 28 de Marzo de 1716 fue ordenado Presbítero en Brixen,
Austria. Al año siguiente, 21 de Octubre
de 1717, solicitó su ingreso a la Compañía en el Noviciado en Landsperg, Alemania. El 15 de Agosto de 1722 salió
de España hacia Chile, integrando un grupo de 17 jesuitas. El 4 de Febrero de 1724
llegaron a Santiago, vía Cordillera de los Andes. En el Colegio Máximo San Miguel
de Santiago, repasó tres años de filosofía e hizo dos años de Derecho Canónico,
además aprender la lengua castellana. En 1729 fue profesor de gramática en el
Convictorio San Francisco Javier en Santiago. A partir del año 1730 su campo
de trabajo fueron las islas de Chiloé. Desde el Colegio en Castro inició expediciones a
las australes islas del archipiélago, utilizando las débiles "dalcas" o botes
sencillos. El P. Fridl ha sido llamado "el más grande misionero de Chiloé". Su
vida fue un testimonio del mandato evangélico: "Id y haced discípulos de
todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
(Mt.28, 18-19). Compartió su apostolado con las responsabilidades de la rectoría del
Colegio en Castro (1750-1752), de consultor de la casa, de confesor en la Iglesia, y
posteriormente de Superior de la statio de la localidad de Chonchi (1753 ss). Lo que distinguió
fundamentalmente su obra misional fueron las "misiones circulares", que
anualmente se realizaban por más de 70 poblados del archipiélago. Junto con otro
acompañante misionero, todos los años, el día 17 de Septiembre salían desde Castro
para visitar todas las capillas de los Curatos de Santiago de Castro, San Antonio de
Chacao y San Miguel de Calbuco. En cada una de ellas, predicaban la "misión" y
administraban los sacramentos. Los misioneros regresaban a Castro al finalizar el mes de
Mayo, cuando ya las lluvias del invierno no les permitían continuar con aquel sistema de
apostolado. Desde 1729 hasta 1741 el P.
Fridl recorrió la "misión circular". El año 1760 aparece en la residencia de
Achao, ubicada en la isla de Quinchao, cercana a Castro. Estas casas de la Compañía,
junto con la de Cailín, en aquellos años eran las más australes que la Compañía
poseía en el mundo, y donde la estación invernal abarca desde el mes de Mayo hasta
Octubre, con abundantes lluvias y bajas temperaturas, lo que dificulta, no pocas veces, la
labor misionera. Hoy todavía, causa admiración
este trabajo misional de los jesuitas en Chiloé. Así, por lo menos, lo expresa un texto
reciente: "Hace exactamente 377 años desde que una flotilla de piraguas,
tripuladas por indios y por un misionero jesuita, se adentrara río arriba hasta el punto
en que ni aún la más alta marea permite la navegación por el río Colo. Allí una vez
elegido el sitio y desembarcados, se desmonta el terreno ribereño y se comienza a
construir una pequeña capilla. El patrón de la iglesia será San Antonio de Padua,
advocación querida a los hijos de San Ignacio. Año tras año y hasta la expulsión de
los jesuitas, el punto misional de San Antonio de Colo, en la isla Grande Chiloé, será
visitado. En efecto, en los intrincados canales, fiordos, ríos y pequeñas islas del
archipiélago, los jesuitas, durante el transcurrir de la Colonia, edificaron cerca de
ochenta iglesias". "El medio de comunicarse
con ellas será, naturalmente, el periplo marino: una gran parte de los lugares en donde
emplazarán estas capillas serán pequeñas islas. Las construidas en la Isla Grande,
siempre al bordemar, darán la espalda al espeso y húmedo bosque chilote, intransitable
por tierra". "Así, ese modo de
evangelizar que los jesuitas ya habían probado con éxito en otras partes del mundo, se
impondrá también en Chiloé. La Misión Circulante, que así se llama este sacro bogar,
saldrá todos los años en "raid" evangelizador. Ello se verificará desde el
inicio de la primavera hasta los primeros días del otoño. Durante el invierno se
recogerán a sus píos menesteres en el Colegio de Santiago de Castro. Mientras tanto la
misión quedará a cargo del fiscal". "Los jesuitas eran casi
todos provenientes de Europa Central. Leyendo documentos sabremos del padre Luis Berger.
Que el rector del Colegio de Castro, en 1688, se llamaba Andrés Supecio y venía de
Silesia. En el siglo XVII encontraremos al bávaro F. Javier Wolfwisen o el germano
Nicolás Klefer. otros: Van der Meeren, belga; Arnoldo Jaspers, flamenco; Ignacio Steidle,
alemán; Miguel Kohler, austríaco... Un día en 1767 serán expulsados".
(Gustavo Boldrini: "Chiloé, andanzas y palabra escrita". Ed. Mar Interior,
1990. pp. 14 ss.). Así fue...lamentablemente. El
decreto de expulsión de todos los jesuitas dictado por el Monarca español, Carlos III,
llegó a Chiloé en Diciembre de 1767. Ese año el P. Fridl estaba semi inválido, falto
de memoria, vista y oído, con hernia. Tenía 83 años. El Gobernador lo dejó solo en
Castro, mientras sus compañeros jesuitas fueron condu-cidos bajo custodia militar hasta
el puerto de El Callao, Perú. Empero, el anciano logró una
recuperación de su salud, y el 13 de Diciembre de 1768 llegó detenido al puerto de
Valparaíso. Desde este lugar fue remitido al Perú. Falleció en Lima, Peru, el año
1769. DIEGO JOSE FUENZALIDA S.J.
(1744-1803) Se educó en el Convictorio San
Francisco Javier en Santiago, a donde había ingresado el año 1755. Cuatro años más
tarde solicitó su admisión al Noviciado San Francisco de Borja en Santiago. Cuando la Compañía fue
expulsada de Chile, 1767, (Fuenzalida fue apresado el 28 de Agosto de 1767), cursaba 3º
año de teología, habiendo ya recibido las ordenes menores. Desterrado junto a sus
compatriotas a Imola, Italia, en esta ciudad concluyó sus estudios y fue ordenado
Presbítero. En el Seminario de la misma ciudad italiana desempeñó la cátedra de
teología moral desde el año 1783. Para uso de sus clases escribió su "Compendio de
teología moral", según probados y buenos autores. Aparte de sus actividades
curiales, este chileno exiliado fue un polemista en materias teológicas, entre 1781 y
1790. Escribió sus obras en italiano, lengua que llegó a dominar con soltura.
"Carta de un eclesiástico Turinés a un eclesiástico de Bologna" (1781), sobre
la santificación de las fiestas, tema sobre el que insistió en una segunda carta al año
siguiente. Escribió también "Observaciones teológicas de Gaetano de Brescia sobre
el Análisis de las Prescripciones de Tertuliano de Pedro Tamburini", jefe supremo
del jansenismo italiano. Impresa en Asís en 1783, volvió a imprimirla "corregida y
aumentada" en 1786. En 1784 publicó la "Defensa teológica de la clausura de
las monjas", contra la obra de Pío Contese, titulado: La Monja instruída. Usó como
seudónimo Antonio Bonelli, Archipreste de Santa Eufrosina. En 1788 hizo imprimir en
Asís, sus traducción de Los Fraudes del Jansenimso de Pedro Francisco Lafitau, Obispo de
Sisteron, bajo el seudónimo de Gaetano de Brescia. A éste hay que añadir una Pastoral
de Fenelon, Arzobispo de Cambray, y que se titula "Extractos de los testimonios de la
Iglesia Universal en favor de la Bula Unigenitus", que tradujo y publicó el mismo
año y en Asís. En 1790, bajo el nombre de Giusepp'Antonio Rasier, publicó
"análisis del Concilio diocesano de Pistoia", celebrado en Septiembre de 1786,
por Mons. Escipión de Ricci, Obispo de Pistoia y Prato. Fuera de estas obras impresas
hubo algunas manuscritas. La Santa Sede incluyó en el
Indice de Libros prohibidos las obras de Tamburini, y condenó por Bula Unigenitus el
Sínodo de Pistoia, pero también fue condenado el "Análisis del Concilio diocesano
de Pistoia", de Fuenzalida "para no irritar más a los jansenistas", no sin
dolor del autor. Cuando estalló la revolución
en Francia -1789-, aparecieron varios opúsculos debidos a su pluma, refutando los errores
que los impíos revolucionarios trataban de extender por todas partes. El Cardenal Gregorio
Chiaramonti, Obispo de Imola, lo designó teólogo y examinador sinodal. Cuando este
Cardenal, el año 1800 llegó al Supremo Pontificado con el nombre de Pío VII, el P.
Fuenzalida rehusó el cargo de teólogo de la Santa Penitencia, que le correspondía,
porque el mismo expresó: "Si estando lejos del Papa se me atribuyen algunas
providencias no nacidas por influjo mío sobre el ánimo del Santo Padre, qué sería si
me viesen tratando diariamente con su Beatitud. La prudencia debe ser la regla de nuestras
acciones, y sin ella San Bernardo llama vicio a la virtud misma..." Fuenzalida, empero, añoraba su
patria lejana: "Yo le aseguro que de mejor gana me hallaría en una estancia de
Chile, instruyendo en los misterios de la fe a los inquilinos de ella, que aquí de
teólogo episcopal, de examinador sinodal y de maestro, empleos que traen gran trabajo sin
la menor utilidad". Un deceso repentino terminó con
su vida en Imola el 1 de Octubre de 1803. Había nacido en Santiago el 12 de Noviembre de
1744. CARLOS GALCERAN S.J.
(1859-1942) El P. Carlos
Galcerán nació en Villanueva y Geltrú , España, el 18 de Agosto de 1859. Sus padres
fueron don Carlos Galcerán y la sra. María Mercedes Montaner. Empleado en una farmacia
en la ciudad natal, el 1 de Febrero de 1882, solicitó su ingreso al Noviciado de la
Provincia de Aragón, ubicado en la ciudad de Veruela. Emitidos los votos del bienio
continuó con los estudios clásicos en el Juniorado y en la misma casa. Para los estudios de
filosofía debió trasladarse al Colegio Máximo de Jesús en Tortosa (1886-1888). Para la
etapa del magisterio fue destinado al colegio en Orihuela, donde enseñó retórica,
física y química. Regresó al colegio de Tortosa en 1891 donde cursó los estudios de
teología que lo llevaron al sacerdocio el 29 de Julio de 1894. La 3ª Probación la hizo
en el Palacio del Santo Duque en Gandía (1895), teniendo como Instructor al P. José
Barrachina, y como compañero a nuestro conocido P. Antonio Falgueras. Concluida la formación,
el P. Galcerán fue enviado a Argentina, arribando a la ciudad de Buenos Aires a fines del
mes de Agosto de 1896. Su primer destino fue el Colegio la Inmaculada en Santa Fe; llegó
en Diciembre de 1896 y hasta fines de 1899 fue profesor de retórica y de química en el
Colegio. Pasó, entonces, al
Seminario San Carlos en Ancud, Chile, que la Compañía tomaba a su cargo. Durante 15
años seguidos fue profesor de física, química, ciencias naturales en la sección
seglar; cosmología y teología moral en la sección seminaristas, del que también fue
prefecto, ministro y Rector (1900-1915). Un exalumno lo recuerda como "un santo y
un sabio. Amó con pasión la ciencia de los astros, tal vez porque cantaban la gloria del
Creador; la enseñó con ardor y entusiasmo; la propagó por la prensa en artículos
llenos de erudición y de ciencia; y aumentó el gabinete del Seminario con piezas e
instrumentos de gran valor. El sabio y el santo se disputaban el afecto y la admiración
de los jóvenes que no sabían a quien rendir con más justicia sus homenajes".
(Francisco J. Cavada: "El P. Carlos Galcerán S.J." en "La Cruz del
Sur", Ancud 4.06.1942) A mediados de Julio de
1915 fue enviado al Colegio San Ignacio en Santiago. Tomó a su cargo la catequesis de los
niños pobres en la iglesia de San Ignacio. En los conventillos y en los cites del sector,
buscaba a los niños, los invitaba, con paciencia les enseñaba, los dirigía, los
confesaba y los preparaba para las primeras comuniones. A lo anterior hay que añadir el
apostolado de los Ejercicios Espirituales a distintas congregaciones de religiosas y de
las misiones en sectores alrededor de Santiago. Durante 25 años, ocupando
hora tras hora, mañana y tarde el mismo tradicional confesionario, millares de
absoluciones salieron de los labios de este apóstol de Jesucristo, que ejercía su
misión de perdonar las faltas y de aliviar las conciencia de las personas que acudían a
él.. Con un sencillo contador de ovejas, llevaba la estadística de sus confesiones. En los postreros años,
una caída le fracturó una pierna. Sacerdote lleno de celo, no se desanimó. Rendido por
los años y los achaques e incapaz de las proezas apostólicas de otros tiempos, quiso
imitar todavía más a su Señor: se dedicó a llevar el consuelo a los más necesitados
que él. Y así, agachado, cojeando, medio ciego, acompañado casi siempre por niños
pobres, llevaba la luz de la fe y el evangelio de la caridad a los que el mundo no toma en
cuenta: pobres, enfermos y afligidos. Necesitaba andar con muletas; en ellas había una
bocina para evitar que lo arrollaran. El 2 de Junio de 1942, al
levantarse, sufrió un ataque cerebral. Pocas horas después, rodeado de sus hermanos en
religión, que rezaban por él, entregó su espíritu al Señor. LUIS GALLARDO ALMONACID S.J
(1912-1968) Dios habla a los hombres para
dar un mensaje o por medio de los acontecimientos o por medio de otros hombres. El P. Luis
Gallardo S.J. fue uno de esos apóstoles de la Iglesia. Nos dio un mensaje, especial y
reconfortante, de que todo cristiano debe y puede santificarse en cualquier género y
condición de su vida. Este buen sacerdote nació en un
desconocido lugar de la isla Puluqui, cercana a Calbuco, el 15 de Septiembre de 1912. La
casa paterna, al estilo de la región, toda de madera, con amplios miradores, rodeada de
una extensa arboleda de manzanas y de un extenso huerto, acogió a 14 hijos del matrimonio
Gallardo Almonacid, y Luis fue el 8º entre ellos. Con "repique de campanas
y alegrías del 18 de Septiembre", Luis fue llevado al templo donde recibió el
sacramento del bautismo, pasando así a engrosar las filas de la Iglesia católica. Nada de espectacular suele
suceder en el seno de esas familias campesinas, arracimadas como brotes en torno a la mesa
de los papás, quienes, llenos de fe y esperanza en Dios, trabajan la madre tierra para
sacar el sustento y los vestidos destinados a la familia, además de educarla lo mejor
posible. A los 8 años, el niño recibió
por primera vez el alimento del pan consagrado; su mente se iba alimentando también con
la lectura de la Biblia y de vidas de santos, lecturas habituales en aquel hogar
cristiano. La instrucción primaria la adquirió en la escuela de Puluqui, donde concluyó
a los 12 años. En 1925 el hogar de los Gallardo
recibió la visita de un sacerdote misionero que daría un rumbo definitivo al futuro
apóstol entre los pobres. La labor de este misionero, P. Carlos Ramírez S.J, marcó tan
hondamente a Luis que en ese momento decidió cuál sería su destino. Se preparó durante
todo aquel año y cuando hubo cumplido los 13 años, partió hacia Chillán para ingresar
al Seminario Menor que los jesuitas tenían en esa ciudad, y donde estaba igualmente el
Noviciado de los futuros jesuitas chilenos. Su vida no tuvo una figuración
externa que diera lustre a sus actos, como por ejemplo la que dio a Chile, la vida y
actuación del P. Alberto Hurtado S.J. Tuvo sí otro cauce, silencioso y tranquilo, y sin
bulla a los ojos humanos, pero realizó una actividad espiritual profunda en beneficio de
muchas almas, especialmente entre los pobres, que bien merece ser conocida por todos los
sureños, de sus amigos de la isla Puluqui, Calbuco y regiones circunvecinas. Recién pronunciados sus votos
religiosos y comenzando los estudios de latín, griego y letras clásicas en Córdoba,
Argentina, en el mes de Septiembre de 1930, cayó enfermo con caverna en el pulmón
izquierdo, y declarado tuberculoso por los médicos y condenado a reposo completo. Los caminos de Dios, sin
embargo, eran otros. Desde entonces, hasta el año 1969, siguió una ruta ascendente de
enfermedades, sufrimientos, con mejorías aparentes y nuevas recaídas que obligaban a
cambios de clima, pero que no le impedían entregarse por entero a la obra de su
apostolado, al testimonio de su fe cristiana y al servicio de los más necesitados. Podemos distinguir en la vida
del P. Gallardo dos etapas muy marcadas: a) Período de sus años de
estudios, hasta llegar al sacerdocio en 1945. b) Su vida como sacerdote del
Señor hasta su muerte en 1969. Es posible seguir el camino de
su vida con seguridad porque 3 días antes de morir en Arica, dictó a sus amigos que lo
asistían, una especie de resumen o "testamento", y que son en una bitácora
segura, donde aparecen los diversos rumbos que fue tomando la navecilla de su vida; Como
aquellas lanchas veleras que conoció y navegó cuando niño, las que saliendo de las
innumerables islas de esa región sur, enfilan rumbo a Puerto Montt, Calbuco o Cochamó,
cargadas con las mercaderías, infladas sus velas, volteando por los canales, o directas
hacia el lugar de abrigo para capear el temporal o pasar la noche. Nos dice en su
"testamento" cómo viajó de un colegio a otro para recuperar su salud:
Córdoba, Santa Fe, San Miguel, Mendoza, etc. en busca de una salud que no encontraba
mejoría, y con el ansia de proseguir sus estudios que lo llevarían al sacerdocio, su
gran ideal, y que se había propuesto conseguir a costa de cualquier sacrificio. Debió
continuar sus estudios, casi siempre solo; primero las humanidades, latín, griego, etc.
luego filosofía, y finalmente teología, que empezó y terminó en el Colegio Loyola de
Padre Hurtado, cercano a Santiago. Con qué ansias se dedicó a
esos estudios y con qué alegría escribe en su "testamento" al terminar la
filosofía: "Aprobé filosofía", como el atleta que llega primero a la
meta, levanta en alto las manos y canta: ¡Victoria, gané la carrera! El 21 de Abril de 1945, Luis
Gallardo fue ordenado sacerdote del Señor en la capilla del Colegio Loyola por Mons.
Teodoro Eugenín, y que años antes había sido Párroco en la isla Guar, vecina a
Puluqui. Con qué felicidad y emoción pudo al fin cantar: "Llegué a la meta
fijada...salí victorioso". Así fue en efecto. En una carta respuesta a su
Superior Provincial, P. Pedro Alvarado, que le preguntaba sobre sus deseos y esperanzas,
le respondía: "Quiero llegar a ser sacerdote, aunque sea arrastrándome..."
