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LOYOLA
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San Juan de la Cruz, Santo y Poeta |
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Presentación Este número de "Loyola" está dedicado a ofrecer un libro. Su primera edición impresa, se agotó. De la segunda, quedan escasos ejemplares. El autor decidió ofrecer sin costo esta tercera edición (virtual). Para él es muchísimo más grato saber que en cualquiera parte del mundo los lectores puedan conocer a un hombre que no sólo fue una lumbrera en la poesía de la lengua castellana sino un elegido de Dios (igual que usted y yo) que supo responder con el mayor amor al que Nuestro Señor Jesucristo tiene por nosotros. |
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SAN JUAN DE LA CRUZ SANTO Y POETA José Vergara Vicuña |
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Prólogo a esta "Edición Virtual"
Desde que escribí este libro hace diez años, he sentido sobre mí el beneficio protector de la capa blanca de San Juan de la Cruz. A él he acudido en los momentos de angustia en los que – como seres humanos – todos tenemos. Hoy, a los noventa y cinco años de edad lo siento palpablemente.
Después, tuve la oportunidad de conocer dos conventos habitados por él. Los únicos que se mantienen todavía en pie: el de Úbeda y el se Segovia.
En Úbeda, vi el lugar en que el Santo pasó los últimos noventa días de su vida. En un altillo de toscas y ásperas maderas estaba el lecho que no era otra cosa que dos o tres tablones uno junto al otro. Para subir a este altillo, había una escalera desvencijada actualmente rehecha igual a la de los tiempos del Santo. Por esa escala, donde una persona con buena salud baja con dificultad, él tuvo que transitar, mientras sus fuerzas se lo permitieron, para asistir a los oficios de comunidad. Allí sus carnes se fueron desgarrando de a pedazos hasta ese sábado que él mismo había vaticinado que iría a cantar maitines en el cielo. Todos los frailes que presentían el momento de su muerte, lo vieron expirar y cuentan que en ese instante una paloma blanca voló de su lecho.
También visité el convento de Segovia con un claustro cuya ubicación decidió el Santo. Él, con sus manos y las de sus frailes, levantaron un claustro que cautiva por sus hermosas proporciones. Al pasearse por él, se siente la paz y la tranquilidad que San Juan imprimió a esa columnata.
Junto al claustro está la iglesia y en ella la capilla que guarda sus restos mortales en un catafalco de grandes proporciones de maderas y piedras preciosas, de un mal gusto y falta de armonía. La última profanación que debió sufrir este Santo simple y sencillo.
Invito a conocer estos lugares. Sobrecogen. Fueron los lugares donde el Santo reposó.
Las dos primeras ediciones las doné al Templo de San Ignacio, lugar del que mi hijo estaba a cargo. Esta tercera edición es un regalo para los viajeros de Internet. Pídala a josejvergara@equilitur.cl y le llegará el libro completo gratuitamente a su casilla. El lector puede “bajarlo” sin costo alguno, imprimirlo y leerlo en el lugar donde desee. Sus poesías son la mayor joya de la lengua castellana. Su lectura lo confortará, llenando su alma de paz.
José Vergara Vicuña
Santiago, 26 de Mayo de 2006
¿POR QUE HOY SAN JUAN DE
LA CRUZ?
De pocas personas se han escrito más libros que de este santo. Se podría
formar una gigantesca biblioteca dedicada exclusivamente a él. Sus tratados místicos
han sido analizados y glosados por teólogos e intelectuales; sus poesías,
traducidas a todos los idiomas.
Es tanto el interés que despierta su obra en medios altamente culturales
que, por vía de ejemplo, citaremos el caso del Papa Juan Pablo II. En su
juventud, fue poeta y actor; más tarde, en el Seminario, un carmelita le mostró
los versos del "Cántico Espiritual", los que le provocaron tal
entusiasmo, que, de inmediato, se puso a estudiar castellano para saborearlos en
todo su esplendor y musicalidad. Pero no paró allí: su memoria de grado versó
sobre este santo.
Vale la pena conocer hoy su historia. Vivió en la humildad, la
obediencia y el dolor, pero siempre unido estrechamente a Cristo, lo que le
producía una gran alegría que iba trasmitiendo a quienes le rodeaban.
De esa unión nace la mejor poesía. Un lenguaje puro, colorido y
elevado, lo coloca en el primer lugar de la poesía universal.
Desgraciadamente en Chile solo conocen su obra y vagamente su biografía
un número muy restringido de intelectuales y eclesiásticos. Entre los jóvenes
es un nombre casi totalmente ignorado.
Este trabajo es una muy resumida biografía, unida a la historia del
nacimiento de la Orden Carmelita Descalza. Se aprovecha para transcribir la
mayor parte de su obra poética.
I. NIÑEZ Y JUVENTUD
En un pequeño pueblo de Castilla, no muy lejos de Avila, de casitas
bajas de piedra y barro, tejas descoloridas por las lluvias y el sol, llamado
Fontiveros, nació Juan, hijo de Gonzalo Yepes, posiblemente el año 1540. En su
historia hay muchos hechos discutidos porque él jamás habló de sí mismo. En
ese tiempo los conventos estaban convulsionados y cada uno hacía la crónica a
su manera.
De su niñez y juventud hay numerosos vacíos. Casi todo lo que sabemos
proviene de una biografía que el Padre José Velasco hizo de la vida y obra de
un hermano de Juan, Francisco Yepes
a quien consideraba como un santo.
Los Yepes eran oriundos del lugar de ese nombre. Judíos conversos desde
hacía más de un siglo. Emigraron a Toledo donde se establecieron como
comerciantes e industriales en paños de lana y seda. Gozaban de prosperidad y
consideración social, incluso habían recibido una distinción de la realeza.
El abuelo del santo murió prematuramente, después de haber sufrido un
descalabro económico. Los parientes, temerosos de deslucir el apellido se
preocuparon de colocar a sus hijos y así mantener su rango. Al mayor, la
parentela lo endilgó en la carrera
eclesiástica, le consiguieron el curato de Torrijos; el segundo que estudió
medicina, se estableció como farmacéutico en el pueblo de Gálvez y al
tercero, Gonzalo, lo destinaron como traficante de comercio, profesión bien
mirada entonces. Le encargaban la venta de sus productos en las ferias de Medina
del Campo, importante centro comercial de ese tiempo.
Gonzalo Yepes viajaba de Toledo a Medina. A mitad de camino, estaba
Fontiveros. Allí pernoctaba en casa de una viuda cuyo nombre no ha guardado la
historia, quien tenía una pequeña industria de buratos de seda, con la que el
comerciante completaba su equipaje mercantil.
Entre las operarias que trabajaban para la viuda, había una muchacha al
parecer muy bella; gozaba fama de honesta y bondadosa, se llamaba Catalina
Alvarez. Gonzalo se enamoró perdidamente y se casó con ella.
Este matrimonio produjo un tremendo enojo en la familia Yepes. Lo
repudiaron, lo desheredaron, le cerraron todas las puertas; no quisieron verlo más.
Muchas teorías han querido explicar esta conducta, una de las más plausibles,
es que Catalina en su niñez fuera una esclava morisca. Laboraba de fámula en
una fonda de Toledo, allí la conoció la viuda y se la llevó como tejedora a
Fontiveros, en la región de Moruña. Alejada de los pueblos grandes, era más fácil
soportar su posición despreciada. Los moriscos, moros convertidos, eran muy mal
mirados, no se creía en la sinceridad de su cristianismo. Los orgullosos Yepes
no podían aceptar a una plebeya de tan baja estirpe.
Los recién casados se establecieron, ambos como tejedores para la viuda.
Gonzalo, por amor, redujo su condición social de comerciante a operario. La
viuda se encariñó con ellos, los consideraba como su familia. Pronto murió
designándolos herederos.
El matrimonio tenía tres hijos, Francisco el mayor, Luis y Juan nuestro
santo. Podían vivir modestamente del trabajo de los telares, pero la bonanza
duró poco. Gonzalo contrajo una tuberculosis, que lo postró durante dos años.
Con el jefe de hogar impedido se fue agotando la pequeña herencia, los telares
se fueron vendiendo.
Al quedar viuda Catalina, debió afrontar sola la realidad. Se ha dicho
que el pequeño Luis murió de hambre. Ella no tuvo otra salida que recurrir a
los hermanos de su esposo. Partió a pie, atravesando la sierra, con los dos
pequeños hacia Torrijos, donde el cuñado sacerdote no la recibió; cabizbaja
continuó hasta Gálvez; el boticario, casado y sin familia, tuvo compasión y
se hizo cargo del mayor, de Francisco.
Vuelve Catalina a Fontiveros en compañía de Juan. Deben subsistir con
lo que produce el único telar que le quedaba.
Francisco, en un comienzo tuvo buena acogida en casa del boticario. No
obstante al poco tiempo la tía se sintió embarazada; la nueva situación le
produjo a ésta un cambio radical en su temperamento, del cariño pasó al
rechazo irreprimible hacia el extraño. Aunque ya era un muchacho, lo golpeaba y
humillaba.
Pasaron dos años. Catalina visita Gálvez. Francisco le pide volver, no
puede seguir sufriendo el maltrato que recibe.
De nuevo están los tres en Fontiveros. Francisco va a cumplir los
dieciocho años, proporciona una pequeña ayuda, pero los tiempos se han puesto
más difíciles. Catalina cree que mudándose a una plaza más importante, su
trabajo será mejor remunerado. Elige al vecino pueblo de Arévalo, con más
población y movimiento, donde permanecen tres años.
En general la situación no cambia. Francisco es un hombre alegre, le
abundan los amigos, compone coplas y las canta en todas partes, es piadoso y
honesto. Un día anuncia que se va a casar. Elige a Ana Izquierdo, mujer honrada
y virtuosa. Es también tejedora y colabora en la mantención del hogar.
De este tiempo se sabe poco de la vida de Juan; ya tiene 10 años,
concurre a la escuela municipal. Su madre y hermano le estimulan una gran devoción
a la Virgen.
Arévalo no es plaza que pueda proporcionar lo necesario para la familia.
Francisco, ya jefe de hogar, determinó asentarse en un centro comercial
poderoso. Queda cerca Medina del Campo. En esa época era una metrópolis de
alcance internacional. Estamos en el año 1551.
II. EN MEDINA DEL CAMPO
(Años 1551 A 1563)
Años decisivos para Juan. A la llegada a esta ciudad ocurrió un hecho
curioso que señalan siempre los cronistas. De una charca salió un pez
gigantesco, lo vieron todos, Juan invocó el nombre de Jesús y desapareció. La
historia de este santo, la han escrito plagada de momentos misteriosos, de
exorcismos a endemoniados y hechos físicos inexplicables. Hoy día, nuestra
mentalidad positivista los acostumbra a pasar por alto.
En Medina encontraron casa dentro del recinto amurallado, próximo al
convento de la Magdalena y del palacio de los Dueñas.
Catalina, Francisco y su mujer se ocuparon en trabajos de telar. Juan
entró al Colegio de Niños de la Doctrina que funcionaba al amparo de las
monjas de San Agustín. Como una forma de pagar los estudios se les imponía la
obligación de hacer labores de sacristán de la iglesia. Las monjas, encantadas
con la seriedad y devoción de Juan, le encomendaban otros menesteres, como el
de pedir limosna para solventar las necesidades del convento.
A Don Alonso Alvarez de Toledo, protector del hospital de la
Concepción para enfermos terminales de bubas (sífilis), le causó
impresión este niño mendigando. Conocedor de la pobreza de la familia
quiso ayudarlo proporcionándole un trabajo estable en el hospital. Lo contrata
en un principio como limosnero y luego le entrega el cuidado de los enfermos.
Aquí empieza una nueva etapa en su vida. Atiende, sirve y consuela a estos
detritos de la humanidad; los lava, limpia sus póstumas y otros menesteres que
muy pocos aceptan realizar.
Alumno de los jesuitas
A esta vida sin luz se le abre una ventana. Muy próximo al hospital
establecieron los jesuitas un colegio en que se daban clases gratuitas de gramática,
retórica y didáctica. Don Rodrigo de Dueñas advirtiendo las condiciones de
Juan, le permitió que participara de estos estudios. Desde el año 1558 Juan
comparte cursos del Instituto con sus labores de enfermero. Fue un estudiante
sobresaliente, dominó pronto el latín, la poesía de los clásicos y sus
adaptaciones al romance. Quizás en esa época escribiera sus primeros versos,
hoy perdidos; desde entonces su oído lo adaptó a la métrica.
Juan de Yepes participa en dos mundos; en el hospital unos pobres
despojos de la lujuria blasfeman, maldicen la vida; sólo se complacen en
recordar un pasado vil, sin embargo reciben del enfermero palabras de esperanza;
muchos llorando quieren bien morir. El otro mundo, es su hogar con la inocencia
y el cariño humano. También el colegio de los jesuitas lo fue llevando a Dios
por la razón y la poesía.
Juan de Yepes formado en la pobreza y el amor, viviendo ambientes antagónicos,
busca a Dios. En la soledad se une a Él. Intuye la contemplación. Recibe el
llamado de Dios y responde con generosidad. Está tranquilo, sabe que el Señor
cuidará a los recluidos en el hospital como el mejor enfermero.
Ha resuelto ser sacerdote. Conociendo su vocación lo invitan de muchas
partes. Don Rodrigo Dueñas lo quiere para capellán del hospital, los jesuitas
para su labor de evangelización y así varias órdenes religiosas lo disputan.
Juan reflexiona: su formación lo inclina al recogimiento, a la entrega
constante al amor de Dios. Su permanencia en el hospital lo hizo apreciar la
castidad, la pureza, personificada en la Virgen María. Quería un convento
donde se le diera a ella un culto especial.
Lo llaman del Carmelo, pero antes de tomar una determinación necesita
conocer a fondo esa Orden.
Se informa de su historia, con sus propias palabras la sintetiza así: "Desde el tiempo de Elías y Eliseo su discípulo, que moraron en
el Monte Carmelo, cerca de la ciudad de Adern, muchos padres religiosos santos,
así del Viejo como del Nuevo Testamento, en el mismo Monte y cerca de la Fuente
de Elías, se exercitaron en conversación celestial y santa penitencia,
viviendo piadosa y religiosamente como se colige del IV libro de los Reyes, capítulo
sexto".
Siguiendo con la historia de la orden, podemos agregar que con la llegada
de los cruzados, peregrinos europeos buscan las huellas de aquellos ermitaños
del antiguo testamento. Entonces establecieron ermitorios, diciendo llamarse "Hijos
del Profeta Elías consagrados a la Virgen María".
En el siglo XIII el Patriarca de Jerusalén, Alberto Avotargo, le dio una
regla para imitar a "Cristo Capitán"
la que fue aprobada por el Papa Gregorio III. Esa regla es la primitiva del
Carmelo.
