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LOYOLA 42 Si vamos al diccionario y buscamos la palabra "profesor", encontraremos algunos sinónimos como "maestro" o "instructor". Tal vez, aparezca también la palabra "educador". Pero ¿Qué entendemos verdaderamente? ¿Cuál es nuestro concepto? Para lograr que aflore nuestro concepto recurrimos a los recuerdos: hacemos un recorrido mental de nuestros años escolares y traemos a la memoria las imágenes de nuestros profesores. Aparecen dos tipos: El "enseñante", osea aquel que se pone frente a un curso y le dicta sus conocimientos, los escribe en el pizarrón o vende sus apuntes a los alumnos. Si la clase es de ciencias, transmite fórmulas. Si la clase es de historia, dicta fechas y enumera batallas. Si la clase es de literatura o filosofía, nombra autores y exige que memoricen sus obras. Si la clase es de religión, dicta mandamientos. No hay duda: enseña Pero, ¿motiva? El otro tipo es el "maestro". Este siente
lo que dice. Vive lo que enseña. El maestro de ciencias, antes
de dictar una fórmula. Lleva a sus discípulos a observar,
experimentar y reflexionar, sacando conclusiones. Si es maestro de historia,
disfruta y se traslada emocionalmente a la época que está
San Ignacio de Loyola, uno de los más grandes formadores de hombres de la historia, contraponía el mucho saber al sentir y gustar hondamente. El se refería a las cosas espirituales; pero de igual manera, este criterio se puede aplicar en cualquier plano de la educación. Hoy, toda la información está a nuestro alcance a muy bajo costo. Si queremos, podemos atiborrarnos de conocimientos. ¿Somos por esto más humanos? No. Lo que nos hace falta es que buenos maestros nos ayuden a descubrir lo justo y necesario y eso, vivirlo en profundidad. José Juan Vergara
S.J.
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