Y lo cumplió. Luego ya sacerdote, vemos cómo
cumple lo que escribe en su "testamento": "Averiado...a media
máquina...le hice empeño en la viña del Señor. En Valparaíso, Doñihue, Putaendo,
Santiago, en la Parroquia Jesús Obrero y en la escuela Francisco de Borja Echeverría,
para terminar en Arica, en donde estuve durante 9 años, junto al morro". Es
digno de ser conocido aquel itinerario, muchas veces sangrando las pisadas por el dolor y
los sufrimientos; otras veces, mejor de salud, trabajando con todo ahínco en todos esos
sitios, ya sea como confesor en las iglesias, Director de escuela en Santiago durante 10
años; Vicesuperior en la residencia de los jesuitas en Jesús Obrero, y luego en Arica
como Canciller del Obispo, como fundador de dos parroquias populares, viviendo entre los
pobres, ejerciendo su apostolado con la pluma, por la radio, con el ejemplo, con la
dirección espiritual de miles de personas, aun tendido en el lecho de su enfermedad. Así
era; en Santiago y en Arica, cada año, apenas llegaba el otoño debía postrarse en cama,
con fiebre, ahogos, dolores, insomnios, etc. Y siempre animoso, siempre
adelante...ofreciendo al Señor esos dolores, esa soledad por las almas, por la Iglesia,
por la compañía de Jesús, por el Papa Juan XXIII su gran amigo, por las vocaciones
sacerdotales. A pesar de la distancia, su
mente, sin embargo, no olvidaba su tierra sureña: "Puerto Montt...mar del
sur...cholgas ... curan-to... Tenglo, Maillén, Guar, Puluqui, Colegio, cerro, campos,
verdor, brisa, mar..." En carta a otro jesuita que visita Puerto Montt, le pide: "Anda
donde mi hermano Lorenzo, mi cuñada Carlota, mis sobrinos Chela, Alfredo, Lorenzo y
María Delfina. Cariños a todos; pasa donde mi hermano Nicanor Soto en calle Miraflores
1373 en Puerto Montt". "Y...¿ por qué no ir a mi Parroquia de Puluqui? Allí
alojas en la casa de mis hermanas Sofía y Fidelia...te pasas a Chéchil y ves a mis
hermanos Antonio y Angel Custodio, cada uno con montones de familia. En todas partes saca
fotografías...en el cementerio de familia ruega por papá, mamá, Felipe, Roberto...todos
me esperan en la gran isla puluqueña del cielo". La fuente de tanta energía y
valor de este hombre estaba en su espíritu de oración y en sus Ejercicios Espirituales,
que recomienda San Ignacio de Loyola, y que aprendió en los comienzos de su vida
religiosa. En sus apuntes escritos en Arica el 5 de Enero, textualmente nos decía: "En
mis manos y en mi afecto un librito maravilloso que se llama "Ejercicios Espirituales
de San Ignacio de Loyola"...con su oración inicial del Alma de Cristo y su colosal
"Principio y Fundamento"": el hombre es creado para alabar, hacer
reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma...".
"Dame, Señor, gracia y luz para conocer mi fin y vivir conforme a su plan
divino". Conmueven íntimamente la
consideración y lectura de sus escritos, al espigar de entre ellos los sentimientos del
padre, que de seguro, fue desgranando en el papel, la avalancha de inspiración que le
traía la meditación de la Persona del Salvador: "Las Bienaventuranzas... una
tras otra, como lluvia mansa, como fuego, como avalancha que destruye lo antiguo, como
nueva primavera que restaura y da vida...Las palabras del Maestro están vibrando en el
mundo. Siguen siendo semilla que cae en el camino, o en piedra o en tierra preparada que
fecunda y crece...Así es..." Es cierto que en el organismo
del padre Gallardo no se detectaban los síntomas típicos y comunes de la tisis, o sea
las hemorragias, el cansancio general y casi permanente. Pero, ahí estaban las
radiografías que denunciaban las cavernas en los pulmones, síntoma de aquel mal...Y como
la ciencia no tenía entonces conocimiento de otra enfermedad similar, lo trataron como a
un tísico. Empero, el último año de su
vida, los médicos descubrieron que estaban errados, pues se trataba de una "micosis
pulmonar", es decir, un hongo que poseía las mismas manifestaciones de la tisis, en
cuanto produce cavernas en los pulmones. Estos hongos invadieron los dos pulmones del
padre, que sólo pudo vivir con un cuarto de uno de ellos, y con ese bagaje de fuerzas
hizo todo lo que nos ha narrado en su "testamento". Es sobrecogedor el relato de esa
conversación habida entre la esposa del médico y el sacerdote enfermo, cuando esa buena
señora la comunicó que su enfermedad no era el temido bacilo de Koch, sino que eran
hongos poco conocidos. "Se iluminó de repente su mirada y sus facciones
resplandecían de una luz especial de intensa alegría. Se enderezó algo más en su lecho
-su postura ordinaria, día y noche, era de estar recostado, sin poder nunca tenderse por
la respiración- y tomándose ambas manos, mirándome con profunda emoción, levantó los
ojos al cielo y me dijo efusivamente: ¡entonces, Mutty, yo no he contagiado a
nadie!" Y prosigue Mutty su emocional
relato: "Y en el calor de sus manos, y en la emoción de su voz y en el candor de
su mirada, veía a un padre Lucho muy distinto, muy grande, muy elevado...y yo, muy
pequeñita...ante ese gigante de la caridad...de la caridad que no pensaba en ese instante
en su dicha personal y en su salud, sino en el bien de los demás, a quienes emía haber
tal vez contagiado...! ¡No era tísico...! Luego
podía, debía sanar...Para ser útil a los pobres! Esa fue la nueva savia que
vitalizó sus energías y le dio alas para pensar y discurrir nuevos planes de apostolado. No se imaginó él y la señora
Mutty que esa nueva enfermedad que recién descubría la ciencia, no tenía por entonces
remedio. Este hombre de Dios, que como
nos enseña el apóstol San Pablo, "completó en su cuerpo los sufrimientos del
Señor", Dios lo recibió en su gloria el Domingo 10 de Agosto de 1969. Arica entero se conmovió. La
prensa local publicó al día siguiente algunos acápites del legado de amor, de fe y de
humildad que escribiera pocos días antes: "Quiero dejar un aporte
para la ciencia y este hospital. Quiero que al morir se me haga autopsia, creo que puede
ser un aporte para bien de muchos colegas enfermos. No quiero que conmigo se haga ninguna
distinción con un pobre". "Quiero que mi tumba no
tenga ninguna distinción, que sea como la de un pobre y al lado del último pobre que se
enterró ayer en esta ciudad. No quiero coronas. Sí las flores que mis devotas viejitas
quieran llevar a mi tumba". "Entrego en las manos de
Dios lo que El me ha dado. Tantas almas, tanta juventud, tanta niñez, tantos hombres y
mujeres, colegas sacerdotes. Tanto cariño dado y recibido". "Dios es amor. He sido
un reflejo de ese amor de Dios en la vida. Bendigo esta buena tierra, este bendito exilio,
sus campos, sus ríos, sus cordilleras, sus bosques. Bendigo esta Patria que Dios me ha
dado. Quisiera vivir para verla más próspera, mas comodidad de pobres en la seguridad de
un destino mejor" (Diario La Defensa. Arica. 11.08.1969). Pido disculpas si en algo
he ofendido a alguien. Perdono de corazón cualquier deficienca que se haya cometido
conmigo, pero vivo y moriré eternamente agradecido por tanto beneficio recibido. Miguel A. Olavarría S.J GUILLERMO GALMES FEBRER S.J.
(1873-1950) La edad de Cristo
-treinta y tres años edad- tenía el H. Guillermo Galmés cuando dejó el mundo y acogió
la invi-tación que el Padre eterno le hacía para trabajar por el Reino. Había nacido en Manacor, isla
de Mallorca, España, el 9 de septiembre de 1873, y entró al Noviciado de la Provin-cia
de Aragón, ubicado en el Palacio del Santo Duque, Gandía, el 22 de diciembre de 1906. Su
Maestro fue el P. Maginus Ginesta el cual en aquel año recibió a 42 novicios, entre
escolares y hermanos coadjutores. Galmés fue el últi-mo ingresado en 1906. Siendo aún novicio y de gran
contextura física, Galmes se embarcó para América y atravesó el Océano en compañía
del P. Juan Corominas y del H. Sebastián Artigues. Hizo los votos en el antiguo noviciado
de Córdoba de la calle Caseros, sendo Rector y Maestro de novicios el P. Moisés Dávila. Desempeñó el oficio de
cocinero en el Colegio Sagrado Corazón en Montevideo, Uruguay y en la residencia de
Men-doza, Argentina (1909-1915). En 1916 llegó a Chile, y trás
una breve estadía en el Seminario San Carlos de Ancud y Colegio San Francisco Ja-vier de
Puerto Montt (1917), fue destinado a la residencia de Concepción, donde por espacio de 22
años, casi sin inte-rrupción, desempeñó, con admirable acierto, el oficio de
sacristán en nuestra iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. Muy duro fue para el
abnegado sacristán el ver dicha iglesia -joya arqitectónica para la ciudad- que con
tanta solicitud había cuidado, amenazando ruina a raíz del terremoto del 24 de enero de
1939. Repuesto anímicamente del
desastre telúrico, volvió al Colegio en Puerto Montt, donde laboró como sacristán en
los años 1939 y 1940. Con la salud bastante
quebrantada ayudó en los últimos diez años de su vida en el Noviciado de Loyola, dando
a todos ejemplo de laboriosidad y exacta observancia regular. El hermano Galmés entregó su
alma al Creador el día 13 de febrero de 1950. Sus funerales se efectuaron en el
ce-menterio de Malloco y fueron presididos por el Padre Asis-tente, Tomás J. Travi, que
se encontraba en esos días en visita a la Viceprovincia. Esperando la resurrección sus
restos descansan ahora en el cementerio de la Casa de Ejercicios en Padre Hurtado. IGNACIO GARCIA S.J.
(1696-1754) El futuro mstico naci en San
Versimo de Ozza, cerca de Santiago de Compostela, Espaa, en Enero de 1692. Estudi con los
jesuitas en La Corua, mostrando desde joven un temperamento inclinado al recogimiento, a
la oracin y a la soledad. En 1713 fue admitido en el
Noviciado de la Compañía en Villagarcía. Fue un novicio ejemplar e hizo sus votos en
1715. Los estudios de filosofa los
hizo en el Colegio de Santiago de Compostela y los teolgicos en Salamanca, donde tambin
fue ordenado sacerdote. Sintió que el Señor lo llamaba
para trabajar en el Nuevo Mundo. Obtuvo el permiso del Superior General, P. Miguel Angel
Tamburini, y el 21 de Noviembre de 1722 se embarcó en Cádiz, junto con otros cuarenta
jesuitas, entre los cuales estaba el después famoso P. Carlos Haymbhausen. Tras cien
días de navegación arribaron a Buenos Aires. Coincidió su estadía en la capital
argentina con la festividad de la Ascensión del Señor al cielo; el P. García fue
elegido para pronunciar el sermón en la iglesia de la Compañía. Desde Buenos Aires partieron en
carretas hacia Mendoza, atravesando finalmente la cordillera de los Andes a lomo de mula.
La expedición llegó a Santiago el 4 de Febrero de 1724. En Chile el primer destino de
este sacerdote fue el Colegio de Coquimbo, donde se destacó por su oración y su
espíritu de estudio. Seis meses después lo nombraron profesor de gramática en el
Convictorio de San Francisco Javier en Santiago. En 1727 fue enviado a enseñar filosofía
en el Colegio de la Compañía en Concepción; halló hizo su profesión solemne el 15 de
Agosto de 1730. Regresó a Santiago como
catedrático del Colegio Máximo San Miguel, y al mismo tiempo era el prefecto de la
Congregación Mariana. Como tal se destacó en el ministerio de la predicación, de la
confesión y de la dirección espiritual. También daba misiones en el campo. Después de
una breve estadía en Bucalemu, volvió a Santiago y reanudó su apostolado anterior,
destacándose junto con el P. Nicolás Contucci en la dirección de la Casa de Ejercicios
Nuestra Señora de Loreto. Este buen hijo de San Ignacio
falleció en Santiago el 2 de Octubre de 1754, en medio de una general veneración. Por disposición testamentaria,
su corazón fue extraído para ser depositado en el Monasterio de Santa Rosa, que había
fundado y promovido. Hace algunos años se escribió
de él: "Hombre de oración y estudio, Ignacio García Gómez, impresionó
a sus contemporáneos, tanto por su recogimiento y su espíritu de penitencia, como por su
celo apostólico y su amor por los pobres. Sus biógrafos subrayan su humildad, su
paciencia, su prudencia, su caridad, su solicitud por los enfermos, moribundos y
encarcelados, en favor de los cuales mendigaba él mismo de puerta en puerta. También se
distinguió por su amor a la Virgen, a los ángeles y a los santos. Hombre inclinado a la
contemplación fue al mismo tiempo un activo realizador: fundador del Colegio de la
Compañía en San Fernando y en Santiago del beaterio de Santa Rosa de Lima, y después
del Monasterio del mismo nombre. Ejerció sus distintos cargos con satisfacción de todos
y halló tiempo para escribir varios Libros" (Carlos Hallet S.J: "El
Congregante perfecto del P. Ignacio García, S.J. Santiago, 1982). ALGO MAS SOBRE EL P. JOSE
GARCIA MARTI S.J. (1732-1793) (1) El P. José García Martí
pertenece a la falange de jesuitas ibéricos que dejaron su tierra natal por la enseñanza
de la fe cristiana a los naturales de América del Sur. Había nacido en Ayora,
Valencia, el 24 de Abril de 1732. Veinte y dos años tenía cuando solicitó su ingreso a
la Compañía de Jesús el 3 de Febrero de 1754, en Aragón. Al año siguiente -1755-
viajó a Chile, donde hizo sus estudios hasta alcanzar la ordenación sacerdotal el 27 de
marzo de 1759, que recibió en Santiago y de manos de Mons. Manuel de Alday. Siendo sacerdote enseñó
gramática en el Colegio de Chillán; después pidió ir a misiones: primero a la isla de
Juan Fernández y posteriormente a Chiloé, la misión más austral de la Compañía en el
mundo. La experiencia de trabajos
misionales, puesta en práctica por la Compañía en otros continentes, fue aprovechada
por los misioneros que llegaron al archipiélago de Chiloé, con sus características
geográficas peculiares. El Colegio de Castro fue el centro de un enorme complejo,
constituido por tres misiones -Achao, Chonchi y Cailín- que, con sus respectivas capillas
cabeceras, abarcaban la totalidad de dicho archipiélago. Una misión anual "misión
circular", visitaba desde Septiembre hasta Mayo de cada año, la totalidad del
territorio. Desde los primeros años los
misioneros jesuitas recomendaron que en todas las islas se levantaran capillas, en lo
posible cercana a la playa. A cada capilla se le asignaba un indio "fiscal",
que, instruido en su ministerio quedaba a caro de la fábrica de la iglesia y del socorro
espiritual de la comunidad o pueblo. La labor evangelizadora se
hacía exclusivamente por mar. Un resumen del "Diario del viaje i navegación
desde su misión de Cailín, en Chiloé, hacia el Sur. Años 1766 i 1767", del P.
García, nos ayuda conocer el trabajo misional en esas regiones. Zarpando desde Cailín
(situada en la pequeña isla del mismo nombre) el 23 de Octubre de 1766, el misionero
encabezó una expedición que se dirgiría hacia el sur, formada por 5 españoles y 34
indios. El tenía muy clara su obligación como evangelizador: "también a los
otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado"
(Mt.4,44). Se equiparon entonces cinco piraguas: San Miguel, Nuestra
Señora del Carmen, San Juan, Nuestra Señora de Desamparados
y San José. Se pretendía el rescate de las
salvajes tribus de calenes y taijatafes, que habitaban los archipiélagos y canales
situados al sur del tempestuoso golfo de Penas, entre los 48º y 49º de latitud sur. La primera etapa del viaje, de
Cailín a la laguna San Rafael, había cubierto Para evitar el peligroso paso
del golfo de Penas, se ideó cruzar a pié desde la laguna San Rafael, a través del istmo
de Ofqui, cargando las piraguas al hombro por los mismos tripulantes. El P. García
demoró nueve días en tramontar con sus piraguas los accidentados dos mil metros del
istmo y en reparar allí dichas embarcaciones, así como su velamen. Hubo de dejar anclada en la
laguna una de las piraguas por ser demasiado grande, y otra sobre el istmo, para no tener
que desarmarla y volver a rearmarla. Todo ello le exigió disminuir la tripulación en
nueve hombres -tres españoles y seis indígenas-, que debieron esperar allí su retorno,
dos de los cuales habían sufrido serias lesiones durante los avatares del traslado
terrestre de las piraguas. Tres días después había
descendido, por vía fluvial ( El misionero logró traer de
vuelta de este viaje un total de ocho indios, entre hombres, mujeres y niños calenes, que
aportaron al efecto sus propias piraguas. Dejó encargado a un matrimonio de esa raza y a
un "embajador" taijatafe, que él mismo designó (e invistió con un bastón de
mando), el tenerle reunidas ambas tribus para el año siguiente, a fin de llevarlas a
Chiloé. El 5 de Enero de 1767 volvió a
remontar el río San Tadeo y a deshacer el viaje vía istmo de Ofqui, laguna de San
Rafael, para llegar a su misión de Cailín el 30 del mismo mes. Al finalizar su diario, el P.
García expresa su felicidad por haber logrado aportar nuevos adeptos a Cristo. (Diario
"El Mercurio", 5 de Abril de 1992). El padre había prometido a los
taijatafes volver a recogerlos a fines de 1767. Dicha promesa sería trágica y
parcialmente cumplida, a principios de 1768, por su sucesor el P. Juan Vicuña Hidalgo
S.J. quien murió ahogado durante el viaje de retorno. Es que los PP. José García
Martí y Miguel Mayer se encontraban el día 8 de Diciembre de 1767 realizando la
"misión circular" en la capilla de Curaco, cuando fueron prendidos por los
agentes del gobierno. Al día siguiente, 9 de Diciembre, el P. Mayer ponía fin a sus
ministerios y hacía su "último acto misionero", bendiciendo dos casamientos. Los padres permanecieron bajo
custodia militar; partieron de Lacuy el 4 de Febrero de 1768 y llegaron a Lima el 1 de
Marzo del mismo año. Posteriormente, junto a los demás jesuitas de la Provincia chilena,
fueron trasladados a España. El P. García debió permanecer preso hasta 1773, por la
acusación hecha a todos los misioneros de Chiloé de querer entregar dicho archipiélago
a los ingleses. En 1773 se dirigió a Italia; vivió en Imola, Cessena y Bologna, donde
falleció el 19 de Septiembre de 1793. ALDO GIACHI S.J. (1927-1989). El P. Aldo Giachi había
nacido en Stia, Italia, el 11 de Abril de 1927. Alumno de la Escuela Apostólica en
Gerona, sintió el llamado del Señor. Pidió ser admitido en la Compañía, ingresando al
Noviciado de Aricia, el 8 de Abril de 1946. Emitidos los votos de
bienio, fue enviado a la casa de formación en Galloro para cursar un año de juniorado. En 1950 comenzó la
filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana. Cuando cursaba 2º año se le
descubrió un tumor inextirpable radicado en la médula espinal. Su muerte se creía
cercana. Pero Dios tenía otros
planes. En 1953 inició la teología en la misma Universidad y fue ordenado, con especial
dispensa de Su Santidad Pío XII, el 5 de Enero de 1957 en la localidad de Mondragone.