Luego con la persecución sarracena, el Papa Inocencio IV les suplicó a
los príncipes cristianos que los acogieran en Europa.
En 1247 eligieron general de la orden a San Simón Stock, quien recibió
de la Virgen el hábito carmelitano. En Europa, paulatinamente la orden se fue
transformando de eremita en cenobita. Los ermitaños se recluirían en
conventos, continuado la vida de oración cada uno en su celda. Más tarde,
Inocencio IV permitió que, a sus debidas horas, pudieran, orar en las iglesias
y claustros y pasear por sus alrededores.
En resumen la regla primitiva seduce a Juan y resuelve entrar al Carmelo.
Junto con él entran dos compañeros del colegio jesuita; Pedro Orosco y Rodrigo
Nieto. El 24 de Febrero de 1563 toma el hábito carmelita. Sustituye su apellido
por el de "Santo Matías". En la ceremonia solemne el prior le
pregunta al novicio: "¿qué
pides?". Este contesta: "La
misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de los
hermanos".
En el año de noviciado se les enseña solamente las reglas de la Orden,
el Oficio Divino y las ceremonias corales. Juan, según atestiguó su amigo López
Osorio, "Se ejercitó en las
virtudes con gran fervor y cuidado, particularmente en los oficios más
humildes... fue muy devoto al Santísimo Sacramento".
Al cabo de un año se le concede profesar, recibe del superior la correa,
el escapulario y la capa blanca. Ya es carmelita.
Ingresados oficialmente a la Orden, Juan y sus dos compañeros, son
enviados a Salamanca, a esa célebre Universidad, donde en ese tiempo daba
clases Fray Luis de León. Entre sus condiscípulos figuraba un joven muy
especial, se llamaba Miguel de Cervantes.
Los carmelitas residían en el Colegio de San Andrés, ubicado en las
proximidades de los muros, de la ciudad, cerca del convento de San Esteban, el
bastión de los Dominicos.
La conducta de Juan en la Universidad puede apreciarse por las palabras
de su maestro Villalba: "Era tal su
modestia y su virtud, que muchas veces, con sólo mirarle los religiosos, sus
compañeros, corregían y templaba sus demasías".
Por ser aventajado en sus estudios, el Colegio de San Andrés, le dio el
cargo de "prefecto de estudiantes", con lo que se obligaba a repasar
las lecciones de sus condiscípulos y aclararles sus dudas.
En Salamanca se empapó en el conocimiento de Dios y en la historia de la
revelación.
Después
de dos años de intensos estudios, recibe la ordenación sacerdotal. Vuelve a
Medina del Campo y el 21 de Septiembre de 1567 canta su primera misa en esa
ciudad. En ese momento puede gozar de la compañía
de su madre Catalina Alvarez.
Sin embargo en el Convento Carmelita no se siente satisfecho, cree que se
ha equivocado de camino, que no es esa su vocación. Ha estudiado los Estatutos
del Carmelo y ve que no calzan con la forma de vivir de la comunidad.
Se habla en todas partes de reforma. Tanto el Papa como el Rey están
empeñados en perfeccionar las órdenes religiosas. En los mismos conventos
existen impulsores de un cambio, a éstos, les llaman despectivamente
"reformistas" y los otros se hacen llamar "observantes".
Pero la anhelada reforma no se percibe en el Carmelo.
Juan, entonces, quiere incorporarse a La Cartuja, dedicar su vida a la
oración. Los designios de Dios son diferentes: días después de su primera
misa ha llegado a Medina un grupo de religiosas, encabezado por Teresa de Jesús,
con fama de Santa. Vienen a fundar un Convento de Carmelitas reformadas las que
se llaman Carmelitas Descalzas. Este arribo ha producido gran revuelo en el
convento de varones. El prior, fray Antonio de Heredia, desea iniciar el nuevo
modo de vida, quiere ser el primer descalzo. Fray Juan de Santo Matías, poco
amigo de alborotos, ni siquiera ha intentado conversar con la fundadora. Muchos
frailes se entrevistan con la Madre Teresa, tienen curiosidad por conocer este
nuevo modo de vida, sin embargo la chispa no prende. Fray Pedro de Osorio le
habla de un compañero que busca nuevos horizontes, quiere entrar a la Trapa.
Teresa de inmediato siente impulsos por conocerlo. Manda llamar a Juan de Santo
Matías. Acude éste y muy pronto la entiende, se le disipan todas sus dudas, ve
con claridad el camino que el Señor le tiene trazado.
Para comprender mejor esta
historia, abandonaremos por un momento la vida del Santo y así referirnos a la
reforma.
III. LA REFORMA CARMELITANA
Los reyes de España desde Carlos V, pedían reformas en los Conventos.
Lo habían conseguido de los franciscanos con la intervención del Cardenal
Cisneros. Las Carmelitas mostraban la mayor resistencia, sin embargo, al recién
elegido General de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo, le han llegado noticias
inquietantes y resuelve iniciar su gobierno viajando a España. Empezó por
inspeccionar los conventos de Andalucía; queda consternado por la relajación
advertida. En Castilla sintió un pequeño alivio, sin estar del todo
satisfecho. Al pasar por Avila el obispo le pide que visite un convento
Carmelita llamado San José, que él había autorizado sin la aquiescencia del
provincial. Se trasladó allí. Lo regía doña Teresa de Ahumada que ahora se
llama Teresa de Jesús. ¡Quedó maravillado!. Había encontrado la verdadera
reforma del Carmelo.
Esta reforma fue obra de una mujer extraordinaria, Teresa de Ahumada, la
que se extendió a los conventos de varones con la participación de otro ser
excepcional San Juan de la Cruz. Para una mejor ilación en la comprensión de
la vida de este último, retrocedamos 33 años y demos un breve vistazo a la
vida de Teresa.
Era una muchacha rica, llena de encantos, se propone hacerse monja, no
obstante que le sobran pretendientes al matrimonio.
En el año 1534 ingresa al Convento de la Encarnación, situada fuera de
los muros de la ciudad de Avila, donde se albergan doscientas religiosas. No nos
debe sorprender esta cifra, eran los tiempos en que en España, los hombres
dejaban los pueblos y ciudades con el objeto de emigrar a las Indias o
reclutarse para las guerras. Las viudas y solteras, se cobijaban en un
monasterio donde podrían llevar una vida tranquila y asegurarse su eterna
salvación.
Teresa no buscaba reposo, ni comodidad; era una llama inquieta que ardía,
una luz que no podía esconderse bajo el candelero. Se imponía por su vigor, no
obstante su precaria salud. Empezó a sentir voces, a tener visiones. Las monjas
se asustaban, llegaron a creerla loca. Fue fray Pedro de Alcántara quien la
tranquilizó y la exhortó a seguir el llamado de Dios.
Teresa no podía soportar la forma en que transcurría la vida en la
Encarnación. Algunas señoras ricas tenían criadas a su servicio, otras hasta
pasaban hambre. Los locutorios repletos de visitas, jóvenes galanes prodigaban
atenciones a muchas de ellas, incluso uno se permitió cortejarla.
Después de 29 años concibe retirarse a una casa pequeña con no más de
diez compañeras, para hacer una vida de ermitañas, entregadas a la oración,
la penitencia y la pobreza. En una palabra, volver a las reglas primitivas del
Carmelo. No pretendía hacer la reforma sólo buscaba un lugar recogido para ese
pequeño grupo. Su pensamiento llegaba a profundidades, que hoy nos parecen
naturales, pero en esa época no se concebían. Estas diez monjas no estaban en
el convento solamente para salvar sus propias almas, ofrecían su vida por la
humanidad, por la extinción de la herejía, por la conversión de los infieles.
Los medios empleados para su santificación, también, fueron muy
originales. No necesitaban recluirse en el desierto para ser eremitas, bastaba
con permanecer encerradas dentro de la ciudad, pero aisladas de todo espíritu
mundano. No requerían de cuevas para entregarse a la oración; en el patio cada
una había erigido una pequeña capilla donde se abandonaban en la contemplación.
Por mandato deben desechar la tristeza, la Carmelita estará siempre alegre. La
pobreza constituía su rasgo predominante, cambiaban el paño de su hábito por
otro tosco llamado jerga y los pies sólo los podrían cubrir con medias o
alpargatas, de allí deriva su denominación de "Carmelitas
descalzas". Su alimentación era por demás frugal. Sólo las enfermas tenían
permiso para comer carne.
Después de cinco años de tranquilidad en este idílico convento de San
José, recibe Teresa la visita del Padre General; éste se entusiasma con la
forma de llevar a efecto las normas de la Orden, le pide fundar nuevos conventos
sujetos a las reglas elaboradas por ella. Cuentan, que en su efusión italiana
le había dicho "Debe hacer tantas
fundaciones como pelos tiene en la cabeza". El Obispo de Avila, que lo
acompañaba en la entrevista, le insinúa la conveniencia de permitirle
establecer, también conventos para varones. Rubeo se desconcierta, cavila y
queda de contestar después de pensarlo con mayor detención.
Teresa medita el lugar donde puede levantar su nuevo convento y
resuelve hacerlo en Medina del Campo, porque allí cuenta con dos amigos: el Señor
Obispo y el Superior Carmelita fray Antonio Heredia que había residido un
tiempo en Avila.
Pone en marcha el proyecto y la tenemos en Medina del Campo en el mes de
Agosto de 1567, para llevar a efecto la nueva fundación.
A pocos días
aparece fray Antonio que viene de Toledo con autorización del General para
crear dos conventos de varones. De inmediato le solicita ser admitido. Él
quiere ser el primer descalzo. La madre no se precipitó, conoce a fray Juan de
Santo Matías y cuenta ya con dos vocaciones, pero mientras encuentre un lugar
adecuado, para establecer la nueva fundación, queda todo en suspenso.
Fray Juan vuelve a Salamanca a cursar oficialmente Teología. En la
universidad, los textos básicos los formaban las obras de Santo Tomás de
Aquino. En las crónicas hay una referencia a fray Juan que dice:
"Estudiaba por Santo Tomás,
las lecciones que oía en las escuelas". Pero no podemos quedarnos sólo
con esta cita, para él, la Biblia era el libro del que nunca se separaba. Fray
Luis de León en sus clases traduce al romance, directamente del texto hebreo,
el "Cantar de los Cantares". Es posible que fray Juan pudo haberlo oído
de los labios mismos de fray Luis.
Otro libro lo impresiona vivamente el "Abecedario" de fray
Francisco de Osuna que es "Una guía
a los creyentes en la búsqueda, silenciosa y recogida, de las escondidas sendas
que llevan directamente al diálogo personal con Dios", "para vivir el
amor a Dios por sólo amor, no buscando razones para amar".
El paso por Salamanca enriquece intelectualmente al nuevo fraile. Recibe
semillas que germinarán en sus obras poéticas y teológicas.
IV. NACEN LOS DESCALZOS
Ha transcurrido un año del encuentro fortuito de la Madre Teresa con
fray Juan de Santo Matías. La fundación de varones ha quedado suspendida
mientras ella no encuentre el emplazamiento del nuevo convento, también el
frailecito debe cursar su teología en Salamanca.
En Junio de 1568, al mismo tiempo que vuelve fray Juan a Medina del
Campo, ya titulado en Teología, pasa por esa ciudad la Madre camino a
Valladolid, donde deberá efectuar una segunda fundación de descalzas.
Dios había dispuesto este nuevo encuentro, porque la Madre ya tenía
ubicado el sitio para el primer convento de varones. Le han ofrecido regalarle
un granero en ruinas, donde se guarda paja para forraje de animales en invierno.
Está ubicado en un lugar agreste, casi solitario, próximo a un caserío de
doscientos habitantes llamado Duruelo.
Lo vio Teresa y en su rápida imaginación viendo la paja y el portal recordó
el nacimiento de Jesús y exclamó: "¡Este será el Belén de la Orden
Descalza!".
Sin embargo, el nacimiento de una nueva Orden era un acontecimiento de la
mayor importancia, no se podía dar por hecho de la noche a la mañana,
necesitaba estudio y planificación.
La Madre estaba de paso en Medina del Campo, debía seguir con sus monjas
y el Capellán Julián de Avila hasta Valladolid. Le pide a fray Juan que la
acompañe a esa ciudad y mientras concluyen la instalación del nuevo convento,
entre los dos, fijarán las normas generales para adoptar la reforma teresiana a
la rama masculina
En líneas generales estas normas serían:
A) El Carmelita Descalzo es un hombre en permanente contemplación,
esto significa que su mente y su espíritu estarán en continua comunicación
con Dios, alabándolo, escudriñándolo, aceptando su voluntad. Por lo tanto, en
la celda, en el estudio, en el trabajo, en el recreo, en las charlas, en los
paseos, en las penas y en las alegrías el Carmelita obrará dirigido y poseído
por la voluntad de Dios
B) El convento no le será una cárcel desde donde no se sale. Puede,
en su permanente contemplación, llevar a otras partes el evangelio y los
sacramentos. El prior permitirá u ordenará toda salida.
C) Especial cuidado tendrá el carmelita en observar la santa pobreza.
No puede poseer nada propio, los libros son de la comunidad, como también el hábito
que le cubre, que no será de paño sino de ruda jerga. Los pies irán desnudos.
D) Gran importancia debe darse al trabajo manual. En el curso de este
relato veremos a Juan de la Cruz, en compañía de los religiosos del convento,
pegando ladrillos, levantando muros, asentando vigas, labrando la tierra,
cosechando garbanzo y otros menesteres de esta misma índole. Escribirá sus
voluminosos tratados con las manos encallecidas
E) Se propiciarán los ayunos y penitencias, pero éstas serán
graduadas de acuerdo a las capacidades de cada cual. A los enfermos y ancianos
no les faltará el regalo y la atención. La penitencia es el mejor remedio para
dominar los impulsos, siempre que no atente contra la salud y la dignidad del
religioso. Fray Juan deberá luchar
en contra del fanatismo que impone penitencias exageradas
Aclarado el esquema espiritual, la madre ve que llega el momento de
llevarlo a la acción. Debe darle el hábito al primer descalzo. Le pregunta a
una novicia que acaba de coserse su jerga, si tuviese inconveniente en donarla a
fray Juan, ésta accede gustosa. Revestido con el nuevo hábito recibe las
credenciales para el propietario de la casa de Duruelo
y con ellas parte fray Juan a su destino en compañía de un oficial de obras de
Valladolid, que más tarde entraría a la orden como hermano coadjutor. Desde
ese momento es el primer descalzo. Título que le discutirá fray Antonio
Heredia.
V. DURUELO
El primer convento descalzo.
