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LOYOLA 05 |
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SEPTIEMBRE DE 1991 "LAS CICATRICES" por José Vergara Vicuña El testimonio que presentamos a continuación es de un exalumno del Colegio San Ignacio que tuvo la suerte de colaborar con el Padre Hurtado en los comienzos del "Hogar de Cristo" En agosto se cumplieron 39 años desde el momento en que el cuerpo del Padre Alberto Hurtado descansa para siempre en la tierra. Hoy se le recuerda por su obra maravillosa destinada a cobijar desvalidos, ya fueran éstos ancianos, niños o adultos abandonados, hambrientos, indefensos. Pero pensar que esas Fundaciones fueron su obra capital, sería tener una idea muy parcial, tal vez mezquina , de su persona. Es el corazón del Padre Hurtado lo que deberíamos llamar Hogar de Cristo. A ese corazón era al que llegaba tanta gente. Porque todos, de una u otra manera, somos desamparados. Así nos deja en egoísmo, la vanidad nunca satisfecha, las riquezas siempre insuficientes, la soledad, el desamor, la aridez, los remordimientos, el pecado. Recuerdo que un día llegué a él muy lastimado por una ofensa; por respuesta me mostró una cicatriz en su pierna y me dijo: "Cuando ésta fue herida, sentí mucho dolor; al volverse cicatriz, aunque me acompañará toda la vida, no me produce la menor molestia. Perdona. Entonces, la herida no será más que una cicatriz". Ese día comprendí que el alma del Padre Hurtado estaba llena de cicatrices, Y lo pude comprobar. Durante muchos años, en mi calidad de Director y abogado de la Fundación, me veía con él varias veces a la semana. Jamás le oí una queja, ni resentimiento, ni ese desahogo natural ante incomprensiones o agravios. Sus mismas cicatrices le proporcionaban esa alegría amplia, comunicativa, contagiosa, que desparramaba por doquier. Esa alegría espontánea, al empujar a fondo el acelerador de su camioneta, para alcanzar la mayor velocidad permitida por la ley, surgía ante la contemplación de Dios en la naturaleza y en los hombres, ante el arte, ante la ciencia y ante ese trabajo abrumador que le consumía todas las horas del día y de la noche y que sólo compartía con una oración también ininterrumpida. Alegre en la dicha y la desdicha. Sus palabras de aliento, siempre encantadoras - hoy las repiten desfiguradas, fuera de contexto, que llegan a parecer caricaturas - eran auténticas, espontáneas, la mayor ayuda que se podía recibir en el camino de la vida. Ante su pieza, siempre estaba alguien golpeando, y él recibía a cada uno con la expresión de estar esperando su venida. Por allí pasaban en continuo desfile: pilluelos, colegiales, estudiantes, banqueros, profesionales, señoras muy ricas, viejitas en gran pobreza. Él, siempre interesado por los problemas de los demás. Recuerdo que poco antes de su traslado al hospital donde murió, lo fui a ver a su habitación al Colegio San Ignacio. Estaba muy enfermo. Ya no podía caminar al comedor con los demás padres. Le trajeron su almuerzo. Quise retirarme. "Quédate", me dijo. Sentí una emoción conmovedora. Optaba por mi insignificancia en vez del descanso que su cuerpo reclamaba. Desde hace 39 años, lo tenemos aún más cerca de nosotros. Nos mira desde lo alto, justo al lado de Dios. Hoy, como ayer, le pedimos un consuelo cuando nos aflige una desdicha. También, como ayer, nos cobija en su nuevo "Hogar de Cristo". Éste es el milagro permanente del Padre Hurtado. El milagro por el cual todo Chile lo proclama como santo. José Vergara Vicuña egresado en 1927 |
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