Había tomado parte en una peregrinación a Lourdes, y allí solicitó a la Virgen
Santísima que a su regreso, si era la voluntad de Dios, encontrara respuesta a una
solicitud dirigida a la Santa Sede, en que pedía licencia para ordenarse en esas
condiciones de salud. A su vuelta encontró la respuesta anhelada. Ordenado sacerdote
trabajó varios años en la Radio Vaticana, en la hora de los enfermos. Pero, debía ser
ayudado para todas sus actividades y necesidades. De esta limitación sacó fuerzas
espirituales para dedicarse con especial atención a los lisiados. Tenía muy claro que su
ordenación no fue un premio de consuelo: se sentía jesuita y que su vida "era no
solamente atender a la salvación y perfección de su propia alma con la gracia divina,
más con la misma gracia procurar intensamente ayudar a la salvación y perfección de las
almas de los prójimos". Por eso desde el inicio mostró una clara vocación
apostólica: dirección espiritual a los alumnos del Seminario Menor en Roma y trabajo con
lisiados en el Centro Oasis en Italia. Lo anterior le parecía
poco y se le puso que debería ir al lejano Chile a trabajar. Una vez más "la
locura de la cruz confundía a la sabiduría de los sabios..." Salió con la suya el año
1968 y llegó a Chile siendo ya tetraparaplégico. Comenzó la atención a enfermos del
hospital "Salvador" y después se dedicó a trabajar con inválidos. Aldo era
más inválido que los enfermos que atendía. Primero capellán de
ancianos en un hogar de religiosas; más tarde capellán de hospital del Salvador,
viviendo con los enfermos y animándolos con su presencia y sacramentos; finalmente,
dedicado por entero a su obra con lisiados e impedidos como él, a través del
"Centro Esperanza Nuestra", que él fundó en Maipú. Lo habilitó como
internado y se preocupó de que sus favorecidos aprendieran un oficio compatible con sus
limitaciones para ganarse la vida dignamente. Como si eso fuera poco, levantó un refugio
en la cordillera para los lisiados enfermos del pulmón; mantenía cursos y seminarios,
mensualmente daba cuenta de las actividades por medio de una pequeña revista que
denominó "Entrega". Con su presencia el P.
Aldo entregaba su consuelo y su apoyo; sin embargo comprendió que esa ayuda era
insuficiente. Trabajó, entonces, en despertar la conciencia de los chilenos y autoridades
para que reconocieran la necesidad de legislar a fin de asegurar los derechos de los
lisiados. Construyó una casa de vacaciones en la cordillera adaptada a personas que sólo
podían moverse en silla de ruedas. El Centro fue la ocasión también para que otros
laicos, colaboraran y encontraran una misión en sus vidas. Todo eso fue lo exterior;
más importante fue su amistad, su alegría, su cercanía que irradiaba esperanza, y la
verdad de su palabra sobre Dios. Al preguntársele la
fórmula secreta de su optimismo, el P. Aldo no dudaba en responder: "No me siento
enfermo, porque antes de pensar en lo que he perdido, pienso en lo que tengo: un corazón,
los ojos, la lengua, puedo sonreír y hacer todo lo que debo hacer. Estoy convencido de
que solo un enfermo que tiene la experiencia del dolor puede comprender a los otros en
todos sus problemas". "Yo sé por qué
vivo y qué fin tiene un discapacitado como yo. Pero esto lo puede enseñar solamente el
cristiano en el nombre de Dios y la Virgen". "Yo puedo amar y
entonces soy feliz, no me siento limitado. Es un deber del enfermo sanarse, pero hay un
límite de la ciencia y entonces el enfermo debe aceptar lo que no puede evitar. Tengo
muchas razones para ser optimista y ninguna para ser pesimista. Mi vida de enfermo, que es
inevitable, ahora se ha transformado en algo indispensable. Llegué a comprender que la
cruz, que puede parecer una desgracia, es un don. Dentro de una caja mohosa puede
encontrarse un tesoro, y ese tesoro lo he descubierto, con dificultad, porque no tengo
manos para abrirla, pero lo logré. Tengo paralizadas las manos, pero están las de los
sanos". El P. Aldo falleció en
Santiago el 21 de Julio de 1989. En Maipú una calle lo recuerda con su nombre. FRANCISCO DE PAULA GINEBRA
S.J. (1839-1907) De Cataluña. Sus ojos
vieron la luz del mundo en Vich, el 7 de Junio de 1839. Cumplidos los 20 años ingresó
al Noviciado en El Puerto de Santa María, España, -21 de Agosto de 1859- donde una vez
emitidos los votos del bienio, y en esa misma casa, cursó las humanidades clásicas,
retórica, latín , etc. El año 1862 comenzó la
filosofía en el Seminario de Balaguero, España, que regentaban los jesuitas. Concluidos
los tres años fue destinado al Colegio Inmaculada Concepción en Santa Fe, Argentina,
para hacer los años de magisterio (1865-1868). En dicho Colegio enseñó gramática,
geografía, historia y filosofía a los alumnos mayores. Entre los años 1869 y 1871
cursó las materias de teología en la residencia de Córdoba, Argentina, concluyéndolas
en el Colegio del Salvador, Buenos Aires, donde fue ordenado presbítero. A comienzos de
1873 se trasladó a Santiago; ese mismo año hizo la 3ª Probación en la residencia de la
calle Lira. Durante 25 años el P. Ginebra
enseñó filosofía en el Colegio San Ignacio (1874-1899); paralelamente dirigía la
"Academia de Filosofía Santo Tomás de Aquino", fundada por él mismo el año
1880, y cuyo objetivo era el estudio de la filosofía cristiana, destinada a profesionales
y alumnos. El P. Ginebra es autor del
célebre curso de filosofía en tres tomos, y que lleva el título "Elementos de
filosofía para el uso de los colegios de segunda enseñanza". Este texto tuvo gran
aceptación, y fe editado simultáneamente en Chile, España y Colombia, alcanzado, en
total doce ediciones; la primera en 1885 y la última en 1922. El autor expresó en el
Prólogo: "En el texto que hoy ofrecemos a la juventud estudiosa, nos esforzaremos
en exponer y demostrar la doctrina escolástica representada especialmente por el Angel de
las Escuelas, Santo Tomás de Aquino. Muévenos a ello la persuasión íntima de su verdad
y la de que ella es la única que armoniza la ciencia con la fe, la razón con la
revelación y la que disipa de un modo decisivo el cúmulo de errores que hoy traen
trastornado el mundo de las inteligencias. Y esta persuasión íntima es vigorizada y
reviste el carácter de un deber por la palabra del Pontífice León XIII, quien, en su
admirable encíclica AEterni Patris, del 4 de Agosto de 1879, señala la doctrina del
doctor Angélico como norma que debe seguirse en todas las escuelas católicas". Y en el Prólogo del texto sobre
Etica y Derecho Natural, señalo: "No se nos oculta que la Etica puede estudiarse
sin el Derecho natural; pero la razón demuestra que el estudio simultáneo de las dos
ramas de la Filosofía moral da cohesión científica al tratado, y la experiencia de
algunos años de enseñanza nos ha comprobado que los alumnos penetran mejor y más
fácilmente los deberes del hombre para con Dios, consigo mismo y con los demás, cuando
los aprenden a la par de los fundamentos del derecho; y sin éstos nos parece de todo
punto imposible comprender los deberes domésticos y sociales". Escribió también una
continuación de la "Historia de la Compañía de Jesús en Chile", en la época
contemporánea del P. Francisco Enrich S.J. (inédita). Desde 1903 hasta su deceso -26
de Enero de 1907- fue director espiritual de los seminaristas en el Seminario Pontificio
en Santiago. Otro trabajo importante de esos postreros años fue la investigación
histórica, hurgando en los archivos y haciendo sacar copias de muchos documentos. Tras una apariencia seria,
poseía un corazón bondadoso, "director de la juventud que sabía colaborar con
entusiasmo en sus ideales fe formación y apostolado". JUAN JOSE GODOY POZO S.J.
(1728 - 1788) PRECURSOR DE LA
INDEPENDENCIA Este insigne jesuita y patriota
americano había nacido en la ciudad de Mendoza el 12 de julio de 1728, en el seno de una
familia de viejo arraigo. El 10 de enero de 1743 ingresó a la Compañía de Jesús, en
concreto a la Provincia chilena de la orden jesuita. Hizo toda su formación en Chile,
como lo atestiguan los documentos de la época, y teniendo como compañeros de teología
el año Como sacerdote y profesor estuvo
primeramente en el colegio en Mendoza; más tarde fue misionero entre los indios infieles,
en lugares de misión. Los últimos votos los hizo en la misión en Angol, Chile, el 2 de
febrero de 1762. El decreto de expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus
dominios, que vino a dictar el año 1776 el monarca español Carlos III, lo halló de
capellán en la hacienda de Nuestra Señora del Buen Viaje, perteneciente a la Compañía
y situada en las inmediaciones de Mendoza. Godoy, que tuvo noticias de lo que le esperaba,
huyó disfrazado y cuando llegó a la estancia, el comisionado real, Juan Martínez de
Rozas, padre del futuro patriota, ya no se tenían huellas de él. Atravesando enormes territorios
y sin revelar a nadie su identidad, el furtivo religioso alcanzó hasta la distante
Chuquisaca, Bolivia. Allí en el Antiplano fue a descubrirse y pedir amparo al Arzobispo
Pedro Antonio Rojas Argandoña, como él chileno de nacimiento. Pero el prelado, temeroso
de incurrir en la cólera real si encubría al jesuita, lo entregó a las autori-dades,
que lo enviaron al Perú y de allí a Cartagena para ser embarcado a España. De ese modo Godoy, como muchos
otros jesuitas y compatriotas, llegó hasta la ciudad de Imola, Italia, el año 1773;
allí se les había fijado por la corona española residencia forzosa. Solo que el
mendocino, tal vez menos resignado que otros al injusto golpe inferido por el monarca a la
Compañía, se preparó con resolución y audacia a la represalia. Luego de caminar por
diversas ciudades de la península italiana -Bolonia, Roma, Venecia, Florencia- se
trasladó a la ciudad de Liorna y allí, en mayo de 1781, se embarcó rumbo a Londres como
capellán de un buque italiano. Bien sabía Godoy lo que haría
en la capital del Imperio británico. Apenas dos años antes, éste había roto sus
relaciones con España y reanudado con su vieja rival la larga guerra que sostenía con
intermitencias desde el siglo XVI. Era una ocasión que favorecía sus planes. Con el
nombre de don Juan, este patriota de la causa americana se coló hasta el despacho del
ministro de Asuntos extranjeros, Charles J. Fox, y le hizo ver la ventaja que para los
intereses ingleses representaría en esos momentos una revuelta en el Imperio
latinoame-ricano. El alzamiento debería comenzar en Chile y de allí se propagaría al
Perú. La ayuda de Inglaterra al golpe, sería compensada con un subsidio anual de un
millón de libras durante cincuenta años, con el monopolio del comercio para los
británicos por otros diez, y con la entrega a los mismos del puerto de Valdivia y la
venta exclusiva de esclavos negros (2). Por entonces también llegó a
Londres un aventurero español, Luis Vidal, con quien Godoy trabó amistad. Nunca supo el
peninsular el verdadero nombre de este último, pues el jesuita usaba el apellido Auger,
aunque no ocultaba su investidura eclesiástica y su origen chileno. Con él actuaban
entonces otros dos sujetos, que también se presentaban como jesuitas chilenos, pero, que
sin duda, disimulaban su verdadera identidad bajo los apellidos Miguel y Suárez, que no
corresponden a expulsos de la época. El contacto entre el supuesto Auger y Vidal se fue
estrechando cada vez más, hasta que Godoy reveló a su nuevo amigo que estaba de paso en
Londres como agente del reino de Chile con encargo expreso de interesar al gobierno
inglés en un plan de liberación. Le agregó, asimismo, que este proyecto aún no había
prosperado por falta de acogida del ministro Fox, pero que esperaba conseguir otros
importantes apoyos para llevarlo a término. Añadía además, en prueba de que tras él
funcionaba una red tupida de conspiradores, que el tal jesuita Suárez acababa de llegar
de Santa Cruz de la Sierra, trayéndole auxilio económico para la empresa. Enamorado de las aventuras, Luis
Vidal se prestó con entusiasmo a secundar las maquinaciones del pseudo Auger y en su
compañía visitó buscando apoyo, al ministro Wi-lliam Pitt. Allí se habló con
franqueza y se trazó el plan completo del golpe. El Imperio inglés pondría a
disposición del jesuita y sus dos compañeros un par de fragatas y una nave de guerra,
con tripulación que hablara español y, por supuesto, con armamento suficiente. Con todo
disimulo la expedición se organizaría en la costa de Guinea, para dirigirse en la
estación más oportuna por el Cabo de Hornos y arribar a la isla Juan Fernández, situada
frente a Valparaíso. Desde ese punto partiría la ofensiva. Iniciada por Chile la guerra,
se sublevarían el Perú y Paraguay. Hombre inestable y sujeto a
rápidas y contradictorias impresiones, Vidal pasó del entusiasmo primero a la duda, y de
allí al franco temor. Un día se esfumó de Londres sin dejar huella ni explicación
alguna a Godoy. Pero al poco tiempo reapareció en París para enviar desde allá una
larga comunicación al gobierno de España, en que denunciaba el plan tramado por el
supuesto Auger. Sin duda, Vidal quiso de esa manera hacerse perdonar sus cuentas
pendientes con la corona hispánica, pero el Conde de Aranda, que por aquel entonces era
embajador de Carlos III en Francia, no creyó en la sinceridad de su arrepentimiento; lo
hizo detener y remitir a la península para que lo sometieran a proceso. La estrella en eclipse. Muy perplejo debió
quedar el jesuita mendocino con la súbita evaporación de su amigo. Pero tan absorto
estaba en la ejecución de su plan, que, de seguro, olvidó muy pronto a Vidal y no
imaginó la proyección que su fuga iba a tener en el resultado final del proyecto. Por entonces las cosas
políticas caminaban con viento contrario y el gabinete londi-nense iba distanciando su
interés por la soñada independencia de Chile. En 1783, Inglaterra y España, firmaban la
paz y esto significó un rudo golpe para las esperanzas de Godoy. No pareció resignarse a
la derrota; y se mantuvo en la capital británica dos años más, esperando acaso algún
vuelco súbito en los acontecimientos. Pero éste no se produjo y en 1785 se embarcó para
los Estados Unidos. En la ciudad de Charlestown,
fijó el andante jesuita su residencia y dedicó su tiempo a servir de capellán a los
católicos irlandeses. Pero no fue sólo religiosa su actividad y convivencia. No iba con
su carácter, y entre sus allegados se refería a menudo a su proyecto de emancipación de
Chile y despotricaba con pasión en contra del gobierno de España. Bien informado estaba de las
andanzas de Godoy el gabinete de Madrid, que le seguía los pasos con sumo cuidado desde
su súbita huida de Italia. La delación de Vidal y los informes del embajador español en
Londres, unificaron las personas de Auger y de Godoy y dieron con todo el hilo de la
trama. La reconocida audacia del personaje y su radicación en América, lo hacían en
extremo peligroso, y el gobierno español se lanzó resuelto en su captura. Hacia las
autoridades del Nuevo Mundo partieron notas reservadas en que se preve-nía contra el
conspirador y se daban suficientes datos sobre su físico y hasta un retrato suyo para
identificarlo. Muy pronto el diligente virrey
de Nueva Granada, Antonio Caballero y Góngora, pudo enterarse de la residencia de Godoy
en Charlestown, y con mucha habilidad preparó una celada para capturarlo. Un capitán de
barco, llamado Salvador de los Monteros, tomó a su cargo la delicada tarea. Se trasladó
a Charlestown, logró infundir confianza a Godoy y lo hizo creer que un grupo de
españoles residentes en Jamaica, buscaban un capellán de su nacionalidad, y que a él
convendría este cargo. Fue así como el jesuita, a mediados de 1786, se embarcó sin el
menor temor en la nave de Monteros, el cual, apartándose de la ruta prevista, fue a
recalar al puerto de Cartagena de Indias, donde el traicionado pasajero acabó en manos de
la justicia. Después de sometérsele a un proceso secreto, en el que Godoy negó con
pertinacia todo lo que se le atribuía, fue despachado a España y encerrado en el
castillo de Santa Catalina en Cádiz, falleciendo al cabo de dos meses, el 17 de febrero
de 1788 (3). Tal fue la vida azaroza del
audaz religioso chileno que buscó en todas las latitudes, con tesón increíble, el medio
de independizar a su patria y que en aras de este ideal sacrificó la libertad y la vida.
"Yo siempre suspiro por la América, y ya que no puedo ir allá pretendo ir donde
puedo", escribió a un familiar. Uno de sus biógrafos, el P. Guillermo Furlong S.J,
subraya la circunstancia de haber llegado Godoy dos años antes que Francisco de Miranda a
proponer al gobierno británico un plan de independencia de América y recordando que al
caraqueño se le adjudica sin regateo el título de "Precursor". Cree que al
mendocino debe dársele con toda justicia, el de "Precursor" (4). (1)
STORNI S.J, Hugo: "Catálogo de los Jesuitas de la Provincia
del Paraguay (1585 - 1768). Roma. Institutum Históricum S.I. 1980, pp. 119 (2)
BATLLORI S.J, Miguel: "La Cultura Hispano - Italiana de los
Jesuitas Expulsos". Biblioteca Románica Hispánica, Ed. Gredos S.A. Madrid. 1966. pp
590 ss. Cfr. EYZAGUIRRE, Jai-me: "La olvidada aventura de un Precursor de la
Independencia". Revista Zig - Zag. Nº 2892. 9.09.1960. pp. 6 - 9 (3)
HANISCH S.J, Walter: "Itinerario y Pensamiento de los
Jesuitas Expulsos de Chile (1767 - 1815)". Ed. Andrés Bello, 1972, pp. 285 ss. (4)
FURLONG, S.J, Guillermo: "Los Jesuitas y la Cultura
Ríoplatense". Imprenta Ureta y Curbelo, Montevideo, 1933, pp. 140 ss. JORGE GONZALEZ S.J.