Aquí solo encuentra fray Juan un portal en ruinas, anexo a él un
granero dividido en dos pisos, que servía para guardar el trigo y la paja. Detrás
una cocinilla.
Dos meses tardó, en limpiarlo y adaptarlo para el fin propuesto, tuvo la
ayuda del carpintero traído de Valladolid y de su hermano Francisco, que lo
acompañó en estas circunstancias. El
portal se transformó en iglesia, en el lugar anexo pudo dividir el dormitorio
del coro y de la cocinilla hizo cocina y refectorio
No obstante esta ardua y dura labor, fray Juan
y su hermano Francisco se daban tiempo para salir a los pueblos del
entorno a llevar la doctrina y los sacramentos. Este ermitaño vestido de jerga
despertaba en las gentes su religiosidad dormida, los acercaba a Dios.
En Noviembre de 1568 se efectúa la solemne inauguración del convento.
Acude el padre provincial en compañía de dos frailes. Fray Antonio Heredia a
quien se le había aceptado la renuncia del priorato de Medina, se incorporaba a
los descalzos. El día 28 de ese mes, después de la misa conventual hicieron el
voto solemne de abrazar la regla primitiva (no mitigada) fray Antonio Heredia,
fray Juan y un diácono de nombre José. Prestaron el nuevo juramento vistiendo
el hábito de jerga y los pies desnudos. En ese momento, como prenda de un nuevo
nacimiento, cambiaron sus nombres por los de "Antonio de Jesús",
"Juan de la Cruz" y "José de Cristo".
Se ha dado vida a la rama de los descalzos carmelitas la que queda sujeta
al general de la Orden.
Se designa prior a fray Antonio y sub-prior y maestro de novicios a
Juan de la Cruz. La labor de este último fue fructuosa. En los 19 meses que
permanecieron en Duruelo ingresaron 15 novicios, los que eran adoctrinados en la
estricta observancia de la regla primitiva. Mientras tanto, fray Antonio con la
libertad que le permite su priorato, predica en las vecindades.
A poco más de una legua de Duruelo están las tierras de don Luis de
Toledo, señor de Mancera. Junto a su palacio construyó una iglesia para darle
culto a una imagen de la Virgen traída de Flandes. Le propone a fray Antonio
obsequiarle un convento donde se puedan establecer con más holgura que en
Duruelo. Fray Antonio aceptó y el 11 de Junio de 1570 se inaugura solemnemente
la nueva casa de Mancera. Con gran nostalgia, fray Juan de la Cruz y sus
novicios abandonan la cuna de la orden descalza, la que deshabitada pronto se
vuelve ruinas
La labor de fray Juan en los tiempos de Duruelo y Mancera se puede
sintetizar en frase de un cronista: "Era
para los novicios y para los demás, como la regla viva, por lo que la escrita
ordena lo veían puesto en ejecución en su persona".
VI. SEGUNDA FUNDACION DE
DESCALZOS:
PASTRANA
Para llevar este relato con el mayor orden, debemos dejar a fray Juan en
Mancera y seguirle los pasos a la madre Teresa. Su fama corre por toda España,
es acosada por los príncipes de Eboli para que lleve descalzas a sus tierras de
Pastrana. Ella accede.
Estando allí se le presentan dos ermitaños pidiéndoles ingresar al
Carmelo Reformado. Estos personajes son Mariano Azzaro y Juan Narduch, ingeniero
y pintor respectivamente, ambos napolitanos, quienes después de llevar una vida
de aventuras, sienten el llamado de Dios y se recluyen en cuevas, mortificándose
con ayunos y penitencias. El príncipe de Eboli que los conocía de tiempo atrás,
les había cedido una capillita junto a unas grutas en un paraje solitario y
encantador. Al mismo tiempo otro carmelita calzado, también amigo del príncipe:
Baltazar Nieto, (bastante poco de fiar), quiere a su vez ser admitido. La madre
cavila, le fascina el lugar, medita en la conveniencia de abrir un segundo
convento de varones distante a media jornada de Alcalá de Henares, sede
universitaria. Le impresionan bien los napolitanos, pero para resolverse
necesita la presencia de uno de sus primeros descalzos. Llama en consulta al
Padre Antonio de Jesús, que está todavía en Mancera, éste acude en compañía
de dos frailes mitigados. Entonces resuelve inaugurar en Pastrana el segundo
convento de descalzos el que se destinaría a noviciado. Estamos en el mes de
junio de 1569. Fray Antonio ha vuelto a Mancera.
En la nueva casa los dos ermitaños imponen una vida de rigor y expiación,
duermen poco, apenas comen, se disciplinan diariamente. Sin embargo, estos
extremos de dureza producen una atracción especial entre los estudiantes de la
vecina universidad. Muy pronto se van despertando vocaciones. Ya tenemos a un
novicio, Pedro de los Apóstoles, como maestro de otros novicios, que van
llegando. Luego le sucede Angel de San Gabriel, un fanático que les exige
sacrificios y penitencias.
Los rigores de Pastrana se tornan en problemas con la aparición de un
adefesio, la beata Catalina de Cardona.
Esta
Catalina, hija natural del duque de Cardona, virrey de Nápoles en su
infancia la recogen los príncipes de Eboli más tarde es llamada al Palacio
Real para cuidar al príncipe Carlos y a don Juan de Austria. Aunque muy
agasajada en la corte, un día desapareció y vestida de hombre se estableció
como ermitaño a la orilla del río Júcar. A ese lugar un pastor le llevaba pan
tres veces por semana, el resto de su alimentación consistía en hierbas y raíces.
Los campesinos del entorno la veneran como si fuera un santo, arrastra cadenas,
se pincha con ortigas, se lastima con cilicios y así transcurren siete años.
Las privaciones la hacen caer enferma. Casi moribunda la recogen esos mismos
labriegos y la llevan donde los Duques, quienes la acogen con cariño. Ella no
quiere palacios. Ha resuelto recluirse en un convento carmelita, pero no de
monjas, viste de fraile e ingresa al de los descalzos de Pastrana, se somete a
las más duras penitencias. Este fraile estrafalario un día pide que lo lleven
a la Corte a recaudar dineros para efectuar nuevas fundaciones. Le envían
carrozas reales y vuelve cargada de tesoros, con los que en compañía de los
ermitaños Azzaro y Narduch se establece en La Roda. Fundación efímera, pues
construyeron el convento en cuevas que con el tiempo se desmoronan, los ermitaños
las abandonan y más tarde se instalan en la Peñuela y Granada. Algunos años
después fray Juan de la Cruz dejará su huella indeleble en ambos lugares.
El paso de Catalina enturbiará durante mucho tiempo el ambiente de
Pastrana. La historia ha juzgado a esta mujer como loca o impostora y otras
veces como a una santa.
Las exageraciones que allí se realizaron son increíbles. Cuenta el
Padre Gracián que "un día cogieron a un novicio, le desnudaron la espalda
y lo azotaron reciamente, hasta que alcanzara con su oración que bajase fuego
del cielo, para encender un haz de leñas húmeda. En esta forma se había de
conocer la perfección religiosa".
La fantasía de un melancólico prior fray P. Angel de San Gabriel era
aberrante. A veces ordenaba, a los novicios salieran a las plazas semi desnudos
a hacer el ridículo para que aprendieran a
humillarse.
Un año después, visita el convento la madre Teresa,
se da cuenta que en esta forma no se puede continuar, teme que más de
alguno se vuelva loco. Envía a fray Juan de la Cruz para morigerar la histeria.
En Octubre de 1570 llega fray Juan. Se le recibe mal. Todos, están
empapados de fanatismo. En vano pide moderación, más humanidad, más caridad,
más oración. No se le oye. Ha encontrado un novicio joven, fornido, alegre,
abierto, sin malicia, quiere colocarlo como maestro de novicios y no puede
hacerlo.
En los primeros días del año 1571 vuelve fray Juan a su convento de
Mancera.
VII. EL COLEGIO DE ALCALA
La Madre Teresa discurre como el medio de corregir los excesos de
Pastrana, fundar un colegio carmelita en la misma ciudad de Alcalá de Henares,
sede de la universidad. Allí se deben observar las reglas de las reformas
descalzas con mesura y medida; tal como fueron establecidas. Servirá
especialmente para darle una adecuada cultura y preparación a los novicios de
Pastrana.
Este proyecto tropieza con un obstáculo, el Padre General ha permitido
que se fundan sólo dos conventos de varones. Sin embargo, las cosas marchan en
mejor forma. Felipe II ha insistido en Roma en la necesidad de renovación de
las Ordenes Religiosas, le interesa apresurar la carmelitana, advirtiendo que en
Andalucía se conocen conductas escandalosas. Para ponerle término a esta
situación, el rey y el pontificado acuerdan entregar a dos frailes dominicos el
proceso de esta reforma. El Papa emite un breve llamado "Singularis"
de fecha 20 de Agosto de 1569 por el cual designa dos "Visitadores
Apostólicos", de la Orden de Santo Domingo uno para los conventos
carmelitas de Castilla, y otro para Andalucía, nombra para los primeros al
Padre Fernández y para los segundos al P. Francisco de Vargas. Estos
Visitadores dependerán directamente del Papa y sus mandatos priman sobre la de
los provinciales e incluso sobre el General del Carmelo. Sus atributos
permanecerán mientras no sean revocados por la Santa Sede.
Por resolución del Visitador fue creado el Colegio de Alcalá a pesar de
la resistencia del Padre Salazar, provincial de las carmelitas. Pronto el mismo
Visitador designará como Rector a fray Juan de la Cruz.
VIII. FRAY JUAN, RECTOR DE
ALCALA
Este Colegio lo califica el historiador Jerónimo en el año 1637 en los
siguientes términos: "Un fértil
seminario de lúcidos sujetos, se recibían los que iban saliendo de la cuna del
noviciado y se criaban con más fuerte manjar..., para todo esto era menester un
sujeto muy cabal, y así pusieron los ojos en el siervo de Dios, fray
Juan".
En el desempeño de su rectorado dice el mismo historiador: "comenzó
a equilibrar los ejercicios de letras y virtud que no se destruyeran el uno al
otro, antes se diesen la mano". Su dicho frecuente era "Religioso
y estudiante, religioso adelante". A estos nuevos religiosos les
enseña la modestia, el tino en las disputas; los alienta a ilustrar su
entendimiento para llegar a la verdad y por ella a la virtud. Aún cuando la
Orden necesita carmelitas doctos para ejercer eficazmente su ministerio debe en
ellos primar el fervor, la oración y la contemplación. Todo lo consigue con su
humildad, buen trato y simpatía.
No en vano fray Juan estuvo tres años en San Andrés de Salamanca donde
llegó a desempeñar el cargo de prefecto de estudiantes.
Estos muchachos con pies descalzos, el tosco hábito a los tobillos y
estampas de ascetas atraen la juventud, ganan simpatías y despiertan
importantes vocaciones como la de Jerónimo Gracián, una de las figuras más
significativas de la orden.
El Colegio de Alcalá funcionaba a la perfección, el problema residía
en el noviciado de Pastrana donde una ola de histeria amenaza transformar la
obra emprendida en un manicomio.
El Visitador Apostólico padre Fernández tomó cartas en el asunto. En
la crónica del Padre Alonso se expresa: "Pareciéndole excesos los que
allí se hacían..., para moderarlo razonadamente y darle su punto, era muy a
propósito nuestro santo padre fray Juan a quien miraban los descalzos como un
nuevo Elías para las cosas de perfección primitiva; y así lo encargó,
dándole comisión para que en todo el convento, pudiese quitar lo que le
pareciera no convenir y asentar lo que fuese más religioso".
El nuevo superior, con fino tacto, para no ofender a los obcecados
penitentes, fue mitigando las prácticas excesivas; imponiendo las reglas de la
fundación descalza, sobreponiendo la caridad, la oración y el silencio, al
ayuno y la penitencia.
Al terminar su misión sustituye al obstinado fray Angel por fray Gabriel
de la Asunción.
Regresa a su rectorado de Alcalá, asentando sabiamente el futuro de ese
colegio.
IX. FRAY JUAN CONFESOR EN
AVILA
Mientras tanto ocurren acontecimientos en la orden que determinarán a
nuestro santo una labor diferente.
El provincial fray Angel Salazar discurre designar priora del Convento de
la Encarnación, (bastión de las calzadas) a Madre Teresa de Jesús. Se cree
que su intención fue frenar las continuas fundaciones de la santa. La maniobra
la presentó al Visitador P. Fernández como una forma de evitar la guerra entre
ambas ramas asignando calzados y descalzos en un mismo convento. El P.
Fernández aceptó el juego y efectuó el nombramiento.
Cuando esto se supo en Avila, la ciudad entera entró en alerta. Los
recaderos corrían a la Encarnación y de ésta a Avila.
En la Encarnación residían más de 200 personas entre religiosas y
allegadas. Con la noticia, algunas se alegraron, pero la mayoría, temerosas de
las reformas se parapetaron en la resistencia, incluso tenían armas para
repeler un ataque violento.
El 14 de Octubre de 1571, partió la madre de su convento de San José,
acompañada del provincial y numeroso séquito. El portón del monasterio está
cerrado. El provincial conoce un paso no advertido que lo comunica con la
sacristía. Por allí penetran. Se enfrentan con las monjas en tremendo
alboroto. El provincial, no está dispuesto a rendirse, les gritó:
- "¿No quieren vuestras mercedes a la Madre Teresa?"
Gran silencio. Luego una habló fuerte y tranquila.
- "La queremos y la amamos".
La crisis pasa. Un cambio emocional colectivo; no obstante sordas
protestas de algunas, la batalla había terminado.
Falta el toque final, se da al día siguiente: Cuando la priora desde su
sitial de honor debe recibir de cada una el voto de obediencia. A la hora
señalada, la madre Teresa, fingiéndose distraída, ocupó el mismo lugar que
tenía antes de dejar la Encarnación. Había puesto en el sitial que le
correspondía, la estatua de la Virgen con las llaves del monasterio en sus
manos. Su propósito era que comprendieran que la verdadera gobernante sería
Nuestra Señora la Virgen María.
Su discurso fue simple: "Venía a servirles y a ayudarlas".
Poco a poco fue ganando la confianza de las monjas. Había dado un gran
paso: suprimió las allegadas; luego, con cautela, fue poniendo coto a las
visitas y tertulias en el locutorio.
Le quedaba un escollo: los confesores que bajaban a la Encarnación desde
el convento de los calzados, miraban a la madre con recelo, prefieren dejar las
cosas como estaban sin empujar a las confesadas a un camino de mayor perfección
y así no se verían ellos mismos comprometidos en la renovación de la Orden.
Eran una cuña de división entre las monjas.