(1908-1993) El P. Jorge González
nació en Santiago el 23 de Febrero de 1908. Era hijo de don Jorge González Cerda y de la
sra. Ema Foerster Gebauer. Fue el sexto entre ocho hermanos. A los pocos días de nacer
fue bautizado en la Parroquia de la familia, San Lázaro, el 1 de Marzo de 1908. Entre los años 1917 y
1924 estudió en el Colegio San Ignacio, ingresando al Noviciado en Chillán el 26 de
Enero de 1925. Concluidos los dos años y emitidos los votos del bienio, fue enviado a
Córdoba, Argentina para hacer el Juniorado y los estudios de Filosofía (1927-1932). La experiencia de
magisterio la realizó en su antiguo Colegio, entre 1933 y 1935, partiendo después al
Colegio Máximo San Juan Berchmans, Lovaina, Bélgica, para los estudios de teología. El
24 de Agosto de 1938 fue ordenado Presbítero en la capilla de dicho Colegio. Junto con
él se ordenaron, entre otros, los PP. Alfonso Salas, Cándido Gaviña, Roberto Caron,
José Masson, Enrique Lambert, José Donceel, Juan Sonnet, Augusto Ryan, etc. Dos días después de
haber sido ordenado presbítero, el neo sacerdote envió a sus familiares una carta, de la
cual extraemos algunos párrafos: El abrazo más cariñoso en estos momentos tan
felices, una no, muchas bendiciones salidas de muy adentro del corazón de este hijo
ausente, y tan presdente en el recuerdo y en el cariño de todos ustedes, que estos días
ha llegado a tocar el cielo con la mano. ¡Qué otra cosa es llegar al sacerdocio, subir
al Altar, oftrecer el Santo Sacrificio, dar la sagrada Comunión! Imposible
decirles lo feliz que me siento y que horas tan inolvidables he vivido. La separación de
ustedes a quienes recordaba en todos los momentos, no me ha sido penosa, porque los
sentía muy cerca, muy junto a Nuestro Señor que me llamaba, muy unidos al Señor que me
hacía el favor, el honor inmenso de convertirme en su sacerdote, en su representante, en
su dueño, en cierto modo. La Ordenación
sacerdotal fue algo colosal. Ya las Ordenss de Diácono y subdiácono habían estado muy
bien, devotas e impresionantes; pero el sacerdocio fue algo único. Toda la Misa
Pontifical cantada. además del coro de casa y de los filósofos de Eegenhoven, unos 50
tiples de varios colegios, y la Schola cantorum de tiples de los Benedictinos: algo
celestial! Eramos 26 los ordenandos. Ayer celebramos
la Primera Misa, en que los tuve a todos tan presentes. La fiesta fue preciosa, arreglada
a la chilena. En una capilla de dos naves, muy recogida y devota, se juntaron la familia
del P. Salas, el Ministro Valdés Mendeville; el Cónsul en Amberes, don Silverio Brañas
y señora; varios estudiantes universitarios hispanoamericanos, varios padres jesuitas y
el señor Restat, que me asistió. El 3 de Julio de 1940, en
plena 2ª guerra mundial, regresó a Chile, vía Buenos Aires. Sus actividades pastorales
las realizó principalmente en el campo de la educación: Profesor, Rector del Colegio San
Ignacio (1940-1950), Prefecto General. Cuando, con anuencia de la Santa Sede, se entregó
la administración de la Universidad Católica de Valparaíso a la Compañía de Jesús,
el P. González fue designado Rector, cargo que ocupó entre 1951 y 1961, siendo al mismo
tiempo Superior de la Residencia porteña (1956-1959). Bajo su gobierno estimuló
nuevas carreras, como Derecho, expandió Arquitectura, Agronomía, puso las raíces de
Ingeniería Comercial, Ciencias del Mar y las carreras de Pedagogía. Estimuló la
Televisión Chilena, pionera, y dio lugar a lo que sería la Universidad Católica del
Norte. Al concluir su rectorado,
la Municipalidad de Valparaíso le designó Ciudadano Ilustre. Merecido
reconocimiento pues había recibido dicha Universidad con 600 alumnos y la entregaba con
3.000. Partió en seguida al
Colegio Máximo en San Miguel, Argentina, como Rector (1962-1966). Como profesor, el P.
González enseñó latín, griego, literatura, filosofía, religión, francés, siendo
tenido con justicia como uno de los principales y escasos conocedores de las lenguas
clásicas y del humanismo grecolatino en nuestro país. Su prudencia, amor a la
Compañía y buen sentido movieron a los superiores a confiarle cargos de gobierno y
consejo. Pues a los cargos ya dichos de Rector y/o Superior, se añaden los de Ministro,
Socio del Provincial, Consultor de la Viceprovincia chilena durante varios años.
Participó en todas las Congregaciones Provinciales mientras residió en Chile, cumpliendo
en cada una de ellas el oficio de Secretario. En el área pastoral, se
destacó como predicador de Ejercicios ignacianos, retiros y misiones rurales. En 1970,
después de un intervalo corto en Roma, fue designado titular de la Parroquia Matriz en
Puerto Montt, cargo que ocupó hasta 1981. De regreso a Santiago, formó parte de la
comunidad de la Residencia San Ignacio, dedicándose a ejercer consejería en las
Universidades Metropolitana de Educación y Adolfo Ibañez, al mismo tiempo que hacía
clases y atención espiritual al Colegio Carlos Cousiño en Valparaíso. Mención especial
merece sus dotes de orador, siendo tal vez uno de los últimos representantes del arte
oratoria en el clero chileno. Sus trabajos docentes e
intelectuales no fueron impedimento a su actividad incesante del apostolado fecundo que
ejerció hasta sus últimos momentos: Congregación Mariana, Cruzada Eucarística,
Conferencias de San Vicente, Apostolado de la Oración, lo vieron siempre activo y jovial.
Por último, habría que añadir su afición a misionar en los campos, actividad donde lo
encontró el Señor, trabajando en su mies hasta el último día de su fecunda y
apostólica vida. Creativo, original,
valiente y emprendedor, escribió páginas inolvidables en la enseñanza y puso el sello
de la fe en cada obra para que las iniciativas prosperaran. Su labor sacerdotal,
aunque atraviesa todo su quehacer educativo, se va a expresar en su gusto por dirigir la
Congregación Mariana, la Cruzada Eucarística, las Conferencias de San Vicente, el
Apostolado de la Oración y, en los últimos años, la difusión de libros y revistas de
doctrina y piedad católica. El P. Jorge González
murió en su ley: cuando se prestaba para cumplir labores misioneras al sur de Rancagua,
cosa que venía haciendo muy aplicadamente en los meses de verano. Lo encontraron con una
sonrisa en su cara, la que tuvo siempre y con la que se habrá presentado merecidamente en
la casa del Padre de los cielos: el Jueves Santo, 8 de Abril de 1993. En el cementerio, al
despedir sus restos un orador expresó: "Pero esa plegaria, para ser sincera, no
puede quedarse sólo en las fórmulas de la buena educación, sino que tiene que ir más
allá, tiene que expresarse en una vida consagrada a los ideales que fueron los del Padre
Jorge y que nosotros hacemos nuestros. Hace dos años, el Padre Jorge nos honró al
aceptar formar parte de nuestro claustro como Profesor Emérito. Y, en esa ocasión, nos
abrió su alma y nos enseñó ese ideal, en el que se mezclan el afán del misionero y la
entrega del profesor. Quiero, por eso, recordar las palabras de aliento que, en ese
entonces, nos dirigió a quienes también tratamos de realizar en nuestras vidas la
vocación de educar: "¡Ser, de verdad,
un maestro! A pesar de todas nuestras limitacion; porque, cuando las reconocemos, no nos
empequeñecemos, sino que nos afirman sobre la roca inconmovible de la realidad. A pesar de nuestros
defectos de carácter; porque, gracias a ellos, podemos ser más comprensivos, más
humanos, frente a las debilidades de nuestros alumnos. A pesar de nuestras
ignorancias, porque ellas nos estimulan el deseo de una mayor dedicación al estudio. Y a pesar de todo eso
que nos limita, saber que podemos dar algo de nosotros mismos, y con ello enriquecer las
almas y las vidas de tantos y tantos alumnos que se nos ha confiado. Y por eso, cuando por
encima de las limitaciones humanas, a pesar de la incomprensión y falta de aprecio en su
misión en el medio social, el profesor ve y palpa que sus alumnos lo escuchan, que sus
palabras penetran, que las inteligencias se abren.. que se ama la verdad, que se cultiva
la virtud, que se goza la belleza; y esto en un mundo que se estremece por los odios, que
se embrutece por la droga, que se enfría y endurece por todos los egoísmos, entonces el
profesor respira hondo y mira el cielo, y goza intensamente porque su palabra ha sido luz,
y en esa luz ha brotado la vida, ha palpitado el amor". DOMINGO GOST S.J.
(1855-1945) Nacido en Prats de Llusané,
Cataluña, el 13 de Febrero de 1855, y entrado a la Compañía el 24 de Julio de 1886 en
Veruela, España, el Hermano Domingo Gost vino a concluir su noviciado en Córdoba,
Argentina. Una vez emitidos los votos del
bienio, fue enviado, por poco tiempo, al Colegio del Salvador en Buenos Aires; allí fue
el sacristán de la iglesia. Después pasó la cordillera de los Andes y llegó al Colegio
San Ignacio, donde por catorce años (1802-1906) tuvo a su cargo la sacristía de esta
iglesia. Se le conocía por el
"Hermano Domingo". Dejó la sacristía, y, durante 34 años sin interrupción
-(1906-1939)- tuvo a su cargo la portería del Colegio. Relevado ese año por la debilidad
de sus piernas, pasó a segundo portero, y se retiró al fin a su pequeño aposento. Se
puede afirmar, pues, que tres generaciones completas de alumnos conocieron al Hermano
Domingo. Este Hermano Coadjutor fue
un hombre admirable por su humildad, espíritu de oración y sacrificio, amor al trabajo y
fiel en el cumplimiento de las obligaciones de sus delicados cargos. No pudiendo ayudar a los
de casa en cargos de actividad, ocupaba todo el día en realizar ciertos trabajos de tipo
manual, en los que se había ejercitado en los momentos libres de la portería, como
arreglar zapatos, fabricar plumeros, silicio y disciplinas, y, sobre todo, adquirió una
fina habilidad en el oficio de enjuncar sillas: por centenares las arregló durante los
cinco o seis años después que dejó la portería. De su espíritu de
mortificación se puede añadir que siendo portero, diariamente transformaba en cama un
gran sofá que tenía en la portería, a fin de estar a punto cuando en la noche se
requiriera un sacerdote. Su amor a la oración y
cumplimiento de los Ejercicios Espirituales, eran tales que no dejaba ni las letanías, lo
mismo que la lectura y el santo rosario, el que hasta 40 veces lo rezaba los Domingos y
festividades en que no se podía trabajar. El Hermano Gost puede
sumarse con propiedad a la nómina de otros tantos porteros, como los Hermanos Gárate,
Figueroa y otros dignos imitadores, del modelo y protector San Alonso Rodríguez. Este siervo útil y fiel,
el Señor se lo llevó el 26 de Abril de 1945. Tenía 90 años de edad y casi 60 de
Compañía. LUIS GOYCOOLEA S.J.
(1871-1905) Los Ejercicios de Semana Santa
habían terminado. Luis Goycoolea Watson, alegre y simpático miembro de la sociedad
santiaguina, volvió pensativo a su casa. Es que la gracia de Dios se mostró claramente a
su alma, que vio sin sombras, ser la voluntad de Dios que dejara el mundo para consagrarse
a su servicio y al provecho del prójimo. Había nacido en Santiago el 26
de Septiembre de 1871. Era el mayor entre nueve hermanos; la familia se distinguía por
sus cristianas virtudes y por su linaje. Como alumno de primera
enseñanza había ingresado al afamado Colegio particular de la sra. Magdalena Moffat, el
"Colegio de la Gringa" (1881-1884); después pasó al Colegio de los Sagrados
Corazones, donde obtuvo el bachillerato en 1887. Se destacó por su talento, piedad,
compañerismo. Logrado el bachillerado optó
por la carrera de leyes en la Universidad de Chile; empero, se distrajo con otras
ocupaciones incompatibles con los estudios. En suma: veinte y un años, estudios de leyes
descuidados, política, pero sobre todo bailes y salones. La Alcaldía de San Bernardo
daba un ligero matiz de seriedad a su vida honrada, pura, pero demasiado vana, vida
desorientada, falta de estímulo y de ideales. En la tarde de aquel Domingo de
Pascua, sin más testigos que una prima hermana, rompió los retratos y poesías dedicadas
a su novia; era quizás el obstáculo más fuerte, y sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Poco tiempo después ingresaba al Seminario de Santos Angeles Custodios en Santiago. Dios, sin embargo, lo llamaba
por otro camino, y vislumbrando un ideal de entrega absoluta vio que buscar en todo la
mayor gloria de Dios, alargar sus estudios, diferir su ordenación, era el mayor
sacrificio que podía ofrecerle y se lo ofreció gustoso. En el mes de Marzo de 1897
partía al Noviciado en Córdoba, Argentina, donde ingresó el 18 de Marzo de 1897.
(Hernán Larraín S.J: "Un ideal y una Vida". Santiago, pp. 167 ss). "Mi vocación no fue de
corazón, sino de entendimiento..." Estas palabras del joven revelan la intensa
lucha que tuvo que librar antes de decidirse. Pocos habrán reflexionado tanto como él
sobre el estado que debía tomar, pocos también habrán amado más que él su vocación,
ni experimentado más hondas y dulces consolaciones. "Difícil es, escribía a
su hermana desde el Noviciado, que tú puedas imaginarte la paz y alegría de corazón
de que se goza en esta santa casa. ¡Qué diferencia tan grande hay en esto con la
falsísima tranquilidad y contento de que creemos gozar antes de haber comenzado a conocer
un tanto más de cerca las bondades de Nuestro Señor! En la sociedad con el mundo no se
tiene nunca un sólo día como estos tan llenos y felices, con la santa felicidad de
pensar que en vez de malgastar el tiempo, estamos cumpliendo la voluntad de Dios, en el
lugar que Dios quiere que estemos...Se van los días sin sentirlos..." Es cierto que en algún momento
dudó de su vocación. ¿Y quién no?. Sin embargo luchó, y un amor intenso y decidido a
la vida religiosa, fue el premio a su voluntad generosa. "Ansío el día de
remachar la entrega que de mí os hago con los perpetuos clavos de pobreza, castidad y
obediencia a la Compañía de Jesús". Imaginó primero que hacía él un gran
favor a Dios entrando en la Compañía de Jesús, y después no hallaba suficiente
gratitud en su corazón y en su alma para mostrarse reconocido a su Dios y Señor por el
inmenso beneficio de retenerlo en la misma Compañía. Por fin el 19 de Marzo de 1899,
de rodillas ante el altar del Noviciado, hacía por medio de los votos religiosos la
ofrenda completa y generosa de su vida. Ya era jesuita... Un mes más tarde, junto con
otros escolares, en Buenos Aires, se embarcó hacia España para proseguir sus estudios. Veruela, Tortosa, Sarriá...
conocidos nombres de ciudades donde están los colegios que forman a los jesuitas. Allí,
durante cinco años y medio, el Hno. Goycoolea estudió la ciencia humana y divina. Junto
con los clásicos griegos y latinos aprendió el valor del sufrimiento y del sacrificio;
aprendió que el dolor es una fuente de vida, y que de la renuncia brota la felicidad y la
paz. Es unánime el testimonio de sus compañeros, los PP. Bahí, Fernández Pradel,
Vives, Teodoro Ebel, etc. sobre la abnegación y caridad del Hno. Goycoolea. A
"ninguno", dice el P. Luis Capitán, oí nunca ni la menor queja, ni el
menor "pero" del Hermano, y esto unido a su hermoso carácter natural, es a mi
juicio tal vez la causa, de lo sentida que ha sido la muerte entre todos los de
casa". Era alegre y simpático, y su
cariño instintivo por los pobres lo impulsaba a los catecismos donde hacía verdaderas
conquistas. El Domingo siguiente a la muerte del hermano, refiere el P. Audí, llegó a su
casa triste y sollozando un niño vivaracho de once años, hijo de una modesta familia de
Roquetas. Preguntándole sus padres la causa de su tristeza, dijo que había muerto su
padre de catecismo, a quien él apreciaba más que a nadie, exceptuando a sus propios
padres. Si, decía el niño, con sencillez y sentimiento, hubiese preferido que hubiera
muerto cualquiera de sus tíos y tías, antes que mi "Padre Goycoolea". No
quiero volver a la doctrina, porque no viendo al padre, no hago sino llorar. Y
preguntándole porqué lo estimaba tanto, respondió: porque era muy bueno y santo y me
quería mucho. Me mandaba repetir los ejemplos y me daba estampas. Nos decía cosas tan
buenas, que si continuara el Padre en mi sección, yo no pararía hasta hacerme
"fraile"...como él era". A la narración de ese padre podemos agregar un
hermoso dato: ese fue después como "su P. Goycoolea", religioso de la
Compañía de Jesús. Y así, sonriente y cariñoso,
sin retroceder ante ningún sacrificio, sin aminorar en nada el ideal de perfección que
se había impuesto en los primeros años de novicio, iba consumiendo sus últimas y
débiles fuerzas. Una afección cardíaca notada hacía ya bastante tiempo, lo postró
definitivamente en cama. Era el mes de Enero de 1905. En medio de angustiosos dolores
fue empeorando cada vez más, hasta que el Domingo 15 de Enero de 1905, al salir del
catecismo en Roquetas, sintió en la puerta de la iglesia un pinchazo en la garganta. Era
éste el primer anuncio de las anginas. El Miércoles Su agonía fue breve y
tranquila. El cadáver llevado por sus compañeros hasta el cementerio, fue expuesto allí
durante dos días y muchas personas fueron a contemplar al "Padrecito santo". El sueño de su ideal estaba
realizado. "Había vivido", y moría feliz. Tenía 33 años de edad y casi 8 de
Compañía. IGNACIO GREZ REYES S.J.
(1920-1998) Del inolvidable año del cielito
lindo era Nacho Grez: Sí, ay ay ay ay/ canta y no llores/ porque cantando se
alegran/ cielito lindo los corazones. Pero también aquel año fue de
tras-cendentales cambios sociales en Chile. Nacho había nacido en Santiago
el 4 de marzo de 1920, y sus padres fueron don Maximiliano y la señora Luisa. Los
Grez-Reyes fueron cinco: Ignacio, Maximiliano, Agustín, Lucía y Javiera. Sus estudios de preparatorias y
humanidades los cursó en el Colegio San Ignacio (1928-1935). Después hizo un año de
Derecho en la Universidad Católica. Aficionado al deporte, en especial al atletismo y del
cual estuvo pendiente hasta sus últimos días. Ingresó al Noviciado de
Chillán el 4 de abril de 1937; allí fue recibido por el P. José Casas S.J. Estaba la
comunidad en pe-ríodo de vacaciones en Dañicalqui, lugar de descanso junto al río
Itata, cuando los sorprendió el fuerte terremoto del 24 de enero de 1939. La Casa de
Formación quedó por los suelos, incluyendo el Noviciado. Debido a lo anterior, el
noviciado fue trasladado a Calera de Tango, y allí Nacho emitió los votos del bienio el
5 de abril de ese mismo año. Los años de juniorado -1940 y 41- los hizo en el colegio
Loyola, Padre Hurtado, que en aquel entonces se lla-maba Marruecos. Los estudios de
filosofía la cursó en el Colegio Máximo de San Miguel, cercana a Buenos Aires,
(1942-1944). Regresó a Chile y fue destinado
al Colegio San Francisco Javier en Puerto Montt para la etapa del magisterio entre los
años Vuelto a su patria, Nacho fue
destinado como profesor al Colegio San Ignacio. Estuvo allí entre los años 1953 al 1956,
con una breve interrupción en 1954 cuando fue hacer la 3ª Probación en la Casa de Santa
Rosa de Viterbo en Boyacá, Colombia. Regresó a Santiago y en la iglesia de San Ignacio
hizo la profesión el 15 de agosto de 1955. En los años 1957 y 1958 fue
alumno de la Pontificia Univer-sidad Gregoriana en Roma donde alcanzó la Licencia en
Doctrina Social de la Iglesia. Desde 1955 hasta 1965 la
actividad primordial se centró en la acción directamente social, sea como asesor de la
Federación Gremialista de Chile, FEGRECH, de la Acción Sindical Chilena, ASICH, de la
Unión Social de Empresarios Católicos, USEC, de la Confederación Marítima de Chile,
COMACH, en el Centro de oficinis-tas católicos, en el servicio del Trabajo del Hogar de
Cristo-Viviendas, etc. En la misma línea se agregan sus clases de Doctri-na Social de la
Iglesia en la Facultad de Economía de las Univer-sidades Católicas de Santiago y
Valparaíso, Escuela de Servicio Social, Pedagógico de la Universidad Católica de
Valparaíso, Ins-tituto de Educación Familiar de la U. Católica de Santiago y en el
Seminario Metropolitano. Desde octubre de 1963 hasta
febrero de 1966 el P. Grez fue Superior de la Residencia en Concepción, con clases en
Santiago, a donde debía viajar periódicamente. El 1 de marzo de 1966 asumió
como Rector del Colegio San Luis en Antofagasta y paralelamente, desde Contribuyendo al progreso de la
ciudad, en 1976 la Compañía de Jesús no tuvo inconvenientes en ceder al Fisco una
franja del costado sur del cerro de su propiedad para facilitar de ese modo la apertura de
la importante calle Benavente. Hasta 1978 los cursos de
educación básica funcionaron en el edificio ubicado frente al Colegio. Sin embargo,
hacía falta una nueva construcción más amplia, más funcional. Tomó la iniciativa el
Rector anterior y durante el rectorado del P. Grez se concluyó la construcción de diez
nuevas salas de clases, amplias y con ven-tilación abundante. Incluye además una oficina
para la dirección, sala de profesores, servicios, biblioteca, etc. las que en total
ocupan una superficie de Desde Puerto Montt, en el mes de
diciembre de 1977 el Nacho regresó nuevamente a Antofagasta, donde asumió ahora como
Superior primero y como Ministro después, de la residencia San Pedro Cani-sio. Al mismo
tiempo hizo clases de Doctrina Social de la Iglesia en la Escuela de Teología de la
Universidad Católica del Norte. Integró también el Consejo del Presbiterio y el
Tribunal Eclesiás-tico de dicha Diócesis. Finalmente, durante toda su estadía fue
Capellán de la Fuerza Aérea de Chile en la Base de Cerro Moreno. En Enero de 1990 fue trasladado
a la comunidad de Valparaí-so, ocupando el cargo de Ministro. Continuó como Capellán,
ahora de la Armada, al mismo tiempo que ocupó el cargo de Rector de la escuela San
Ignacio. Fue también director espiritual en la U. Ca-tólica del puerto y en la escuela
Carlos Cousiño. Una enfermedad rebelde que con
el peso de los años se fue agudizando y que obligó a una internación prolongada en el
Hospi-tal Naval de Valparaíso, fue debilitando su organismo. Durante el novenario, previo a
la festividad de San Ignacio de Loyola, el Señor lo llevó muy de madrugada el 23 de
julio de 1998. FALLECIO EL P. IGNACIO GREZ
S.J. El jueves último en la
madrugada, en la residencia de los jesuitas en Valparaíso, falleció el P. Ignacio Grez,
antiguo maestrillo y Rector del Colegio San Javier en esta ciudad. Había nacido en Santiago el 4
de marzo de 1920, y sus padres fueron don Maximiliano Grez y la sra. Luisa Reyes. Sus estudios de preparatorias y
humanidades los cursó en el Colegio San Ignacio (1928-1935). Después hizo un año de
Derecho en la Universidad Católica. Ingresó al Noviciado de
Chillán el 4 de abril de 1937. Estaba la comunidad en período de vacaciones en
Dañicalqui, lugar de descanso junto al río Itata, cuando los sorprendió el fuerte
terremoto del 24 de enero de 1939. La Casa de Formación quedó por los suelos, incluyendo
el Noviciado. Debido a lo anterior, el noviciado fue trasladado a Calera de Tango, y allí
emitió los votos del bienio el 5 de abril de ese mismo año. Los estudios eclesiásticos
los cursó en el Colegio Máximo en San Miguel, Argentina. Se ordenó de sacerdote el 22
de diciembre de 1951 y celebró su Primera Misa en la iglesia del Colegio del Salvador en
la capital argentina. En los años 1957 y 1958 fue
alumno de la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma donde alcanzó la Licencia en
Doctrina Social de la Iglesia. Desde 1955 hasta 1965 la
actividad primordial se centró en la acción directamente social, sea como asesor de la
Federación Gremialista de Chile, de la Acción Sindical Chilena, de la Unión Social de
Empresarios Católicos, de la Confederación Marítima de Chile, etc. sea como profesor de
Doctrina Social de la Iglesia en las Facultades de Economía de las Universidades
Católicas de Santiago y Valparaíso y en el Seminario de Santiago, etc. Desde octubre de 1963 hasta
febrero de 1966 el P. Grez fue Superior de la Residencia en Concepción, con clases en
Santiago, a donde debía viajar periódicamente. El 1 de marzo de 1966 asumió la
rectoría del Colegio San Luis en Antofagasta y paralelamente, desde Contribuyendo al progreso de la
ciudad, en 1976 la Compañía de Jesús no tuvo inconvenientes en ceder al Fisco una
franja del costado sur del cerro de su propiedad para facilitar de ese modo la apertura de
la importante calle Benavente. Durante el rectorado del P. Grez
se concluyó la construcción de diez nuevas salas de clases, para la educación básica.
Como antiguo deportista, el P.Grez fue muy aficionado a todas las manifestaciones
deportivas en que participaba el Colegio. Desde Puerto Montt, en el mes de
diciembre de 1977 el Padre Grez regresó nuevamente a Antofagasta, donde asumió ahora
como Superior primero y como Ministro después, de la residencia San Pedro Canisio. Allí
retomó sus clases de Doctrina Social de la Iglesia en la Escuela de Teología de la U.
Cató-lica del Norte. También y durante su estadía fue Capellán de la Fuerza Aérea de
Chile en la Base de Cerro Moreno. En Enero de 1990 fue enviado a
la comunidad de Valparaíso, donde ocupó el cargo de Ministro. Continuó como Capellán,
ahora de la Armada de Chile. Fue también director espiritual en la U. Católica del
puerto y en la escuela Carlos Cousiño. Una enfermedad rebelde que con
el peso de los años se fue agudizando y que obligó a una internación prolongada en el
Hospital Naval, fue debilitando su organismo. Durante el novenario, previo a
la festividad de San Ignacio de Loyola, el Señor lo llevó muy de madrugada el 23 de
julio de 1998. SEGISMUNDO GUELL S.J. (1734-
? ) En la ciudad donde Ignacio de
Loyola recibió la fuerza y la gracia de lo alto, y que lo llevaría a la fundación de la
Compañía de Jesús, Manresa, allí mismo el 22 de Diciembre de 1734, nació el P.
Segismundo Guell. Su padre fue don José Guell y su madre doña Francisca Giraldo. Ignoramos mayores antecedentes
de su infancia; sólo sabemos que había estudiado filosofía y el 24 de Diciembre de 1752
ingresó a la Compañía de Jesús, en concreto a la Provincia de Aragón, con deseos de
pasar algún día a América, para ser igual que sus ilustres antecesores, portadores de
la fe cristiana. No pasaría mucho tiempo cuando
se presentó la ocasión de dirigirse a América. En efecto, integró una expedición de
40 jesuitas europeos que se trasladaban a América. El grupo estaba compuesto por 24
españoles, 13 alemanes, 2 sardos, un italiano. Con ellos venían dos padres Procuradores:
PP. José de Vera y Baltazar Huever, de la Provincia de Chile. quienes habían concurrido
a Roma a una reunión de "Procuradores". Desde el puerto de Cádiz zarpó
la nave "San Francisco Javier" en viaje a América el 8 de Abril de 1755. Tras
121 días de navegación arribaron al puerto de Buenos Aires, Argentina, el 1 de Agosto de
1755. El joven estudiante Segismundo Guell fue destinado a Chile. En el viaje a Chile y a su paso
por la ciudad de Buenos Aires, Guell emitió los votos de pobreza, castidad y obediencia
perpetua, el 25 de Diciembre de 1755. Continuaron, como siempre, el
viaje a Mendoza en carretas y de esta ciudad en mulas a través de la cordillera de Los
Andes. A principios de 1756 llegaron a Santiago al Colegio Máximo de San Miguel. Allí
completó la filosofía e hizo los cursos de teología. Recibió la ordenación de
presbítero el día 27 de marzo de 1759, que le impuso Mons. Manuel de Alday en la iglesia
de la Compañía en Santiago. Enseñó durante un año
filosofía en el Convictorio de San Francisco Javier y al año siguiente hizo su 3ª
Probación en el Colegio San Pablo. El estudio de la lengua araucana le ayudó para su
ministerio entre los indios. El 12 de Julio de 1764 fue
destinado a la misión en Cailín, una de las más australes del archipiélago de Chiloé,
junto con el P. José García Martí. Los indios de esta misión eran traídos desde el
sur, en concreto de la isla de Guayaneco y adyacentes. Desde el tiempo del descubrimiento
de los caucahués y por obra de los naturales se hicieron estos primeros viajes para
trasladarlos y enseñarles las nociones de cómo trabajar la tierra. El P. Guell no
participó en las expediciones al sur, que fueron obra de su compañero, el P. José
García Martí, de quien hablaremos más adelante. En cambio, el P. Guell tomó
parte en la misión circular anual que recorría todas las capillas del archipiélago en
los años 1765-1766, acompañando al P. Miguel Mayer, quien era muy experimentado en este
trabajo. Guell nos dejó una nómina de todas las capillas y sus datos de interés. Esta
narración es la explicación más completa sobre esta clase de misiones, puesto que
recorrió 77 capillas. El último trabajo importante
fue el viaje a Nahuelhuapi para restaurar la misión abandonada en 1717, tras el homicidio
del P. Francisco J. Elguea. Se conocían dos caminos, que con los años se habían
cubierto íntegramente de malezas: el de las lagunas y el de las caballerías, conocido
también por Vuriloche. El P. Guel partió con mucho ánimo en esta expedición porque el
gobernador Guill y Gonzaga y la Junta de Poblaciones tenían sumo interés en que se
realizara. El plan además interesaba a los jesuitas y tenían el encargo del Procurador
de la Provincia. Infortunadamente Guell no
alcanzó a llegar hasta Nahuelhuapi y dejó la obra inconclusa con ánimo de concluirla al
año siguiente. Dejó en cambio un escrito importante: "...llegué a Chacao a los
cinco meses y medio de haber salido, esperando en Castro que pasase el invierno para ir a
perfeccionar la obra de la conversión de aquellos desdichados indios..." Y
sigue: "Desde entonces ya más de sesenta años, no se pasaba por aquel camino. Ni
ellos venían a Chiloé ni de Chiloé se iba a ellos. Y así, aquel camino tal cual lo
había antiguamente, quedó con terremotos, lluvias, vías y años han borrado como hemos
visto y tan difícil como se sabe...todos los bosques pantanosos y llenos de horrorosas
cordilleras... Dios quiera que en la primavera que viene, se anuncie el evangelio a
aquellos infelices de Nahuelhuapi". No podía el misionero imaginar lo que
vendría muy pronto. En efecto, el día 8 de
Diciembre de 1767 fue intimado a los jesuitas de Castro el decreto de extrañamiento,
ordenado por el Monarca español, Carlos III, y en los días siguientes se hizo lo mismo
en Chonchi, Achao y Cailin. A los que estaban fuera de casa se les intimó por carta del
Padre Rector, que era el P. Melchor Strasser. Eran éstos los PP. Miguel Meyer y José
García Martí, que estaban haciendo la misión circular y se hallaban en la capilla de
Curaco; el P. Javier Zapata, que estaba de viaje a la misión de Chonchi, y el P.
Segismundo Guell, que se encontraba en el partido de Rilán y debía regresar ese mismo
día o el siguiente. Los jesuitas fueron conducidos
al puerto de Chacao donde estaba la residencia del gobernador de Chiloé, y alojados en
una bodega en calidad de detenidos. Fueron enviados al Perú en la nave San José, que
zarpó de Lacuy el 4 de Febrero de 1768 y llegó al Callao el 1 de Marzo. Sólo
permaneció en Castro el anciano P. Antonio Fridl, convaleciente de una enfermedad. En el Callao, Guell fue incluido
entre los detenidos que viajarían en el Santa Bárbara. Dicha nave siguió la ruta del
Cabo de Hornos, arribando al puerto de Cádiz el 29 de Agosto de 1768. Los prisioneros
fueron conducidos a la casa de Nuestra Señora de la Guía en El Puerto de Santa María,
donde permanecieron hasta el 20 de Febrero del año siguiente. Una nave sueca trasladó a
223 jesuitas de Chile al puerto italiano La Spezia, llegando allí el 15 de Marzo. En bote
remontaron el río Arno, visitando a su paso las ciudades de Pisa y Florencia. Finalmente,
continuaron en coche hasta Bologna; allí se les informó que la ciudad de Imola sería el
lugar de residencia para el grupo de jesuitas de Chile (1). El P. Guell se instaló en esta
ciudad y no se movió más. En el Archivo de la Curia General de la Compañía de Jesús
en Roma, se conserva un manuscrito de 76 páginas escrito por el P. Guell. Lleva por
título "Noticia breve y moderna del Archipiélago de Chiloé, de su terreno,
costumbres de los indios, misiones, escrita por un misionero de aquellas islas en el año
1769 y 70". Los tres primeros capítulos los dedica a la descripción
geográfica. En el cuarto narra su viaje a Nahuelhuapi. En el quinto se refiere al
gobierno, comercio, cultivo de los campos, costumbres y genio de los naturales; en el
sexto explica la evangelización y cómo la realizaban (2). Sin duda, que Guell nos muestra
antecedentes importantes para conocer la historia de algunos poblados. Veamos algunos:
Pudeto era un pueblo con unas pocas casas donde vivían indios y "muchos
españoles". Manao era descrito como "pequeño con una iglesia
proporcionada". Dalcahue, una aldea de indios y se le describía como "muy
pequeña", pero se subrayaba la presencia de muchos españoles que vivían dispersos
en sus alrededores. Se destacaba Rilán con una abundante población de españoles e
indios y "decente iglesia". De entre los pueblos que había al sur de Castro
sobresalía Rauco, descrito como "grande, más que los otros". Chonchi, en
cambio, estaba bien poblado, pero sólo de indios, y tenía una iglesia de mayores
proporciones que la de Castro con "columnas cuadradas de una pieza, que da
admiración aquel cuerpo tan grueso". Huildad estaba poco poblado y su iglesia
pequeña. Era el último pueblo de la isla Grande hacia el sur y toda la costa que sigue
más abajo estaba deshabitada. (Rodolfo Urbina B: "Los pueblos de Chiloé. Génesis
de un periplo urbano" (3). La última información que se
tiene de él es en una relación con vistas a la restauración de la Compañía en 1813. JUAN JOSE GUILLELMO S.J.
(1672-1716) El compañero y sucesor del P.
Felipe de la Laguna en la misión de Nahuelhuapi, P. Juan José Guillelmo, nació en
Tempio Pausanía, Cerdeña, Italia, el 12 de Septiembre de 1672, y el 22 de Diciembre de
1688 ingresó a la Compañía en Cerdeña. Fue ordenado presbítero el 26
de Enero de 1698 en Sevilla, España, estando de paso para Chile, a donde llegaría en
Febrero de 1699, con la expedición del P. Miguel de Viñas. Se había preparado con éxito
para el apostolado, porque el grupo de misioneros en que él venía desde Buenos Aires, se
había topado en San Luis con el Obispo de Santiago, Francisco de la Puebla, y él había
sido elegido para acompañar al prelado en su visita pastoral por toda la provincia de
Cuyo. Lo mismo sucedió después de su llegada, pues misionó junto al obispo y al P.
Miguel de Viñas en toda la diócesis de Santiago. Por su capacidad intelectual fue
destinado para la cátedra de filosofía, a la que renunció después de haber sido
falsamente acusado a la Inquisición y absuelto por ella. Se dedicó enteramente a las
misiones, primero en Culé, Chile, de los pehuenches y puelches, junto al P. Nicolás
Kleffer. De esta misión nos dejó un escrito que en parte expresa: "En el
distrito propio de Culé vivían unos 200 indios; seguíase el de Pica-picú con 150;
luego Koleo con 500; en Pica había 200; otros tantos en Bilicura; dos mil en las
márgenes del Bío Bío; y muchísimos más entre las cordilleras, por las cuales se
in-ternaban los intrépidos misioneros, solos, sin más salvaguar-dia que su confianza en
Dios, y por si acaso lograban convertir alguna de aquellas almas. Decimos por si acaso,
porque la bravura, obstinación y rebeldía de aquellas gentes daban bien poca esperanza
de que habían de convertirse. Sin embargo, la paciencia, la mansedumbre, el trabajo
constante de los padre, los fue poniendo más dóciles y suaves, y con el tiempo de
dejaron de conseguir la conversión de algunos adultos, a más de los párvulos que
murieron recién bautiza-dos, los cuales fueron la principal cosecha de aquellos años, y
por cierto no despreciable, por ser ellos también criados para el cielo, donde alabarán
a Dios eternamente". A partir de 1704 acudió como
ayudante del P. Felipe de la Laguna en la reabierta misión del Nahuelhuapi. En aquella
misión, con ser tan remota, se preocupó de formar una biblioteca bien surtida y
escribió un diccionario y una gramática de la lengua poya, una biografía del P.
Mascardi y varios tratados de moral. Al mismo tiempo trabajó mucho por el desarrollo
espiritual de aquella promisoria cristiandad. Después de la inesperada muerte
del Superior, P. Felipe de la Laguna (29 de Octubre de 1707), fue nombrado como sucesor.