Madre Teresa necesita superar ese tropiezo y le pide al visitador que le
mande a fray Juan y otro descalzo como confesores al convento. El visitador lo
consulta con el Nuncio y éste accede. A fray Juan le da el título de Vicario
de la Encarnación desplazando a un calzado.
Madre Teresa sentía por fray Juan un entrañable afecto. Admiraba su
idoneidad, la firmeza de su doctrina. Su sabiduría la comparaba con la de
Séneca. Dada la pequeñez de su estampa, cariñosamente lo llamaba "mi
senequita".
Llega nuestro fraile el 27 de septiembre de 1572, donde permanecerá
cinco años. Durante los primeros meses pernoctará en el Carmelo calzado de
Avila, viajando a diario a la Encarnación situada fuera de los muros.
Madre
Teresa en el intento de contar con ellos sin la interferencia de los mitigados
hace levantar una casita adosada a las
tapias del convento, la que fue llamada "la casa de la Torrecilla".
El priorato de la madre en la Encarnación expira el 6 de Octubre de
1574, vuelve a su convento de San José de fácil acceso para su confesor. Aún
cuando en este tiempo hace fundaciones en Andalucía no pierde contacto
espiritual con fray Juan.
Estos cinco años de residencia en Avila fueron de enorme valor para fray
Juan de la Cruz. En la serenidad de este tiempo, su persona se transformó en la
de uno de los mayores místicos de la humanidad.
Sería mezquino limitar su actividad solamente a la administración de
los sacramentos. Fue un guía, un conductor de almas. No sólo las religiosas,
lo buscaban de muchas partes, venían también sacerdotes y laicos desde Avila
hacia la Encarnación en demanda de su estímulo.
Su fama cundió por toda la comarca, célebre se hizo por sus exorcismos
que lograron expulsar demonios de varios poseídos. Este continuo alentar a
otros, fue formándole una unión permanente con el Señor. Su alma de artista
recogía la belleza de cada instante para identificarla con el Creador. Sus
estudios de teología y retórica ordenaban sus pensamientos
Con memoria privilegiada retenía las necesidades de cada una de sus
hijas espirituales y para sostenerlas en sus propósitos les entregaba pequeñas
hojitas de papel con "recados",
esto es, un pensamiento para que lo fueran meditando.
Recojo al voleo unos pocos de estos recados:
-
"La sabrosa y dulce fruta en tierra fría y seca se coge".
-
"Dos veces trabaja el pájaro que se asentó en la liga. Es a saber:
en desasirse y limpiarse de ella".
-
"No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único
hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero".
La mayor parte de estos recados se han perdido.
Para calibrar la riqueza espiritual acumulada en estos años, debemos
tener en cuenta que fue el confesor de la madre Teresa. Su permanente contacto
con la Santa, ejercía un efecto multiplicador en la mística de ambos.
Todos vieron a fray Juan inspirando alegría y santidad, algunos rasgos
caracterizan su humor. Cuenta Santa Teresa que un día "se
acusaba en confesión de que por el amor que le tenía no le trataba con el
debido respeto. Él adoptó la grave postura conveniente al confesor y
respondió. Enmiéndese en eso, hija". En otra oportunidad la madre
explicaba los motivos de una aparente equivocación suya; comentó fray Juan, "cuando
se confiesa la madre, se disculpa lindamente".
Teresa en esos años escribe "Casos de conciencia", el libro
autobiográfico de "Su vida", las "Constituciones" de sus
conventos, el "Camino de Perfección", la primera redacción de
"Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares". No podemos dejar de
pensar que la palabra de fray Juan gravitaba sobre sus escritos. Mientras ella
expandía, él meditaba y oraba. Este cúmulo de tesoros florecerá más tarde.
X. LA PERSECUCION A LOS
DESCALZOS
Para una buena inteligencia de la biografía de fray Juan debemos echar
una mirada a la situación de la Orden. Hemos visto que Pío V, a instancias del
rey de España, dictó un breve, con fecha 20 de agosto de 1569, destinado a
promover la reforma carmelita. Para ese efecto, designó por 4 años, dos
visitadores dominicos, uno para los conventos de Castilla al Padre Pedro
Fernández y otro para Andalucía el P. Francisco Vargas. La autoridad de estos
visitadores sobrepasaba a la del General de la Orden; estaban sujetos
directamente al Pontífice.
Es indudable que este "Breve" debió molestarle al general P.
Rubeo, porque menoscaba sus facultades y era incómodo para los calzados, ya que
implícitamente les hacía un llamado de atención.
El visitador Pedro Fernández, era una persona joven y prudente. Santa
Teresa lo califica "como de santa vida y grandes letras y virtudes",
no tuvo problemas en el desempeño de su cargo. Al padre Vargas, sesentón y sin
bríos, le caen encima los terribles andaluces. Naturalmente fue sobrepasado.
Fallecido Pío V le sucedió Gregorio XII en mayo de 1582. Había estado
en España y conocía sus problemas eclesiásticos. De inmediato designó como
Nuncio a Monseñor Nicolás Ornameto, hombre extraordinariamente acucioso,
sensato, de gran virtud. Le confirió poderes amplísimos. El Breve decía: "Podrá visitar e inquirir con autoridad apostólica cualquier
monasterio, institución y personas, sin excepción ni privilegio contrario y
enmendar, revocar, hacer de nuevo y confirmar cuanto esto viera justo".
Con estas facultades ratificó el nombramiento de los dos visitadores ya
mencionados.
En este tiempo, cuenta un historiador de la época, que Vargas
habiéndose encontrado en Madrid con su colega Fernández se dolió de su
evidente fracaso, este le confió el secreto de su éxito: "haberse
aprovechado de los descalzos". De inmediato Vargas se puso en campaña y
después de otros intentos, obtuvo la colaboración del descalzo Jerónimo
Gracián, bienvisto del Rey, de Ruy Gómez y de altos personajes de la Corte. El
Padre Vargas recibió a los descalzos con la mayor alegría. Cuenta Jerónimo
Gracián en sus memorias: "No solamente me dio licencia, sino que me entregó el mismo Breve
original y me sustituyó en su lugar de Vicario Apostólico".
No tardó Gracián en establecer nuevos monasterios descalzos en
Andalucía.
Para dar una idea del estado moral de los conventos andaluces copió una
parte de un informe del Nuncio al Papa en que se lee: "En el fin del año
pasado la justicia seglar prendió a un fraile del convento del Carmen de
Sevilla que andaba, de día y de noche, con hábitos de seglar. Estaba amagado y
hacía grandes insultos... La misma justicia seglar, en casa de una mujer
deshonesta y profana, prendió al superior de este monasterio... Un fraile dio a
otro dentro del monasterio del Carmen una puñalada... Entre los más de los
frailes hay tantos más recios y escandalosos que los que podía hacer entre
gente seglar y perdida ...".
La llegada de los descalzos a las tierras del sur exasperó a los
calzados. Como era gente que no reparaba en medios, además de las intrigas en
tierras españolas, invadieron a la curia romana y a la casa del general de la
orden con delegaciones para propagar toda clase de infundios y calumnias.
Maestros en la intriga le representaban al general Padre Rubeo, que estos
interventores atropellaban y menoscababan su autoridad. Lo desazonaban con la
idea de que su congregación en España estuviera gobernada por frailes de otra
orden.
Tanta asechanza determinó al Padre Rubeo, ya viejo y débil, a
empeñarse ante el Pontífice para conseguir un breve que pusiera fin a los
visitadores dominicos en el Carmen.
En cuanto el Nuncio Ornameto tuvo conocimiento de este "breve",
se alarmó y pidió una aclaración preguntando: "¿Si
con ello se ponía fin a sus poderes?". Se le contestó que no.
Ornameto, con la contestación recibida, seguro de sus atribuciones,
propuso al carmelita Jerónimo Gracián Visitador Apostólico de toda la Orden
en España. Esta proposición fue
aceptada por Roma en un "breve" de fecha 5 de Agosto de 1575.
Con la supresión de los visitadores dominicos sustituida por visitadores
de la orden, pero descalzos, el Padre General se sintió burlado. Aconsejado por
su gente, estimó para recuperar la autoridad, invocar a un Capítulo General de
la Orden en la ciudad de Piacenza en el año 1575. Su organización quedó a
cargo de un fraile de origen portugués Jerónimo Tostado, persona que había
llegado a conseguir toda la confianza del P. Rubeo. Desde el primer momento
éste demostró malicia y mala fe. La invitación a los descalzos la envió con
retraso de manera que éstos llegaran cuando la junta había terminado.
El capítulo fue una verdadera conspiración para aniquilar a los
descalzos, se delegaron poderes absolutos a Tostado, quien viajó a España para
implantar las conclusiones acordadas. Estas, en dos palabras, consistían en
deshacer, de inmediato, todos los conventos descalzos de Andalucía; reducir a
los demás religiosos de esta rama a permanecer enclaustrados en sus casas
prohibiéndoles toda nueva fundación.
Las decisiones que traía Tostado no las hacía públicas, le temía al
Nuncio Ormaneto y al Rey. Se contentaba con enunciar su contenido para preparar
el terreno y poder a asentar el golpe cuando fuera oportuno. Por otra parte su
presencia estaba siempre oculta, iba de un convento calzado a otro, sin dejar
huella.
Los autores Efren y Otges describen la persona de Tostado con las
siguientes palabras: "era como un
salteador que nunca da la cara para caer sobre sus víctimas. Se desliza entre
sombras, dejando que corrieran rumores de antemano, y nadie sabía de cierto
dónde se hallaba, ni cuáles eran sus atribuciones precisas".
Ante esta nueva situación el Nuncio estimó necesario tomar
precauciones. Consultó a Roma, si el capítulo de Piacenza había invalidado
sus atribuciones. Se le contestó que no. Con esta respuesta completó las
facultades otorgadas a Gracián añadiendo "los
poderes persisten no obstante la decisión del Capítulo General y las letras
Apostólicas dadas a la Orden".
Así fortalecido y por instrucción del nuncio y del Rey, Gracián
emprendió una nueva visita a los conventos andaluces. Debía proceder con mucha
precaución, porque pudo constatar que varias veces intentaron asesinarlo. Se
sentía firme ya que contaba con la confianza del mayor poder material y
espiritual de España.
Desgraciadamente el santo nuncio Ormaneto fallece el 17 de Junio de 1577.
Llegó un nuevo Nuncio, Monseñor Serra, con instrucciones de Roma. Venía
resuelto a exterminar a los descalzos. Empieza a aparecer Tostado en la
nunciatura, pero ninguno de los dos se atrevían a proceder de frente y
abiertamente, por temor a desafiar
la autoridad de Felipe II.
Tostado buscaba pretextos para debilitar y acosar a los reformados.
Pronto se le presentó uno: terminaba el priorato en la Encarnación. Las monjas
querían elegir a la madre Teresa que en esos momentos residía en el convento
de San José de Avila. Prohibió que se votara por ella valiéndose del
subterfugio de no pertenecer al mismo convento. Se efectuó el escrutinio y la
madre Teresa obtuvo 54 votos, su competidora 34. Anuló la votación, excomulgó
a las 54, recluyéndolas en sus celdas y proclamó elegida a la otra. Este
primer golpe trastornó al pueblo de Avila y atemorizó a muchos religiosos.
No obstante toda esta conmoción fray Juan permaneció inalterable,
continuaba con la dirección espiritual de quienes se acercaban a su consejo y
enteraba su día en permanente oración y contemplación. Como veía que su
presencia en Avila provocaba controversias, pedía reiteradamente se le enviara
a un convento alejado, pero no tuvo respuesta del visitador Padre Gracián de
quien dependía.
Mientras tanto Tostado meditaba un segundo golpe: anular al primer
descalzo fray Juan de la Cruz, ya que en todas partes tenía fama de santo.
Desapareciendo este pilar de la reforma, el edificio empezaría a derrumbarse.
XI. RAPTAN A FRAY JUAN
En la Torrecilla, junto a la Encarnación, fray Juan atiende a las almas
que lo necesitan. Cumple sus oficios religiosos y aumenta sus horas de oración.
Está tranquilo no obstante que Dios le ha revelado "que
en breve tiempo le habían de prender y venir sobre él grandes trabajos".
Así sucedió. La noche del 2 de Diciembre de 1577, frailes calzados en
compañía de gente armada irrumpieron en los aposentos donde moraban él con
fray Germán. No esperaron que les abrieran las puertas, las derribaron.
"Daos presos por orden del Vicario General Padre Tostado". Fray Juan
ya lo sabía, respondió: "Enhorabuena, vamos".
Los maniataron, abofetearon y azotaron. Cada uno fue enviado a un lugar
diferente. Para que fray Juan no pudiera advertir su destino le vendaron los
ojos y lo condujeron por rutas extraviadas. Nadie debía reconocerlo; lo
vistieron con un viejo hábito de calzado. Le pegaban e insultaban, él recibía
todos lo vejámenes con humildad y mansedumbre. Un mozo, entre los guardias,
conmovido, intentó librarlo en secreto, incluso le señaló el camino y la
forma de huir, le respondió que "no
le trataban tan mal como merecía, que perdiera el cuidado de él, que muy sin
congoja iba".
En esta forma llegaron hasta el convento de los calzados de Toledo.
Gigantesca mole ubicada en un extremo de la ciudad, sobre un roquerío junto a
la ribera del Tajo. La venda de sus ojos le impidió reconocer el lugar.
Dicen algunos biógrafos que allí lo esperaba el Tostado para presidir
su juicio. La crítica lo pone en duda, pues este personaje no daba la cara más
que a los cobardes, ante un valiente mandaba un sustituto. Es probable que en
este caso lo fuera el prior Maldonado.
En un primer intento se le trató de convencer que debía aceptar la
obediencia al Visitador Tostado ya que las atribuciones del Padre Gracián
habían caducado por las resoluciones del Capítulo General, pero fray Juan se
mantenía firme en la autoridad de este último porque emanaba de la Santa Sede
y sus poderes no habían sido revocados.
La contienda dialéctica no tuvo resultados. Entonces concibieron cambiar
de táctica porque se imaginaba que vencido este gigante, los descalzos se
desmoralizarían y rápidamente se irían dispersando. Comenzaron a halagarlo.
Si volvía a su antiguo redil se le daría
un priorato, una gran biblioteca, por último Maldonado le ofreció
regalarle una cruz de oro. La rechazó diciendo: "El
que busca a Cristo desnudo no ha menester de joyas de oro".
Fray Juan no podía fallar. Antes de conocer la existencia de la reforma
estaba resuelto a dejar a los calzados y entrar a la Trapa. Había hecho voto
solemne en Duruelo de abrazar la Regla Primitiva. Él obedecía a la voz de Dios
que lo sostenía en todo momento.
Terminada esta primera etapa, la superioridad calzada decidió actuar
como tribunal. Se le acusaba de desobediencia a su superior que, para ellos, era
el Visitador P. Tostado. El reo había continuado como confesor de la
Encarnación después de haber prohibido Tostado que confesores descalzos se desempeñaran en un convento titular calzado como era ese.
Fray Juan después de haber agotado la exposición de sus razones permaneció en
silencio, mudez que desesperaba a sus jueces llamándole "lima sorda".
Se dictó sentencia calificándolo de "desobediente,
rebelde y contumaz", cargos que tenían como sanción "cárcel,
ayuno y disciplina circular".
En un principio se usó la prisión del convento, pero pronto no la
encontraron lo suficientemente rigurosa para un hombre considerado como enemigo
implacable de la Orden. La pasión los cegaba en tal forma que la santidad del
prisionero la veían como hipocresía, su paciencia como obstinación y así el
desenfoque fue en ascenso.
El nuevo calabozo elegido era el anexo a una gran estancia reservada a
visitantes ilustres. Este anexo era un nicho que se había cerrado para
destinarlo a retrete. Tenía una puerta muy segura, protegida por un grueso
candado. Su espacio interior, de 2.80 metros por 1,67 metros, era tan pequeño
que apenas cabía un lecho. No lo tenía, sólo una tarima. Su luz era la que
filtraba de una tronera de 5 centímetros de ancho (las crónicas hablan de tres
dedos). Las troneras son las rajaduras que se ven en los castillos para disparar
con seguridad. En esas condiciones el prisionero permanecía a obscuras de día
y de noche. Para leer debía poner el libro junto a la tronera, por donde
penetraba el gélido frío del invierno. Ese año fue tan riguroso que le hizo
perder las uñas. Agréguese a esta inmovilidad el olor nauseabundo de los
retretes del convento, vecinos a este espacio, y el de sus propias necesidades,
pues sólo le permitían vaciarlas cada dos días. Desde que llegó a Toledo no
lo dejaron lavar, ni cambiar su camisa, la que se volvió un harapo pegado al
cuerpo infestado de parásitos.
Agreguemos a estos sufrimientos su segunda condena, el ayuno. Sólo
recibía diariamente un pan y un jarro de agua, los martes, jueves, sábado y
domingo, se le agregaba una o dos sardinas según fuera el humor del carcelero.
Los lunes, miércoles y viernes se le llevaba al refectorio para recibir la
"disciplina circular". Se le arrodillaba en medio del recinto. En el
suelo se le dejaba el pan y el jarro de agua para que comiera en esa posición.
Terminada la cena de los frailes, el prior le ponía en manifiesto sus culpas y
delitos y después se le aplicaba la disciplina circular. Se le bajaba la ropa
hasta la cintura y en la espalda desnuda se le daban latigazos, lo dejaban
sangrando. Hasta su muerte conservó las cicatrices.
En nuestros días se ha discutido la forma cómo se administraba este
castigo, se cree que cada fraile le daba un varillazo y de allí deriva el
nombre de disciplina circular, otros piensan que sólo uno le daba los golpes
mientras los demás en coro cantaban el miserere.
Con el tiempo estos frailes duros, ante la entereza de la víctima, y en
su frenesí por doblegarlo, le añadieron sufrimientos morales. Para este efecto
se concertaban algunos en la habitación vecina simulando una conversación
privada, pero hecha a propósito para que la escuchara. Estos comentarios
versaban sobre la total derrota de los descalzos, de como se extinguía esa
rama, cómo se iban cerrando sus conventos. Se expresaban de la madre Teresa en
términos descomedidos e injuriosos como de "esa mujer revoltosa y
andariega que tendrá su merecido".
Durante los cinco primeros meses tuvo como carcelero un hermano lego, de
poco entendimiento que recibía órdenes de sus superiores y las cumplía sin
discernir. Jamás le dirigió la palabra, no lo veía como un ser humano, sino
como un réprobo que sólo merecía castigos.
En Mayo llamaron a este lego
de otro convento y le pusieron a un nuevo carcelero, fray Juan de Santa María,
joven, natural de un pueblo cercano. De inmediato le impresionó la suavidad y
fortaleza del reo, la magnanimidad para con los que lo torturaban, jamás le
oyó una queja, ni una palabra de reproche, más aún les disculpaba "lo hacen por entender que aciertan". Nació entre ellos
una corriente de simpatía, le dirigía la palabra, conversaban. Aprovechando la
hora en que los frailes dormían la siesta le abría la puerta, para que pudiera
estirar sus piernas, caminar por la habitación contigua, con amplios ventanales
donde podía respirar aire puro. Llegada la hora, lo volvía a encerrar. Le
trajo una camisa limpia. Todos estos favores les agradecía el santo con la
mayor humildad.
Un día fray Juan le pide: "hiciera la caridad de un poco de papel y
tinta porque quería hacer cosas de devoción". El carcelero no pudo
imaginar que ejecutaría un acto trascendente en la historia literaria. Allí se
escribirían sus poemas místicos.
En Agosto, fray Juan presintió que en ese descalzo sólo le aguardaba la
muerte. Su recia contextura física, a pesar de su pequeñez, había llegado a
su límite. Ya en conversaciones al otro lado del muro había oído decir:
"Hasta cuándo dura este réprobo, debemos darle veneno". Amenaza que
expresaban un deseo, quizás reprimido. Por otra parte, sentía que Dios le
inspiraba que debía seguir viviendo. La fuga la veía como un mandato del
cielo. Dice la crónica: "Estando en oración uno de estos días, hablando con Dios le dijo,
si era su voluntad que él acabase allí su vida para gloria suya, la abrazaba
de muy buena; mas si de otra cosa se sirviere, se la enseñase. Entonces en
medio de un gran resplandor, apareció Cristo y dijo que saliese de la cárcel y
se fuese".
Seguro de la orden divina, le pidió al carcelero que antes le había
dado camisa limpia, "le trajera recaudo para remendarle su túnica".
Dice Constanza de la Cruz: "Como se viera con tijeras y con hilo, según lo
que S.M. le tenía ordenado, cosió la ropa de la cama, hízolo tiras y muy bien
cocida una con otra, sin el santo saber lo alto que tenían los corredores, fue
bastante para librarse con ellos".
La fecha de la fuga debemos situarla en la octava de la Asunción del
año 1578. Él, ya poseía la cuerda, pero ¿cómo franquearía la puerta?. Una
noche el carcelero al traerle su comida olvidó el agua; mientras fue por ella,
dice Inocencio de San Andrés: "procuraba entrar y sacar los
tornillos" (que une la armella con la madera). Así la puerta cedería a un
golpe seco. Lo hizo a medianoche. Luego amarró la cuerda a un candil que
sujetó en la baranda del ventanuco que la Virgen le había mostrado. Se
deslizó por ella, no tenía el largo suficiente. Quedó a más de dos metros
del suelo. Dio un salto, cayó bien sobre la muralla de la ciudad a pocos
centímetros del precipicio. Su fuga y su caída son un verdadero milagro.
Su único equipaje consistía en las resmas de papel donde había escrito
"sus cosas de devoción". Nada menos que sus Romances y Cántico
Espiritual.
XII. PREAMBULO A SUS POESIAS
Antes de seguir las alternativas de la espectacular fuga de fray Juan
debemos hacer un alto. Detengámonos a analizar lo que escribió hasta ese
momento. Fray Juan de la Cruz tuvo una niñez feliz en su pobreza; conoció las
dulzuras de la vida familiar sostenida por los principios cristianos del amor
sobre toda contingencia. Más tarde, siete años de trabajos en el hospital de
bubas dentro de un medio degradado por la concupiscencia, le permitió apreciar
la desesperación del pecado. Es cierto también que esos siete años fueron
atenuados por el aliciente de cultura teológica y humanista que le
proporcionaba el colegio de los jesuitas vecino al hospital. Allí percibió la
belleza de la forma y supo que las ciencias y las artes nos conducen a Dios.
Pudo valorar lo imperecedero sobre lo temporal. Descubrió que su camino
era el sacerdocio. Hombre tranquilo y analítico, estudió las constituciones de
las distintas órdenes religiosas y se resolvió por el Carmelo. Sus reglas
primitivas contenían la meta que buscaba: la unión con Dios.
Luego de profesar como carmelita, experimentó el desasosiego de haberse
equivocado, esa unión anhelada se le iba de las manos. Fue entonces cuando
quiso consagrar su vida a la Trapa. Allí encontraría las delicias que daban
cuenta los santos ermitaños. En ese momento aparece la Madre Teresa, le habla
de la reforma carmelitana. Comprende que en el Carmelo descalzo hallará la
contemplación que perseguía.
Pidió la Trapa, Dios se la denegó en ese instante. Le reservó otra
Trapa: cambiándole la soledad del desierto por el encierro en la cárcel de
Toledo.
Dios lo acompañó durante esos nueve meses. El santo lo buscó, lo
encontró y lo poseyó. Ese fue el secreto de su mansedumbre y su fortaleza. La
estrecha y obscura prisión se engrandecía e iluminaba con la luz imperceptible
de la gracia. Estaba en un mundo diferente, es por eso que más tarde diría: "su
misericordia no me desamparó". Tiempo después en Beas, le confió a
Francisca de la Madre de Dios: "Era
mucho el consuelo que tenía en esa estrecha cárcel, le parecía que estaba en
el cielo y que le visitaba Nuestro Señor".
Estos nueve meses de la prisión de Toledo, en los grandes designios del
Altísimo, no fueron sólo para el provecho espiritual y personal del Santo. Era
necesario que la humanidad pudiera participar del verdadero deleite de la
contemplación. Permitió que traspasara la trayectoria de la Unión Mística a
los pliegos de papel que le había proporcionado el carcelero.
Fray Juan no era un improvisado en literatura. El Padre Bonifacio, su
maestro jesuita, lo había iniciado en la cultura de los poetas griegos y
latinos. También pudo captar la poesía amatoria de Boscán y Garcilaso. En la
Universidad de Salamanca leyó la traducción castellana del "Cantar de los
Cantares", la que le costó tantos padecimientos a su maestro fray Luis de
León. Su oído era tan fino y su léxico tan abundante, que bien se podía
decir que podía expresarse en versos.
En sus cinco años de Avila participó en torneos retóricos propuestos
por Santa Teresa, fue entonces cuando compuso una letra diferente para las
coplas tan conocidas de la Santa. Fray Juan le dio una forma más sutil y
refinada:
"Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero
que muero porque no muero.
En mí, yo no vivo ya.
Y sin Dios vivir no puedo,
Pues sin él y sin mí quedo,
Este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará
Pues mi misma vida espero
Muriendo porque no muero
Estando absente de ti,
¿qué vida puedo tener,
si no muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Pues de suerte persevero,
que muero porque no muero
...............
Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor;
viviendo en tanto pavor,
y esperando como espero,
muérome porque no muero
.......................
Antes de ingresar a Toledo escribió muchas poesías dos fueron
rescatadas del olvido, la anterior y un poema que se adentra en la mística.
Expresa el saber y el sentir, más allá de la ciencia y de lo sensorio. Copio
algunas estrofas:
"Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo,
Toda sciencia trascendiendo.
Yo no supe dónde entraba,
pero, cuando allí me vi,
Sin saber dónde me estaba,
Grandes cosas entendí;
No diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
Toda sciencia transcendiendo.
............................
Cuanto más alto se sube
Tanto menos entendía
que es la tenebrosa nube
que a la noche enclarecía
Pero eso quién lo sabía
quedé siempre no sabiendo
Toda sciencia trascendiendo.
Y si lo queréis oír,
consiste esta suma sciencia
En un sentido sentir
De la divinal Esencia;
Es obra de la clemencia
Hacer quedar no entendiendo
toda sciencia transcendiendo
Seguramente muchos poemas fueron destruidos por los esbirros de
Maldonado cuando entraron a la Torrecilla de la Encarnación.
XIII. LO QUE ESCRIBIO FRAY JUAN EN TOLEDO
Juan está solo en su segunda carcelilla en el crudo invierno toledano,
ni siquiera el carcelero le dirige la palabra. Sin embargo, cuenta con una
permanente compañía, la de Dios al que está consagrado.
La absoluta inacción le proporciona la calma necesaria para meditar. De
sus pensamientos sobre la esencia de Dios nacen sus nueve primeros romances. Al
mismo tiempo, su espíritu generoso lo impele a buscar a Dios para poseerlo y
gustar la dicha de su presencia, de ahí emana el "Cántico
Espiritual"
En pocas palabras: de la meditación nacen los romances, de la
contemplación, el "Cántico".
Fray Juan estaba desposeído de todo, por lo tanto sus poesías sólo las
retenía en su memoria, allí las retocaba y pulía dándole el mayor grado de
corrección literaria. Sólo en los últimos días pudo pasarlas al papel. Eran
tan perfectas que una vez le preguntó una monja si se las dictaba el Espíritu
Santo y él le contestó que también él las trabajaba intensamente.
En esos tiempos, los romances, se recitaban en las calles, en las plazas,
en los hogares y también en los claustros, con ellos se conservó la historia y
la tradición. Muchas veces constituían el medio de enseñar la doctrina al
pueblo. Por lo dicho no sería errado pensar que fray al concebirlos pensara que
su prisión no sería definitiva. Llegaría el día en que fueran declamados y
cantados.
Estos romances empiezan por mostrar un concepto de Dios tomado del
evangelio de San Juan, de inmediato ahonda en el misterio de la Santísima
Trinidad y del amor entre los tres personajes.
Siendo muy largos, copiaremos sólo algunas líneas:
"En el principio moraba
"El Verbo y en Dios vivía,
"En quien su felicidad
"Infinita poseía...
"Él moraba en el principio,
"Y principio no tenía
"Él era el mismo principio
"Por eso de él carecía;
"El Verbo se llama Hijo
"que del principio nacía
................................
"Tres personas y un amado
"Entre todos tres había
"Y un amor en todas ellas
"Y un amante les hacía;
"Y el amante es el amado
"En que cada cual vivía
................................
"El que a ti amase, Hijo
"A mí mismo le daría,
"Y el amor que yo en ti tengo,
"Ese mismo en él pondría ..
.................................
Del amor infinito del Padre al Hijo, se concibe la decisión de darle a
éste una esposa.
"Una esposa que le ame,
"Mi Hijo, darte quería
"que
por tu valor merezca
"Tener nuestra compañía
................................
"Hágase, pues dijo el Padre,
"que tu amor lo merecía,
"y
en ese dicho que dijo,
"El Mundo criado había
................................
La creación la concibe como un gran palacio en el que hay dos aposentos:
el de arriba es el de los ángeles, y el de abajo el de los hombres. Ambos son
llamados "la esposa".