No quiso averiguar la causa de la muerte del padre, tanto para no alborotar a los indios
como para evitar posibles castigos de parte de las autor-idades españolas, y se dedicó a
las tareas comenzadas. Puso su talento e interés
por hacer conocer los rudimentos de la agricultura y la ganadería a los naturales. Para
ello adquirió algunas vacas de una tropa que iba hacia Chile, provenientes de la pampa. Como sus predecesores en el
archipiélago, tuvo también pasión exploradora. Y deseaba, como es lógico, encontrar la
ruta más corta entre Nahuelhuapi y Chiloé. Informado que los "vuriloches"
("gente de la montaña" o "gente de adentro de la tierra") tenían un
paso secreto por la falda oriental del cerro Tronador, salió en su búsqueda y lo
encuentra, creyendo que así se servirán mejor los intereses de la misión. Estaba más
al sur que el paso de Bariloche y desembocaba en Ralún, en el extremo del seno de
Reloncaví. (Manuel Porcel de Peralta: "Bibliografía del Nahuelhuapi", Ed.
Siembra, Buenos Aires, 1964). El misionero cruzó doce veces
la cordillera en uno u otro sentido. Los indios paganos recelaban que por ese paso
pudieran llegar invasiones de españoles, como había sucedido en el siglo anterior y por
ello no les agradó el descubrimiento del misionero, que había tenido lugar el 15 de
Diciembre de 1715. Planean entonces su asesinato. Pocos meses después, yendo el
P. Juan José a visitar a un indio enfermo en las márgenes del río Limay. Allí le
ofrecieron un vaso de chicha, que él tomó sin ningún recelo. De regreso a la misión le
dieron vómitos fortísimos que a los tres días acabaron con su vida. Fue el 19 de Mayo
de 1716. Tenía 44 años de edad. IGNACIO GURRI S.J.
(1805-1879) El P. Ignacio Gurri fue el
primer Rector del Colegio San Ignacio en Santiago. Natural de Barcelona,
España, nació el 13 de Octubre de 1805. Concluidos sus estudios de humanidades pidió su
ingreso a la Compañía. Debió hacerlo en el Noviciado San Andrés en Roma, Italia, el 8
de Julio de 1823, pues los jesuitas españoles desde 1820 estaban dispersos fuera de su
país. Después del término de su
período de noviciado continuó sus estudios en el Colegio Romano, con cuatro años de
interrupción por la enseñanza en colegios. El 24 de Septiembre de 1836 fue ordenado
sacerdote en Roma. Prosiguió dedicado a la enseñanza en el Colegio de la Reggio Emilia y
después fue Rector en los colegios de Fermo y Ferrara. El P. Gurri llegó a la
isla de Santa Catarina, Brasil el 8 de Septiembre de 1848, para trabajar en la conversión
de los indios bugres en Río Grande do Sul. Después de dos años fue nombrado Superior de
la Residencia de Porto Alegre, Brasil, de donde pasó al año siguiente a Montevideo,
Uruguay. Llegó a Santiago en 1855
y fue nombrado Rector del Colegio San Ignacio. En aquellos años, Superior de la sección
chilena de la Misión Chile-Paraguay de la Compañía de Jesús era el P. Bernardo Parés.
Lo cierto es que luego de que la Compañía fue suprimida en 1767 y restaurada en 1814, se
hicieron varios esfuerzos por contar con la presencia de los padres jesuitas en Chile. Uno
de los intentos más notables fue el realizado por el Arzobispo de Santiago, Mons. Rafael
Valentín Valdivieso en 1845, quien sugirió la posibilidad de que los jesuitas entraran a
Chile como particulares (ya que muchas personas de poder y hombres de Gobierno, que
habían adquirido las antiguas posesiones de los jesuitas, se oponían a que se les
concediera autoridad jurídica). De ese modo podrían fundar un colegio católico que él
sentía que hacía mucha falta. También existieron opositores para esta nueva empresa y
aunque ese mismo año ingresaron varios sacerdotes al país, debieron abandonarlo, por
razones políticas, en 1846. Por esos años, el vecino país de Argentina se encontraba
gobernado por la dictadura de Juan Manuel de Rozas, quien como parte de un plan de
persecución, expulsó en A pesar que aún existía,
como decimos, una fuerte oposición, se formó una comisión que aportó los fondos para
un futuro colegio además de comprar los terrenos en que se construiría. Después de
sobrepasar los obstáculos, el 14 de Octubre de 1854 se llevó a cabo la colocación de la
primera piedra del Colegio. Sin embargo, por dificultades de tipo económico se paralizó
la obra. A pesar de lo anterior, don Francisco Ignacio Ossa, insigne bienhechor de la
Compañía, expresó a los Padres que él estaría dispuesto a llevar a su fin la
construcción. El P. Parés aceptó y agradeció la generosa oferta y así, la
construcción pudo continuar. Ella, claro, no se llevó a término sin los ataques del
entonces gobierno liberal. ("Historia del Colegio San Ignacio", 1856-1983".
Juniorado Jesuita, Santiago, 1985). Por fin, luego de dos
años de trabajo, el colegio pudo dar inicio a sus clases, 1 de Mayo de 1856, bajo la
conducción del P. Ignacio Gurri. Mucho ayudó a este Padre el haberse desempeñado como
rector en los colegios en Ferrara y Fermo, Italia. Los intranquilos y juveniles alumnos
tenían al frente una personalidad difícil de roer. Dos años permaneció el
P. Gurri a cargo del Colegio. Desde 1858 hasta 1872 fue Maestro de novicios, cuando el
Noviciado funcionaba en la calle Lira en la capital. Esta residencia, sin embargo, se
cerró en 1873, y el Noviciado se trasladó a Concepción, pensando en un posible aumento
de las vocaciones. Al fracasar dicho plan el Superior de la Misión prefirió en 1879
concentrar a los novicios en la Casa de Formación en Córdoba, Argentina. El P. Gurri permaneció en
Concepción hasta su muerte acaecida el 23 de Octubre de 1879. CARLOS HAIMBHAUSEN S.J.
(1692-1767) Nació el 28 de Mayo de 1692 en
Munich. Fue vástago de una ilustre familia y contaba 17 años cuando solicitó ser
admitido a la Compañía, el 20 de Octubre de 1709. Todo lo abandonó por el deseo de las
misiones y del martirio en tierra americana. Sus últimos años de formación
los cursó en el Colegio Romano, donde recibió la Ordenes sagradas en 1719. Su vocación misionera es
anterior a su entrada a la Compañía. Durante sus años de formación reiteró por
escrito al P. General sus deseos de ser enviado a tierra de infieles. Para felicidad suya,
esa aspiración fue acogida por el Superior General, siendo incluido en la misión que
salió desde España hacia Chile el 15 de Agosto de 1722, junto con otros 16 jesuitas. El
4 de Febrero de 1724 llegó a Santiago, debiendo atravesar la pampa argentina y la
cordillera de los Andes. Llegado a Chile fue destinado a
la enseñanza de la teología en la Universidad Pontificia de Concepción. Paralelamente
se dedicó al trabajo sacramental, especialmente de la confesión y a los demás
ministerios sacerdotales. Un primer período de
permanencia en Chile, durante el cual viene a reunírsele el Hno. Martín Motsch, (hijo de
un Elector de Baviera), arquitecto, a quien el padre había hecho perfeccionarse en su
arte en distintas cortes hasta su ingreso a la Compañía, llevó al convencimiento del P.
Heimbhausen de la necesidad de un aporte más completo y variado para lograr la finalidad
espiritual y el progreso de artes y artesanías en Chile, imprescindibles para su
desenvol-vimiento cultural. (Roque Esteban Scarpa: "Presencia visible e invisible de
Alemania en Chile". Inst. Chileno- Alemán de Cultura. Santiago, 1973, pp 11 ss). Retornó, entonces, a Baviera,
para escoger un grupo de hermanos calificados en sus oficios, y portar los elementos
técnicos necesarios. A su vez, la Congregación Provincial lo eligió como Procurador en
Madrid y Roma, a donde llegó en Julio de 1744. Al año siguiente arribó a Roma. Con el apoyo pleno del Padre
General, fue seleccionando de las distintas Provincias europeas, especialmente de
Alemania, un grupo escogido de Hermanos Coadjutores. En total, fueron 38, donde se
incluyeron plateros, ebanistas, fundidores, relojeros, pintores, cirujanos, carpinteros,
boticarios, tejedores, etc. todos con su correspondiente instrumental, según su
especialidad. Sin excepción, fuero hombres desinteresados e idealistas que cooperaron
activamente al progreso económico e industrial de Chile, en aras a ensanchar el campo
apostólico de la Compañía y de extender el Reino de Cristo. La razón que da este padre
para llevar tantos Hermanos, aparece en su memorial: "Consta de la experiencia que
dichos Hermanos no solo desembarazan a los sacerdotes para que únicamente atiendan a los
ministerios espirituales, sino que también catequizan e instruyen a los neófitos en los
misterios de nuestra Santa Fe y al mismo tiempo como inteligentes en la labor del campo y
otras artes enseñan a los indios lo que conduce para su temporal alivio y comodidad".
El 27 de Abril de 1748 llegaron a Santiago. Ocho años después de su
partida, la ciudad de Santiago lo recibió a él y a sus 38 religiosos con verdadero
alborozo. Era toda una riqueza humana y una riqueza material la que arribaba para
transformar muchos aspectos de la vida nacional, pues junto con los hombres, venía el
cargamento de 70 cajones de libros, 32 fardos de papel, 5 cajones de imprenta de libros,
22 de herramientas, 43 con clavos de hierro, 3 con galones de plata y oro, 1 con piezas de
plata labrada, paños de Segovia, sedas, lienzos, altares portátiles, misales e, incluso,
vituallas, acopiados en Roma, Nápoles, Venecia, Munich, Lyon, Barcelona, Milán y
Génova, buscando lo mejor en cada parte. (Roque Esteban Scarpa: o. c). Elogio singular le tributa el
abate Juan Ignacio Molina S.J. en su "Compendio de la Historia de Chile" cuando
expresa: " Las bellas artes se encuentran en Chile en un estado miserable. También
las mecánicas están hasta ahora muy lejos de su perfección. Se deben exceptuar, sin
embargo, las de carpintería, de herrería y de platería, las cuales han hecho algún
progreso a merced de las buenas luces que comunicaron algunos artesanos alemanes, que
pasaron allí conducidos por el P. Carlos de los condes de Haybhausen en Baviera,
queriendo emplearse en aquellas misiones. Este benemérito religioso, que murió en 1766
tenía un singular amor a aquel país, cuyas ventajas procuró siempre con el mismo ardor
que hubiera podido tener el más celoso chileno, aunque no pudo efectuar todas sus
benéficas ideas". A su regreso continuó con el
cargo de Procurador. En 1750 fue nominado Rector del Colegio de San Pablo y posteriormente
Rector del Colegio Máximo San Miguel. Hechos importantes fueron las relaciones con la
Universidad de San Felipe, su defensa de las misiones y una intervención en materia
moral. En 1763 el Arzobispo de Santiago lo designó Consultor del Sínodo y se le renovó
el oficio de examinador sinodal. Su deceso se produjo en Santiago el 7 de Abril de 1767. CRISTIAN HARL S.J.
(1858-1935) Nació el P. Harl en
Reichenhall, Baviera, el 9 de Junio de 1858, en el hogar de don Gaspar Harl y doña
Catalina Grim, hermana del célebre autor de la vida de Jesús. Estudió humanidades en los
Seminarios de Freising, Regensburg y Wurzburg hasta 1878, filosofía en Wurzburg y en
Freising hasta 1883. En esta última ciudad recibió la ordenación sacerdotal el 29 de
Junio de 1883 de manos de Mons. Antonio Steichel. Sirvió de capellán desde 1883
hasta 1886 y posteriormente en Indersdorf hasta 1888. Se trasladó entonces a la Parroquia
de la Iglesia Catedral de Munich, donde permaneció hasta el 29 de Septiembre de 1897,
fecha en que pidió su admisión a la Compañía de Jesús. Hizo un año de noviciado en
Feldkirch y el segundo año en Valkenburg, donde repasó la filosofía y la teología. El
29 de Septiembre de 1899 emitió los votos de bienio en Valkenburg. Después estuvo tres
años como capellán en Ebernach en una casa de religiosos de San Juan de Dios. El 30 de Junio de 1905, se
embarcó en Hamburgo para América del Sur. Recién había cumplido 47 años de edad. Unos meses pasó en Sao
Leopoldo, Brasil y en Buenos Aires, Argentina, hasta que conforme a una nueva destinación
continuó el viaje a Chile. En el vapor "Quito" llegó a Puerto Montt el 18 de
Diciembre de 1905, siendo agregado como misionero a la comunidad del Colegio San Francisco
Javier. Superior de los jesuitas en Puerto Montt era el P. Pedro Fink. Trabajó, pues, como misionero
en la Parroquia de Puerto Montt y en varias parroquias de Chiloé hasta 1912. El 9 de
Marzo de 1912 se hizo cargo de la Parroquia "Sagrado Corazón" de Puerto Varas,
donde ayudado del P. Guillermo Sander, alcanzó a reconstruir la casa e iglesia
parroquial, desaparecidas por el incendio de 11 de Junio de 1911. En 1916 fundó el
Colegio Germania, que con el esfuerzo de los directores siguientes, se elevó a un estado
floreciente. El 29 de Mayo de 1919 entregó
la Parroquia de Puerto Varas a su sucesor y se trasladó a Puerto Octay para ayudar al P.
Juan Mellwig, a quien sucedió como Párroco el 1 de Mayo de 1928. Permaneció como
titular de la Parroquia "San Agustín", hasta que el Señor lo llamó al
descanso eterno, el 15 de Marzo de 1935, en la propia casa parroquial. En todas sus actividades el P.
Harl estaba inspirado de un celo de almas incansable. A pesar de su débil salud y sus
dificultades en el viajar, salía a las misiones y auxiliaba a los enfermos.
Comprendiendo que las buenas escuelas son una poderosa ayuda para la salvación de
las almas, fomentaba su desarrollo por todos los modos. Con los pobres siempre fue muy
caritativo. Hombre muy de Dios, pasaba
muchas horas en el templo muy cerca del sagrario. Con mucha frecuencia hacía romerías a
los santuarios de la Santísima Virgen, como a la capilla de María Auxiliadora en Nueva
Braunau o a la Gruta de Lourdes en Puerto Octay. En 1908 recomendó la ubicación de la
nueva Gruta en Puerto Varas, por la semejanza con la ubicación de la gruta en el poblado
de Lourdes, Francia, donde también sobre la Gruta se levanta la basílica. Es conocida la
actuación tesonera del P. Harl, como misionero y como párroco. Se puede afirmar que no
hay capilla de la región y de las cercanías del lago Llanquihue, que no haya visitado
este fervoroso misionero. Su característica era ser hombre para los demás que lo
impulsaba a remediar las necesidades del prójimo, así materiales como espirituales. Por eso, cuando falleció "el
duelo del pueblo fue general. Vi llorar a personas de toda edad y condición. No se
contentaron con el pobre ataúd que estaba dispuesto, sino que por colecta voluntaria
reunieron, creo que 400 pesos, y compraron uno más elegante. El funeral fue el domingo a
las 10 y para dar gusto al pueblo, hubo de ser cantada la misa... Al cementerio acudió
todo el pueblo, incluso muchos protestantes, que amaban y respetaban al Padre. No se
hablaba de otra cosa sino de lamentar su fallecimiento", expresó el Rector del
Colegio San Francisco. Javier. El P. Harl tuvo tiempo para
escribir algunas páginas tituladas "Actividad de los jesuitas alemanes radicados en
Puerto Montt y las misiones en la isla grande del sur de Chile, entre los años 1859 y
1905" (Mitteilungen aus den deutschen Provinzen 14 (1932-1935) 632-638.. Copiamos
algunos párrafos que nos muestran el trabajo misionero en esas regiones: "Fue una
dura tarea para los jesuitas alemanes los años en que hicieron campañas misioneras en la
región peninsular de Chile, ubicada entre los troles paralelos 41º y 43º de latitud
sur, orientada principalmente a la misión redentora de alemanes y chilenos que vivían en
Puerto Montt, tanto los que vivían en las región costera del Océano Pacífico, como en
los alrededores del Lago Llanquihue". "Una llegada normal a la
isla comienza cuando el vapor echa el ancla, viniéndose encima las casas que en general
son modestas, económicas y construidas de madera; es en la cubierta de la nave donde
comienza la misión, habiendo sido informada previamente toda la población, la que desde
las orillas, saluda eufóricamente a los misioneros y al Obispo, haciéndoles descender de
la embarcación, acompañándolos con cantos hasta la iglesia, donde se reúnen los
fieles. Después de este tipo de recepción, el trabajo misionero se limita a lo
estrictamente necesario: cada día a las 9 horas se dice una misa; junto con tener a
continuación las clases del catecismo que se imparte para personas adultas. A
continuación a las 14 horas, eligiendo una sala grande la escuela, se entregan las
instrucciones para la primera comunión y al finalizar el día, al crepúsculo, suenan las
campanas para reunir a los feligreses a rezar el rosario que tiene un ordenamiento
particular, pues en cada misterio y después de la oración, son cantadas tres Avemarías
en español en honor de la Virgen Purísima en una piadosa melodía. Luego sigue una
exhortación de carácter catequista que es responsabilidad de un sacerdote subalterno. Y
acto siguiente, la prédica misionera del sacerdote superior. Toda esta ceremonia tomaba
casi dos horas y media". "La capilla en que se
efectuaba esta ceremonia estaba adornada con pedestales artísticos de mimbre que hacían
los varones y que sostenían las teas que eran encendidas a una señal por medio de una
campanilla. A continuación se encendían un par de velas que combustionaban hasta tres
días, tiempo que duraba el período de las confesiones de los hombres, y que en algunas
días alcanzaban hasta las 22 horas, puesto que los horarios matutinos eran ocupados por
las mujeres para eso mismo". "La misión completa en un
lugar llegaba a su fin cuando habían transcurrido ocho días, lo que permitía hacer uso
de seis a doce lanchitas para acompañar a los misioneros hasta la capilla
siguiente". JOSE HARTER S.J. (1863-1925) Durante toda su vida el
P. José Harter S.J. tuvo una extra-ordinaria afición por los estudios históricos. Nacido en Windschlag (Baden),
Alemania, el 16 de Abril de 1863, ingresó a la Compañía de Jesús el 30 de Septiembre
de 1882, después de haber concluido el bachillerato. Terminada su filosofía en
Exaeten, Holanda, fue destinado al Colegio "Sagrado Corazón" de Wisconsin,
Estados Unidos, donde hizo el magisterio, pues aquel era un territorio de misión
encomendado a la Provincia de Alemania; de Estados Unidos pasó a Inglaterra para hacer la
teología y recibir la ordenación sacerdotal el año 1894 en Ditto Hall. Llegó a Puerto Montt en 1896.