"que el amor de un mismo Esposo
"Una esposa los hacía;
"Los de arriba poseían
"El Esposo en alegría;
"Los de abajo en esperanza
"De fe que les infundía
"Diciéndoles que en algún tiempo
"El les engrandecería ..
"Que en todo semejantes
"Él a ellos se haría,
"Y se vendría con ellos,
"Y con ellos moraría
"Y que Dios sería hombre,
"Y que el hombre, Dios sería,
"Y trataría con ellos
"comería y bebería ..
................................
En el romance 5 ahonda en la espera del Redentor, muestra los ruegos para
que venga pronto:
"Con esta buena esperanza
"que de arriba les venía
"El tedio de sus trabajos
"Más leve se les hacía ..
................................
"con mis ojos que bajases,
"Mi llanto cesaría;
"Regada nubes de lo alto
"que la tierra lo pedía.
................................
No hace alusión a los profetas, sólo se detiene en el último de ellos,
el viejo Simeón:
"Cuando el viejo Simeón
"En deseos se encendía
"Rogando a Dios que quisiera
"Dejarle ver ese día...
................................
El Espíritu Santo le contesta:
"Que le daba su palabra
"Que la muerte no vería
"Hasta que la vida viese
..................
"Y que él en sus mismas manos
"Al mismo Dios tomaría
El romance 7 trata de la Encarnación:
"Ya que el tiempo era llegado
"En que hacerse convenía
"El rescate de la esposa
"Que en duro yugo servía
...............................
"Fue en busca de mi esposo,
"Y sobre mí tomaría
"Sus fatigas y trabajos
"En que tanto padecía
"Y porque ella tenga vida
"Yo por ella moriría...
El romance 8 trata de la Anunciación:
"Entonces llamó a un arcángel
"Que
San Gabriel se decía
"Y enviólo a una doncella
"Que se llamaba María
...............................
"Y el que tenía sólo Padre
"Ya también madre tenía
El romance 9 del Nacimiento:
"Entre unos animales
"que a la sazón allí había;
"Los hombres decían cantares,
"Los ángeles melodía
...............................
También escribió un décimo romance que viene a ser una traducción
libre del Salmo 137, donde se lamenta las desgracias de los judíos cautivos en
Babilonia recordando Sión. El salmo comienza así: "Sentados junto a los
ríos de Babilonia, llorábamos al acordarnos de Sión"
Fray Juan lo escribe en esta forma:
"Encima de las corrientes,
"que en Babilonia hallaba,
"Allí me senté llorando,
"Allí la tierra regaba
"acordándome de ti
"¡Oh Sión!, a quien amaba
Es un paralelismo entre su situación de excomulgado, privado de los
sacramentos, con la nostalgia de los judíos en el destierro.
En ese tiempo, además del "Cántico" escribió también otra
poesía genial. En los manuscritos antiguos se titula: "Cantar
del alma que se huelga por conocer a Dios por la fe".
En ella muestra la fuerza arrolladora de Dios que aun cuando su imagen
nos está vedada, la percibimos por la fe. Dios, es la Santísima Trinidad, que
llega a nosotros por la Eucaristía.
Al parecer el día de Corpus Christi oyó fray Juan las campanas que
anunciaban la procesión, pidió permiso para poder decir misa y comulgar,
aunque fuera sólo por ese día y, como siempre, se lo negaron.
La tristeza que le inspiró esa negativa, la materializó en la
permanente afirmación "aunque es de noche". Es notable el contraste
literario entre la luminosidad que emana de la fe en la fuente, expresada en:
"Su claridad nunca es obscurecida y sé que toda luz de ella es
venida" con las tinieblas que lo agotan: "aunque es de noche".
Dámaso Alonso califica estos versos de "inquietante belleza y
fuerza interior".
Copiamos íntegramente el poema.
Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
Aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
Que bien sé yo do tiene su manida,
Aunque es de noche.
Su origen no lo sé pues no lo tiene.
Mas sé que todo origen de ella viene,
Aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella,
Y que cielos y tierra beben de ella,
Aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla,
Y que ninguno puede vadealla,
Aunque es de noche.
De ser tan caudalosas sus corrientes,
Que inviernos, cielos riegas, y las gentes,
Aunque es de noche.
El corriente que nace de esta fonte,
Bien sé que es tan capaz y omnipotente,
Aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede
Sé que ninguna de ellas le precede,
Aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida,
En este vivo pan por darnos vida,
Aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
Y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,
Porque es de noche.
Aquesta viva fuente, que deseo,
En este pan de vida yo la veo,
Aunque es de noche.
Fray Juan de la Cruz en los nueve meses de la cárcel toledana tuvo en su
mente las 31 estrofas de su "Cántico Espiritual". Así nos explicamos
cómo pudo sobrevivir: trocó los ásperos, estrechos y tenebrosos muros de
piedra por "montes y riberas", "por bosques y espesuras",
por "ríos sonorosos". Vivió en su "Cántico" y por su
"Cántico", que es la búsqueda, el encuentro, la posesión y la
gloria de tener a Dios consigo.
Lo elaboró con paciencia, manteniéndolo en su memoria y
perfeccionándolo día a día, hasta el momento que pudo llevarlo al papel.
Desde los tiempos más antiguos el amor de Dios por los hombres está
simbolizado en el amor de los esposos. Lo vemos en las profecías de Exequiel y
Oseas. Yahvé aparece como el "esposo de Israel" y este pueblo es su
"esposa".
Fray Juan en su romance tercero nos cuenta que el Padre le comunica al
Hijo que le dará una "esposa" que lo ame. Nosotros las creaturas,
somos la "esposa" de Dios.
El Cántico Espiritual, que es un diálogo de la "esposa" (el
alma) con el esposo (Jesucristo) describe la búsqueda, el encuentro, la unión
y la gloria de esa fusión espiritual. Lo hace en un lenguaje cuya musicalidad y
colorido no ha sido superado.
El camino de ese encuentro lo va describiendo por medio de comparaciones
con las mayores bellezas de la creación: los campos floridos, los ríos, los
montes y también con las más íntimas alegrías como "la cena que recrea
y enamora" o "el adobado vino, emisiones de bálsamo divino". La
magia del poeta está en que espiritualiza al mundo creado llevándolo a Dios y
no se queda en una descripción panteísta y sensual.
No le pueden bastar al lector las meras palabras, debe asumir el poema en
toda su intensidad. Para ello es necesario leerlo y meditarlo.
Las 31 estrofas escritas en la cárcel son las siguientes:
Canciones entre el alma y el
Esposo.
ESPOSA
¿Adónde
te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
Allá por las majadas al otero,
Si por ventura vierdes,
Aquel que yo más quiero,
Decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores,
Iré por esos montes y riberas,
No cogeré las flores,
Ni temeré las fieras,
Y
pasaré los fuertes y fronteras
PREGUNTA A LAS CRIATURAS
Oh bosques y espesuras,
Plantadas por la mano del Amado,
Oh prado de verduras,
De flores esmaltado,
Decid si por vosotros ha pasado.
RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
Mil gracias derramando,
Pasó por estos sotos con premura,
Y yéndolos mirando,
Con sola su figura
Vestidos
los dejó de su hermosura.
ESPOSA
¡Ay, quién podrá sanarme!
¡Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy más ya mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero!.
Y todos cuantos vagan,
De ti me van mil gracias refiriendo
Y todos más me llagan,
Y déjame muriendo
Un no sé qué que quedan balbuciendo.
Mas, ¿Cómo perseveras,
Oh vida, no viviendo donde vives,
Y haciendo por que mueras,
Las flechas que recibes,
De lo que del Amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
A aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿Por qué así le dejaste,
Y no tomas el robo que robaste?
¡Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacellos,
Y véante mis ojos,
Pues eres lumbre dellos,
Y sólo para ti quiero tenellos!.
¡Oh cristalina fuente,
Si en esos tus semblantes plateados,
Formases de repente
Los ojos deseados
Que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, Amado
Que voy de vuelo!...
ESPOSO
...Vuélvete, paloma,
Que el ciervo vulnerado
Por el otero asoma,
Al aire de tu vuelo, y fresco toma.
ESPOSA
Mi Amado, las montañas,
Los valles solitarios nemorosos,
Las ínsulas extrañas,
Los ríos sonorosos,
El silbo de los aires amorosos.
La noche sosegada
En par de los levantes de la aurora,
La música callada,
La soledad sonora,
La cena, que recrea y enamora.
Nuestro lecho florido,
De cuevas de leones enlazado,
En púrpura tendido,
De paz edificado,
De mil escudos de oro coronado.
A zaga de tu huella
Las jóvenes discurren el camino
Al toque de centella,
Al adobado vino,
Emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega
De mi amado bebí, y cuando salía
Por toda aquesta vega
Ya cosa no sabía
Y el ganado perdí, que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
Y yo le di de hecho
A mí, sin dejar cosa;
Allí le prometí de ser su esposa.
Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal en su servicio:
Ya no guardo ganado,
Ni ya tengo otro oficio;
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido,
De hoy más no fuere vista ni hallada,
Diréis que me he perdido;
Que andando enamorada,
Me hice perdidiza, y fui ganada.
De flores y esmeralda
En las frescas mañanas escogidas,
Haremos las guirnaldas,
En tu amor florecidas,
Y en un cabello mío entretejidas.
En solo aquel cabello,
Que en mi cuello volar consideraste,
Mirástele en mi cuello,
Y en él preso quedaste,
Y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas,
Tu gracia en mí tus ojos oprimían;
Por eso me adamabas,
Y en eso merecían
Los míos adorar lo que en ti vían.
No quieras despreciarme,
Que si color moreno en mí hallaste,
Ya bien puedes mirarme
Después que me miraste.
Que gracia y hermosura en mí dejaste.
Cogednos las raposas,
Que está ya florecida nuestra viña,
En tanto que de rosas
Hacemos una piña,
Y no parezca nadie en la montiña.
Detente, cierzo muerto;
Ven, austro, que recuerdas los amores,
Aspira por mi huerto,
Y corran sus olores,
Y pacerá el Amado entre las flores.
ESPOSO
Entrádose ha la Esposa
En el ameno huerto deseado,
Y a su sabor reposa,
El cuello reclinado
Sobre los dulces brazos del Amado.
Debajo del manzano,
Allí conmigo fuiste desposada:
Allí te di la mano
Y fuiste reparada
Donde tu madre fuera violada.
A las aves ligeras,
Leones, ciervos, gamos saltadores,
Montes, valles, riberas,
Aguas, aires, ardores,
Y miedos de las noches veladores:
Por las amenas liras
Y canto de serenas os conjuro
Que cesen vuestras iras,
Y no toquéis al muro,
Porque
la Esposa duerma más seguro.
ESPOSA
¡Oh ninfas de Judea!
En tanto que en las flores y
rosales
El ámbar perfumea,
Morá en los arrabales,
Y no queráis tocar nuestros umbrales.
Fray Juan calificó "El Cántico" como "dislates
de amor". Nadie podrá entender lo que las almas amorosas sienten en
una entrega íntegra al Creador, es por eso que para ello emplea, según sus
palabras "figuras, comparaciones,
semejanzas".
En las cuatro primeras estrofas busca a Dios que ha dejado a su alma
herida, pregunta por Él a las criaturas y ellas le responden que pasó
dejándolas "vestidas de su hermosura". En las siguientes clama por su
presencia. Luego habla "el esposo" y el poeta al describirlo acude a
enumerar cosas bellas de este mundo. En los versos siguientes desborda la
felicidad de su amor con desatinos de enamorada. En comparaciones con el amor
humano puede explicar el éxtasis de la unión mística.
Alude al manzano donde Eva lo traiciona y luego otro madero (la cruz) por
el que su madre (Eva) fue reparada.
XIV. FRAY JUAN EVADIDO.
Hemos dejado a fray Juan, descolgándose por un ventanuco del convento. A
la cuerda le faltan dos metros para llegar al suelo. Salta y cae sobre las
murallas de la ciudad. No se lastima. Sigue el curso del muro hasta llegar al
gallinero de las Monjas Concepcionistas. Es un misterio saber cómo salió de
ahí. Ningún comentarista lo explica. Fray Juan dijo que la Virgen lo ayudó a
escalar sus paredes.
A tientas, en esa noche obscura, llegó a la plaza de Zocodover, centro
mismo de la ciudad. Divisó en una calle vecina a un caballero que entraba a su
casa. Le pidió lo autorizara para esperar el día en el zaguán, "porque a
esas horas su convento estaba cerrado". Apenas aclaró, salió a la calleja
y al primer transeúnte le pidió las señas de la residencia de las Carmelitas.
Está muy cerca.-
Golpea. Le suplica a la tornera que le abra. "Soy el Padre Juan de
la Cruz" - ésta corre a dar el aviso a la superiora. Todas en el convento
sabían del cautiverio, pero ninguna estaba enterada del lugar del encierro. La
priora recuerda que hay una monja enferma, pueden abrirse las puertas para dar
paso a un confesor.
Después de administrar el sacramento, lo contemplan como un fantasma:
barba de meses, palidez de cadáver. Deben darle algún alimento capaz soportar
un estómago desmayado. Una propone: "Hay que asarle peras con
canela".
Mientras tanto, aparecen los calzados en su persecución. Piden revisar
el locutorio y la iglesia. Nada encontraron. (No imaginaron que hubiera
penetrado a la clausura, lo que sólo se justifica el caso de una enferma
grave).
Al terminar las misas trasladan a fray Juan a la iglesia, encerrándole
con llave. Desde el coro, olvidando vejaciones, les cuenta su estadía en la
cárcel, también les recita alguno de sus romances. Ellas lo escuchan
asombradas, la narración se va haciendo lánguida e inconexa.
"El Cántico Espiritual" escrito poco antes de su evasión, es
lo más perfecto y trascendental que el poeta puede dar de sí. Recrea lo más
hermoso de la tierra, con todo su colorido, sabor, alegría y ternura, con
palabras que son música y ritmo. Aborda el asunto más eminente de la vida,
cual es la unión, la entrega, la fusión con la divinidad.
Un hombre que ha dado tal exceso de sí mismo, es como un árbol que en
un año ha cargado su ramaje con tanta fruta que lo marchita y lo mata. Fray
Juan en este momento no sólo está mustio y agotado, más bien parece próximo
a dejar su cuerpo en el camino. Sólo podrá vivir si el paso un samaritano lo
sostiene. La priora considera que no se puede quedar de noche, en la iglesia,
solo como asilado; debe encontrar quien lo albergue y proteja. Llama a don Pedro
González de Mendoza, canónigo de la Catedral, de gran familia, riqueza y
prestigio, administrador del Hospital-Palacio de Santa Cruz. Viene don Pedro,
quien acepta el encargo con agrado. Caída la noche, en su carruaje, vestido de
presbítero, para no despertar sospechas, es trasladado a las habitaciones del
magnífico hospital.
Permanece aproximadamente un mes y medio recibiendo el mayor afecto y
atención. Al pobre fraile acostumbrado a privaciones se le regala con
delicadeza y eficiencia. El no se altera, siempre ha dispuesto para los enfermos
la mejor comida. Ni siquiera alcanza a percibir el lujo. Dice su misa en la
capilla privada del dueño de casa, reza y reposa. Probablemente en medio de la
oración se quedará dormido. Su debilidad lo llevará de la contemplación al
sueño. Es ahora, un niño pequeño, que va recibiendo mansamente el cuidado de
sus mayores.
En las tardes su anfitrión lo saca, en coche cerrado, a los alrededores
para que goce del aire de la campiña, muchas veces van de visita al convento de
las carmelitas; allí se impone de las penas y congojas por las que atraviesa la
reforma, la verdadera persecución que les hace el Tostado al amparo del nuncio
Sega. Tiene noticias de que sus compañeros, acorralados e inquietos, se
disponen a celebrar un Capítulo en Almodóvar. Ante esas noticias despierta,
recobra momentáneamente energías perdidas. Resuelve volver a reunirse con los
suyos. El canónigo no quiere dejarlo, no lo encuentra restablecido. Fray Juan
le comunica que partirá de todas maneras. Ante resolución tan firme, don Pedro
cede, pero lo envía en litera y escoltado por varios servidores.
En Almodóvar se celebra un capítulo de la Orden Descalza que está
próxima a la clandestinidad. El Padre Gracián, quebrado en su psiquis por el
hostigamiento a que ha sido sometido, ha dejado su cargo de Visitador
recluyéndose en Pastrana. Los Estatutos resuelven este caso. Corresponde el
cargo al primer definidor. Es fray Antonio. Este asume y convoca a capítulo a
todos los priores. Allí están cuando arriba fray Juan. Lo reciben con afecto y
sorpresa, está demacrado y débil. De inmediato le asignan a un religioso como
enfermero, además de la escolta proporcionada por el canónigo Mendoza. El no
ceja, asiste a las reuniones y propone: "de que se procurase alcanzar
provincial descalzo, y que esto se tratare primeramente con el rey Felipe II.
Para que él lo suplicara al Papa". Esta petición la deben firmar
"todos los que se hallaban presentes en esta Junta". Así se hizo.
En este Capítulo se designa provincial a fray Antonio de Jesús, se
comisiona a dos frailes para que vayan a Roma a conseguir la independencia de
los calzados. A fray Juan se le nombra prior del Convento "del
Calvario", en Andalucía, próximo a las carmelitas descalzas de Beas,
fundación de la Madre Teresa.
Apenas recibe el nombramiento fray Juan parte a su nuevo destino,
abandonando el Capítulo antes de su término. Se detiene en La Peñuela, otro
convento de la Reforma. En La Peñuela se habían agrupado un número de
ermitaños que un día pidieron ser reconocidos como religiosos. Les habían
hablado de los carmelitas de Pastrana, acudieron a ellos, para que cobijarse
bajo su Regla sometiéndose a la jurisdicción del Carmelo. El Padre Pedro de
los Angeles, se hizo cargo del asunto, logró con la autorización del Obispo de
Jaén, establecer ahí el convento. En un principio eran todos legos
a excepción de su primer superior que fue el propio Pedro de los
Angeles.
Fray Juan sólo pernoctó en La Peñuela, lugar donde años más tarde
conocerá el preludio de sus sufrimientos terminales. Parte enseguida a su
destino. Está agotado, necesita un nuevo descanso, se queda unos días en el
convento las carmelitas de Beas. Copio el relato de una novicia: "venía
como un muerto, no más del pellejo sobre los huesos y tan enajenado de sí y
tan acabado que casi no podía hablar".
Un día las novicias, detrás del locutorio, le cantaron coplas, para
alegrarlo, una de éstas decía:
"quien no sabe de penas
"no sabe de cosas buenas
"ni ha gustado de amores
"pues penas es el traje de amadores".
Se impresiona de tal manera que agarrado a las rejas les pide que se
callen. Sus ojos están llenos de lágrimas, cuando se recobra les explica:
"cómo Dios le había dado a saber el gran bien que es padecer por él y le
afligen sus pocas penas".
Las manos femeninas de Beas operan el milagro de restablecerle la salud.
Apenas siente que tiene fuerzas para asumir su priorato,
partirá al convento de El Calvario.
XV. FRAY JUAN PRIOR DE
NUESTRA SEÑORA DEL MONTE
CALVARIO:
OCTUBRE 1578 A JUNIO 1579
Poco tiempo atrás se había fundado este convento por los religiosos de
La Peñuela. Con motivo de una peste que los diezmó buscaron un lugar en la
sierra con mejor clima. Encontraron una alquería en la que un clérigo de
Villanueva, con deseo de soledad, la había adaptado como vivienda y oratorio.
Allí quedó un número de ellos, el resto continuó La Peñuela.
Al llegar fray Juan, permanecían en esa casa treinta religiosos que
mantenían el ritmo imprimido en Pastrana por la beata Catalina de Cardona. Él
venía a sustituir a fray Pedro de Los Angeles, a quien precisamente lo
amonestaron en el Capítulo de Almodóvar, por el exagerado rigor con que
actuaba. Estos frailes seguían un régimen de comidas peligroso, casi
exclusivamente de hierbas del monte. Si éstas eran desconocidas echaban mano al
burro, cuando las desechaba era porque portaban veneno, las otras las podían
comer en la comunidad. Cocinaban con sal (si había) agregándole unas gotas de
aceite. La casa era en extremo rústica. Todos dormían en el desván en una
misma sala. Las disciplinas públicas eran habituales y más de alguno llevaba
cilicios incrustados en su carne.
A fray Juan no lo amedrentaban los rigores, había sufrido con
benevolencia y sin quejas la prisión de Toledo. Pero ahora la autoridad lo
había designado prior del convento, le correspondía ser el padre de estos
hijos que veía débiles y desnutridos. Los necesitaba fuertes en la alabanza y
la gloria de Dios; en eso consistía el espíritu de la Regla reformada que él
mismo redactó con Teresa de Jesús.
La transformación la efectuaría con tranquilidad y prudencia. Empezó
poniendo el acento en las oraciones y en la contemplación de Dios y su obra, le
facilitaba su empeño el maravilloso panorama de la residencia, frente al río y
la montaña cuyas laderas estaban cubiertas de árboles. En las meditaciones
colectivas les mostraba la presencia de Dios en la naturaleza. Muchas veces
salía con ellos a los campos y allí proseguían sus enseñanzas. Para una
mayor concentración de sus espíritus dividió el desván en celdas separadas,
donde cada uno pudiera rezar sin distracciones.
Nunca descuidó el trabajo manual. Como en el Convento había muchos
jóvenes, para esforzarlos, se preocupó de intensificar la labranza de la
huerta, aumentando el terreno laborable, lo que a la postre repercutiría en una
mejor alimentación.
Quiso, a su vez, que los religiosos pudieran mostrar caridad y amor a los
demás, misionando en las aldeas vecinas y así lo hace granjeando amigos,
auxilios materiales, y también nuevas vocaciones.
Paulatinamente, El Calvario se iba transformando, de la dureza a la
misericordia y la piedad. A fray Juan se le veía muchas veces arrobado, absorto
en la contemplación. Habiéndole preguntado la forma de conseguir este
embeleso, respondió: "Negando su
voluntad y haciendo la de Dios; porque éxtasis no es otra cosa que un salir el
alma de sí y arrebatarse en Dios. Esto hacía el que obedecía, que es salir de
sí y de su propio querer y alijerádose en Dios".
El éxtasis le produce la mayor felicidad que puede alcanzar el alma
humana. Eso explica el comentario que hizo un día de su encierro en la cárcel
de Toledo, expresando que los consuelos recibidos valían más de cien años de
carcelilla.
Una de las labores más importantes de fray Juan, en sus días de
permanencia en El Calvario, fue la de ser confesor de las monjas descalzas de
Beas. Estas pobres mujeres estaban tan atormentadas con los rigores que les
imponía fray Pedro de los Angeles, que proyectaban dirigirse al Obispo para que
les enviara un nuevo confesor. Con la llegada de fray Juan se les abrió el
cielo.
Sin embargo, la priora, Ana de Jesús, no está segura. Le ha chocado que
este frailecito joven se refiera a la madre fundadora como "mi hija
Teresa", le escribe a ella consultándola. La respuesta no puede ser más
elocuente: "En gracia me ha caído
hija, cuan sin razón se queja. Tiene allá a mi padre fray Juan de la
Cruz, que es hombre celestial y divino. No he hallado en toda Castilla otro como
él, ni que tanto fervore en el camino del cielo".
La propia Madre Teresa le pidió a fray Juan se hiciera cargo de la
espiritualidad de esas monjas. El aceptó el encargo y un sábado, probablemente
el 1º de noviembre de 1578, se puso en camino a Beas que aunque dista sólo dos
leguas, hay que subir y bajar una cuesta. Se compromete a visitarlas todos los
sábados, para regresar los lunes a primera hora.
En los apuntes de Magdalena de Jesús leemos: "Me mandaron a
confesar con él y ser la primera que en aquella ocasión lo hizo. Y en
comenzado la confesión y vióme el santo padre y hablando algunas razones, me
llenó el interior de una gran luz que causaba quietud y paz y particular amor
al padecer por Dios".
Otra monja que sufría de escrúpulos fue curada en el acto. Y así todas
fueron llenándose de esa tranquilidad que comunica el Espíritu Santo.
Escribían y guardaban sus enseñanzas, tenían cuadernos donde apuntaban sus
dichos; por ellas hemos logrado unos pocos retratos escritos sobre su físico.
El que hace María de Jesús es muy expresivo: "Por ser pequeño de cuerpo
y muy despreciado y remendado el hábito, que le vi yo la capa nueva hecha de
nuevo, grosísima, de muchos pedazos y costuras y una postura alegre y humilde.
Sin quererlo él, ni pretenderlo, se hacía respetar de todos, con una gravedad
de que Dios le dotó".
Otra religiosa, María de San Pedro, observa: "Con
ser un hombre no hermoso, pequeño y mortificado, que no tenía partes que en el
mundo llevan los ojos, con todo eso no sé que traslucía o veía de Dios en
él, llevándose los ojos tras de sí para llevarle y oírle. Y mirándole
parecía que veía una majestad más que de hombre en la tierra".
Los dos días de Beas eran fecundos. Conocía a fondo las inquietudes,
pesares y problemas de cada una de sus hijas espirituales y les comunicaba
serenidad y alegría interior. Francisca de la Madre de Dios, escribe: "Por
tibia que estuviese una persona se encendía luego en amor a Dios y muchas veces
se le vio hablando de Nuestro Señor y de la grandeza de su amor, se quedaba
traspuesto y elevado en Dios".
El fundamento de su edificio eran las virtudes teologales: Fe, Esperanza
y Caridad. A través de ellas nace Dios en el ser humano y se implanta su reino.
Terminaba fray Juan sus labores espirituales, le solicita a la madre
priora una azada y les ayuda a labrar la huerta o a levantar tabiques y muros.
Al despedirse le entrega a cada una un papelito con una reflexión.
Método que ya había empleado en la Encarnación de Avila. Cada papel estaba
pensado en las necesidades de la que lo recibía, al pasárselo les decía: "En
cuanto me volviere hagan lo que hace la oveja, rumiar lo que se les ha enseñado
el tiempo que aquí he estado". El sábado siguiente les tomaba cuenta
del aprovechamiento que hacían.
Le enviaba cartas a toda la comunidad con consejos breves que llamaban
"cautelas", se han conservado algunas en que se recomienda el santo
recogimiento, el silencio, la pobreza de espíritu, también las previene de los
peligros que asedian a las almas en la vida en común.
Un día apareció en Beas con unas hojitas del tamaño de las páginas
del breviario, que contenían el dibujo de un monte al que llama Monte Carmelo.
El croquis contiene la síntesis de todas sus enseñanzas místicas. La cima
representa la perfección, el encuentro con Dios. Para llegar a esa cumbre ella
dibuja tres caminos. Los laterales son los caminos de la imperfección, el del
centro, el de la perfección. El de la derecha es el de la imperfección del
suelo que consiste "en poseer, en gozo, en saber, en consuelo y
descanso", el de la izquierda es la imperfección hacia el cielo que es
"gloria, saber, gozo, consuelo y descanso". Al centro el camino de la
perfección - sólo por él se llega a la cumbre - camino que se funda en la
nada. "Nada" siete veces
repetido. Más abajo transcribe la letanía de la nada que dice:
"Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo
has de dejarte del todo en todo.
Y cuando vengas del todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.
En esta desnudez halla el espíritu su descanso,
porque no codicia nada.
Nada le fatiga hacia arriba
y nada le oprime hacia abajo,
porque está en el centro de la humildad".
En la cumbre se lee "sólo
mora en este monte honra y glorias de Dios" y luego esta sentencia "ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley, él
para sí es la ley".
Este dibujo es la síntesis de su vida y santidad. La norma de su
conducta. Su autobiografía en una página. Más tarde desarrollará ampliamente
estos conceptos en su libro "Subidas al Monte Carmelo".
XVI. LAS PENALIDADES DE LOS
DESCALZOS
Dejemos algunos momentos a fray Juan entre los bosques y espesuras del
Calvario, lejos de los conventos calzados y del mundanal tráfago. Volvamos a
Castilla. No podemos enterarnos cabalmente de la vida de nuestro Santo sin
conocer las vicisitudes de la Orden.
Finalizado el Capítulo de Almodóvar, el ingenuo fray Antonio de Jesús,
con su flamante designación de provincial, se traslada a Madrid para entregar
al nuncio las conclusiones a que se había llegado en el mencionado Capítulo.
Sega, que ya estaba dispuesto a terminar con los descalzos, al recibir el
documento descarga toda su ira sobre fray Antonio y su acompañante, les pone en
prisión y excomulga a todos los participantes del Capítulo. Decreta de
inmediato el sometimiento de esa rama a la orden mitigada.
El nuncio se siente triunfante, escribe a Roma comunicando que "se
ha abierto un proceso para revisar la vida de este Gracián (ya lo tienen
preso) y de la religión de estos descalzos para ver qué clase de hombre
es y qué clase de religiosos son estos".
Con las nuevas prerrogativas los calzados irrumpen a saco en los
conventos descalzos, destituyen a sus priores y prioras, meten a muchos en la
cárcel, incluso se atreven a ingresar al Convento de San José de Avila, donde
la Madre Teresa es venerada como una santa. Ella escribe: "Créame que en
verdad ellos no pueden decir que aquí vieron nada".