Tanto en su labor parroquial y misionera, como cuando fue profesor, se entregó con todas
sus fuerzas al ministerio sacerdotal. Recorrió además íntegramente la zona habitada por
familias descendientes de los colonos germanos, en busca de noticias de esas primeras
familias. Con prolijidad confeccionó las distancias y las dimensiones de los terrenos
(chacras). Esas cartas, producto de sus largas y minuciosas investigaciones, fueron
frecuentemente consultadas por agrimensores y técnicos de dicha especialidad. Simultáneamente, Harter con
paciencia y acuciosidad, colec-cionó los documentos para la historia de la región. Su
estadía en Puerto Varas y Puerto Octay le facilitaron esa labor. "Lo que es hoy
la Provincia de Llanquihue fueron hasta 1853 no más que territorios inexplorados e
inhabitados de las provincias de Valdivia y Chiloé. Solamente con la fundación de Puerto
Montt el 12 de Febrero de 1853 y con la llegada previa de más de 60 familias alemanas,
fue instalada la Colonia de Llanquihue, y por decreto ley del Supremo Gobierno de 27 de
Junio de 1853, se fijaron los límites del nuevo territorio de la colo-nización, los que,
en lo principal, eran idénticos con los fijados diez años más tarde para el
departamento de Llan-quihue..." expresaba en 1924 en un trabajo titulado "La
Provincia y Colonia de Llanquihue". El P. Harter es el primer investigador
histó-rico de la región del lago Llanquihue (Germán Wiederhold: "Turismo ,
Provincia de Llanquihue. 1921". Soc. Imp. y Litografía Universo. Santiago). Es muy valioso el trabajo sobre
las familias que se esta-blecieron en la Provincia de Llanquihue. Su labor misionera en
lugares como Quilanto, Frutillar, Ensenada, Puerto Octay, etc. le ayudó en la búsqueda
de antecedentes. Fruto de ese largo esfuerzo fue el trabajo publicado en la revista "Deutscher
Sonntagsbote" (Puer-to Varas, 23 de Diciembre de 1927) y que incluye la nómina
de los inmigrantes que arribaron entre 1852 y 1875, señalando además el nombre del vapor
que los condujo, la fecha del zarpe desde Hamburgo y el arribo a Corral o Puerto Montt. La Providencia, sin embargo,
tenía previsto que el autor no alcanzara ver la publicación de su importante
contribución a la his-toria regional. El P. Harter se interesó
además por la actividad misionera de la antigua Compañía en Chiloé y todo el sur de
Chile. Sobre esa labor dejó un libro (inédito) " Los jesuitas en el antiguo
Reino de Chile y su actividad misional", donde textualmente señala: "En
pobres y frágiles piraguas hacían anualmente aquellos celosos misioneros su Misión
circular por 80 capillas, repartidas en más de 20 islas, vestidos de una sotana ya medio
gastada, cubiertos de su manta o poncho a la usanza del país; y ¿qué alojamiento
podían tener al lado de la capilla, sino un rústico y miserable rancho, llamado
"casa mita" o casa-ermita, hecho sin clavos ni arte alguno, apenas defendido
contra las lluvias y por cuyas mil rendijas soplaban los vientos? ¿Y qué comida podían
esperar entre aquella gente en el mejor de los casos, sino los modestos productos de su
pobre corral y agricultura: pescado o marisco, papas o tortilla, o cuando mucho, una
cazuela de carne de gallina u oveja? Y por fin, ¿qué auxilios o remedios ni los más
rudimentarios les quedaban en caso de enfermedad? En una palabra se puede aplicar a
aquellos misioneros lo que enseña San Pablo (1 Cor.9,22): "Híceme todo para todos,
por salvarlos a todos". Pero, al mismo tiempo, esos
discípulos de San Ignacio de Loyola fueron portadores de la cultura a los naturales. Lo
señala también este historiador: "Claro está que así los antiguos jesuitas de
Chile eran al mismo tiempo apóstoles de la verdadera civilización y cultura del pueblo,
y por doquier defendían entre la gente bienestar y contento. Sus iglesias, sus doctrinas
de catecismo, sus procesiones y fiestas religiosas, sus propias personas, su trato diario
y sus ejemplos de santidad, eran otros tantos medios de enseñanza y persuasión, y en su
conjunto como una perfecta escuela, un grandioso instituto de pedagogía popular, en que
comunicaban al pueblo fiel los conocimientos y hábitos más esenciales e importantes para
formar hombres útiles y felices". ("Los jesuitas en Chiloé y Valdivia,
1610-1767", en separata revista "San Javier"). En los últimos seis años,
combinó su trabajo de investigación con sus visitas diarias a los enfermos del Hospital
de Puerto Montt, portando los sacramentos y palabras de aliento a los enfermos. Falleció en Valparaíso. La "Historia
domus" de la residencia, textualmente señala: "El Padre Harter, de
Puerto Montt, vino a ésta en busca de salud. Tuvo que someterse a una operación
quirúrgica muy difícil y el día 11 de Diciembre del año 1925 murió inmediatamente
después de la operación y fue sepultado en la cripta de nuestra iglesia".
Tenía 62 años de edad y 42 de Compañía. En Puerto Montt una importante
calle lo recuerda. CALLE PADRE HARTER La única calle de Puerto Montt
que perpetúa el nombre de algún jesuita es la calle "Padre Harter". Nacido en Windschlag (Baden),
Alemania, el 16 de Abril de 1863, ingresó a la Compañía de Jesús el 30 de Septiembre
de 1882, después de haber concluido el bachillerato. Terminada su filosofía en
Exaeten, Holanda, fue destinado al Colegio "Sagrado Corazón" de Wisconsin,
Estados Unidos, donde hizo el magisterio, pues aquel era un territorio de misión
encomendado a la Provincia de Alemania; de Estados Unidos pasó a Inglaterra para hacer la
teología y recibir la ordenación sacerdotal el año 1894 en Ditto Hall. Llegó a Puerto Montt en 1896.
Tanto en su labor parroquial y misionera, como cuando fue profesor, se entregó con todas
sus fuerzas al ministerio sacerdotal. Recorrió además íntegramente la zona habitada por
familias descendientes de los colonos germanos, en busca de noticias de esas primeras
familias. Con prolijidad confeccionó las distancias y las dimensiones de los terrenos
(chacras). Esas cartas, producto de sus largas y minuciosas investigaciones, fueron
frecuentemente consultadas por agrimensores y técnicos de dicha especialidad. Simultáneamente, Harter con
paciencia y acuciosidad, coleccio-nó los documentos para la historia de la región. Su
estadía en Puerto Varas y Puerto Octay le facilitaron esa labor. "Lo que es hoy
la Provincia de Llanquihue fueron hasta 1853 no más que terri-torios inexplorados e
inhabitados de las provincias de Valdi-via y Chiloé. Solamente con la fundación de
Puerto Montt el 12 de Febrero de 1853 y con la llegada previa de más de 60 familias
alemanas, fue instalada la Colonia de Llanquihue, y por decreto ley del Supremo Gobierno
de 27 de Junio de 1853, se fijaron los límites del nuevo territorio de la coloni-zación,
los que, en lo principal, eran idénticos con los fi-jados diez años más tarde para el
departamento de Llan-quihue..." expresó en 1924 en un trabajo titulado "La
Provincia y Colonia de Llanquihue". El P. Harter es el primer investigador
his-tórico de la región del lago Llanquihue (Germán Wiederhold: "Turismo ,
Provincia de Llanquihue. 1921". Soc. Imp. y Litografía Universo. Santiago). Es muy valioso el trabajo sobre
las familias que se estable-cieron en la Provincia de Llanquihue. Su labor misionera en
lugares como Quilanto, Frutillar, Ensenada, Puerto Octay, etc. le ayudó en la búsqueda
de antecedentes. Fruto de ese largo esfuerzo fue el trabajo publicado en la revista "Deutscher
Sonntagsbote" (Puerto Varas, 23 de Diciembre de 1927) y que incluye la nómina de
los inmigrantes que arribaron entre 1852 y 1875, señalando además el nombre del vapor
que los condujo, la fecha del zarpe desde Hamburgo y el arribo a Corral o Puerto Montt. En los últimos seis años,
combinó su trabajo de investigación con sus visitas diarias a los enfermos del Hospital
de Puerto Montt, portando los sacramentos y palabras de aliento a los enfermos. La Providencia, sin embargo,
tenía previsto que el autor no al-canzaría a ver la publicación de su contribución a
la historia regio-nal. Falleció en Valparaíso. La "Historia
domus" de la residencia, textualmente señala: "El Padre Harter, de
Puerto Montt, vino a ésta en busca de salud. Tuvo que someterse a una operación
quirúrgica muy difícil y el día 11 de Diciembre del año 1925 murió inmediatamente
después de la operación y fue sepultado en la cripta de nuestra iglesia".
Tenía 62 años de edad y 42 de Compañía. Como decíamos, en Puerto Montt
una importante calle lo re-cuerda. JOSE HARTER S.J. (1863 -
1925) Durante toda su vida el P. José
Harter S.J. tuvo una extra-ordinaria afición por los estudios históricos. Llegó al Colegio San Francisco
Javier en 1896. Tanto en su labor parroquial y misionera, como cuando fue profesor, se
entregó con todas sus fuerzas al ministerio sacerdotal. El P. Harter se interesó
además por la actividad misionera de la antigua Compañía en todo el sur de Chile. Sobre
esa labor dejó un libro (inédito) " Los antiguos jesuitas en Chile (1593 -
1767). Su influencia en la cultura nacional", donde textualmente señala: "En
pobres y frágiles piraguas hacían anualmente aquellos celosos misioneros su Misión
circular por 80 capillas, repartidas en más de 20 islas, vestidos de una sotana ya medio
gastada, cubiertos de su manta o poncho a la usanza del país; y ¿qué alojamiento
podían tener al lado de la capilla, sino un rústico y miserable rancho, llamado
"casa mita" o casa - ermita, hecho sin clavos ni arte alguno, apenas defendido
contra las lluvias y por cuyas mil rendijas soplaban los vientos? ¿Y qué comida podían
esperar entre aquella gente en el mejor de los casos, sino los modestos productos de su
pobre corral y agricultura: pescado o marisco, papas o tortilla, o cuando mucho, una
cazuela de carne de gallina u oveja? Y por fin, ¿qué auxilios o remedios ni los más
rudimentarios les quedaban en caso de enfermedad? En una palabra se puede aplicar a
aquellos misioneros lo que enseña San Pablo (1 Cor.9,22): "Híceme todo para todos,
por salvarlos a todos". Pero, al mismo tiempo, esos
discípulos de San Ignacio de Loyola fueron portadores de la cultura a los naturales. Lo
señala también este historiador: "Claro está que así los antiguos jesuitas de
Chile eran al mismo tiempo apóstoles de la verdadera civilización y cultura del pueblo,
y por doquier defendían entre la gente bienestar y contento. Sus iglesias, sus doctrinas
de catecismo, sus procesiones y fiestas religiosas, sus propias personas, su trato diario
y sus ejemplos de santidad, eran otros tantos medios de enseñanza y persuasión, y en su
conjunto como una perfecta escuela, un grandioso instituto de pedagogía popular, en que
comunicaban al pueblo fiel los conocimientos y hábitos más esenciales e importantes para
formar hombres útiles y felices". ("Los jesuitas en Chiloé y Valdivia,
1610-1767", en separata revista "San Javier"). Falleció inesperadamente
en Valparaíso el 19 de diciembre de 1925. Su obra quedó, entonces, inédita. Hace tres o
cuatro años ese material fue encontrado guardado en cajas. Pero, junto con el
trabajo del P. Harter tenemos 54 biografías de jesuitas que trabajaron en Chile en el
período que abarca la historia escrita por Harter (1593 - 1767), y que fueron escritas
por el P. Eduardo Tampe S.J. Entre otras, se incluyen las biografías de los PP. Alonso de
Ovalle, Diego de Rosales, Nicolás Mascardi, Manuel Lacunza, Miguel de Olivares, Juan
Ignacio Molina, Luis de Valdivia, etc. etc. El plan propuesto es una
publicación compuesto de dos partes: la primera parte comprendería la obra completa de
Harter. La segunda parte estaría dedicada a la sección biografías de medio centenar de
jesuitas que trabajaron y fallecieron, sea en Chile, sea en algún lugar de destierro. BERNARDO HAVESTADT S.J.
(1714-1781) El P. Bernardo Havestadt,
nacido en Colonia, Alemania, el 25 de Febrero de 1714, ingresó a la Compañía el 20 de
Diciembre de 1732. En 1744 era alumno de filosofía en el Seminario en Munster, Westfalia. Fue ordenado sacerdote el 24 de
Septiembre de 1747 en Burence, Alemania. Se desempeñaba como misionero en Horstmar cuando
se le destinó para que viajara a Chile. Tenía muy clara su misión, como el Señor a los
apóstoles: "Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres" (Mt.
4,19). Hizo toda su formación en
Alemania. Con sorprendente facilidad, aprendió además castellano, inglés, italiano,
flamenco y portugués. Enseñó gramática y humanidades en Hadamar y Neuss. Con el P.
Carlos Haimbhausen se embarcó para Chile en la expedición de 1747, llegando a Santiago
el 5 de Marzo de 1748. Enviado a Concepción (Chile),
se dedicó a misionar en el te-rritorio de los araucanos. Con la ayuda del P. Francisco J.
Wolfwisen aprendió con rapidez la lengua araucana. En Enero de 1752 hizo un
esfuerzo por atravesar la cordillera de los Andes. Desde la región central de Chile,
Santa Fe, actual provincia de Los Angeles, intentó llegar hasta Mendoza, Argentina, pero
fue engañado por los guías, cuando trataba de misionar entre los indios pehuenches, una
raza indómita a la que encontró en los días de "cahuín", es decir, de gran
borrachera y alegría, mal momento para hospedar entre ellos a un sacerdote. En esta
ocasión Havestadt no encontró la muerte sólo por el designio de la Providencia, pues
uno de los embriagados pehuenches, le propinó un hachazo en el cráneo, y todos creyeron
verle muerto, si no gravemente herido. Pero, el golpe no le afectó, se quitó el sombrero
y lo tuvieron por brujo, dejando de insultarle. El 25 de Marzo de 1752 regresó a su
residencia en Santa Fe, después de un recorrido de El interés de sus viajes es la
descripción detallada de las regiones centrales de Chile. El primero es de 1751, el
segundo del año siguiente cuando intentó cruzar la cordillera. En 1756, enfermo y con
achaques, se retiró al Colegio San Pablo en Santiago. Fue entonces cuando se dedicó a la
lingüística, dejando en lengua arau-cana una obra fundamental: "Chilidugu, sive
res chilenses vel des-criptio status..." El decreto de expulsión de los
jesuitas, dictado por Carlos III, lo encontró en el Colegio San Pablo. Junto a sus
compañeros fue detenido y trasladado al Callao, Perú, a donde arribó el 20 de Junio de
1768, siguiendo posteriormente a Europa, vía Panamá. En el curso de 1771 regresó a su
ciudad natal, donde se estableció. Durante sus años de retiro en
esa ciudad, se ocupó en clasificar sus apuntes sobre el idioma araucano que tenía
preparados desde 1764, y, por fin, después de haberlas vertido al latín, las dio a la
imprenta en Munster, Alemania, en una obra de tres volúmenes, con el título de "Chilidugu
sive res chilensis..." publicada en 1777. El P. Havestadt falleció en
Munster el 21 de Enero de 1781. A propósito del
"Chilidugo: En el Primer Congreso Científico General Chileno (1894), el filólogo y
expositor Rodolfo Lenz, en las notas bibliográficas presentadas sobre la lengua araucana,
señala que sobre dicha lengua existían tres obras principales, todas ellas de los
linguistas jesuitas, a saber: 1º Arte y Gramática
general de la lengua que corre en todo el reyno de Chile, con un vocabulario y
confesionario del P. Luis de Valdivia. 2º Arte y lengua
general del Reyno de Chile del P. Andrés Febres, y 3º Chilidugo sive res
chilensis del P. Bernardo Havestadt. (Vi-cente D. Sierra: "Los Jesuitas
Germanos en la Conquista Espiritual de Hispano-América". Buenos Aires, 1944, pp. 298
ss). Havestad dividió su trabajo en
siete secciones: la primera com-prende la gramática; la segunda es la traducción al
araucano del "Universo Abreviado" del P. Francisco Pomey S.I. (Lyon, Valpay,
1705). El autor conoció la pobreza del idioma de un pueblo semi-bár-baro, y quiso
remediar ese inconveniente, vertiendo al lenguaje de Arauco el tratado científico del P.
Pomey, para dar una idea de lo que era el mundo, las estrellas, la tierra, el agua, el
hombre y la ciudad. La tercera parte contiene el catecismo en araucano y algunas oraciones
en verso; la cuarta y quinta es un diccionario bastante copioso; la sexta se ocupa de un
tratado sobre música; finalmente, en la séptima, el autor relata sus viajes. Acompaña a
su obra un mapa bastante tosco de las regiones que recorrió, y una especie de poema,
titulado: "Lacrimae salutaris", escrito en versos latinos consonantes y dividido
en tres cantos. Otra obra fue "Doce
Prédicas Misioneras", publicada en Colonia en 1778, cuando la Compañía ya
estaba suprimida. Comprende 312 páginas y está escrita en elegantísimo alemán. Es una obra hermosa, profunda,
pletórica de imágenes poéticas, llena de sabiduría cristiana, que conmueve aún
después los siglos transcurridos desde su redacción. Nos permite además, penetrar en el
alma de un misionero jesuita de aquel tiempo, pues sus prédicas son al mismo tiempo sus
confesiones. Veamos, por ejemplo, el Prefacio
que comienza así: "En este mes de Mayo han transcurrido justamente dos años
desde mi regreso del Reino de Chile -tan lejanamente situado en la América del Sur- a mi
querida Alemania. He estado ausente 25 años y creí haberme olvidado ya de mi lengua
materna. Pero al enterarme de que las costumbres de mis queridísimos compatriotas han
experimentado en muchas partes cambios que perjudican gravemente sus almas, debido a que
han empeorado, no he querido ni podido permanecer pávido, sino que deseo contribuir a
enmendar este mal a la brevedad y en la mejor forma que me sea posible". "Pues si he realizado
largos y muy peligrosos viajes por tierra y mar para convertir a indios y a extranjeros,
si he aprendido con gran empeño las lenguas española y chilena (araucana), y si me he
sometido a muchas otras privaciones, ¿por qué no habría de dedicar mi cuidado y
diligencia para inducir a mis queridos compatriotas a regresar al recto camino de su
eterna felicidad, de su antigua y verdadera fe y a los ejercicios espirituales y virtudes
cristianas con la ayuda a Dios? El medio para lograrlo es este manual, en que me he
esmerado explicar, en cuanto me lo permite el recuerdo de mi lengua materna alemana, a
toda persona preocupada de su eterna felicidad, los principales artículos de la fe en
forma clara y vigorosa". Cita a continuación al profeta Isaías: "Eleva tu voz
cual trompeta". (Carlos Keller: "Prédica de un Viejo Jesuita" en
Diario "La Unión" (Valparaíso). Doscientos veinte años después
de la publicación del "Chilidugo", un musicólogo chileno e integrante de
Syntagma Musicum, Victor Rondón, recuperó las memorias que este misionero jesuita
publicara en Colonia el año 1777. Y recientemente el conjunto Syntagma Musicum, en la
práctica, ha resucitado esta valiosa obra, interpretando la parte musical completa que
incluye cerca de veinte canciones. Fiel intérprete de esta
música, ha sido el coro de la Comunidad Huilliche de Compu, Chiloé, y que dirige el
profesor Gabriel Coddou. Este coro, integrado por veinte niños de entre 6 y 12 años, fue
formado por Coddou con el propósito de recuperar la lengua huilliche, dialecto del
mapuche. El entusiasmo y tesón de su director han hecho de ésta una reconocida
agrupación coral, que ha ganado varios concursos. EDWIN HODGSON S.J.