La obsesión paranoica del nuncio Sega de destruir a los descalzos
empieza a tropezar con algunos obstáculos. Un caballero español don Luis
Hurtado de Mendoza, Conde de Tendilla y otros señoríos, Capitán General de
Reino de Granada, en una palabra uno de los hombres más poderosos de España,
había protegido un convento descalzo situado en su jurisdicción. Al enterarse
de la hostilidad calzada visita al nuncio y éste se compromete a no poner
superiores mitigados en los conventos descalzos. Tan luego como formula el
compromiso, da la orden contraria.
El Conde no acepta que se le juegue sucio. Vuelve donde Sega para
reprochar su falta de palabra y pone al Rey en conocimiento de esta deslealtad.
Por otra parte, la Madre Teresa, tampoco se queda mano sobre mano, envía
cartas a los personajes más cercanos al Rey, a sus confesores, limosneros, a la
Duquesa de Alba, etc.
El Rey recoge los rumores que le llegan y le dice un día al nuncio:
"Noticias tengo de la contradicción que los carmelitas calzados hacen a
los descalzos, la cual se puede tener por sospechas, siendo contra gente que
profesa rigor y perfección. Favorecer la virtud, que me dicen que no ayudáis a
los descalzos". Además, el Rey ordenó al Presidente del Consejo Real, que
remitiera al nuncio la carta que había recibido del Conde de Tendilla.
Dice un cronista que Sega, un hombre mediocre y arribista, tembló al ver
"que lo mejor y mayor del reino estaba en favor de los descalzos".
Le pidió disculpas al Conde de Tendilla manifestándole, su deseo de
servir a su majestad. Le ruega que le señale algunas personas que lo asistan
para solucionar esta causa. El Conde, que no confiaba en el personaje, le pide
que le ponga esas palabras por escrito. Este accede. Tendilla lleva el papel al
Rey, quien señaló para este efecto a cuatro de los más ilustres
representantes del clero.
De inmediato es formada la comisión. Con fecha 1º de abril de 1579, se
nombra al fraile calzado Angel Salazar, prelado y vicario de la rama descalza de
todos los conventos y casas religiosas, tanto de Castilla como de Andalucía.
El Padre Salazar obró con prudencia y justicia, revocó las
excomuniones, restituyó a los antiguos priores, separó a los calzados de las
casas reformadas, luego nombró a fray Jerónimo Gracián prior del convento
descalzo de los Remedios de Sevilla. Pronto sería el propio Gracián su
principal colaborador, en quien delegó sus mayores facultades.
La Madre Teresa y los descalzos están tranquilos, pero no satisfechos,
ellos aspiran a la independencia absoluta, formar una Orden (una religión como
se decía entonces), sólo sujeta al Pontificado.
XVII. EL COLEGIO DE BAEZA
Junio 1579-Enero 1582
Volvamos nuevamente a fray Juan todavía en el Convento de El Calvario.
Su permanente oración en compañía de los ermitaños es interrumpida por los
trabajos en la huerta, los paseos al bosque para llegar a Dios por la visión de
lo creado.
Sólo hay un intervalo: la visita a las monjas de Beas. Un día las
sorprendió con este anuncio: que "Dios
Nuestro Señor le mandaba que fuese a fundar un colegio de la Orden en la Villa
de Baeza, con lo cual Su Majestad había de ser muy servido".
Las monjas lamentaron la noticia, pero él tenía serias razones para
oír la voz del Señor. Los ermitaños de la Peñuela y del Calvario eran
hombres rudos, sin ninguna preparación humanista, ni teológica. Fray Juan, en
cambio, había recibido esmerada educación con los jesuitas de Medina del
Campo, luego la perfeccionó en Salamanca. Su cultura pudo comunicarla en el
Colegio de Alcalá de Henares.
Entre los ermitaños había jóvenes a los que él veía muy aptos para
futuros confesores, consejeros, directores espirituales, portadores de la
palabra de Dios. Necesitaba darle los medios para que complementaran su
educación.
Fray Juan, con su santidad centrada en la contemplación de Dios, sabía
que para alabarle debidamente era necesario conocerlo mejor, empaparse en
Cristo, en sus verdades y en la historia de la fe y luego desparramar esta
ciencia en otras almas. Todos debían ser apóstoles.
En Valladolid en compañía de la madre Teresa había concebido la Orden
Reformada como contemplativa y también misionera. En Duruelo, primer convento
descalzo salía a los pueblos vecinos llevando los sacramentos y la palabra de
Cristo. Más tarde en su paso por Pastrana le oyó a la Madre recalcar la
conveniencia de fundar colegios próximos a los noviciados. La Peñuela, como el
Calvario, contaban con gran número de novicios. A moderada distancia de ambas
casas se encuentra Baeza importante centro comercial y cultural de Andalucía.
Baeza era una de las villas más antiguas de España, sus orígenes
provienen de la dominación griega, luego fue ocupada por los Godos, más tarde
por los moros. Pasó definitivamente a poder de los cristianos en el año 1227,
llegando a ser sede episcopal, la que después pasó a Jaén.
El mayor atractivo de esta nueva empresa estaba en la Universidad que
gozaba de gran prestigio. Fue fundada por Juan de Avila, uno de los humanistas
más preciados del siglo XVI, (actualmente Santo, canonizado por Pablo VI). En
la época a que nos estamos refiriendo ese centro contaba con más de 3.000
alumnos.
En Junio de 1579 solicitó los permisos correspondientes a fray Angel
Salazar, interventor de la Orden, y al Obispo de Jaén, quienes lo designaron
como rector, premunido de amplios poderes. Adquirió una casa en Baeza en el
límite de la ciudad vecina a la Puerta de Ubeda, allí se instalaría el nuevo
colegio, por ahora sólo lo acompañaba un fraile de la Peñuela, luego fueron
llegando novicios de los dos conventos carmelitas muy vecinos.
La vida en el colegio transcurría entre los estudios, la oración y las
recreaciones, actividades a la que había que agregar trabajos manuales para
habilitar y mantener la morada.
Los jóvenes partían temprano a la Universidad. En la tarde recibían en
el colegio lecciones de moral y de teología escolástica. Pronto fue
formándose un centro donde acudían otros estudiantes y también profesores y
doctores buscando la sabiduría y consejos de fray Juan.
Dentro de la casa se observaba la regla primitiva. Para la oración y la
contemplación, se troncaba la naturaleza, como la soledad del desierto por la
modesta Capilla del entresuelo.
De este tiempo tenemos un retrato moral de la persona del rector, por un
testigo que expresa: "Aunque
parecía encogido, era hombre de valor y pecho; pero también temerario... antes
amigo de mirar bien las cosas, deliberando con madurez y consejo, dando su
razón y punto con toda llaneza, sin afeites ni artificios".
Otro fraile, Juan de Santa Eufemia, nos describe su presencia a la hora
del recreo: "Era tal la dulzura de
sus palabras en estas ocasiones, nos tenía tan aficionados, que (en cuanto)
comían los de la primera mesa se juntaban el rato que llaman de quiete. Este
testigo y otros que habían de comer en la segunda mesa, aunque ayunaban,
dejaban de comer, por oír aquel rato razones tan vivas que decía".
Celebraban las fiestas litúrgicas con representaciones sencillas sobre
los distintos misterios. Por ejemplo, en las noches de Navidad acomodaban
vestidos para cada personaje. No han quedado las letras que componía para esas
funciones. Se conserva solamente una letrilla que decía:
"Del verbo divino
La Virgen preñada
Viene de camino
Si le dan posada".
En cada mesón se cantaba una copla diferente. Las que, desgraciadamente,
se han perdido.
Una "beata" nos deja la siguiente observación: "Notaba
que su rostro se acomodaba con las fiestas... Así traía el afecto en Dios...
Si en tiempo de pasión se echaba de ver el sentimiento que de esto traía; si
de Navidad mostraba como ternura y así en las demás fiestas, viéndose en su
cabeza muchas veces como resplandeciente".
En Baeza, como en toda España, abundaban las "beatas" vocablo
que entonces no tenía el sentido desdeñoso con que hoy se emplea. Eran mujeres
religiosas, muy respetadas, víctimas de la emigración de los varones, vivían
en familia sin atenerse a ninguna regla. Se daba el caso que se agrupaban en una
residencia, la que se denomina "beaterio".
A muchas de estas personas atendió fray Juan estimulándolas en
santidad. Supo distinguir siempre las virtuosas de las histéricas. Cuentan que
un día, diciendo misa sintió un gran barullo. Era una beata que demostraba
estar en éxtasis. Mandó al sacristán que le vaciara una jarra de agua.
Arrancó la mujer y nunca más apareció en la iglesia.
La permanencia de fray Juan en Baeza nos demuestra que la santidad y la
contemplación se unen en el diario convivir con una alegría sana y luminosa.
En Septiembre de 1580, Europa fue azotada por una epidemia que cobró
millares de víctimas. En la historia se le llama el año del catarro. No
respetó ni a la familia real española. Felipe II pudo sanar y sobrevivió, no
así la reina Ana de Austria, que pereció en Badajoz, cuando la corte se
dirigía a Portugal para hacerse cargo de ese país.
Mientras fray Juan se encontraba visitando a las monjas de Beas le dieron
la noticia que la epidemia se estaba sintiendo en Baeza. Volvió inmediatamente
y encontró a los veinte religiosos abatidos por la enfermedad. (El número
había crecido, pues las vocaciones abundaban). Estaban todos postrados en sus
tarimas, sin abrigos, ni alimentos. Dice un testigo: "Llegó
a tal tiempo, que si no viniera entonces, muriéramos algunos. Hizo, en
llegando, traer un cuarto de carne y aderezarla. El mismo les llevaba la comida
y los hacía comer, aunque sin ganas, poniéndonos delante el mérito de la
santa obediencia".
Otro expresa: "El santo desde
su alta contemplación, abaja a manosear cuerpos enfermos, acomodándose al
doliente y recreándolos con cuentos graciosos que les hacían sonreír".
Los veinte enfermos se acrecentaron con nueve más, que trajeron de El
Calvario para curarse. Fray Juan oraba y esperaba que el Señor lo proveyera de
lo necesario para atenderlos en la mejor forma, sin pedir a extraños ayuda
alguna.
Casi de inmediato empezaron a llegar auxilios al convento. Los primeros
fueron 25 colchones y cantidad de almohadones, sábanas y camisas. Una vecina de
Ilvos, viendo que llevaban a Baeza 10 frailes enfermos, les manda 30 pollos.
Nunca les faltó carne ni legumbres. El prior los atiende uno a uno, consume
horas a su lado, les prepara guisos, trae las medicinas indicadas por el médico
aunque estas sean costosas. Según se reponen los distribuye en turnos para que
día y noche haya alguien junto a los que siguen graves.
Los años de aprendizaje en el Hospital de Bubas en Medina del Campo, le
han dejado un sello. Mira al enfermo y al anciano con la delicadeza de una
madre, para ellos no hay ayunos, ni mortificaciones, sino ternura y suavidad.
Otro gran dolor cae sobre fray Juan, le llega la noticia que el flagelo
del catarro ha cobrado otra víctima, su propia madre; la humilde Catalina
Alvarez ha fallecido en Medina a consecuencia de ese mal.
Como todo en la vida, el catarro pasa. Dios después de azotarnos nos
manda un lenitivo. Fray Juan tiene a todos sus religiosos lozanos, puede volver
a visitar a sus hijas espirituales de Beas. Un largo camino, más de cincuenta
kilómetros. Lo hace a pie, a veces ayudado por un borrico, suele acompañarlo
un fraile joven, quien nos cuenta que: "Charla,
canta, lo invita a descansar sentado en una roca. Está unido con la naturaleza
en la que decía ver un no sé que de Dios".
Luego otro regalo. Le anuncia que le han obsequiado al colegio, un campo.
Un cortijo llamado Santa Ana, en la ribera del Guadalimar, no lejos de Beas,
condicionándolo a que se establezca un pequeño convento de por lo menos dos
frailes y dos legos. Fray Juan acepta feliz. Ve que esas tierras le pueden
proporcionar un remanso en los estudios de sus religiosos, alimentos para los
jóvenes y por último la proximidad a Beas, redundará en una mejor atención a
las monjas. En adelante podrá hacer una pausa en la alquería del cortijo.
En una de sus visitas a las carmelitas ha ocurrido un hecho mínimo, pero
que tendrá importancia. Le ha preguntado a la humilde hermana Francisca de la
Madre de Dios "¿en qué trae la
oración?", la interroga sobre los misterios de la fe que durante el
mes ocupan su mente. La respuesta fue lacónica y terminante: "En
mirar la hermosura de Dios y holgarme de que la tenga". Fray Juan
quedó traspuesto, emocionado. Repetía la frase con devoción. La monjita se
"holgaba" en la hermosura del Creador, esto es, se regocijaba,
descansaba, se aquietaba en su contemplación.
Se va fray Juan. En la próxima visita les trae cinco estrofas en las que
canta la hermosura de Dios reflejada en las bellezas de la naturaleza, en el
aspirar del aire, en el dulce canto del ruiseñor (los poetas lo designan con la
voz griega de "filomela"). Con esas cinco estrofas remata su
"Cántico Espiritual, poniéndole un toque triunfal".
Es el glosario de las palabras sabias de una mente sencilla.
Las copiamos:
Gocémonos. Amado
Y vamos a ver en tu hermosura
al monte y al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura,
Y luego a las sentidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos
y el mosto de granadas gustaremos.
Y allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía.
Y luego me darías
allí tú, ¡vida mía!
aquello que me diste el otro día:
el respirar del aire
el canto de la dulce filomela
el soto y su donaire
en la noche serena
Con llama que consume y no da pena.
Que nadie lo miraba;
A mi nada tampoco parecía
y el cerco sosegaba
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
El poeta encuentra siempre a Dios en la naturaleza y lleva a sus
discípulos para que participen de este don. Aun cuando las crónicas de estos
tiempos no mencionan paseos de fray Juan con sus estudiantes bajando al río
desde la colina de Baeza, para que disfruten de esos días que llama de
"huelga" en que a coro o en particular, cada uno hace la oración de
acuerdo a las circunstancias. Cuando recibe el obsequio de una Casa de Campo
tiene el complemento necesario para que los suyos puedan disfrutarla.
Deteniéndonos en los recuerdos de este tiempo nos vamos ahondando en el retrato de la personalidad de fray Juan: siempre alegre, sabe
entretener con su charla liviana, canta y recita por los caminos, prepara él
mismo dietas sabrosas para los enfermos a los que hace sonreír y reír con sus
gracias para distraerlos de sus males.