(1916-1990) El P. Edwin Hodgson
Bolados nació en Santiago el 24 de Enero de 1916. Hijo de padre inglés, don Charles
Hodgson; su madre, la sra. Clementina Bolados Carter, pertenecía a una distinguida
familia de La Serena. Edwin fue el cuarto de seis hermanos: Mary, Anita, Carlos, Edwin,
Jorge y Cyril. El papá cristiano anglicano, se convirtió al catolicismo al contraer
matrimonio con la señora Clementina. Constituyeron una familia profundamente cristiana. Tanto por lo Hodgson como por lo
Carter, la figura de Edwin era de un inglés cabal: alto, de pelo rubio, ojos castaño
claro...su modo de ser como sus aficiones eran bastante british. Para sus estudios
-preparatorias y humanidades como se estilaba entonces- concurrió al Liceo Alemán e
Instituto de Humanidades Luis Campino en Santiago. Con Edwin fuimos connovicios en
el Noviciado de Chillán en el año 1934, bajo la atenta conducción de los PP. Jaime
Ripoll y José Casas. Pues él ingresó el 26 de Abril de aquel año, es decir, un año
después que yo lo hiciera. Todo el tiempo de nuestra formación lo hicimos juntos: sólo
nos separó el magisterio: Edwin lo haría en el Colegio San Ignacio en Santiago y yo lo
haría en el Colegio San Luis en Antofagasta. Una amistad, como jamás experimentara, nos
unió por mas de 50 años en la vida jesuita. Me es muy difícil perfilar, en
pocas líneas, la personalidad compleja y admirable de Edwin. Dios lo dotó de notable
inteligencia y rica sensibilidad. Apasionado por la música, cuando pequeño fue
"niño prodigio". A los seis años lo hacían ejecutar piezas de piano en
reuniones de la mamá con sus amigas, pero lo fastidioso de las innumerables horas
dedicadas a aprenderse las partituras y escalas, le aburrían su poco. Ya adolescente,
algunos problemas económicos de la familia le hicieron abandonar las clases, pero no la
afición. En el Noviciado fue el organista en las festividades religiosas: nos
interpretaba a Bach, Cesar Franck, etc. Lo mismo sucedió en el juniorado, tanto en
Chillán como en Córdoba, Argentina, y posteriormente en el Colegio Máximo en San
Miguel, Buenos Aires. Clases, magisterio y apostolado
hicieron que Edwin dejara por largo tiempo de practicar el piano, pero en los últimos
año de su vida retornó al estudio y llegó con facilidad a interpretar las sonatas de
Beethoven, además de piezas de Schubert, Chopin, Haydn, Bach. Cuántas horas pasé en su
habitación en el Colegio San Ignacio (allí tenía un excelente piano de cuarto de cola),
siendo testigo de sus fuertes exclamaciones cuando fallaba en algunas notas, en el
"Claro de Luna" o en "La Apasionata"! Hasta que por último: "Mario:
las domino y les puedo dar el alma". Es que Edwin leía las
partituras con facilidad y se empeñó en memorizarlas. Una persona que retoma los
estudios musicales a una edad avanzada y alcanza a lo que Edwin llegó, constituye una
proeza. Los años de nuestra
formación filosófica y teológica en el Colegio Máximo en San Miguel, no fueron
ciertamente estimulantes. Muy explicable, con algunas excepciones: sacerdotes ancianos en
su mayoría españoles, nos enseñaban una arcaica escolástica, ajena del todo a las
inquietudes y al mundo que nos tocaba vivir. Basta decir que la Sagrada Escritura se daba
en un cursillo de segunda categoría. Edwin, con el talento que Dios le dio, no se
interesó por entonces en la Filosofía ni tampoco en la Teología, lo que después
lamentó mucho. El 15 de Mayo de 1949 fue
ordenado sacerdote en la capilla del Colegio Máximo. Fecha ciertamente inusual, pues
debió hacerse el 18 de Diciembre precedente, pero, como no se estimaba digno de tal
compromiso, lo postergó hasta el año siguiente. Compañeros de curso, entre otros,
fueron los PP. José Ignacio Vicentini, José Luis Davies, Jorge Escobar, Mario y
Benjamín Vergara, Alejandro Muñoz, Enrique J. Bartra, Alfredo Requena, Ricardo Durán
Florez, ex Obispo de El Callao, Perú, etc. A Dios gracias,
posteriormente en la edad madura, pudo aggiornarse en Roma en estudios de Sagrada
Escritura. Comenzó entonces una nueva etapa en su apostolado. En Roma había estudiado y
trabajado en dirección espiritual y Ejercicios ignacianos. Comenzó entonces un programa
de Ejercicios dados en varios fines de semana, a alumnos del Colegio San Ignacio, El
Bosque, desde 2º año medio. La experiencia llevaba a hacer los Ejercicios completos
durante la enseñanza Media. La metodología consistía en dar puntos y después de la
oración personal. volvían a examinarla en grupos. El año 1975 pasó a ser
asesor de un movimiento de comunidades, llamados "Pioneros", donde desarrolló
más todavía el programa de retiros, acompañamiento personal y las misiones rurales. El humanismo que en él afloraba
se acrecentó con los estudios del Juniorado y como autodidacta llegó a dominar a la
perfección el griego y el latín. Disfrutaba leyendo esas lenguas, la Eneida, la Odisea,
Cicerón, en una palabra los clásicos grecolatinos. Su facilidad para los idiomas era
envidiable: dominio perfecto del inglés y francés. Un año antes de morir me dijo:
"Confieso que sólo tuve apego a la vida mientras estudiaba hebreo, pues deseaba
conocer cabalmente la Palabra de Dios en el idioma que fue escrita". "Es
increíble el gozo que se experimenta después de haber leído y anotado la Palabra de
Dios". Durante los últimos años de su vida pasaba más de siete horas diarias
en el estudio de la Biblia. Además de los retiros que daba a alumnos y exalumnos. El P. Hodgson era de una
autenticidad tan libre que le hacía disfrutar de las cosas agradables de la existencia.
Había en él una profunda vida interior y de oración. Por eso logró ser maestro en la
conducción de almas. Y Dios se valió de él para llevar a la vida religiosa y sacerdotal
a muchas personas. Algunos todavía jóvenes sacerdotes jesuitas, ya en el Colegio como en
la Universidad, en los rigurosos retiros y Ejercicios Espirituales, discernieron su
vocación acompañados por él. Las ansias de estar junto
a Dios en el cielo se manifestó varios años antes de dejar el mundo terrenal: "¡Mario,
me dijo, te das cuenta que estamos en los descuentos, lo que más importa es la
verdadera vida después de esta!". Lo anterior lo confirmó
en su postrera enfermedad. Falleció un Martes de resurrección. El sacerdote que le
llevaba la comunión a la clínica, le dijo en la Semana Santa: "el Domingo de
resurrección le traeré la comunión y celebraremos la Pascua". "Preferiría
celebrarla en el cielo", le respondió. Unos momentos antes de morir, a las Los testigos afirman que
su rostro pareció rejuvenecerse. Por eso los encargados de colocarlo en la urna,
preguntaron al Superior, si habían maquillado al padre. Me impresionaron la paz y una
sonrisa insinuada en el rostro de Edwin después de fallecido. Sin duda, correspondía a
la felicidad sin término. La iglesia de San Ignacio,
estaba repleta por jesuitas, familiares, amigos, tantos dirigidos espiritualmente por él.
La plegaria y la emoción, el dolor y el consuelo. Al finalizar los ritos sagrados, cuando
el féretro cruzaba la nave del templo, los solemnes acordes de Enrique Purcell con
"Música para los funerales de la Reina Ana" (Edwin había manifestado que esa
música lo acompañara en su funeral), un estremecimiento de lo divino pareció
invadirnos. El Señor venció a la muerte, nos dio la resurrección. Y Edwin tenía muy
claro aquello "que vivimos para morir; pero morimos para nacer", nacer
resucitados para siempre. Mario Vergara S.J. JAMES HOSEY S.J.
(1944-1992) El P. James Hosey nació en
Filadelfia, Estados Unidos, el 2 de Diciembre de 1944; era el tercer y último hijo de don
Edward Hosey y de la sra. Gertrude Carroll. Cursó sus estudios primarios y
secundarios en el colegio diocesano Father George, dependiente de la parroquia familiar.
Desde niño quiso ser sacerdote misionero y pensaba ingresar a los Padres de Maryknoll
donde tenía un primo hermano que era misionero en Oriente. Pero su padre, exalumno y
amigo de los jesuitas, lo llevó cuando estudiaba su último año secundario a visitar un
pariente en Wernersville. Tal vez influenciado por esta
visita, Jim pidió ingresar as la Compañía. Y así, el 30 de Julio de 1962, víspera de
la festividad de San Ignacio, y al poco tiempo de concluir su enseñanza secundaria,
ingresó al Noviciado "San Isaac Jogues" en Wernersvill, en medio de la alegría
de toda su familia. Concluido el período de
noviciado y con los votos del bienio, continuó en la misma casa haciendo el curso de
Juniorado; en seguida debió cursar los tres años de estudios de filosofía en Weston, y
posteriormente fue enviado al magisterio en el Colegio San Mateo de Osorno, Chile, que
entonces pertenecía a la Provincia de Maryland. Esto sucedía en 1969. Regresó a su patria para
iniciar la teología en el Colegio Máximo en Woodstock, que lo llevaría al sacerdocio.
Dos años los hizo en Woodstock; el tercero en la Facultad de Teología en la Universidad
Católica en Santiago. A fines de 1973 fue ordenado diácono en Osorno. Terminado el
cuarto año de teología fue ordenado presbítero en Baltimore, el 1 de Junio de 1974. Terminada su formación en 1975,
Jim pidió volver a Chile. Después de unos meses en el Colegio San Mateo, se incorporó
al equipo de la Parroquia de la Santa Cruz en Santiago. Durante ocho años trabajó allí
y en el Colegio San Ignacio A.O. Dedicó casi todo su tiempo a la atención de la
comunidad en la capilla San Esteban, dependiente de la Parroquia de la Santa Cruz. Fue trasladado a la ciudad de
Arica en 1984. Durante otros ocho años ejerció su apostolado en la ciudad nortina, en
los años más maduros y fecundos de su sacerdocio, en las capillas de San Ignacio y
Cristo Obrero y en el Movimiento de Encuentros Matrimoniales. El P. Hosey fue siempre un
hombre sencillo, modesto, quitado de toda bulla. Hombre servicial y disponible con el gran
mérito de que muchas veces no era eso lo que espontáneamente deseaba hacer. pero él se
hacía servicial y disponible. Esa era su opción. Hombre que amaba profundamente las
cosas simples de la vida. Destacaba notablemente su buen criterio, su capacidad de
escuchar y de acompañar. Así como era capaz de escuchar y hacer propios los problemas de
los demás, era extremadamente parco para expresar su interioridad. En este aspecto era
más bien una persona solitaria. Su afecto lo mostraba a su manera, no por gestos
externos, sino con su lealtad profunda, con su acompañar cariñoso, jugándose por la
otra persona, aunque esto lo sacara frecuentemente de lo que hubiera deseado
espontáneamente hacer. Jim había cumplido 48 años de
edad cuando se sintió afectado por una dolencia que se reveló como un avanzado cáncer
al pulmón. Entonces fue enviado a los Estados Unidos para buscar alguna posible
curación. Todo fue inútil, y, a pesar de las oraciones de sus compañeros y de sus
innumerables amigos de Santiago, Arica y Estados Unidos, falleció en su tierra natal el
29 de Diciembre de 1992. Jim no quería morir, pero
cuando supo claramente que estaba enfrentando la muerte, asumió con fe esa realidad,
porque sabía que su patria estaba en el cielo, en el encuentro con el Padre. Cuando su
Superior en Arica le expresó que tenía una enfermedad terminal, después de un momento
de silencio respondió: "Ahora tendré que poner en práctica lo que tantas veces
aconsejé a otros". En la iglesia de San José en
Filadelfia más de cincuenta sacerdotes concelebraron en la Misa de su funeral. "Las
almas de los justos están en las manos de Dios (Sab.3,1) comenzó diciendo el
sacerdote en la homilía. Y más adelante añadió: Damos gracias a Dios porque
Jim fue llamado a la Compañía de Jesús, y por el privilegio de haberlo conocido. Damos
gracias por su generosa y altruista respuesta a ese llamado, hace 30 años. Y hay muchos,
muchos que dan gracias por el don que Jim hizo de sí mismo al pueblo chileno,
especialmente en Arica. BALTASAR HUEBER OLER S.J.
(1703-1774 ) Nacido el 6 de Enero de 1703 en
Rotholz, Innsbruck, era hijo de Carlos Huéver y de Juana Oler. Ingresó en la Compañía
de Jesús en 1722 en la Provincia de Germania Superior. Llegó a Chile en 1724, donde
cursó los estudios que lo lle-varían al sacerdocio. Integró el grupo de jesuitas que
optaron por enseñar a Jesucristo en las tierras de misiones y que acompañaban al
procurador P. Lorenzo del Castillo. Por el año 1745 estando de
misionero en las islas de Chiloé, acompañando al P. Francisco
Javier Esquivel, hizo un viaje misio-nal hasta las australes islas donde habitaban los
indios caucahués (golfo de Penas). Se trataba de convencerlos de la conveniencia de su
traslado a los campos contiguos de Chonchi. Fue también profesor de
filosofía y teología en el Colegio Máximo San Miguel. Como Procurador en Roma y Madrid,
pudo traer el año 1755 un buen número de sacerdotes y hermanos coadjutores ale-manes
para la Provincia de Chile (1). El Gobernador de Chile, Manuel
de Amat, tuvo al P. Hueber como su confesor y director espiritual. Dirigió tandas de
Ejerci-cios Espirituales, siendo también Rector del colegio en Quillota. Finalmente, fue nombrado
provincial de la Provincia chilena, cargo que desempeñó desde el año 1762 hasta 1769.
En dicho período un total de 30 escolares jesuitas concluyeron sus estudios y fueron
ordenados presbíteros por Mons. Manuel de Alday, obispo de Santiago. Durante su gobierno
se produjo una situación absoluta-mente inédita; nadie podría pensar lo que iría a
acontecer en la Compañía de Jesús, y por ende, en la Provincia chilena. La Compañía contaba en Chile
en 1762 con las siguientes casas: Colegios: Santiago: San Pablo;
San Miguel (el colegio Máximo de la Provincia con 33 sacerdotes, 80 escolares jesuitas y
20 her-manos coadjutores); Concepción, Mendoza, Bucalemu, Serena, Quillo-ta, Chillán. Colegio misional: Castro, Buena
Esperanza. Noviciado: San Borja en
Santiago. Colegio convictorio (internado):
Santiago, Concepción. Residencias: Valparaíso, San
Juan de Cuyo, San Luis de la Punta, San Fernando, Melipilla, San Felipe, Talca, Copiapó. Residencias misionales: Arauco,
Valdivia. Misiones: Tucapel, Santa Juana,
Santa Fe, San Cristóbal, San José de la Mocha, Angol, Colué, Imperial, Mariquina,
Quinchao, Chonchi (2). Para atender estas obras, la
Compañía tenía 188 sacerdotes, 105 estudiantes, 62 hermanos coadjutores. Total 355
sujetos. Nos ha quedado un documento
instructivo de fecha 30 de julio de 1764 que como Superior Provincial escribió a los
superiores de las distintas comunidades de la Provincia. En él vemos que, más allá de
la fecha, el P. Hueber conocía muy bien la realidad de esta Provincia; tenía muy clara
su misión y un verdadero celo por el bien espiritual y corporal de sus súbditos,
recomendando enca-recidamente a los superiores que cuidaran a sus subalternos. A éstos
los designa siempre el nombre de compañeros", para que los traten con la
confianza y amor que este nombre inspira. Aunque en el noviciado y en la tercera
probación se enseñaba a los NN el idioma araucano, con todo, recomienda a los superiores
que lo enseñen a los nuevos misioneros, hasta poseerlo con perfección para que puedan
desempeñar con mayor fruto los ministerios, que con los indios ejercitaban siempre en su
propio idioma. Haciéndolo así y enseñándoles la doctrina con la frecuencia que señala
el documento, no será culpa de los misioneros si los naturales no están tan instruidos
como es de desear. La pequeña cantidad de ganado y de caballos que se permitía en cada
lugar de misión, no se opone a la prohibición de tener propiedades, porque no habiendo
entre los indios algún mercado donde proveerse, y no siendo fácil la compra de algún
animal para que sirva como alimento tanto a los padres como sus empleados de casa, es
preciso mantener un pequeño rebaño. El instructivo nos parece importante darlo a conocer en su integridad. Textualmente dice: "La primera atención de los PP. misioneros será procurar su propia santificación, por lo cual se les encarga la observancia de las santas reglas, y que jamás omi-tan los ejercicios espirituales de oración, lección y exámenes, y que todos los días celebren la santa misa. -Que se toque con la campanilla a las distribuciones, desde el levantarse hasta la de acostarse. -Cada año harán todos los ejercicios de nuestro Santo Padre en invierno, por ser tiempo más desocupado. Los que han de renovar los votos, harán los triduos; y aunque ninguno tenga que renovar, se juntarán todos a leer los preceptos, censuras, avisos y órdenes comunes a la Provincia y particulares de la misión. Se-gún costumbre de esta Provincia, cada quince días tendrán lección espiritual en comunidad, y cada semana conferencia moral.- Guár-dese la clausura y si alguna casa no estuviere cercada con postes o tapias, sirva de clausura la misma casa, sin permitir que entre en ella ninguna mujer, según lo ordenado por el P. Granado.- Con-sérvese el Santísimo, a no ser que hubiere peligro de irreverencia por parte de los indios.- Los de una misión se podrán confesar mutuamente, y también con los PP. de la misión inmediata que seña-lare el superior de las misiones, pero la facultad de reservados sólo la tendrán los superiores de ella y el superior de todos, menos en tiempo de ejercicios y renovaciones, haya o no renovan-tes, que entonces la tendrán todos los dichos.- Los superiores cuidarán de enseñar bien el idioma a los PP. recien entrados, y de ponerlos en ejercicios competentes para aprenderlo; como es doc-trinar a los indiecitos; y el superior de las misiones los exami-nará cada año, hasta que tengan suficiente expedición en hablar-lo.- Ninguno saldrá de su misión, si no es a la vecina, a la Mocha o a Canuco.- El superior cuidara de su compañero, lo proveerá según nuestro uso, y procurará su alivio cuando la salud lo exi-giere. Supuesto que él percibe el sínodo asignado al compañero, no es razón que éste se vea comprometido a buscar fuera de casa lo |